6. El hombre que no venía con nosotros
Durante casi un minuto no pude hablar.
Miraba la pulsera azul entre las manos de Gon, mi nombre escrito con rotulador negro, y sentía que algo dentro de mi cabeza no conseguía encajar.
Bruno.
No Pichi.
No Nicolás.
Bruno.
La pulsera tenía mi nombre.
No era posible. Yo llevaba la mía puesta. Me miré la muñeca izquierda.
No había nada.
Solo una marca pálida alrededor de la piel, como si me acabaran de quitar algo que llevaba días apretándome.
—Dame eso —dije.
Mi voz salió ronca.
Gon cerró la mano.
—¿Quién es Pichi?
La pregunta me golpeó peor que cualquier grito.
—No tiene gracia.
—No estoy de coña.
—Es Nicolás.
—¿Qué Nicolás?
—Nuestro amigo.
—¿Qué amigo?
Me levanté demasiado rápido y la habitación se inclinó. Tuve que apoyarme en la pared. La luz entraba por la cortina mal cerrada, blanca, cruel, de mañana turística. En el patio se oía el agua de la piscina, voces bajas, una taza golpeando un plato.
Casa Calima seguía funcionando, obscenamente normal.
—Vino con nosotros —dije—. En el avión. En el Fiat. En la fiesta.
—Bruno, paramos tú y yo.
—No.
—Sí.
—No.
Me acerqué a mi maleta Eastpak y la abrí de un tirón. Ropa revuelta, neceser, cargadores, unas gafas de sol que no recordaba haber metido ahí. Busqué mi móvil entre las sábanas, debajo de la almohada, en la mesa.
Lo encontré junto a la botella de agua.
Encendido.
Con cobertura.
Abrí WhatsApp.
El grupo seguía ahí.
La Fábrica de Ladrillos.
Respiré.
—Mira —dije.
Le puse la pantalla delante.
El grupo estaba.
Pero solo había dos fotos arriba.
La de Gon.
La mía.
Entré en la información.
Participantes: 2.
Gon y yo.
No había rastro de Nicolás.
Ni mensajes suyos.
Ni audios.
Ni bromas.
Ni el mensaje de la gasolinera diciendo que el objetivo era llegar a mil euros.
Ni sus pullas sobre el ladrillo, ni sus audios absurdos, ni esas respuestas que solo entendíamos nosotros.
Nada.
Deslicé hacia arriba a toda velocidad, buscando días anteriores.
Los mensajes estaban reescritos.
Donde yo recordaba que Pichi había dicho algo, ahora había huecos. No huecos visibles. Peor. Conversaciones que parecían naturales, pero no lo eran. Chistes a medias. Respuestas que no encajaban. Frases mías contestando a alguien que ya no estaba.
La Fábrica de Ladrillos seguía existiendo.
Pero ya no estaba entera.
—Esto no es posible —murmuré.
Gon me miraba con miedo.
No miedo de la isla.
Miedo de mí.
—Bruno, estás fatal.
—Mira el vuelo.
Abrí el correo.
Billetes.
Dos pasajeros.
Hotel.
Habitación doble.
Coche de alquiler.
Conductor adicional: ninguno.
—No —dije.
La palabra salió pequeña.
El miedo no gritó. Se sentó dentro de mí, muy quieto, como si acabara de encontrar casa. Si todos los papeles decían que Nicolás no había venido, ¿qué quedaba de mi memoria aparte de una resaca, una culpa y una historia imposible?
Busqué fotos.
Galería.
Aeropuerto.
Selfie en la puerta de embarque.
Gon y yo.
Detrás, gente desconocida.
Pero no Pichi.
Otra foto en el avión.
Gon dormido con la boca abierta, yo haciendo el idiota con la cámara.
El asiento junto a nosotros vacío.
No vacío.
Ocupado por una mujer mayor con un pañuelo rojo.
No recordaba a esa mujer.
Nunca había estado allí.
Pero la foto decía que sí.
Seguí buscando.
El Fiat 500C.
La gasolinera.
La entrada de Casa Calima.
