El Mirador de los Ausentes 5. La terraza
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5. La terraza

No subimos.

Eso dije al principio.

Cuando Medina me preguntó, cuando la policía revisó las cámaras, cuando el psicólogo del juzgado me pidió que reconstruyera la noche en orden, yo repetí lo mismo.

No subimos.

Nos quedamos en la habitación 12. Bloqueamos la puerta con una silla. Esperamos a seguridad. O a la policía. O al amanecer. Esperamos a cualquier cosa que viniera de este mundo.

Eso dije.

Y durante un tiempo creo que lo creí.

Pero no fue verdad.

La verdad empezó a las dos y diecisiete de la madrugada.

Lo sé porque el reloj digital de la mesilla se encendió solo. Hasta entonces había estado apagado. A las dos y diecisiete, los números rojos aparecieron de golpe en la oscuridad.

02:17.

Gon estaba sentado en el suelo, con la espalda contra la pared y una botella de agua entre las manos.

Yo estaba en la cama, sin zapatos, sin camiseta, con una manta sobre los hombros.

Habíamos apagado las luces una a una porque la habitación se había vuelto insoportable con todo encendido. Demasiado blanca. Demasiado expuesta.

El grito de Pichi no había vuelto a sonar.

Tampoco el teléfono.

Ni los golpes en la ventana.

Durante casi una hora, nada.

Y eso fue aún peor.

El miedo, cuando no pasa nada, se pudre.

Empieza a oler dentro de ti.

—No podemos seguir así —dijo Gon.

Su voz sonó vieja.

—En cuanto haya cobertura llamamos a Medina.

—No hay cobertura.

—Pues bajamos a recepción.

—¿Y si no nos dejan bajar?

Me miró.

—¿Quién?

No respondí.

No hacía falta.

Había algo fuera de la habitación. En el patio, en la terraza, en la isla entera. Algo que sabía esperar. Algo que había estado esperando diez años, o quizá mucho más.

El reloj cambió.

02:18.

Y entonces la música volvió.

Esta vez no sonaba desde arriba.

Sonaba dentro de la habitación.

Muy baja.

Como si alguien hubiera escondido un altavoz debajo de una cama.

Nos quedamos quietos.

—¿La oyes? —susurró Gon.

Asentí.

La melodía no era exactamente la misma que en la fiesta. Era más lenta. Más desnuda. Las voces habían desaparecido casi por completo. Quedaba una nota sostenida, un zumbido grave, y de vez en cuando el sonido de una campana.

Una.

Dos.

Tres.

—Viene del baño —dije.

No nos movimos.

La puerta del baño estaba entornada. La habíamos dejado cerrada, de eso estaba seguro. Ahora había una línea negra entre el marco y la hoja.

La música salía de allí.

Gon cogió la lámpara de la mesilla. La desenchufó y la levantó como si fuera un arma.

—Esto es ridículo —dijo.

—Sí.

Pero ninguno se rió.

Me acerqué al baño despacio. Cada paso sobre el suelo de piedra clara parecía sonar demasiado. La puerta se abrió un poco más antes de que la tocara.

Dentro, la luz estaba apagada.

El espejo reflejaba la habitación en sombras.

Y en la ducha había agua.

Agua negra.

No hasta arriba. Apenas dos dedos cubriendo el plato de piedra. Pero se movía, formando pequeños círculos alrededor del desagüe.

—Eso no estaba —dijo Gon.

Negué.

En el agua flotaba algo.

Un papel.

Al principio pensé que era una etiqueta, una servilleta, cualquier basura arrastrada por el desagüe. Pero cuando lo saqué con dos dedos, vi que era una fotografía.

Estaba mojada, aunque la imagen no se había borrado.

La reconocí antes de entenderla.

La fiesta.

No una foto antigua de la secta.

No una imagen de expediente.

La fiesta de la noche anterior.

Aparecíamos nosotros.

Gon, de espaldas, con los brazos levantados.

