El Mirador de los Ausentes 11. La primera mentira
56%

11. La primera mentira

La puerta no daba al pasado.

Eso lo entendí en cuanto crucé.

Daba a una herida.

El aire cambió. La humedad fría del sótano desapareció y en su lugar llegó una noche caliente, cargada de olor a alcohol barato, tabaco, salitre y tierra seca.

La música sonaba desde un coche aparcado cerca del mirador, una canción antigua, alegre, demasiado alta.

Había botellas sobre el banco de piedra, bolsas de hielo derretidas, vasos de plástico pisados.

Y gente riéndose.

Ahí estaba la trampa.

No la oscuridad, ni la barandilla oxidada, ni saber lo que iba a pasar.

Lo peor fue la risa.

Porque era normal.

La risa de un grupo de chavales que no se creen capaces de hacer daño hasta que ya lo han hecho.

Entramos todos.

Medina primero, luego Carmen, después Gon y yo sujetando a Pichi entre los dos. La de blanco se quedó al otro lado de la puerta, en la escalera de La Casa, mirándonos con una calma insoportable.

—No se separen —dijo Medina.

—¿Nos ven? —preguntó Gon.

Uno de los jóvenes pasó a nuestro lado con una botella en la mano. Ni nos miró.

—No todavía.

—¿Qué significa todavía?

Medina no contestó.

Carmen caminaba como si el suelo pudiera romperse bajo sus pies. Tenía los ojos clavados en la chica de la chaqueta roja.

Alba.

Su hermana.

La primera Alba.

Estaba sentada sobre el respaldo del banco de piedra, con las zapatillas apoyadas en el asiento y las manos metidas en los bolsillos de la chaqueta.

Tendría veinte años, quizá menos. El pelo castaño recogido de cualquier manera, la cara iluminada por los faros del coche y esa expresión de quien está intentando decidir si debe irse o quedarse.

Era preciosa de una forma triste.

No porque sonriera poco.

Sino porque sonreía como pidiendo perdón.

—Alba —susurró Carmen.

La chica no oyó su nombre.

O fingió no oírlo.

El grupo alrededor bebía y hablaba alto. No parecía especialmente siniestro. Yo quería monstruos. Caras duras. Ojos fríos. Gente que desde el primer segundo revelara lo que iba a hacer.

Pero no.

Eran chavales. Cuatro o cinco, apoyados en el coche, pasándose una botella. Ninguno destacaba salvo uno: un chico rubio, muy moreno, que hablaba con esa seguridad de quien nunca ha tenido que dudar de si le van a hacer caso.

Carmen lo señaló.

—Él.

Medina asintió.

—Iván Rojas.

El nombre le pesó en la boca.

—¿Fue él? —pregunté.

—Fue quien habló primero.

Gon me miró.

Los dos pensamos lo mismo, sin decirlo.

Iván se acercó a Alba con dos vasos. Le ofreció uno.

—Venga, no seas borde.

Alba negó con la cabeza.

—Ya he bebido.

—Una más.

—He dicho que no.

—Siempre igual.

No lo dijo enfadado.

Lo dijo sonriendo.

Como si la insistencia fuera una forma de cariño.

Alba apartó la mirada hacia el barranco. Desde allí, el mar no se veía, pero se oía abajo, golpeando contra las rocas.

—Me quiero ir.

Una de las chicas se rió.

—Ahora quiere hacer drama.

Alba bajó del banco.

—Me quiero ir de verdad.

Iván le cortó el paso con el brazo, todavía sonriendo.

—Espera, espera. Si te vas ahora, nos dejas mal.

—¿Mal con quién?

—Con todos.

Alba miró alrededor.

Nadie la ayudó.

No todavía.

Quizá alguien pensó que no hacía falta.

Quizá alguien pensó que era una broma.

Quizá alguien pensó lo mismo que yo había pensado en la fiesta: que ciertas cosas se arreglan solas si no las miras demasiado.

Carmen avanzó hacia ella.

Medina la agarró por el brazo.

—No.

—Suéltame.

—Todavía no.

—Es mi hermana.

—No puedes tocarla.

