El Mirador de los Ausentes 10. La Casa del Alba
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10. La Casa del Alba

La Casa del Alba no olía a abandono, y eso ya bastó para asustarme.

Por fuera parecía una finca muerta. Piedra húmeda, ventanas partidas, hiedra trepando por las paredes, una puerta de madera vencida por los años.

Alrededor, los laureles y los brezos apretaban la casa como si quisieran taparla.

Más arriba, los pinos canarios soltaban ese olor a resina que habría sido limpio en cualquier otro sitio.

Allí no. Allí se mezclaba con otra cosa.

El tipo de sitio donde esperas encontrar polvo, ratas, muebles cubiertos con sábanas y botellas vacías de adolescentes.

Pero dentro olía a comida caliente.

Pan recién hecho.

Café.

Leña.

Ropa limpia.

Hogar.

El recibidor estaba iluminado por velas colocadas sobre repisas, escalones y platos de cerámica.

Las llamas no temblaban, aunque la puerta seguía abierta a nuestra espalda y el viento entraba desde el bosque.

En las paredes había fotografías antiguas: grupos de jóvenes sonriendo, cenas largas, gente abrazada frente al mar, manos levantadas al amanecer.

Todo demasiado normal.

Todo demasiado feliz.

Pichi se apoyaba entre Gon y yo. Cada pocos pasos perdía fuerza y teníamos que sujetarlo mejor. Su respiración sonaba rota, como si llevara tierra en los pulmones.

Medina entró el primero, con la pistola baja pero preparada. Carmen cerraba el grupo con el cuchillo en la mano y la mirada fija en los pasillos laterales.

—No miren mucho las fotos —dijo ella.

Por supuesto, miré.

En una imagen, doce jóvenes estaban sentados alrededor de una mesa, brindando con vasos de cristal. Reconocí al chico rubio, a la chica de pecas y a la mujer de las trenzas, más joven, con la misma sonrisa imposible. Al fondo, medio desenfocada, estaba la de blanco.

Y junto a ella, apoyado en la pared, aparecía Gon.

Me detuve.

—Eso no puede ser.

Gon siguió mi mirada.

Su cara se vació.

—No soy yo.

Pero era él.

O alguien con su cara.

Mismo pelo, misma mandíbula, misma forma de estar de pie con los brazos cruzados como si quisiera parecer más tranquilo de lo que estaba.

Medina se giró.

—He dicho que no miren.

—Gon está en la foto.

—No es Gon.

—Tiene su cara.

—Aquí casi todo tiene la cara de alguien.

Gon dio un paso hacia la pared.

—¿Quién es?

Carmen se acercó y arrancó la fotografía del marco. El cristal se rompió contra el suelo.

—Nadie que pueda ayudarle.

—¡Que quién es!

La voz de Gon rebotó por el recibidor.

Desde algún lugar de la casa, una puerta se cerró.

Carmen bajó el tono.

—Era un chico del pueblo. Se llamaba Tomás. Murió antes de que tú nacieras.

Gon tragó saliva.

—¿Y por qué se parece a mí?

—Porque quiere que preguntes eso.

Hice la cuenta sin querer. Si Tomás había muerto antes de que naciera Gon, llevaba más de treinta años bajo tierra.

Pero en la foto estaba sentado junto al chico rubio y la chica de las pecas, los mismos que Medina nos había enseñado en comisaría, los que habían desaparecido hace solo diez años.

No cuadraba. Nada de lo que había en aquella casa tenía por qué cuadrar.

La casa crujió.

No como una casa vieja.

Como una persona despertando.

La de blanco apareció al fondo del pasillo principal. No caminó hacia nosotros. Solo estaba allí, bajo un arco de piedra, con las manos juntas delante del cuerpo.

—Bienvenidos —dijo.

Medina levantó la pistola.

—Apártate.

Ella sonrió.

—Siempre con prisa, inspector.