Yo, sentado sobre una manta, riéndome con una copa en la mano.

Pichi, en el centro, bailando con la de blanco.

Y alrededor, los demás.

Los muertos.

Todos mirando a cámara.

Nadie sonreía.

—No —dijo Gon.

Me quitó la foto de las manos.

La giró.

En el reverso había una frase escrita con la misma letra redonda de la tarjeta.

Uno de vosotros pidió quedarse.

—Eso es mentira —dije.

Pero algo se movió dentro de mí.

Un recuerdo pequeño.

Sucio.

Pichi riéndose.

Pichi diciendo algo al oído de la de blanco.

Pichi mirándonos y levantando su vaso.

Pichi con los ojos demasiado brillantes.

—¿Te acuerdas de eso? —preguntó Gon.

—No.

—Bruno.

—No.

—Mírame.

Le miré.

Tenía la cara descompuesta.

—Creo que él dijo que no quería irse.

La música subió un poco.

La campana sonó otra vez.

Una.

Dos.

Tres.

El agua de la ducha empezó a girar.

No hacia el desagüe.

Al revés.

Formando una espiral.

Salimos del baño dando tumbos.

El reloj marcaba 02:19.

En la mesa, nuestros móviles se encendieron al mismo tiempo.

Dos pantallas iluminadas.

Dos mensajes nuevos.

Remitente: Pichi.

El mío decía:

Tú también querías quedarte.

El de Gon decía:

No le creas. Él me dejó allí.

Nos miramos.

Ese fue el primer momento en que el miedo cambió de forma.

Hasta entonces habíamos tenido miedo de la isla, de la secta, de los muertos, de Pichi apareciendo en una cuneta o llamando desde un teléfono imposible.

Ahora empezamos a tener miedo el uno del otro.

—¿Qué te ha puesto? —preguntó Gon.

No contesté.

—Bruno.

—¿Y a ti?

Guardó el móvil demasiado rápido.

—Nada.

—Enséñamelo.

—Enséñame tú el tuyo.

Ninguno se movió.

La habitación pareció encogerse alrededor de nosotros.

Entonces alguien golpeó la puerta.

No desde fuera.

Desde dentro del armario.

Toc.

Toc.

Toc.

La silla seguía bloqueando la puerta principal. La ventana estaba cerrada. El baño, abierto y oscuro. El armario, junto a la entrada, tenía las puertas correderas cerradas.

El golpe se repitió.

Toc.

Toc.

Toc.

Gon levantó otra vez la lámpara.

—No lo abras.

—No voy a abrirlo.

Pero ya estaba caminando hacia allí.

No quería.

Esa es la parte difícil: mi cuerpo avanzaba, pero yo no sentía que estuviera decidiendo. Era como caminar en un sueño, cuando sabes que hay algo terrible al final del pasillo y aun así sigues.

Puse la mano en la puerta del armario.

Fría.

Muy fría.

La deslicé.

Dentro no había nadie.

Solo nuestras maletas.

Y, colgada de una percha, una camisa blanca.

La camisa de Pichi.

Manchada de tierra negra.

Y sangre seca.

Gon soltó un sonido ahogado.

—Esa no estaba.

Toqué la tela.

Estaba húmeda.

Olía a humo dulce.

En el bolsillo había algo duro.

Lo saqué.

Era una llave.

Grande, vieja, de hierro oscuro. Tenía una etiqueta de plástico atada con un cordel.

TERRAZA.

—No —dijo Gon.

Retrocedió hasta chocar con la cama.

—No vamos a subir.

Yo miraba la llave en mi mano.

Pesaba demasiado para ser real.

—No.

—Dame la llave.

—No.

—Dámela.

Cuando levanté la vista, ya no estaba mirándome a mí.

Miraba algo detrás de mí.

Me giré.

La puerta de la habitación estaba abierta.

La silla seguía en su sitio, encajada bajo el pomo, pero la puerta estaba abierta hacia dentro, atravesándola como si la madera y el metal no significaran nada.

