El Mirador de los Ausentes 7. El Mirador de los Ausentes #3
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7. El Mirador de los Ausentes #3

No aceleró.

No frenó.

Solo pasó despacio.

Los cristales eran oscuros.

Sentí que alguien miraba desde dentro.

La pista descendía primero entre laurisilva cerrada y luego volvía a subir por una ladera de tierra húmeda. Había señales antiguas de cierre: una cadena rota, postes caídos, restos de cinta amarilla descolorida. Todo parecía abandonado desde hacía años.

Pero el camino estaba despejado.

Demasiado despejado.

Como si alguien lo hubiera limpiado esa misma mañana.

—No me gusta esto —dijo Gon.

—A mí tampoco.

—Pues seguimos.

—Sí.

Después de veinte minutos, vimos la primera piedra blanca.

Estaba en el centro del camino.

Pequeña.

Redonda.

La rodeamos sin tocarla.

Diez metros más adelante, otra.

Luego otra.

Luego varias, colocadas a ambos lados del sendero, formando una línea.

—Esto es mala señal —dijo Gon.

—Todo es mala señal desde ayer.

Seguimos.

La luz empezó a cambiar. No era aún tarde, pero el sol quedaba detrás de las nubes y la laurisilva filtraba la claridad hasta volverla gris. El aire olía a tierra mojada, a hoja podrida y a flores viejas.

Flores demasiado tiempo en agua.

El olor del Fiat.

—Para —susurró Gon.

Me detuve.

—¿Qué?

—Escucha.

Al principio no oí nada.

Después sí.

Agua.

Un goteo lento, constante.

Y debajo, casi escondida, una voz.

No cantaba.

Lloraba.

Venía de la derecha, entre los árboles.

—No respondas si oyes tu nombre detrás de ti —recordé.

—No está diciendo mi nombre.

La voz volvió a sonar.

Más clara.

Era una mujer.

Lloraba con pequeños golpes de aire, como alguien que lleva horas agotado.

—Ayuda…

Gon cerró los ojos.

—No.

—Seguimos.

—Ayuda, por favor…

Di un paso adelante.

La voz cambió.

—Bruno.

Me quedé helado.

No venía de delante.

Venía de detrás.

Gon me agarró la muñeca.

—No mires.

La voz volvió.

Esta vez era mi madre.

—Bruno, cariño.

Sentí que las piernas me fallaban.

—No mires —repitió Gon.

La voz de mi madre lloró detrás de nosotros.

—No me dejes aquí.

Apreté los dientes.

No era ella.

No podía ser ella.

Di otro paso.

Luego otro.

La voz cambió de nuevo.

Pichi.

—Hermano, soy yo.

Gon empezó a temblar.

—No.

—Me duele mucho, tío.

—No mires.

—Por favor.

La voz estaba justo detrás de mi nuca.

Cálida.

Humana.

—Bruno, mírame.

No miré.

Pero lloré.

Seguimos andando sin girarnos, uno al lado del otro, hasta que las voces quedaron atrás. Cuando por fin desaparecieron, sentí un cansancio horrible, como si hubiera envejecido diez años en cinco minutos.

La laurisilva terminó de golpe.

Salimos a un malpaís de roca negra, picón suelto crujiendo bajo las botas.

Y allí estaba.

El Mirador de los Ausentes.

No era grande. Una plataforma semicircular al borde de un barranco enorme, protegida por una barandilla oxidada. Al fondo, el mar golpeaba contra los acantilados. El cielo estaba cubierto de nubes bajas y el viento subía desde el vacío con un sonido parecido a una respiración.

No tenía nada especial.

Esa era la trampa.

Una barandilla oxidada. Un banco de piedra. Dos señales comidas por el sol. Un barranco abriéndose debajo.

Pero el silencio allí no era ausencia de ruido.

Era espera.

En el centro del mirador había un banco de piedra.

Y sobre el banco, una maleta.

La maleta vieja de Pichi.

Gon dio un paso hacia ella.

—Espera.

Me acerqué primero.

La maleta estaba seca, limpia, cerrada.

La misma que habíamos visto vacía en el maletero del Fiat.

La abrí.

Dentro estaban sus cosas.

Ropa.

Neceser.

Cargador.

Una bolsa de patatas abierta.

Su sudadera gris.

Y una libreta pequeña que yo no recordaba haberle visto nunca.

La saqué.

En la primera página había una frase escrita con su letra.

Si estáis leyendo esto, es que uno de vosotros todavía se acuerda de mí.

Gon se tapó la boca.

Pasé la página.

Había más texto.

Pero no estaba escrito de una vez.

La letra cambiaba de presión, de tamaño, de inclinación. Algunas frases parecían escritas con prisa. Otras, casi sin fuerza.

Empecé a leer en voz alta.

No fue en la fiesta.

Empezó en el mirador.

Paramos antes.

Tú dijiste que era bonito.

Él dijo que daba mal rollo.

Yo escuché la música abajo.

Fui el primero en mirar.

Me detuve.

—Nosotros no paramos aquí —dijo Gon.

Pero lo dijo sin convicción.

Porque el mirador nos resultaba familiar.

El banco.

La barandilla.

El olor.

El viento subiendo desde el barranco.

Y entonces recordé.

No la fiesta.

Antes de la fiesta.

Pichi bajando del Fiat para mear.

Gon sacando una foto del mar.

Yo apoyado en la barandilla, mirando el vacío.

Una música débil subiendo desde abajo.

Pichi diciendo:

—¿Oís eso?

Nosotros riéndonos.

Yo diciendo:

—Este ya viene poseído de Madrid.

Pichi acercándose al borde.

Demasiado.

—Bruno —dijo Gon.

Miraba hacia la barandilla.

Allí, atada al hierro oxidado, había una pulsera azul de Casa Calima.

No la mía.

No la de Gon.

La suya.

Pichi.

El viento la movía suavemente.

Y debajo, sobre la roca negra, alguien había dibujado una espiral con piedras blancas.

En el centro de la espiral había tres vasos de plástico.

Vacíos.

Como esperando.

El sol empezó a bajar detrás de las nubes.

Y desde el fondo del barranco llegó la música.