7. El Mirador de los Ausentes #2
El mapa tembló.
La mujer no se inmutó.
—Eso pensaron todos.
Me aparté, respirando fuerte.
Gon apoyó una mano en mi hombro.
—Díganos cómo llegar.
La mujer negó.
—No puedo.
—Pero sabe.
—Saber y poder no son lo mismo.
—Por favor.
Algo en la voz de Gon la hizo dudar.
Quizá el miedo. Quizá el recuerdo de Nicolás, todavía débil, intentando abrirse paso dentro de él. Quizá que Gon, por una vez, no estaba intentando caer bien ni romper el hielo ni convertir la situación en plan.
La mujer fue hasta el mostrador y cogió un bolígrafo. Marcó una ruta sobre el mapa: carretera secundaria, desvío sin nombre, pista cortada, sendero hasta el mirador.
—No lleguen de noche, ustedes.
—La tarjeta dice antes de que anochezca.
—Por eso mismo.
—¿Qué pasa de noche?
La mujer sonrió sin alegría.
—De noche, el camino también los busca a ustedes.
Arrancó una esquina del mapa y nos la dio. Solo la zona marcada. Nada más.
—No usen GPS. No llamen desde allí. No beban nada. No respondan si oyen su nombre detrás de ustedes. Y, sobre todo, no hagan promesas.
—¿Promesas?
—Ni bromas. Ni frases hechas. Ni “me quedaría aquí”. Ni “daría lo que fuera”. Ni “te cambio el sitio”. Nada. Las palabras pesan más allí.
—¿Cómo se llama usted? —pregunté.
La mujer tardó un segundo en responder.
—Carmen.
—¿Por qué nos ayuda, Carmen?
Miró hacia la puerta, como si alguien pudiera estar escuchando al otro lado.
—Porque mi hermana fue una de las que no encontraron.
—¿Estaba en La Casa del Alba?
—No.
Su voz se rompió apenas.
—Fue a buscar a alguien que sí.
No hizo falta preguntar más.
Pero pregunté.
—¿Y volvió?
Carmen sostuvo mi mirada.
—A veces.
Un golpe sonó en la persiana.
La mujer se quedó quieta.
Otro golpe.
Tres.
Toc.
Toc.
Toc.
Nos miró con una urgencia repentina.
—Váyanse por detrás.
—¿Quién es?
—Ya no importa.
—Carmen…
—Ahora.
Nos llevó por una puerta estrecha detrás del mostrador. Cruzamos un almacén lleno de cajas, mapas enrollados y folletos viejos. Al fondo había una salida a un callejón.
Antes de abrir, Carmen me agarró del brazo.
—Si encuentra a su amigo, no le pregunte si quiere volver.
—¿Por qué?
—Porque quizá diga que no.
—Nicolás querrá volver.
—Usted no sabe lo que le han ofrecido.
El golpe en la persiana sonó de nuevo.
Más fuerte.
Carmen abrió la puerta.
—Corran.
Salimos al callejón.
El sol nos cegó durante un segundo. Dimos la vuelta a la manzana casi corriendo y llegamos al coche por una calle lateral. Al pasar frente a la oficina de turismo, vimos a través de la persiana medio bajada una figura de pie dentro.
Alta.
Quietísima.
No era Carmen.
Tampoco el director de Casa Calima.
Era un hombre vestido con camisa clara y pantalón oscuro, de espaldas a la calle.
Medina.
O alguien con su forma.
—No mires —dijo Gon.
Arrancamos.
Condujimos hacia el norte siguiendo el trozo de mapa.
Al principio, la ruta era fácil. Carretera local, curvas, pueblos pequeños. Pero a medida que subíamos, las señales empezaron a escasear. La cobertura desapareció. El cielo se cubrió de nubes bajas que parecían agarradas a las montañas con las uñas.
El paisaje se volvió más verde y más oscuro.
No bonito.
Hambriento.
La carretera avanzaba entre paredes de laurisilva.
Laureles, fayas, brezos, helechos enormes, piedra húmeda, ramas retorcidas que casi rozaban el coche.
Más arriba aparecían pinos canarios aislados, negros contra la niebla, dejando en el aire un olor a resina que por un momento limpió el humo dulce de la noche anterior.
