8. La libreta de Pichi
La música subía desde el barranco.
No era fuerte.
Eso la hacía peor.
Si hubiera sonado como una amenaza, como un grito o como una tormenta, habríamos corrido. Habríamos tirado la maleta, la libreta, los vasos, todo, y habríamos vuelto por el camino sin mirar atrás.
Pero era suave.
Casi bonita.
Una melodía lenta, hecha de voces lejanas y campanas pequeñas. El tipo de música que no te obliga a acercarte, solo te convence de que acercarse es idea tuya.
El viento movía la pulsera azul atada a la barandilla.
Pichi.
Su mote escrito con rotulador negro empezaba a desteñirse por los bordes.
—Tenemos que irnos —dijo Gon.
Asentí.
No me moví.
La libreta pesaba en mi mano más que la maleta entera.
Era pequeña, de tapas negras, con las esquinas dobladas y páginas cuadriculadas.
En la portada había una pegatina medio arrancada de una marca de cerveza.
Muy de él. Tan absurdo, tan cotidiano, que por un segundo me dolió más que cualquier cosa sobrenatural.
Pichi había estado allí.
O estaba.
O algo de él seguía escribiendo desde un lugar donde las palabras tardaban en morir.
—Bruno.
La voz de Gon me sacó del bloqueo.
—Hay que leerlo —dije.
—Aquí no.
—Sí.
—Está anocheciendo.
Miré el cielo.
Tenía razón.
El sol no se veía, oculto detrás de las nubes, pero la luz había empezado a caer de golpe. No parecía un atardecer normal. Iba demasiado rápido, como si alguien estuviera bajando un regulador.
El mirador se volvió gris.
Después azul.
Después casi negro en los bordes.
—Carmen dijo que no llegáramos de noche —recordó Gon.
—Ya hemos llegado.
—Pues nos vamos.
Metí la libreta en la maleta de Pichi, pero al hacerlo vi que había una hoja doblada en el bolsillo lateral. La saqué.
No era de Pichi.
La letra era distinta.
Fina.
Redonda.
La misma letra de las tarjetas.
Solo ponía:
No leáis su versión si no queréis pagar la vuestra.
Debajo, tres círculos dibujados a mano.
Tres vasos.
Los miré.
Seguían allí, en el centro de la espiral de piedras blancas. Vacíos. Limpios. Perfectamente colocados sobre la roca negra.
—No los toques —dijo Gon.
—No iba a tocarlos.
—Ya. Por si acaso.
Guardé la nota en el bolsillo.
Entonces oímos un crujido detrás.
Nos giramos a la vez.
El camino por el que habíamos llegado seguía allí, pero parecía más estrecho. Los árboles se habían cerrado sobre la entrada, formando un túnel oscuro. La primera piedra blanca del sendero brillaba con una luz débil, como un hueso bajo el agua.
—Nos vamos —dijo Gon.
Esta vez no discutí.
Cogí la maleta de Pichi y empezamos a caminar hacia el bosque.
Dimos diez pasos.
Quince.
Veinte.
Y volvimos a salir al mirador.
Nos detuvimos.
Delante, el banco de piedra.
La barandilla oxidada.
La pulsera azul.
La espiral.
Los tres vasos.
—No —susurró Gon.
Giré sobre mí mismo.
El camino estaba detrás, exactamente donde debía estar.
—Nos hemos confundido.
—Era recto.
—Pues otra vez.
Volvimos a entrar.
Esta vez conté los pasos.
Uno.
Dos.
Tres.
La música quedó atrás.
Cuatro.
Cinco.
Seis.
El olor a flores viejas desapareció.
Siete.
Ocho.
Nueve.
Oí el mar.
Diez.
Once.
Doce.
Y al trece, el viento del barranco me golpeó la cara.
Estábamos de nuevo en el mirador.
El banco.
La barandilla.
La pulsera.
La espiral.
Los tres vasos.
Gon soltó una carcajada seca.
—Vale.
—Tranquilo.
—No me digas tranquilo.
—Hay una salida.
—¿Dónde?
No respondí.
El cielo siguió oscureciendo.
