El Mirador de los Ausentes 8. La libreta de Pichi #2
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8. La libreta de Pichi #2

El líquido se extendió en líneas finas, como raíces, hasta tocar la espiral de piedras blancas.

La música se cortó.

La voz de Pichi gritó desde el barranco.

No una palabra.

Un grito.

El mismo grito que habíamos oído desde la habitación 12.

La misma desesperación.

Gon retrocedió horrorizado.

—¿Qué hemos hecho?

La espiral empezó a girar.

Las piedras no se movían, pero la forma sí. El dibujo parecía hundirse en la roca, abrirse hacia abajo. Una oscuridad más negra que la noche apareció en el centro.

Y desde esa oscuridad subió una mano.

Una mano humana.

Con una pulsera azul en la muñeca.

La mano de Pichi.

Se agarró al borde de la piedra.

Luego apareció su cara.

Pálida.

Sucia.

Viva.

—Ayudadme —dijo.

No era una voz desde el barranco.

Estaba allí.

Delante de nosotros.

Medio cuerpo saliendo del centro de la espiral, como si intentara escapar de un pozo.

Corrimos hacia él.

Esta vez no pensé.

No dudé.

Le agarré un brazo.

Gon el otro.

Pichi pesaba muchísimo, como si algo tirara de él desde abajo.

—¡Tirad! —gritó.

Tiramos.

Su piel estaba helada.

Tenía los ojos inyectados en sangre y la camisa blanca pegada al pecho. En el cuello llevaba marcas oscuras, dedos, quizá, o ramas. Olía a tierra mojada y humo dulce.

—No miréis abajo —dijo.

Por supuesto, miré.

Debajo de él no había un pozo.

Había una sala.

Una habitación enorme iluminada con velas.

La fiesta.

Pero vista desde arriba.

Cientos de caras levantadas hacia nosotros.

Los muertos.

Los ausentes.

La mujer de las trenzas.

La de blanco.

Y entre ellos, una figura de pie, mirando directamente hacia mí.

Yo.

Otro yo.

Sonriendo.

Solté a Pichi del susto.

—¡No! —gritó Gon.

Pichi cayó unos centímetros hacia abajo.

Volví a agarrarlo.

—Perdón, perdón.

—No mires —dijo Pichi—. Sea lo que sea que veas, no mires.

Tiramos con todas nuestras fuerzas.

Sus hombros salieron.

Luego el pecho.

Luego la cintura.

Estábamos a punto de sacarlo cuando algo le agarró desde abajo.

Pichi chilló.

Un sonido animal.

La manga de su camisa se rompió.

—¡No me soltéis!

—¡No te soltamos!

—¡No me soltéis, joder!

Y entonces apareció la de blanco detrás de él.

No subió.

Simplemente estaba al otro lado del agujero, mirándonos desde la sala imposible.

Sus ojos eran plateados.

—Uno vuelve —dijo—. Uno ocupa.

Pichi empezó a llorar.

—No. Por favor.

La de blanco sonrió.

El suelo del mirador tembló.

La libreta cayó abierta junto a mí.

Sus páginas pasaron solas hasta llegar a la última.

Allí, una frase nueva se estaba escribiendo sin mano.

Tenéis hasta que el tercer vaso se llene.

Miré atrás.

En la espiral quedaban dos vasos de pie.

Uno ya estaba lleno.

El segundo empezó a llenarse lentamente.

Gota a gota.

—Tenemos que sacarlo ya —dijo Gon.

—¿Y luego qué?

—Luego corremos.

—Ha dicho que uno ocupa.

—¡Que le den!

Pichi me miró.

Y en sus ojos vi algo peor que el miedo.

Vi reconocimiento.

Como si él ya supiera quién tenía que quedarse.

—Bruno —dijo.

—No.

—Escúchame.

—No.

—Fuiste tú.

No entendí.

O no quise entender.

—¿Qué?

—La broma. La frase. Fuiste tú.

El segundo vaso se llenó hasta la mitad.

Gon me miró.

—Bruno…

—Está mintiendo.

Pichi negó con la cabeza, llorando.

—No quería acordarme. Pero fui viendo la escena una y otra vez. Aquí abajo la ponen siempre. Siempre. Tú levantaste el vaso y dijiste: “te lo regalo. Quédate con ella, que esta igual no te deja tirado como tu ex”.

—No.

—Y yo sonreí como si no me hubiera dolido.

—No.

—Y Gon se rió.

—No.

—Y la chica preguntó si me entregabais.

—Cállate.

—Y tú dijiste otra vez: “te lo regalo”.

El segundo vaso se llenó.

La música volvió.

Más alta.

Más cerca.

Sentí que algo se abría en mi cabeza.

Y recordé.

La frase.

Mi voz.

Mi risa.

La cara de Pichi siguiéndome la broma.

Gon golpeando la mesa.

La mujer de las trenzas inclinando la cabeza.

La de blanco mirando el vaso.

Te lo regalo.

Dos palabras.

Dos palabras dichas borracho, sin intención, sin maldad.

Dos palabras que habían pesado más que todo lo demás.

Solté un gemido.

No sé si de dolor o de vergüenza.

—No sabía.

Pichi apretó mi mano.

—Ya lo sé.

El tercer vaso empezó a llenarse.

—Sacadme —susurró.

Tiramos de él.

Con rabia.

Con culpa.

Con todo.

Su pierna derecha salió del agujero.

Luego la izquierda.

Por un segundo, Pichi estuvo entero sobre el mirador.

Los tres caímos de espaldas fuera de la espiral.

El agujero empezó a cerrarse.

La de blanco dejó de sonreír.

—Uno ocupa —repitió.

Y entonces una fuerza me agarró del pecho.

No una mano.

No una cuerda.

Una deuda.

Me arrastró hacia la espiral.

Grité.

Gon me agarró por los hombros.

Pichi, débil, se lanzó sobre mis piernas.

El tercer vaso estaba casi lleno.

—¡No le sueltes! —gritó Gon.

—¡No puedo!

La fuerza tiraba de mí con una paciencia infinita.

No era violenta.

No necesitaba serlo.

Sabía que ya había ganado.

Porque yo recordaba.

Porque la promesa tenía mi voz.

Porque la culpa, cuando encuentra forma, pesa más que cualquier cuerpo.

Mis dedos resbalaron sobre la roca.

La espiral se abrió bajo mí.

Vi de nuevo la sala de velas.

La fiesta.

Los muertos.

Mi otro yo sonriendo desde abajo.

Y entonces, desde el camino, sonó un disparo.

El tercer vaso estalló.

El líquido dorado saltó en todas direcciones.

La fuerza desapareció.

Rodé fuera de la espiral.

Gon y Pichi cayeron encima de mí.

Durante unos segundos, solo hubo respiración, viento y cristales rotos.

Levanté la cabeza.

En la entrada del mirador, con una pistola en la mano, estaba Medina.

Tenía la camisa manchada de sangre.

Y detrás de él venía Carmen.

—Arriba —dijo el inspector—. Ahora sí que la hemos liado.