El patio estaba oscuro.

Todas las lámparas apagadas.

Al fondo, junto a la escalera exterior, había una figura.

Pichi.

De espaldas.

Llevaba la camisa blanca.

La misma que yo tenía en la mano.

—No puede ser —susurró Gon.

La figura levantó un brazo.

Despacio.

Y señaló hacia arriba.

Después empezó a caminar.

—Pichi —dijo Gon.

Le agarré antes de que saliera.

—No.

Se soltó.

—Es él.

—No es él.

—¿Y tú qué sabes?

—Nos dijo que no subiéramos.

—Nos dijo muchas cosas.

Salió al patio.

Fui detrás.

No porque quisiera.

Porque no podía dejarlo solo.

La figura llegó a la escalera y se detuvo. No se giró. Solo esperó.

La música venía de arriba.

Más clara.

Más alta.

Y ahora sí había voces.

Muchas.

Cantando la misma sílaba una y otra vez.

Alba.

Alba.

Alba.

Gon avanzó por el patio como si tiraran de él con una cuerda.

—Espera —dije.

No me hizo caso.

La figura de Pichi subió los peldaños y desapareció hacia la terraza.

Cuando llegamos a la escalera, el cartel de TERRAZA parpadeaba bajo una luz de emergencia. Detrás, los escalones subían en una espiral estrecha, pegados al muro blanco de Casa Calima.

—No tenemos que hacer esto —dije.

Gon tenía lágrimas en los ojos.

—Pues vuelve a la habitación.

No volví.

Subimos.

Cada tramo de escalera parecía más largo que el anterior. El aire se volvió frío. Las paredes estaban húmedas y cubiertas de marcas hechas con dedos. Espirales. Círculos. Frases incompletas.

TODO EL MUNDO VIENE DE PASO.

LA ISLA RECUERDA.

UNO PIDE.

DOS PAGAN.

En el último descansillo, la puerta de la terraza estaba entreabierta.

La llave de hierro no hizo falta.

Del otro lado salía luz.

No luz eléctrica.

Luz de velas.

Gon empujó.

La terraza estaba llena de gente.

No treinta.

No cuarenta.

Cientos.

De pie, en silencio, mirando hacia nosotros.

Algunos llevaban ropa de fiesta. Otros, ropa antigua. Otros, batas blancas manchadas de tierra. Había niños, ancianos, jóvenes con la cara pálida y los ojos brillantes. Todos descalzos. Todos quietos.

El viento movía velas que no se apagaban.

Más allá de la barandilla, donde deberían verse los patios blancos de Casa Calima y la piscina estrecha, no había hotel.

Había tierra negra.

Había mar oscuro.

Había un cielo imposible lleno de estrellas.

Como si la terraza ya no estuviera sobre el hotel, sino sobre otra parte de la isla.

En el centro habían dibujado una espiral con piedras blancas.

Y en el centro de la espiral estaba Pichi.

De rodillas.

Vivo.

O casi.

Tenía la camisa blanca abierta, la cara cubierta de sudor y los ojos clavados en nosotros.

—No teníais que venir —dijo.

Su voz era la del teléfono.

La misma.

Rota.

Real.

Gon corrió hacia él.

Yo intenté agarrarlo, pero alguien me sujetó el brazo.

La mujer de las trenzas estaba a mi lado.

No había salido de ninguna parte. Simplemente estaba allí.

—Todavía no —dijo.

Intenté soltarme.

No pude.

Su mano parecía ligera, pero tenía la fuerza de una raíz.

—¿Qué le habéis hecho?

La mujer de las trenzas sonrió con tristeza.

—Nosotros no hacemos nada que no se nos haya pedido.

—Mentira.

Ella no contestó. Solo sonrió un poco más.

En la espiral, Pichi empezó a llorar.

—Lo siento —dijo.

—¿Qué sientes? —gritó Gon.