La música subió un poco más desde el fondo del barranco.
Y entonces, sobre el banco, apareció algo nuevo.
Una botella.
De cristal transparente, sin etiqueta.
Dentro había un líquido dorado.
Miel.
Limón.
Algo medicinal.
La bebida de la fiesta.
—Ni se te ocurra —dijo Gon.
Me alejé del banco.
—No voy a beber.
—Ni olerla.
—No voy a olerla.
La botella estaba tapada con un corcho. De él colgaba una cuerda fina con otra nota.
La letra de Pichi.
No la letra redonda de las tarjetas.
La de Pichi.
Si queréis salir, tenéis que recordar antes de que oscurezca del todo.
—Hostia —dijo Gon.
Abrí la libreta.
Las páginas se movieron con el viento, pasando solas hasta detenerse cerca de la mitad. Allí había un texto escrito con trazos torcidos, como si alguien hubiera escrito deprisa, apoyado sobre una superficie inestable.
Leí.
No sé cuánto tiempo llevo aquí.
Aquí no hay días, pero la noche vuelve muchas veces.
O quizá es siempre la misma.
Me acuerdo de vosotros a ratos. A veces muy claro. A veces no. A veces sé vuestros nombres y otras solo sé que falta algo en mi cabeza con vuestra forma.
Si encontráis esto, no bebáis.
Os van a ofrecer tres vasos.
No son para brindar.
Son para repetir.
La primera vez bebimos en el mirador, no en la fiesta.
Paramos porque yo dije que oía música. Gon se rió. Bruno sacó una foto. Yo bajé un poco por las rocas y encontré a la chica.
La chica de blanco.
No sé si estaba viva entonces. No sé si allí eso importa.
Me dijo que había una fiesta esa noche y que podíamos ir si queríamos dejar algo atrás.
Yo pregunté qué.
Ella dijo: “lo que más pese”.
Y yo pensé en volver a Madrid.
Pensé en el curro, en las llamadas, en los clientes que pagan tarde y exigen pronto, en facturas, en presupuestos, en fingir que ser autónomo es libertad cuando muchas veces solo significa estar solo con un Excel abierto a las dos de la mañana.
Pensé en mi padre preguntándome cuándo iba a sentar la cabeza.
Pensé en vosotros dos haciendo como que todo os va de puta madre.
Y dije que sí.
De broma.
Siempre de broma.
Eso fue lo primero que aprendí aquí.
Nada es de broma.
Me detuve.
La página temblaba en mis manos.
No por el viento.
Por mí.
—Sigue —dijo Gon.
Su voz estaba rota.
Seguí.
Ella subió con nosotros al mirador.
No os acordáis porque después bebimos.
Pero antes la visteis.
Los dos.
La visteis y os gustó. No de querer follar, no eso. Os gustó como gustan las cosas que no parecen pedir nada.
Ella puso tres vasos sobre la piedra.
Dijo que era para encontrar la fiesta.
Bruno preguntó si pegaba fuerte.
Ella dijo: “solo si traes algo dentro”.
Eso lo recordáis, ¿no?
Claro que lo recordáis.
Pero creéis que fue después.
No fue después.
Fue aquí.
Bebimos aquí.
Y cuando llegó la fiesta, ya habíamos entrado.
Tú dijiste, Bruno: “me quedaría aquí antes que volver al lunes”.
Gon dijo: “yo cambiaría una semana de mi vida por una noche así”.
Yo dije: “yo me quedaba para siempre”.
Los tres nos reímos.
La chica no.
Ella preguntó: “¿Lo prometéis?”.
Y nosotros levantamos los vasos.
No sé quién habló primero.
No sé quién lo dijo más fuerte.
Pero los tres dijimos que sí.
Después ya estábamos en la fiesta.
Después yo ya no era del todo mío.
Cerré la libreta.
No podía seguir.
Me faltaba aire.
El mirador parecía haberse inclinado hacia el barranco. La barandilla estaba demasiado cerca. La pulsera azul se movía con el viento como un dedo llamándonos.
—No me acuerdo —dijo Gon.
—Yo tampoco.
