10. La Casa del Alba #2
Había ropa tirada en una silla, una consola encendida, zapatillas junto a la cama, una persiana medio bajada. En la pared, fotos de viajes, entradas de conciertos, una bufanda del Real Madrid.
Pichi dejó de respirar.
—No.
Dentro de la habitación, sentado en la cama, había un hombre mayor.
Su padre.
Lo había visto en fotos. La misma frente, los mismos ojos hundidos, el gesto severo.
—Hijo —dijo el hombre.
Pichi dio un paso.
Gon lo sujetó.
—No.
—Es mi padre.
—No es tu padre.
El hombre levantó la vista con una tristeza perfecta.
—Nunca supe hablarte bien.
Pichi empezó a llorar.
No como en el mirador.
No de miedo.
De algo más antiguo.
—No.
—Siempre pensé que ya habría tiempo.
—Calla.
—Y tú siempre hacías bromas para que no te preguntara cómo estabas.
La de blanco observaba desde el umbral.
Sin presionar.
Sin tocar.
La peor clase de trampa: dejar que la herida hiciera el trabajo.
Pichi intentó avanzar.
—Solo quiero escucharlo.
Medina se interpuso.
—No es él.
Pichi lo miró con una rabia repentina.
—¿Y usted qué sabe?
—Sé que si cruzas esa puerta, saldrá alguien con tu cara y tú te quedarás detrás.
—Puede que me dé igual.
La frase nos rompió.
Gon soltó aire como si le hubieran pegado.
—No digas eso.
Pichi no nos miraba.
Miraba a su padre.
O al hambre usando la cara de su padre.
—Estoy cansado —dijo—. Allí abajo no hay tiempo, pero cansa igual. Me enseñan cosas. Me enseñan lo que habría pasado si volviera. Me enseñan que en dos semanas dejaríais de hablar de esto. Que en un año haríais bromas incómodas. Que en diez años apenas sabríais qué día fue.
—Mentira —dije.
—¿Seguro?
Quise contestar.
No pude.
Porque la pregunta tenía veneno.
No porque fuera cierta, sino porque era posible.
La vida sigue. Ese es su milagro y su crueldad. Incluso las tragedias se vuelven fechas. Fotos. Comentarios. Silencios en cenas. Nadie recuerda con la intensidad suficiente para salvar a nadie todos los días.
La Casa lo sabía.
Y lo usaba.
Gon agarró a Pichi por la cara y le obligó a mirarlo.
—Escúchame. Igual somos unos hijos de puta. Igual nos equivocamos. Igual no sabemos salvarte bien. Pero estamos aquí.
Pichi temblaba.
—Porque os acordáis.
—Sí.
—¿Y si dejáis de acordaros?
Gon tragó saliva.
—Pues nos lo tatuamos, joder.
Pichi se rió, casi de verdad, por primera vez en horas.
Real.
Minúscula.
Pero real.
La habitación tembló, y esta vez no hizo falta que nadie cerrara nada: la figura del padre se desdibujó hasta borrarse ella sola, como si la risa le hubiera quitado el sitio.
La de blanco dejó de sonreír.
—Sigan —dijo Medina.
Avanzamos más rápido.
La casa empezó a molestarse.
Se notaba en las paredes. En las velas, que ahora sí temblaban. En los pasillos, que cambiaban de sitio cuando no mirábamos. En las voces que empezaron a colarse por debajo de las puertas.
Mi voz.
La de Gon.
La de Pichi.
La de nuestros padres.
La de gente que no conocíamos.
Todas ofreciendo versiones mejores de la verdad.
En un tramo de escalera, vi a través de una ventana algo imposible: el mirador al amanecer, vacío, limpio, sin espiral ni vasos. En el banco estábamos Gon y yo, tomando café. Pichi no existía, pero nosotros parecíamos tranquilos.
Me aparté de la ventana.
—Cada vez cuesta más recordar —dijo Gon.
—¿El qué?
Me miró asustado.
—Eso.
Pichi gimió.
—Decid mi nombre.
—Pichi —dije.
—Ese no.
Nos quedamos quietos.
—Mi nombre real.
Abrí la boca.
Nicolás.
Era fácil.
Lo había dicho mil veces.
Pero el nombre salió débil, como si tuviera que cruzar una pared.
—Nicolás.
La casa crujió.
Gon repitió:
—Nicolás.
Pichi cerró los ojos.
—Más.
—Nicolás —dije.
—Nicolás —dijo Gon.
—Más.
—Nicolás, Nicolás, Nicolás.
Lo repetimos como una oración absurda mientras bajábamos una escalera de piedra hacia el sótano. Medina iba delante. Carmen detrás. La casa crujía alrededor, susurrando otros nombres, otras posibilidades, otras formas de rendirse.
Al final de la escalera había una puerta baja, de madera negra.
No tenía pomo.
Solo una cerradura antigua y una inscripción grabada con cuchillo.
LA PRIMERA MENTIRA NO MUERE SOLO APRENDE A CANTAR
Carmen se quedó quieta.
—Aquí fue.
Medina sacó una llave del bolsillo.
La misma llave de hierro que había aparecido en el armario de la habitación 12.
La de la terraza.
—¿Cómo tiene eso? —pregunté.
—Porque las puertas son distintas, pero la deuda es la misma.
Metió la llave.
La cerradura giró.
Al otro lado no había una habitación.
Estaba el mirador.
Pero no como lo habíamos visto nosotros.
Era de noche.
Otra noche.
Diez años antes.
Había jóvenes bebiendo junto a la barandilla. Música desde un coche. Risas. Vasos de plástico. Una chica sentada sobre el banco de piedra, con una chaqueta roja y el pelo recogido.
Carmen se llevó una mano a la boca.
—Alba.
La primera Alba.
Su hermana.
No la de blanco.
No la secta.
Una chica real, viva, joven, mirando a un grupo de amigos que no sabían todavía que iban a convertirse en monstruos.
Medina habló en voz baja.
—No entren hasta que sepamos quién mintió primero.
—¿Y cómo lo sabemos? —preguntó Gon.
Desde dentro del recuerdo, uno de los chicos levantó un vaso y señaló a Alba.
Dijo algo.
No lo oímos.
Pero todos se rieron.
La misma forma.
La misma estructura.
Una broma.
Un grupo.
Una chica al borde.
Carmen empezó a llorar sin sonido.
La de blanco apareció detrás de nosotros, al pie de la escalera.
—Ahora ya sabéis dónde empezó —dijo.
Medina no se giró.
—Y ahora vamos a terminarlo.
Ella sonrió.
—No se termina una mentira diciendo la verdad.
Me miró directamente.
—Se termina dejando que alguien cargue con ella.
La escena del mirador antiguo siguió moviéndose al otro lado de la puerta.
Alba se levantó.
Uno de los chicos dio un paso hacia ella.
Carmen susurró:
—No.
Y entonces comprendí qué era la primera sala.
No nos estaba enseñando el pasado.
Nos estaba esperando para intervenir en él.