—Sabes a qué venimos.

—Sí.

Miró a Pichi.

—A devolver algo que ya no encaja.

Pichi apretó los dedos sobre mi hombro.

—No soy una cosa.

La de blanco inclinó la cabeza.

—Todavía no.

Gon hizo ademán de lanzarse hacia ella, pero Carmen le cortó el paso.

—No.

—¿Qué pasa si la toco?

—Que quizá no te suelte.

Eso bastó para que Gon retrocediera.

Medina avanzó unos pasos.

—Queremos la sala.

—Todas son la sala.

—La primera.

La sonrisa de la chica desapareció.

Solo un poco.

Pero lo vi.

—No tenéis derecho.

—Tampoco vosotros.

—Nosotros cuidamos lo que los vivos abandonan.

—Vosotros lo pudrís.

La de blanco miró a Carmen.

—Tu hermana no pensaba eso.

Carmen tensó el cuchillo.

—No digas su nombre.

—No pensaba eso cuando vino a nosotras.

—No vino a vosotras.

—Vino al borde llorando.

—La tiraron.

—La llamaron.

Carmen dio un paso, pero Medina le puso una mano en el brazo.

—No le des nada.

La de blanco volvió a sonreír.

—Siempre es así. Nadie quiere admitir que el ausente también escucha.

No entendía del todo lo que decían, pero había algo claro: La Casa no solo atrapaba a los que se quedaban. También corregía la historia de los que habían caído antes. Los convertía en voluntarios. En invitados. En gente que había elegido no volver.

Una mentira perfecta.

Porque así nadie tenía culpa.

El pasillo principal se iluminó a nuestra izquierda.

Una puerta se abrió sola.

Dentro no había oscuridad.

Había luz de mañana.

Una luz limpia, cálida, imposible.

—No entren ahí —dijo Medina.

Pero Gon ya estaba mirando.

La habitación no era una habitación.

Era una terraza de Madrid.

Una mesa con tres vasos.

Un cenicero.

Una pantalla al fondo con un partido de Champions en silencio.

Una tarde cualquiera.

Nos vimos a nosotros mismos sentados alrededor de la mesa.

Gon, Pichi y yo.

Pero no como estábamos ahora.

Más tranquilos.

Más jóvenes.

Más ligeros.

Pichi contaba algo con las manos en alto. Gon se reía con un tercio delante. Yo miraba el móvil y negaba con la cabeza, sonriendo.

Una vida normal.

Una vida donde nada había pasado.

Pichi, el de verdad, soltó un gemido.

—No miréis.

Pero era tarde.

La escena nos miró a nosotros.

El Pichi de la terraza levantó su vaso.

—Venga, entrad. Que aquí no ha pasado nada.

Gon se quedó clavado.

—Joder.

La voz de la versión de Pichi sonaba perfecta. Igual que él. La risa, la pausa, el tono chulo.

—Gon —dijo Medina—. Aparta la vista.

—Es él.

—No.

—Es él como debería estar.

—Precisamente.

La terraza olía a verano, a alcohol, a patatas fritas y a ese calor de Madrid que se queda pegado a la piel hasta después de medianoche. Olía a un jueves sin consecuencias. A un grupo de amigos que todavía no se había roto.

Me acerqué sin querer.

La otra versión de mí me miró desde la mesa.

—No hace falta cargar con todo, Bruno.

Me quedé quieto.

—Fue una frase —continuó—. Una gilipollez. Estabais borrachos.

Gon me agarró del brazo.

—No le escuches.

Pero él también estaba llorando.

La versión de Gon en la terraza se levantó y se acercó al umbral.

—Tío, de verdad. Quédate aquí un minuto. Solo un minuto. Descansamos y pensamos.

Carmen nos puso una mano en el pecho a cada uno, como quien frena a alguien antes de un paso en falso.