—Entonces, ¿para qué me has traído?

Medina no respondió.

Alba intentó rodear a Iván. Él se movió con ella. La bloqueó otra vez.

—Pide perdón y te dejamos ir.

—¿Perdón por qué?

—Por joder la noche.

Los demás rieron.

No todos.

Me fijé en una chica morena, de pelo corto, que no se rió. Tenía el vaso cerca de la boca, pero no bebía. Miraba a Alba con preocupación. Luego supe que se llamaba Clara. Aquella noche solo era la única que parecía entender que la broma ya había dejado de ser una broma.

Alba apretó los puños.

—Déjame pasar.

Iván levantó las manos, teatral.

—Uy, perdón. La reina quiere pasar.

Otra risa.

Más fuerte.

La música seguía sonando desde el coche.

Una canción de verano.

Una estupidez.

Pichi tembló entre nosotros.

—Es igual —susurró.

—¿Qué?

—Es igual que nosotros.

No quería que tuviera razón.

Pero la tenía.

No en los hechos.

En la forma.

Una persona queriendo irse.

Otra convirtiéndolo en broma.

Un grupo riéndose porque es más fácil reír que cortar la escena.

La primera mentira no había empezado cuando dijeron que Alba se había ido sola.

Había empezado antes.

Cuando todos fingieron que aquello seguía siendo una broma.

Iván dio un paso hacia Alba y le puso el vaso en la mano a la fuerza.

—Por Alba, que se nos va a llorar al barranco.

Las risas estallaron.

Carmen soltó un sonido, mitad rabia, mitad dolor.

Medina le tapó la boca con una mano.

—Si rompes el recuerdo antes de tiempo, la perdemos otra vez.

Gon se giró hacia Medina.

—¿Qué hacemos?

Medina miraba la escena con los ojos fijos.

—Esperar la primera mentira.

—¿No ha sido esa?

—No. Eso fue crueldad.

—¿Y la diferencia?

Medina habló sin apartar la vista.

—El empujón fue un accidente de rabia. Lo que dijo después, no.

Alba tiró el vaso al suelo.

El líquido salpicó las zapatillas de Iván.

La música pareció bajar un poco, aunque nadie tocó el volumen.

—Me voy —dijo ella.

Esta vez empujó a Iván con el hombro.

No fuerte.

Lo justo para apartarlo.

Él perdió el equilibrio un segundo. Los demás hicieron ese ruido que hace la gente cuando una broma deja de ser cómoda pero todavía no quiere aceptarlo.

—Eh —dijo Iván.

La sonrisa se le había ido.

Alba siguió andando hacia el camino.

Entonces él la agarró de la muñeca.

—Que te esperes.

—Suéltame.

—No te pongas así.

—¡Que me sueltes!

Alba tiró del brazo. Iván la sujetó más fuerte. La chica morena, Clara, dio un paso.

—Iván, déjala.

Él se volvió hacia ella.

—No te metas.

—Está diciendo que la sueltes.

—He dicho que no te metas.

La noche entera contuvo la respiración.

La música del coche se distorsionó, como una cinta vieja. Las velas de La Casa no estaban allí, pero por un segundo olí su humo agrio. La barandilla del mirador pareció acercarse un metro.

Alba se soltó de golpe.

Iván reaccionó demasiado rápido.

La empujó.

No con las dos manos.

Con una.

En el hombro.

Un gesto pequeño.

Ridículo.

Suficiente.

Alba dio un paso atrás.

Pisó mal.

Su talón golpeó una botella vacía.

Perdió el equilibrio.

El mundo se volvió lento.

Carmen gritó.

Esta vez nadie pudo detenerla.

Alba chocó contra la barandilla. El hierro oxidado cedió con un crujido horrible. Durante un instante quedó suspendida, con una mano agarrada al borde, los ojos abiertos de par en par.

Iván se quedó quieto.

Todos se quedaron quietos.

Alba no gritó.

Eso fue lo que más me destrozó.

No gritó.

Solo dijo:

—Ayuda.

Clara corrió hacia ella.

Iván la agarró por la cintura.

