7. El Mirador de los Ausentes
Buscamos el Mirador de los Ausentes en Google Maps.
No existía.
Lo escribimos de tres formas distintas. Con mayúsculas, sin mayúsculas, con “Los” y sin “Los”. Probamos en el navegador. En foros. En páginas de senderismo. En reseñas de turistas que puntuaban playas, restaurantes y senderos como si todo el mundo pudiera reducirse a cinco estrellas.
Nada.
El Mirador de los Ausentes no existía.
O había dejado de existir.
—Medina dijo que teníamos que encontrar el primer lugar —dijo Gon.
Estábamos sentados en el Fiat, en el parking de Casa Calima, con el motor apagado y las ventanas subidas.
El mismo Fiat que la policía había dejado precintado en una pista forestal del norte.
Solo que ahora estaba limpio, reluciente, con la capota cerrada y la carrocería brillante bajo el sol, como si nunca hubiera pisado el barro.
Aquello no era una devolución. Era una corrección.
Fuera hacía calor, pero dentro yo tenía frío. La tarjeta blanca estaba sobre el salpicadero, entre nosotros, como un insecto muerto.
El Mirador de los Ausentes.
Vengan antes de que anochezca.
—También dijo que no dijéramos su nombre en el hotel —respondí.
—Y lo dijimos.
—Sí.
—Entonces quizá ya la hemos liado.
No contesté.
Desde donde estábamos se veía la entrada del hotel.
Turistas entrando y saliendo. Un taxi descargando maletas.
Una pareja se hacía fotos junto a un muro blanco con cactus, buscando el ángulo exacto en el que Casa Calima parecía un secreto caro.
El director hablaba con un hombre junto a la puerta, sonriendo, una mano en el bolsillo de la chaqueta.
En el bolsillo donde había guardado el hilo rojo.
Al cabo de unos segundos, levantó la mirada.
Directamente hacia nuestro coche.
No podía vernos. Los cristales reflejaban el sol.
Pero nos estaba mirando.
—Arranca —dije.
—¿Adónde?
—Lejos de aquí.
Gon arrancó.
El Fiat salió del parking con un sonido ridículo, demasiado alegre para la situación.
La capota seguía cerrada. Ninguno propuso bajarla.
El coche que el día anterior nos había parecido una broma de vacaciones ahora parecía una lata blanca con ruedas, demasiado pequeña para tres maletas, dos hombres y un muerto que el mundo se empeñaba en no recordar.
Tomamos la carretera hacia el interior.
Durante los primeros kilómetros no hablamos.
El sur de Tenerife se alejaba por el retrovisor: hoteles blancos, rotondas con palmeras, carteles de excursiones, supermercados con flotadores en la entrada, gente caminando en chanclas bajo una luz amarilla de calima.
Todo parecía diseñado para no dejar huella.
Piscinas, cócteles, pulseras, aftersun. Una isla vendida como descanso.
Pero según subíamos, la isla cambiaba de piel.
Primero desaparecieron los hoteles.
Después las urbanizaciones.
Después las rotondas.
La carretera empezó a retorcerse entre laderas secas, muros de piedra volcánica y casas aisladas con persianas cerradas. La luz seguía siendo fuerte, pero ya no parecía turística. Pegaba sobre la tierra negra y la volvía áspera, como si el paisaje no quisiera salir bien en las fotos.
A lo lejos, hacia el norte, había nubes agarradas a las montañas.
No parecían venir del cielo.
Parecían brotar de la tierra volcánica, como si la isla respirara frío desde dentro.
—Tenemos que pensar —dijo Gon.
—Vale.
—¿Qué sabemos?
Me reí sin ganas.
—Que tenemos un amigo que el mundo no recuerda, una secta que no aparece en internet, un inspector que llama desde no sabemos dónde, un director de hotel que habla por dentro de la cabeza y una tarjeta que nos manda a un mirador inexistente.
—Bien.
—¿Bien?
—Quiero decir que algo sabemos.
—Estamos jodidos.
—Eso también.
El móvil estaba conectado al cargador del coche. La cobertura iba y venía. Abrí otra vez el buscador y probé con términos más amplios.
“mirador ausentes Tenerife”
“mirador desaparecidos Tenerife”
“Casa del Alba mirador”
“secta Alba Tenerife mirador”
Nada útil.
Hasta que una búsqueda no cargó del todo.
La pantalla se quedó blanca unos segundos y después apareció un resultado sin título, solo una línea gris, como un fragmento de una página antigua.
…camino al antiguo Mirador de los Ausentes, cerrado tras los sucesos de 2016…
Se me aceleró el pulso.
—Mira.
Toqué el enlace.
Error 404.
Página no encontrada.
Volví atrás.
El resultado había desaparecido.
—No jodas —dijo Gon.
—Pon lo de sucesos de 2016.
Lo escribí.
Nada.
—Antiguo mirador cerrado sucesos 2016.
Nada.
—Tenerife sucesos 2016 secta.
Nada.
La isla corregía rápido.
Pero no perfecto.
—Necesitamos algo que no dependa de internet —dije.
—¿Qué?
Miré por la carretera.
Un cartel marrón anunciaba un pueblo a once kilómetros. Centro histórico. Ermita. Museo etnográfico.
—Mapas antiguos.
El pueblo se llamaba San Telmo de Arriba, aunque en los carteles viejos alguien había raspado la palabra “Arriba” hasta dejar apenas unas cicatrices blancas.
Estaba construido en una ladera, con calles estrechas de piedra, casas bajas y balcones verdes.
No había casi nadie. Un perro dormía a la sombra de una fuente seca.
Dos viejos jugaban al dominó en la puerta de un bar, moviendo las fichas con la lentitud de quienes no esperan nada del día.