En algunas fotos había un espacio raro entre Gon y yo. Un hueco que parecía mala composición. Una sombra en el borde. Una maleta vieja junto a una pared, sin dueño.
Pero ninguna cara.
Ningún Nicolás.
Miré mis propias manos sujetando el móvil. Temblaban. Quise pensar que era la falta de sueño. Quise pensar cualquier cosa. Pero una idea empezó a morderme por dentro: ¿y si la isla no estaba borrando a Nicolás? ¿Y si solo me estaba enseñando que yo lo había inventado para no mirar otra cosa?
—La policía tiene que saberlo —dije.
—La policía nos dejó anoche porque no había denuncia.
Me giré hacia él.
—¿Qué?
—No había desaparecido nadie.
—Sí había.
—Bruno.
—¡Sí había!
Golpeé la mesa con la mano. Una botella cayó al suelo y rodó hasta la cama.
Gon se puso de pie.
—Para.
—Pichi existe.
—No sé quién es.
—Claro que lo sabes.
—No.
—Te enseñaron fotos.
—¿Qué fotos?
—La secta. La Casa del Alba.
Su cara no cambió.
Ni un gesto de reconocimiento.
—¿La qué?
Sentí que me faltaba el aire.
Fui al navegador del móvil y escribí el nombre con dedos torpes.
La Casa del Alba secta Tenerife suicidio colectivo.
Resultados.
Nada relevante.
Una casa rural llamada Alba.
Una asociación cultural.
Una noticia sobre senderismo.
Probé otras palabras.
Secta desaparecidos Tenerife diez años jóvenes suicidio.
Nada.
No nada absoluto, sino nada que encajara. Noticias antiguas de otros sitios, casos sin relación, páginas rotas. El expediente que Medina nos había enseñado parecía haber sido arrancado del mundo.
—El inspector Medina —dije.
Abrí llamadas recientes.
No aparecía.
—Nos interrogó.
—No nos interrogó nadie.
—El coche.
—¿Qué coche?
—El Fiat. Lo encontraron en el norte.
—El coche se lo llevó la policía.
—Bruno, el coche está abajo.
—No.
—Sí.
Cogió la tarjeta de la mesa.
—Bajemos.
Aquello fue lo que casi me hizo gritar. No que Gon no recordara a Pichi, sino que el mundo hubiera corregido también el Fiat: de prueba policial en una pista del norte a coche de alquiler aparcado tranquilamente bajo Casa Calima.
No quería bajar.
Parte de mí necesitaba comprobarlo, pero otra parte ya sabía lo que íbamos a encontrar. O peor: lo que no íbamos a encontrar.
Salimos de la habitación.
La puerta se cerró detrás de nosotros con un clic suave.
El patio estaba normal.
Luz blanca.
Cactus.
Piedra clara.
La piscina estrecha.
Una pareja desayunaba en silencio bajo una sombrilla de lino. Una camarera cruzó con una bandeja de tazas y nos sonrió.
—Buenos días.
Ninguna risa escondida.
Ninguna música.
Ninguna puerta de terraza abierta.
Solo un hotel en el sur de Tenerife, precioso, caro y limpio.
En recepción estaba una mujer joven, pelo recogido, uniforme impecable. Sonrió con profesionalidad.
—Buenos días. ¿En qué puedo ayudarles?
—Necesito saber si hay algún huésped registrado con nosotros —dije.
—¿En su habitación?
—Sí.
—Número, por favor.
—Doce.
Tecleó.
—Habitación doble. Dos huéspedes.
—¿Seguro?
—Sí.
—Puede mirar si había una tercera persona y se canceló?
La recepcionista levantó la vista.
—No consta.
—¿Y cámaras de anoche?
Gon intervino rápido.
—Perdona, mi amigo está un poco nervioso. Tuvimos un problema.
—¿Qué problema?
Me adelanté.
—¿Trabaja aquí un recepcionista de noche? Moreno, unos cuarenta, gafas.
—Tenemos varios turnos.
—Anoche habló con nosotros. Le pedimos seguridad.
La mujer frunció ligeramente el ceño.
—Anoche no hubo turno presencial.
—¿Cómo?
