El Mirador de los Ausentes 6. El hombre que no venía con nosotros #2
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6. El hombre que no venía con nosotros #2

—Señor, con todo respeto, aquí cuidamos el descanso de nuestros huéspedes. Su reserva es para dos personas. El sistema registra a dos personas. Las cámaras muestran a dos personas entrando en el hotel.

—Mi amigo ha desaparecido.

—No consta ningún tercer huésped.

—Consta porque vino con nosotros.

—Si ustedes insisten en buscar a alguien que no aparece en ninguna parte, tendremos que entender que están atravesando una situación delicada. Por su seguridad y por la del resto de huéspedes, podría verme obligado a pedirles que abandonen las instalaciones.

Lo dijo como quien informa del horario del desayuno.

Sin amenaza.

Peor.

Con protocolo.

Miró hacia Gon.

—Usted viaja con un amigo. Aquí está.

Gon bajó la mirada.

Esa fue la peor traición.

No porque quisiera traicionarme.

Sino porque una parte de él quería agarrarse a aquella versión. Dos amigos, una borrachera, una noche rara, uno perdiendo la cabeza. Una historia fea, sí, pero posible.

Yo era el problema.

Nicolás era una grieta.

Y el hotel estaba enseñándonos cómo se tapan las grietas.

El director se inclinó hacia mí.

Habló más bajo.

—No busque lo que ya ha sido entregado.

Noté que el corazón se me detenía.

—¿Qué ha dicho?

La sonrisa volvió, completa.

—He dicho que no busque problemas. A veces, cuando estamos de vacaciones, exageramos las cosas.

Gon se levantó.

—Nos vamos, Bruno.

—Ha dicho entregado.

—Nos vamos.

—Lo has oído.

—No he oído nada.

—¡Lo has oído!

Varios huéspedes nos miraron.

Gon apretó los dientes.

—Estás montando un espectáculo.

El director recogió el hilo rojo con una servilleta.

—Voy a tirar esto.

Le agarré la muñeca.

No fuerte.

Pero suficiente.

La recepcionista dio un paso atrás.

Gon me sujetó por los hombros.

—Bruno, suelta.

El director no se movió.

Sus ojos estaban fijos en los míos.

Y entonces, sin mover los labios, lo oí.

No era una voz en mi cabeza.

Era su voz.

Pero por dentro.

Uno pidió quedarse.

Dos brindaron.

Uno volvió mal.

Lo solté de golpe.

Retrocedí.

El director dobló la servilleta alrededor del hilo y se la guardó en el bolsillo de la chaqueta.

—Les recomiendo no salir esta noche —dijo.

Después se fue.

Gon me arrastró fuera del patio, hacia la entrada del hotel.

No hablamos hasta llegar a la calle.

El sol pegaba fuerte. Había taxis, turistas con bolsas de playa, una pareja sacándose fotos frente a la fachada blanca de Casa Calima. Todo demasiado real. Todo insultantemente real.

—Necesitas ayuda —dijo Gon.

—Necesito encontrarlo.

—No sé a quién.

—No digas eso.

—No sé a quién, Bruno.

Me acerqué a él.

—Anoche subimos a la terraza.

—No.

—Viste a Pichi.

—No.

—Entraste en la espiral.

—Cállate.

—Lo viste.

—¡Que te calles!

Su grito hizo que una pareja se girara.

Estaba temblando.

No de rabia.

De miedo.

—Estoy intentando no acordarme —susurró.

Todo se quedó quieto.

—¿Qué?

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—No sé quién es. Pero cuando dices ese nombre… hay algo.

—¿Qué algo?

Se tocó el pecho.

—Como si me faltara una parte.

Respiré por primera vez en toda la mañana.

—Entonces me crees.

Tardó mucho en contestar.

—No quiero.

Era suficiente.

No mucho.

Pero suficiente.

Nos sentamos en un muro bajo al otro lado de la calle. Durante un rato no hicimos nada. Solo mirar Casa Calima. Desde fuera, el hotel parecía una maqueta blanca y perfecta: patios, cactus, muros encalados, sombras limpias.

Y arriba, la terraza.

Vacía.

O eso parecía.

—Tenemos que ir a la policía —dije.

—¿A contar qué?

—Todo.

—No existe denuncia. No existe Medina. No existe la secta. No existe el tío que tú dices.