—¡No!

—¡Suéltame, imbécil!

—¡No te acerques!

—¡Se va a caer!

Alba seguía colgada.

Una mano.

Dedos blancos.

El vacío debajo.

Carmen llegó hasta el borde y se arrodilló, intentando tocarla. Sus manos atravesaron el cuerpo de Alba como si fuera humo.

—¡Alba! ¡Coge mi mano!

Pero Alba no podía verla.

No podía oírla.

Medina sacó la pistola y apuntó a Iván.

—Todavía no.

Su voz temblaba.

Se lo decía a sí mismo.

A Carmen.

A la noche.

A la deuda.

Gon soltó a Pichi y corrió hacia Alba.

—¡Gon! —grité.

Él se tiró al suelo y extendió el brazo.

Sus dedos atravesaron los de Alba.

Nada.

No éramos cuerpo allí.

Éramos testigos.

Pichi cayó de rodillas.

Yo me quedé paralizado.

Como los otros.

Esa fue mi vergüenza.

Incluso dentro de un recuerdo, incluso sabiendo que ya había pasado, mi primer impulso fue quedarme quieto.

Alba miró a Iván.

—Por favor.

Iván avanzó medio paso.

Clara forcejeaba con él.

—¡Haz algo!

Pero él no miraba a Alba.

Miraba a los demás.

Calculaba.

Eso lo vi con una claridad brutal.

No estaba decidiendo si salvarla.

Estaba decidiendo qué significaría para él haberla empujado.

Alba resbaló un centímetro.

Luego otro.

Carmen chilló su nombre.

Entonces Iván habló.

—Se ha tirado.

Nadie respondió.

La frase quedó flotando en la noche.

Pequeña.

Cobarde.

Monstruosa.

—¿Qué? —dijo Clara.

Iván repitió, más alto:

—Se ha tirado ella.

Ahí estaba.

La primera mentira.

No cuando Alba cayó.

No cuando tuvieron miedo.

Cuando alguien decidió una versión y la puso en voz alta para que los demás pudieran esconderse dentro.

El mirador tembló.

La música del coche se cortó.

El cielo se oscureció más de lo posible.

Medina levantó el arma.

—Ahora.

Disparó.

No a Iván.

A la frase.

No sé explicarlo de otra manera.

La bala salió hacia la noche, pero en vez de atravesar un cuerpo, golpeó algo invisible entre Iván y los demás. Un punto en el aire. Una grieta. El lugar exacto donde la mentira acababa de nacer.

El disparo no sonó como un disparo.

Sonó como cristal rompiéndose bajo el agua.

La escena se detuvo.

Alba seguía colgada del borde.

Iván con la boca abierta.

Clara forcejeando.

Los otros mirando.

Todo congelado.

Menos nosotros.

Y menos la de blanco.

Apareció junto a la barandilla, al lado de Alba, con los pies descalzos sobre la roca.

—No deberías haber hecho eso, inspector.

Medina bajó el arma.

La mano le temblaba.

—Diez años esperando.

—Diez años equivocándote.

—Puede ser.

La de blanco acarició el pelo de Alba, que seguía inmóvil, congelada en el instante antes de caer.

—La verdad no la salva.

—No he venido a salvarla.

Carmen lo miró.

—¿Qué?

Medina no se volvió hacia ella.

—No podemos cambiar lo que pasó.

—Me dijiste que…

—Te dije que podíamos terminarlo.

Carmen avanzó hacia él con el cuchillo en la mano.

—Hijo de puta.

Gon se interpuso.

—Espera.

—¡Me trajo aquí para verla otra vez!

—Carmen —dijo Medina—. Escúchame.

—¡No!

—Si rompes la caída, la Casa no desaparece. Solo busca otra primera mentira. Otra herida. Otro borde. Ya lo intenté.

La de blanco sonrió.

—Por fin algo cierto.

Medina cerró los ojos.

—Lo intenté con mi hija.

El silencio que siguió fue peor que cualquier grito.

Carmen lo miró sin entender.

—¿Con tu hija?

Medina abrió los ojos.

Parecía diez años más viejo.