9. Lo que recuerda la isla
Medina no parecía un héroe.
No sé por qué esperaba otra cosa. Quizá porque acababa de aparecer con una pistola y había reventado el tercer vaso justo antes de que algo me arrastrara hacia la espiral. En una película, ese habría sido el momento de la música épica, del plano cerrado, de la frase seca antes del rescate.
Pero Medina solo parecía un hombre al borde de derrumbarse.
Tenía la camisa pegada al cuerpo por el sudor.
Una mancha oscura le bajaba desde el costado izquierdo hasta el cinturón.
Sangre. En la mano derecha sujetaba la pistola, aunque le temblaba tanto que por un segundo pensé que se le iba a caer.
Su cara estaba pálida, y los ojos, esos ojos tranquilos que había tenido en comisaría, ahora estaban llenos de algo roto.
Detrás de él, Carmen cerró el paso con la cadena oxidada que había en el suelo. La levantó y la enganchó entre dos postes de piedra, como si aquello pudiera detener algo.
Pichi estaba tumbado boca arriba sobre la roca, respirando a golpes. Tenía la camisa rota, los labios azules y la mirada perdida en el cielo. Parecía más delgado que el día anterior. O quizá era que parte de él seguía abajo, en la sala de velas, entre las caras que nos observaban desde el agujero.
Gon estaba de rodillas a su lado.
Le tocaba la cara como si necesitara comprobar que era carne.
—Está vivo —dijo.
No sonó a alegría.
Sonó a pregunta.
Pichi tosió. Le salió algo negro de la boca. No sangre. Tierra. Tierra negra mezclada con saliva.
Medina se acercó sin dejar de apuntar hacia la espiral.
—No lo levanten.
—¿Qué le pasa? —preguntó Gon.
—Está volviendo.
—Eso ya lo veo.
—No. Volver no es cruzar una puerta. Volver es convencer al mundo de que sigues teniendo sitio.
Carmen se santiguó.
Medina la miró con irritación.
—Eso no sirve de nada.
—A mí me sirve.
—Pues hágalo bajo.
El nombre de Pichi seguía atado a la barandilla en la pulsera azul. Lo miré y tuve la sensación de que, si el viento la arrancaba, algo de él se iría con ella.
—Usted sabía que esto iba a pasar —dije.
Mi voz sonó extraña. Tenía la garganta seca y un sabor metálico en la lengua.
Medina no apartó la vista de la espiral.
—Sabía que podía pasar.
—No es lo mismo.
—En esta isla, casi nunca lo es.
Intenté levantarme, pero las piernas me fallaron. Gon tuvo que sujetarme sin dejar de apoyar a Pichi.
—Quieto, Bruno.
—Estoy bien.
—No lo estás.
Tenía razón.
Me dolía el pecho, justo donde la fuerza invisible me había agarrado. No había herida, pero sí una presión circular, como si una mano enorme me hubiera dejado marcada la forma de los dedos por dentro.
En el centro de la espiral, los restos de los vasos rotos brillaban entre las piedras blancas. El líquido dorado se había derramado formando líneas finas. Algunas avanzaban despacio sobre la roca, como si todavía estuvieran vivas.
Medina disparó otra vez.
El sonido rebotó contra el barranco.
Una de las líneas doradas estalló en pequeñas gotas.
—¡Joder! —gritó Gon.
—No dejen que toque el borde —dijo Medina.
—¿Qué borde?
—Cualquier borde.
No entendimos.
Carmen sí.
Se agachó con una rapidez sorprendente para su edad, cogió un puñado de tierra húmeda de una grieta y lo lanzó sobre el líquido. Las líneas se detuvieron. Humeaban.
Pichi abrió los ojos.
—La de blanco —susurró.
Medina se inclinó sobre él.
—No la mire.
—Está ahí.
—No la mire.
—Dice que he hecho trampas.
Medina apretó la mandíbula.
—Todos hacemos trampas.
Entonces la vimos.