—Pero algo queda.

—¿Qué?

No respondí enseguida.

Abrí el móvil y entré otra vez en la galería.

Nada.

WhatsApp.

Nada.

Correo.

Nada.

Entonces se me ocurrió una cosa.

La papelera.

Fotos eliminadas.

La carpeta tardó en cargar.

Había decenas de imágenes absurdas: capturas viejas, fotos movidas, memes borrados.

Y una foto sin miniatura.

Negra.

Fecha: sábado, 02:17.

La abrí.

Durante unos segundos la pantalla no mostró nada.

Luego apareció una imagen borrosa.

La terraza.

Velas.

Gente de pie.

La espiral.

Y en el centro, tres figuras.

Pichi de rodillas.

Gon dentro del círculo.

Yo, entrando detrás.

La imagen estaba movida, como tomada desde lejos.

Pero se veía.

Se veía todo.

En la esquina inferior había una sombra.

Alguien había sacado la foto desde la puerta de la terraza.

Alguien detrás de nosotros.

Amplié la imagen.

La sombra era una mano.

Una mano de mujer.

Con una pulsera roja.

Gon miró la pantalla.

No dijo nada.

Solo dejó de respirar.

Vi cómo se le abrían las pupilas, cómo se le iba el color de la cara, cómo una gota de sudor frío le bajaba por la sien aunque estábamos al sol. Intentó apartar la mirada, pero no pudo. La foto lo tenía sujeto.

—Mándamela.

—¿Qué?

—Mándamela antes de que desaparezca.

Lo hice.

El mensaje salió.

Por un momento, la foto apareció en La Fábrica de Ladrillos.

Luego se borró de mi pantalla.

Después de la suya.

Después de la papelera.

Pero ya la había visto.

Y verlo no le devolvió un recuerdo. Le rompió la defensa que la isla le había construido dentro.

Gon seguía mirando el hueco donde la foto había estado.

—No es que no lo recordara, Bruno —susurró.

—¿Qué?

Se tocó la frente, como si le doliera algo por dentro.

—Es que algo me estaba obligando a no hacerlo.

La frase me dejó helado.

Porque yo también lo sentía.

Como una mano empujando desde dentro de la cabeza.

—Había una chica —dijo.

—Sí.

—Vestido blanco.

—Sí.

—Y él bailaba con ella.

Tragué saliva.

—Sí.

Gon se tapó la boca con la mano.

—Joder.

El recuerdo estaba volviendo.

No entero.

Pero volvía.

Y la isla lo notó.

El móvil vibró.

No el mío.

El de Gon.

Miró la pantalla.

Número desconocido.

Contestó con manos temblorosas y puso el altavoz.

Al principio solo hubo viento.

Después, la voz de Medina.

—No digan mi nombre en el hotel.

Me quedé helado.

—Inspector.

—Escuchen bien. No tengo mucho tiempo.

—¿Dónde está?

—Eso da igual. Ustedes estaban en el expediente y ahora ya no. La isla ha empezado a corregirse.

—¿Qué significa eso?

—Que si siguen recordándolo, va a intentar borrarlos también.

Gon cerró los ojos.

—¿Nicolás está vivo?

Silencio.

Demasiado largo.

—Hay que encontrar el primer lugar —dijo Medina.

—¿Qué primer lugar?

—No la fiesta. Antes.

—No hubo antes.

—Siempre hay antes.

La línea crujió.

Detrás de su voz se oyó la música.

Baja.

Cercana.

—Inspector, ¿dónde está Nicolás?

Medina respiró como si le costara.

—Donde lo dejaron.

—¿En la fiesta?

—No.

Otra pausa.

—En el mirador.

La llamada se cortó.

Nos quedamos mirando el móvil.

—¿Qué mirador? —preguntó Gon.

No lo sabía.

Y entonces, desde el bolsillo de mi pantalón, noté algo húmedo.

Metí la mano.

Saqué una tarjeta de cartulina blanca.

No estaba allí antes.

Tenía la misma letra redonda de siempre.

Solo una frase.

El Mirador de los Ausentes.

Vengan antes de que anochezca.

No sabía qué daba más miedo: que aquel lugar nos estuviera llamando o que una parte de mí necesitara obedecer para seguir creyéndome.