Aparcamos junto a la iglesia.
Al bajar del coche, el silencio me sorprendió.
No era silencio absoluto. Había viento, un televisor encendido en alguna casa, una cucharilla golpeando un vaso, un pájaro que chilló una vez y se calló. Pero todo sonaba lejos. Como si el pueblo estuviera cubierto por una capa fina de cristal.
La oficina de turismo estaba en una casa pequeña, al lado del ayuntamiento. Dentro olía a papel viejo, madera y aire acondicionado demasiado débil. Una mujer mayor leía una revista detrás del mostrador.
Levantó la vista.
—Buenos días.
—Buenos días —dije—. Estamos buscando un mirador.
—Hay muchos.
—Uno antiguo. El Mirador de los Ausentes.
La mujer no reaccionó al principio.
Después cerró la revista.
Muy despacio.
—¿Quién les ha hablado de ese sitio?
Gon y yo nos miramos.
—Un amigo —dije.
—Mal amigo.
La mujer se levantó. Era baja, delgada, con el pelo blanco recogido en un moño. Llevaba unas gafas colgadas del cuello y una medalla pequeña bajo la camisa. Tenía las manos de alguien que había pasado media vida doblando mapas, cerrando ventanas y tocando cosas para comprobar si aún estaban allí.
—Ese camino está cerrado.
—Entonces existe.
—Existía.
—Necesitamos llegar.
—No.
Lo dijo sin dureza.
Con algo peor.
Con pena.
—Señora —dijo Gon—, hay una persona desaparecida.
La mujer nos observó durante unos segundos.
—Siempre la hay.
Sentí que la habitación se enfriaba.
—¿Qué significa eso?
No respondió.
Se acercó a la puerta, miró a la calle y echó el pestillo. Luego bajó una persiana de madera hasta media altura. La luz del pueblo quedó cortada en líneas horizontales sobre el suelo.
—Enséñenme lo que les han dado.
No preguntó si nos habían dado algo.
Lo sabía.
Saqué la tarjeta blanca.
La mujer no la tocó. Leyó la frase y cerró los ojos.
—Otra vez no.
—¿Conoce La Casa del Alba? —pregunté.
La mujer abrió los ojos.
—Aquí ese nombre no se dice.
—Eso ya nos lo han dicho.
—Pues aprendan más rápido.
Fue hasta una estantería del fondo y apartó varios folletos turísticos. Detrás había una caja metálica con cerradura. Sacó una llave del bolsillo, la abrió y extrajo un mapa doblado, amarillento por los bordes.
Lo extendió sobre una mesa.
Era un mapa antiguo de Tenerife. No muy antiguo, quizá de los años noventa o primeros dos mil, pero sí anterior a los móviles, a las rutas de colores y a las reseñas con estrellas.
Las carreteras parecían más estrechas. Algunos caminos tenían nombres que ya no se usaban.
Otros, directamente, no aparecían en los mapas actuales.
La mujer señaló una zona montañosa al norte.
—Aquí.
Leí el nombre escrito en letra pequeña.
Mirador de los Ausentes.
Debajo, casi borrado, aparecía otro nombre.
Lomo del Alba.
—¿Qué pasó allí? —preguntó Gon.
La mujer dobló las manos sobre el mapa.
—Lo que pasa cuando la gente sola encuentra a otra gente sola y alguien les promete que el dolor puede terminarse sin morir.
No entendí la frase.
O no quise entenderla.
—¿Era una secta?
—Era una casa.
—Eso no responde.
—Al principio nunca son sectas. Son casas, comunidades, retiros, grupos de meditación, familias elegidas. Palabras bonitas para cosas que tienen hambre.
—¿Hambre de qué?
Carmen miró el mapa, no a nosotros.
—De lo que cae en los barrancos. De lo que se calla. En Anaga ya se hablaba de bailes antes de que existiera La Casa: brujas, fuego, barrancos donde el tiempo se despista y gente que vuelve distinta. La secta no inventó el miedo. Solo aprendió a ponerle música.
Se hizo un silencio espeso.
Fuera, el perro ladró una vez.
—Hace diez años —continuó—, varios jóvenes desaparecieron durante semanas. Algunos eran de aquí. Otros vinieron de la península. Otros nadie supo de dónde salieron. Se reunían en una finca cerca del lomo. Decían que allí se escuchaba la primera música del mundo.
La música.
Sentí que el zumbido volvía a mi cabeza.
—¿Qué música?
La mujer me miró.
—Usted ya la ha oído.
No fue una pregunta.
—Encontraron cuerpos —dije.
—Encontraron algunos.
—¿Cuántos?
—Los suficientes para cerrar el caso. No los suficientes para cerrar la herida.
—¿Y el mirador?
La mujer señaló el mapa.
—Antes de la finca, antes de la casa, antes incluso del grupo, estaba el mirador. Los familiares de los desaparecidos iban allí a mirar el barranco. Por eso se llamaba así. El Mirador de los Ausentes. Luego ellos lo hicieron suyo.
—¿Ellos?
—Los del Alba.
—¿Para qué?
La mujer tragó saliva.
—Para elegir.
Gon se inclinó sobre el mapa.
—¿Elegir qué?
—Quién se quedaba.
El aire de la oficina pareció quedarse sin oxígeno.
—Nosotros no elegimos —dije.
La mujer me observó con una tristeza seca.
—Nadie cree que elige hasta que le enseñan su firma.
—Estábamos borrachos.
—Eso no importa.
—Claro que importa.
—Para ustedes sí. Para el sitio no.
Golpeé la mesa con la palma.
—¡El sitio no puede decidir nada!