Al otro lado de la espiral, junto a la barandilla, estaba la de blanco.
No apareció de golpe.
Simplemente empezó a ser visible.
Como una mancha que el ojo reconoce poco a poco.
Tenía los pies descalzos sobre la roca, la pulsera roja en la muñeca y el vestido moviéndose con un viento que no nos tocaba a los demás. Su pelo negro le caía sobre los hombros. Sus ojos plateados reflejaban la última luz de la tarde.
No parecía enfadada.
Eso daba más miedo.
—Inspector Medina —dijo.
Su voz era suave.
Demasiado suave.
Medina levantó la pistola.
Carmen le puso una mano en el brazo.
—No gastes balas.
—Me quedan dos.
—Pues guárdalas para algo que sangre.
La de blanco sonrió.
—Carmen. Sigues cuidando caminos que ya no te pertenecen.
La mujer no respondió.
—Y tú —la de blanco me miró—. El que regaló a su amigo.
Sentí que la vergüenza me subía por la garganta.
—No sabía lo que decía.
—Eso dicen todos los vivos.
—Fue una broma.
—No hay bromas en los lugares antiguos.
Dio un paso hacia la espiral.
Medina disparó a sus pies.
La bala golpeó la roca y saltaron chispas.
Ella ni siquiera parpadeó.
—Si cruzas —dijo Medina—, rompes el trato.
—El trato ya está roto.
—No. Interrumpido.
—Uno debe ocupar.
—Todavía no ha anochecido del todo.
La de blanco inclinó la cabeza, divertida.
—Tú y tus minutos prestados.
Medina bajó un poco el arma.
—Llévenselo.
Nadie se movió.
—¡Ahora!
Entre Gon y yo levantamos a Pichi. Pesaba menos de lo que debía. Mucho menos. Como si por dentro estuviera hueco. Pasó un brazo por encima de mis hombros y otro por encima de los de Gon. Su piel estaba helada.
—Perdón —murmuró.
—Cállate —dijo Gon.
Pichi intentó sonreír.
—Qué bonito recibimiento.
—Cállate en plan bien.
Dimos los primeros pasos hacia el camino.
La de blanco habló detrás de nosotros.
—No llegará entero.
Pichi se estremeció.
Medina se quedó entre ella y nosotros.
—No la escuchen.
—No se puede volver con huecos —continuó la de blanco—. Alguien tiene que llenarlos.
—Caminen —ordenó Medina.
Carmen iba delante, apartando ramas, con una linterna pequeña que no recordaba haberle visto sacar. El haz de luz temblaba sobre las piedras blancas del sendero.
La tarde se cerró de golpe sobre el sendero.
Cada paso costaba más que el anterior.
No por el peso de Pichi.
Por el camino.
Era como si la tierra bajo nuestros pies se volviera blanda, pegajosa, empeñada en retenernos. Las ramas se enganchaban a la ropa. Las piedras aparecían donde antes no estaban. El sendero se curvaba hacia el mirador aunque camináramos en dirección contraria.
Medina nos alcanzó unos metros después.
—No paren.
—Explique qué cojones está pasando —dije.
—Ahora no.
—Ahora sí.
—Si se lo explico aquí, escuchará también.
—¿Quién?
No contestó.
Desde el bosque, a nuestra izquierda, sonó una risa.
La risa de Pichi.
Pero Pichi iba entre nosotros, respirando como un animal herido.
—No contesten —dijo Carmen.
La risa volvió.
Luego mi voz.
—Te lo regalo. Quédate con ella, que esta igual no te deja tirado como tu ex.
Me detuve.
Gon tiró de mí.
—No.
La frase salió otra vez desde los árboles.
Mi voz.
Mi risa.
Más joven, más borracha, más estúpida.
—Te lo regalo.
Pichi gimió.
—Perdón —dije.
—No hable —dijo Medina.
—Pero…
—No le dé más palabras.
Seguimos.
El camino pareció alargarse. La entrada por la que habíamos venido no aparecía.