—Desde hace meses, después de las once usamos check-in automático y atención telefónica. Recepción queda cerrada.
—No. Había un hombre.
—No debería.
Entonces recordé al hombre que nos había dado la tarjeta a las cinco y veintisiete de la mañana. Su camisa blanca. Su voz baja. Sus dedos dejando la llave sobre el mostrador.
Si recepción estaba cerrada, ¿quién nos había dejado entrar?
Sentí un escalofrío en la nuca.
—¿Puede preguntarlo?
La recepcionista dudó.
—¿Desea hablar con dirección?
—Sí.
Gon me cogió del brazo.
—Bruno, déjalo.
Me solté.
—No.
La mujer hizo una llamada interna. Habló en voz baja durante unos segundos y luego nos indicó una zona de sofás junto al patio.
—El director baja enseguida.
Esperamos diez minutos.
Yo no dejaba de mirar mi móvil. La Fábrica de Ladrillos seguía con dos participantes. Probé a buscar “Nicolás” en WhatsApp. Nada. “Pichi”. Nada. Miré contactos. Nada. Instagram. Nada. Fotos etiquetadas. Nada.
Era como si alguien hubiera pasado una mano por encima de nuestra vida y hubiera borrado a Nicolás sin borrar el hueco que dejaba.
El director apareció con una sonrisa demasiado preparada. Un hombre bajo, traje claro, piel bronceada, olor a colonia cara.
—Buenos días, señores. Me comentan que hay alguna confusión.
—Hay una persona desaparecida —dije.
La cara de Gon cambió.
La del director también.
—Bruno —susurró Gon.
—Viajaba con nosotros. Se llama…
Me detuve.
El nombre real de Pichi.
Lo sabía.
Por supuesto que lo sabía.
Nicolás.
Eso sí.
Pero faltaba algo.
Había apellidos. Familia. DNI. Grupos de WhatsApp. Reservas. Billetes. Cenas. Cumpleaños. La voz de su madre en algún audio que alguna vez había puesto en altavoz. Su firma en algún documento absurdo. Su nombre completo estaba en mi cabeza, o debería estarlo.
Abrí la boca.
Nada.
Más allá de Nicolás, no había nada.
Un hueco perfecto.
Liso.
Como una pared recién pintada.
—Se llama Nicolás —dije.
—¿Apellido?
No pude contestar.
El director mantuvo la sonrisa, pero los ojos se le endurecieron.
—Comprendo.
—No comprende nada.
—Tal vez deberían descansar.
—Todo el mundo me dice que descanse.
—Han tenido una noche complicada, imagino.
Lo miré.
Había algo en esa frase.
No el contenido.
El tono.
Como si supiera.
—¿Quién es usted?
La sonrisa desapareció durante medio segundo.
Luego volvió.
—El director de Casa Calima.
—¿Y anoche?
—Anoche no trabajé.
—¿Conoce La Casa del Alba?
El patio pareció bajar de volumen.
No del todo.
Solo un poco.
La pareja dejó de hablar.
La camarera dejó de caminar.
La recepcionista dejó de teclear.
Todos, solo un segundo.
Nada más.
Después el ruido volvió.
El director seguía mirándome.
—No sé de qué me habla.
Mentía.
No tenía pruebas.
Pero mentía.
Me metí la mano en el bolsillo.
No sabía qué buscaba hasta que lo encontré.
Un hilo rojo.
Dos cuentas blancas.
El trozo de pulsera que había visto en el Fiat.
No recordaba haberlo cogido.
Pero estaba allí.
Mojado.
Frío.
Lo puse sobre la mesa baja entre nosotros.
Las dos cuentas dejaron una marca de agua sobre el cristal.
—¿Y esto?
El director lo miró.
Su expresión no cambió, pero tragó saliva.
Muy poco.
Lo suficiente.
—Un hilo.
—Lo encontré en el coche.
—Entonces quizá sea suyo.
—No.
El director apoyó una mano sobre el mostrador de mármol. No levantó la voz. No le hacía falta. Su sonrisa seguía allí, profesional, perfecta, sin llegar nunca a los ojos.