La habitación empezó a ensancharse. La terraza ya no era solo una imagen. El aire cálido nos tocaba la cara. Oí tráfico a lo lejos. Un perro ladrando. Una moto bajando una calle.

Madrid.

Casa.

La vida antes de saber que una broma podía condenar a alguien.

Pichi susurró:

—No es real.

Su otra versión se rió desde la mesa.

—¿Y qué más da?

Ese fue el golpe.

No “es real”.

No “es mentira”.

¿Qué más da?

Porque una parte de mí quiso aceptar eso.

Quiso pensar que la realidad era sobrevalorada, que quizá bastaba con sentirse a salvo.

Que si la casa podía darnos una habitación donde los tres seguíamos vivos y ninguno recordaba la entrega, tal vez era mejor que volver a un mundo donde Pichi estaba medio muerto y yo tenía una deuda clavada en el pecho.

Medina cerró la puerta de un golpe.

La terraza desapareció.

El pasillo volvió.

Frío.

Velas.

Piedra.

Pichi cayó de rodillas.

—No puedo —dijo.

Gon y yo nos agachamos junto a él.

—Sí puedes —dije.

—No quiero ver más.

—No mires.

—No entiendes. Allí abajo no te torturan con miedo. Te torturan con lo que necesitas.

Medina se acercó.

—Por eso tenemos que llegar a la primera sala antes de medianoche.

—¿Qué hay allí? —preguntó Gon.

Carmen respondió por él.

—La mentira original.

Seguimos avanzando.

La casa era más grande por dentro.

Mucho más.

Pasillos donde no deberían caber. Escaleras que subían medio piso y bajaban dos. Puertas con cerraduras oxidadas. Habitaciones llenas de camas deshechas, mesas puestas para cenas que nunca se enfriaban, espejos cubiertos con sábanas blancas.

En algunos cuartos había gente.

No fantasmas exactamente.

No cuerpos vivos.

Algo entre medias.

Un chico joven sentado en el borde de una cama, repitiendo una frase en silencio. Una mujer mayor peinándose frente a un espejo tapado. Dos niñas jugando a las cartas con una baraja sin dibujos. Todos levantaban la vista al pasar. Todos parecían reconocernos.

—No les hablen —dijo Carmen.

—¿Quiénes son? —pregunté.

—Los que no encontraron sitio ni fuera ni dentro.

—¿Desaparecidos?

—Ausentes.

La palabra me heló más que cualquier otra.

Ausentes.

No muertos.

No vivos.

No recordados.

No olvidados del todo.

Algo que se queda cuando nadie sabe dónde poner el dolor.

En una pared del pasillo había una lista de nombres escrita a mano. Decenas. Quizá cientos. Algunos tachados. Otros repetidos. Al final de la lista, con tinta más reciente, aparecía el nombre de Pichi.

No Nicolás.

Pichi.

Como si La Casa solo pudiera tomar lo que nosotros le habíamos dado.

Debajo había otro nombre escrito a medias.

Bruno.

La tinta aún estaba húmeda.

Me acerqué y pasé el dedo por la pared antes de que Medina pudiera detenerme. La tinta se pegó a mi piel. Estaba caliente.

La casa susurró mi nombre.

No una voz.

Todas.

Bruno.

Bruno.

Bruno.

Gon me empujó hacia atrás.

—No toques nada, joder.

—Mi nombre está ahí.

—Pues razón de más.

Pichi miró la lista.

—El mío está tachado.

Era verdad.

Su mote tenía una línea encima.

Pero no estaba borrado.

Solo marcado.

Como algo pendiente.

—¿Qué significa? —preguntó.

Medina no contestó.

Carmen sí.

—Que todavía puede reclamarse.

La de blanco habló desde una puerta abierta a nuestra derecha.

—O quedarse por voluntad propia.

Nos giramos.

La habitación detrás de ella era un dormitorio.

No de la casa.

De Pichi.

O una versión de su dormitorio.