A veces el mar aparecía muy abajo, gris y quieto, como una plancha de metal.
Otras, la niebla lo borraba todo salvo los metros de asfalto delante del coche.
Gon conducía despacio.
Demasiado despacio para él.
El Fiat parecía fuera de lugar allí. Un juguete de alquiler metido en una isla que no aceptaba juguetes. Cada bache hacía crujir la carrocería. Cada curva parecía llevarnos un poco más lejos de Tenerife y un poco más dentro de otra cosa.
—Esto no parece la misma isla —dijo Gon.
—No lo es.
No sabía por qué lo dije.
Pero lo dije convencido.
El sur había sido luz, plástico, piscinas, calima.
El norte era humedad, monte, carretera vieja y casas agarradas a laderas imposibles.
No era un paisaje bonito en el sentido turístico.
Era demasiado vertical, demasiado silencioso.
La niebla no entraba desde el mar: parecía salir de la propia tierra volcánica.
—¿Te acuerdas de algo más? —pregunté.
Gon llevaba el mapa sobre las rodillas, siguiendo la línea de bolígrafo con el dedo cuando la carretera lo permitía.
—De la terraza, poco.
—Pero te acuerdas.
—Fragmentos.
—¿Cuáles?
Tardó en contestar.
—Nicolás estaba de rodillas.
—Sí.
—La de blanco le tocaba los hombros.
—Sí.
—Y tú entraste en la espiral.
—Para sacarte.
Me miró.
—Eso no lo sé.
—¿Qué quieres decir?
—Que no sé si entraste para sacarme o para quedarte tú.
Clavé las uñas en el asiento.
—No digas gilipolleces.
—No lo digo por joderte.
—Pues lo parece.
—La pulsera tenía tu nombre.
—Porque la isla está jugando.
—Puede ser.
—¿Qué insinúas?
—No insinúo nada.
—Sí.
—Solo digo que no sé qué pasó.
—Ninguno lo sabe.
—Exacto.
La carretera se estrechó hasta convertirse en una línea de asfalto agrietado entre árboles. No nos cruzamos con ningún coche durante varios kilómetros. El aire dentro del vehículo se volvió pesado.
En una curva, el mapa indicaba un desvío a la izquierda.
No había desvío.
Gon frenó.
—Tiene que ser aquí.
A nuestra izquierda solo había vegetación, una pared de ramas y piedras húmedas.
—Quizá más adelante —dijo Gon.
Avanzó unos metros.
Nada.
Dio marcha atrás.
Nada.
El mapa marcaba claramente el punto.
—No está.
—A lo mejor lo cerraron.
Bajamos del coche.
El silencio era extraño. No había pájaros de día. Ni insectos. Solo viento entre las ramas y, muy lejos, el mar.
Luego sonó algo desde el barranco. Un quejido largo. Gon y yo nos miramos antes de recordar lo obvio: pardelas. Sabíamos que podían sonar así, como niños perdidos o gente llorando donde no debería haber nadie. Saberlo no ayudó demasiado.
Caminé hasta la maleza.
Entre las ramas vi algo oxidado.
Un poste.
Aparté hojas y apareció una señal vieja, caída hacia atrás, casi tragada por la maleza.
MIRADOR DE LOS AUSENTES ACCESO CERRADO
Debajo, alguien había escrito con pintura roja:
NO SE LLEVÓ A NADIE LOS LLAMARON
—Bruno —dijo Gon.
Se giró hacia la carretera.
Un coche venía subiendo despacio.
Negro.
Sin matrícula delantera.
—Tenemos que movernos.
Buscamos una entrada entre los matorrales hasta encontrar dos columnas bajas de piedra, ocultas bajo hiedra. Entre ellas empezaba una pista de tierra muy estrecha.
—El Fiat no pasa —dijo Gon.
—Entonces andando.
—¿Y si el coche negro es policía?
—¿Tú crees que es policía?
No respondió.
Cogimos una botella de agua, los móviles inútiles y el trozo de mapa. Me guardé también la tarjeta blanca, aunque no quería tocarla. Dejamos el Fiat junto a la cuneta y entramos en la pista justo cuando el vehículo negro aparecía en la curva.