Mentira.
Me estaba acordando.
No entero. No limpio. Pero sí en fragmentos.
La de blanco sentada sobre la barandilla.
Los tres vasos.
La risa de Gon.
Mi voz diciendo algo sobre el lunes.
Pichi levantando su vaso con solemnidad ridícula.
La de blanco mirándonos sin pestañear.
El primer trago.
Dulce.
El segundo.
Amargo.
El tercero.
Nada.
—Hay más —dijo Gon.
Abrí de nuevo.
La siguiente página tenía solo una frase.
No intentéis salvarme si no sabéis cuál de vosotros me entregó.
El viento se cortó.
La música también.
Durante unos segundos, el mundo quedó completamente callado.
Luego Gon habló.
—¿Cuál de nosotros?
—Eso pone.
—No tiene sentido.
—Nada lo tiene.
—No, esto menos. Si los tres prometimos, ¿por qué dice cuál?
No contesté.
Porque estaba pensando en lo mismo.
Pasé otra página.
Estaba casi vacía.
Solo había tres nombres escritos.
Bruno.
Gon.
Pichi.
Pero el nombre de Pichi estaba tachado tantas veces que el papel casi se había roto.
Bajo los nombres, una línea:
El que ríe primero firma por los demás.
No entendí.
Después sí.
O empecé a entender.
En el recuerdo, alguien se reía antes de brindar.
Alguien levantaba el vaso y decía:
—Venga, va, por Pichi. Te lo regalo. Quédate con ella, que esta igual no te deja tirado como tu ex.
Una broma.
Una puta broma.
Pichi sonreía, pero la sonrisa se le quedaba a medio camino. Bajaba la mirada al vaso, bebía y se apartaba un poco de nosotros.
Yo lo veía.
Y aun así seguía sonriendo.
El problema era que no recordaba quién lo había dicho.
Miré a Gon.
Gon me estaba mirando a mí.
—Fuiste tú —dijo.
—No lo sabes.
—Te pega.
—¿Perdona?
—Hacer una broma así.
—También te pega a ti.
—Yo no diría eso.
—Claro, tú eres un santo.
—No he dicho eso.
—Lo estás pensando.
—Estoy pensando que no me acuerdo.
—Pues cállate.
El aire se volvió más frío.
Los tres vasos del centro de la espiral seguían vacíos.
O eso creí.
Hasta que uno se llenó solo.
Líquido dorado.
Luego el segundo.
Luego el tercero.
El olor llegó hasta nosotros.
Miel.
Limón.
Medicina.
Y debajo, algo podrido.
—No bebáis —susurré.
—No pensaba.
—Nos quieren enfrentar.
—Ya lo están haciendo.
Uno de los vasos se desplazó un centímetro dentro de la espiral.
Luego otro.
Como empujado por una mano invisible.
Se acercó a nosotros.
—Joder —dijo Gon.
El vaso se detuvo justo al borde de las piedras blancas.
En la superficie dorada del líquido apareció una imagen.
No reflejada.
Dentro.
La fiesta.
Nosotros tres.
La de blanco.
La mujer de las trenzas.
Y alguien riéndose.
La imagen era pequeña, temblorosa, pero clara.
Un recuerdo atrapado en el vaso.
—Ahí está —dijo Gon.
Nos inclinamos sin tocarlo.
La escena se movía dentro del líquido.
Pichi levantaba su vaso.
Yo estaba a su derecha.
Gon a la izquierda.
La de blanco miraba.
La mujer de las trenzas esperaba.
Alguien dijo algo.
No se oía.
La imagen no tenía sonido.
Pero se veía la boca.
Una frase.
—No llego a leerlo —dijo Gon.
—Yo tampoco.
—Hay que acercarlo.
—No.
—Solo acercarlo.
—No.
Intentó coger el vaso.
Le agarré la muñeca.
—He dicho que no.
—¡Necesitamos saber!
—¡Quiere que lo toquemos!
Forcejeamos.
El vaso cayó.
El líquido dorado se derramó sobre la roca negra.
Durante un segundo no pasó nada.
Luego la piedra empezó a humear.