La señal oxidada tampoco. Solo brezos, fayas, troncos húmedos, pinos canarios más arriba, piedras blancas y oscuridad creciendo.
La resina de los pinos llegaba a ratos, limpia y amarga, pero debajo seguía el otro olor. El de La Casa.
Carmen se detuvo de golpe.
Sobre nosotros chilló una pardela.
No fue un canto. Fue un lamento. Un sonido tan humano que Pichi abrió los ojos de golpe, como si alguien hubiera llamado desde dentro de él.
—Nos ha cerrado.
Medina soltó una maldición.
—¿Cuánto?
—No mucho. Todavía huele a salida.
—¿Huele?
Carmen me miró por encima del hombro.
—Aquí se aprende lo que se puede.
Medina sacó algo del bolsillo de la chaqueta. Una cinta roja, parecida a la de la pulsera, pero más vieja y deshilachada. La ató a una rama.
—Carmen, marca cada diez pasos.
—Ya lo hago.
La mujer llevaba un pequeño cuchillo en la mano. Iba haciendo cortes en los troncos, todos iguales: una línea vertical atravesada por tres horizontales.
—¿Qué es eso? —pregunté.
—Una forma de decirle que no estamos perdidos —respondió.
—¿Y funciona?
—A veces.
—¿Y cuando no?
No respondió.
Pichi empezó a temblar con más fuerza.
—Tengo frío.
—Ya casi estamos —dijo Gon.
Mentía fatal.
Pero era una mentira necesaria.
Medina se acercó y le levantó un párpado.
—Míreme.
Pichi intentó enfocar.
—¿Sabe su nombre?
—Pichi.
—Su nombre real.
Pichi abrió la boca.
Nada.
Medina miró a Carmen.
—Está a medias.
—¿Qué significa eso? —pregunté.
El inspector siguió caminando.
—Que lo sacaron del sitio, no del trato.
—¿Y cómo se saca del trato?
—No se saca.
—Pues no me vale.
Medina se giró.
—¿Cree que a mí sí?
Se hizo un silencio incómodo.
Por primera vez, vi algo más que dureza en él. Una furia vieja. Una herida mantenida abierta a propósito.
—Usted perdió a alguien —dije.
Carmen murmuró algo, pero Medina la cortó con una mirada.
—Mi hija.
Nadie habló.
Solo el viento entre los árboles.
—Se llamaba Irene —dijo.
La palabra cayó sobre el camino como una piedra.
Irene.
Muy lejos, entre los árboles, sonó una campana.
Una.
—Baje la voz —susurró Carmen—. Ya se lo dije: aquí las palabras pesan.
Medina cerró los ojos un segundo.
—Ya da igual.
—Nunca da igual.
El inspector siguió andando.
—Mi hija no pertenecía a ninguna secta. Tenía diecinueve años. Estudiaba fuera. Volvió un verano con la cabeza llena de ideas nuevas y amigos que hablaban suave. Me dijo que había encontrado un sitio donde nadie la juzgaba. Un sitio donde podía descansar.
Tragó saliva.
—Yo pensé que era una fase.
Nadie dijo nada.
—Todos pensamos que las tragedias avisan con ruido. No es verdad. Algunas llegan hablando bajo.
La linterna de Carmen parpadeó.
La niebla empezó a subir desde el suelo, no a bajar del cielo. Salía de las grietas negras, de la tierra volcánica, de entre las raíces mojadas.
El sendero se dividió en dos.
Eso no estaba en el mapa.
Carmen se agachó, tocó la tierra de ambos caminos y olió sus dedos.
—Derecha.
—¿Segura? —preguntó Medina.
—No.
Tomamos la derecha.
—Cuando desapareció —continuó el inspector—, busqué por todas partes. Policía local, Guardia Civil, voluntarios. Nada. Tres semanas después encontraron cuerpos en la finca. Algunos identificables. Otros no.
—¿Ella estaba? —pregunté.
Medina tardó en contestar.
—Había suficientes restos para cerrar un ataúd.