El Mirador de los Ausentes 9. Lo que recuerda la isla #2
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9. Lo que recuerda la isla #2

Eso fue peor que un sí.

—Pero usted no lo creyó.

—Yo lo creí. Durante seis meses. Luego recibí una llamada.

Pichi levantó la cabeza apenas.

—La música.

Medina lo miró.

—Sí.

—Ella llamaba.

—Sí.

—Y usted fue.

—Sí.

Carmen apretó los labios.

—Fue varias veces.

—Carmen.

—Diles la verdad.

—No ahora.

—Ahora, porque si no la deuda va a elegir por ellos.

Medina se detuvo.

La oscuridad ya era casi completa. Solo la linterna, el borde blanco de algunas piedras y el cielo gris por encima de los árboles nos permitían ver.

—Las reglas que conocen no son las reales —dijo por fin.

—Pues empiece por el principio —dije.

Medina miró a Pichi.

—Su amigo no está vivo del todo.

Pichi soltó una risa débil.

—Gracias, inspector. Se agradece el tacto.

Por un segundo casi fue él.

Casi.

—Lo que lo sujetaba allí era el recuerdo de ustedes —dijo Medina—. Mientras alguien de fuera lo recuerde, hay una cuerda. Fina, pero existe.

—Entonces hay que recordarlo —dijo Gon.

Carmen miró hacia el bosque antes de responder.

—Recordar no es gratis.

No hizo falta que añadiera mucho más. Lo entendí cuando el dolor del pecho volvió al oír mi propia voz entre los árboles. No era solo memoria. Era una cuerda. Y ahora estaba atada a mí.

—Yo —dije.

Medina no me contradijo.

—Pero yo no sabía.

El inspector soltó una carcajada seca.

—Confunde reglas con justicia.

No supe qué decir.

Pichi intentó levantar la cabeza.

—Nadie se queda por mí.

—Cállate —dijimos Gon y yo a la vez.

Medina habló antes de que discutiéramos.

—Si él se queda ahora, la isla gana.

Carmen apagó la linterna de golpe.

Nos quedamos a oscuras.

—Silencio —susurró.

Al principio solo oí nuestras respiraciones.

Luego pasos.

Muchos pasos.

A ambos lados del camino.

Descalzos sobre tierra húmeda.

Pichi empezó a temblar.

Medina levantó la pistola, aunque no apuntó a ninguna parte concreta.

Una voz de mujer habló entre los árboles.

La de blanco.

—Inspector, siempre explicando tarde.

Carmen murmuró algo en voz muy baja, quizá una oración.

La de blanco se rió.

—No hace falta esconderlos. Ya están dentro.

Medina nos hizo un gesto para seguir andando, despacio, sin correr.

—No respondan.

Pero la voz siguió.

—Bruno recuerda. El que recuerda paga.

Otra voz apareció detrás.

La mía.

—Te lo regalo.

Luego otra.

La risa de Gon.

Luego otra.

Pichi diciendo:

—Yo me quedaba para siempre.

El camino se llenó de nuestras propias voces, repitiendo fragmentos de aquella noche. Bromas, carcajadas, brindis, frases rotas. Era como caminar dentro de una grabación podrida.

—¿Cuál es la regla real? —pregunté entre dientes.

Medina respondió sin girarse.

—No se paga ocupando un sitio. Eso es lo que ella quiere que crean.

—¿Entonces?

—Hay que volver a donde empezó la primera mentira.

—No entiendo nada.

—La Casa del Alba no empezó con rituales. Empezó con una muerte escondida.

Carmen se detuvo.

—Medina.

—Tienen que saberlo.

—No aquí.

—Especialmente aquí.

Los pasos alrededor se acercaron.

Medina habló más rápido.

—Hace diez años hubo una chica en este mirador. Alba.

—¿Su hija? —pregunté.

—No. La hermana de Carmen.

Miré a la mujer.

Su cara parecía de piedra.

—No cayó —dijo Carmen.

Su voz era baja, pero firme.

—La empujaron.

El bosque quedó en silencio.

Incluso los pasos pararon.

Medina asintió.

—Después dijeron que se había ido sola. Que estaba triste. Que nadie pudo hacer nada.

Carmen cerró los ojos.

—Y el pueblo prefirió creerlo.

Pichi respiraba cada vez peor.

—¿Y qué tiene que ver conmigo? —pregunté.

Medina me miró.

—Una broma. Un brindis. Un grupo que decide que uno se queda y luego intenta convencerse de que no significaba nada.

No añadió más.

No hizo falta.

La palabra estructura se me formó sola en la cabeza y me dio asco.

—Entonces, ¿qué hacemos? —preguntó Gon.

Medina señaló hacia delante.

Entre los árboles apareció una luz.

Pequeña.

Cálida.

Una casa.

No el Fiat.

No la carretera.

Una casa de piedra, baja, medio hundida entre laureles oscuros y pinos canarios, con las ventanas iluminadas por velas.

Carmen soltó una maldición.

—Nos ha llevado a la finca.

—No —dijo Medina—. Nosotros necesitábamos venir.

—Dijiste que íbamos al coche.

—Mentí.

Carmen lo miró con rabia.

—Siempre igual.

—No había otra forma.

—Sí la había.

—No con él así.

Miró a Pichi.

—Si no entramos, se vacía antes del amanecer.

—¿Entrar dónde? —pregunté.

Medina guardó la pistola en la cintura.

—En La Casa.

Pichi empezó a negar con la cabeza.

—No.

—Es el único sitio donde puede terminarse.

—No quiero volver.

—No vamos a devolverte.

—Usted no sabe eso.

Medina se agachó frente a él.

—Escúchame. Te van a ofrecer quedarte. Te van a enseñar una versión de la vida donde no duele nada. Te van a decir que tus amigos ya te olvidaron, que fuera no hay sitio para ti, que volver es cargar con todo otra vez.

Pichi lloraba en silencio.

—Y quizá una parte de ti va a querer creerlo —continuó Medina—. Eso no te hace débil. Te hace humano. Pero si cruzamos esa puerta, necesitas recordar una cosa.

—¿Cuál?

Medina le puso una mano en el hombro.

—Nadie descansa en un sitio que necesita mentir para retenerte.

La casa nos esperaba.

No había otra palabra.

Esperaba.

La puerta principal estaba abierta. Desde dentro salía luz de velas, olor a comida caliente y música baja. No la música del barranco. Otra. Más doméstica. Más amable.

Como una familia cenando.

Como un hogar.

La de blanco apareció junto a la puerta.

—Llegan tarde —dijo.

Medina dio un paso al frente.

—Todavía no es medianoche.

Ella sonrió.

—Aquí casi siempre lo es.

Carmen sacó el cuchillo pequeño.

Gon sujetó mejor a Pichi.

Yo miré la casa y sentí, con una claridad repugnante, que una parte de mí también quería entrar.

No para salvar a nadie.

Para descansar.

Para dejar de recordar.

Para que alguien me dijera que todo había sido una broma, que Pichi estaba bien, que yo no había entregado a mi amigo con dos palabras borrachas.

La de blanco me miró como si oyera el pensamiento.

—Hay sitio para todos —dijo.

Medina respondió sin apartar los ojos de la puerta.

—Ese es el primer engaño.

Entramos en La Casa del Alba.