Él negó con la cabeza.

—Yo dije que sí.

La música subió.

Las voces se unieron.

Alba.

Alba.

Alba.

Y entonces recordé.

No todo.

Solo un fragmento.

La fiesta.

La de blanco hablando con Pichi.

La mujer de las trenzas preguntándonos si queríamos que la noche terminara.

Nosotros riéndonos.

Pichi diciendo que no.

Que por él se quedaba allí para siempre.

Nosotros brindando.

Yo diciendo:

—Te lo regalo. Quédate con ella, que esta igual no te deja tirado como tu ex.

Gon riéndose, demasiado tarde.

La mujer de las trenzas preguntando:

—¿Lo entregáis?

Y nosotros, borrachos, felices, sin entender nada, levantando los vasos.

Sí.

Habíamos dicho que sí.

No porque quisiéramos.

No porque creyéramos que significaba algo.

Pero lo habíamos dicho.

La mujer de las trenzas me soltó.

Caí de rodillas.

—No sabíamos.

—Casi nadie sabe —dijo ella.

En el centro de la espiral, Pichi nos miró.

—Tenéis que iros.

—No —dijo Gon—. Te sacamos de aquí.

La de blanco apareció detrás de él y le puso las manos sobre los hombros.

Pichi cerró los ojos.

—No podéis sacarme.

La terraza empezó a moverse.

No físicamente.

Peor.

El suelo, el cielo, la gente, las velas… todo parecía girar alrededor de la espiral. Casa Calima desapareció por completo. Ya no se veía la piscina, ni el patio, ni la escalera.

Solo piedra negra.

Mar oscuro.

Y una luna enorme sobre nuestras cabezas.

La mujer de las trenzas habló a mi oído:

—Uno se queda. Dos vuelven. Esa fue la promesa.

—Estábamos borrachos.

—El vino no inventa deseos. Solo les quita la vergüenza.

Gon entró en la espiral.

Pichi abrió los ojos de golpe.

—¡No!

Las voces se cortaron.

Toda la terraza quedó en silencio.

La de blanco sonrió.

Por primera vez.

Y entonces entendí la trampa.

No querían que subiéramos para salvar a Pichi.

Querían que alguien más entrara.

La mujer de las trenzas susurró:

—Ahora puede cambiarse.

Di un paso hacia la espiral.

Quizá para sacar a Gon. Quizá para ocupar su sitio. O quizá porque una parte de mí, una parte vergonzosa y cansada, también quería quedarse allí. En ese lugar imposible donde la noche no terminaba, donde no había trabajo, ni llamadas, ni culpa, ni mañana.

Pichi me miró.

Y negó.

Despacio.

—Bruno, no.

El suelo vibró bajo mis pies.

Las piedras blancas empezaron a separarse, abriendo un círculo negro en el centro de la terraza.

Desde dentro no salió fuego.

Ni humo.

Ni monstruos.

Salió música.

La música de la fiesta.

La música que nos había hecho reír.

La música que nos había hecho flotar.

Gon gritó mi nombre.

Corrí.

Entré en la espiral.

Y todo se apagó.

Me desperté en la habitación 12.

Era sábado por la mañana.

El reloj marcaba las once y doce.

Tenía la boca seca, la ropa pegada al cuerpo y un dolor de cabeza brutal.

Durante unos segundos no recordé nada.

Después vi la cama de al lado.

Vacía.

Me incorporé.

La habitación estaba limpia.

Dos camas.

Dos botellas de agua.

Dos maletas.

Ninguna señal de Pichi.

Gon estaba sentado en el suelo, con la espalda contra la pared, mirando algo entre sus manos.

La pulsera azul de Casa Calima.

Tenía un nombre escrito con rotulador negro.

El mío.

Me miró como si no me conociera.

—Bruno —dijo—, ¿quién es Pichi?

Y si Gon ya no lo recordaba, ¿cuánto tardaría la isla en convencerme de que Nicolás nunca había existido?