4. La habitación 12
Nos devolvieron a Casa Calima al anochecer.
No nos llevaron directamente a comisaría, como había dicho Medina.
Primero pasamos casi dos horas en una sala de espera, sin móviles, sin cordones en las zapatillas y sin explicaciones claras.
Luego nos hicieron firmar una declaración provisional, nos repitieron que no podíamos abandonar la isla y nos dejaron marchar con una frase que sonó más a amenaza que a cortesía.
—Descansen. Mañana seguiremos.
Descansen.
Como si dormir fuera una posibilidad.
El taxi nos dejó delante de Casa Calima poco después de las nueve.
El hotel estaba iluminado con esa clase de luz cálida que en las fotos parece lujo y en persona parece vigilancia.
No era un edificio grande. Tenía dos plantas, paredes blancas, patios interiores, cactus en macetas de barro, pasillos abiertos y una piscina estrecha que de noche brillaba con una luz azul demasiado quieta, como si el agua llevara horas conteniendo la respiración.
En la web prometía silencio.
Ahora el silencio parecía una condición.
Gon bajó del taxi sin decir nada. Llevaba la cara ceniza y la camiseta pegada al cuerpo. Desde que habíamos visto el móvil de Pichi encenderse dentro de la bolsa de pruebas, apenas había hablado. Yo tampoco.
Cruzamos la entrada.
En recepción no había cola, ni turistas con maletas, ni parejas preguntando por el desayuno. Solo el recepcionista de la noche, sentado detrás del mostrador, con una camisa blanca impecable y una expresión demasiado tranquila.
Levantó la vista.
—Buenas noches.
Yo dejé la tarjeta de la habitación sobre el mostrador.
—¿Ha venido alguien preguntando por nosotros?
—¿Perdón?
—Alguien. Un amigo. Policía. No sé.
—No tengo constancia.
—¿Y por nuestro amigo? El que falta.
Su cara cambió apenas. Lo suficiente para saber que ya lo sabía. En los hoteles pequeños las noticias no corren. Esperan detrás de las puertas.
—No, señor.
—¿Está seguro?
—Sí.
—¿Nadie ha subido a nuestra habitación?
El recepcionista parpadeó.
—La habitación 12 figura como doble desde la entrada.
—Eso es imposible. Nuestra reserva era triple.
Tecleó algo.
—Aquí no consta.
Dijo consta con la misma tranquilidad con la que alguien cierra una puerta.
—¿Puede mirar si hubo alguna modificación?
—No hay ninguna modificación registrada.
Gon apoyó las manos en el mostrador.
—Necesitamos que mire las cámaras.
El recepcionista se puso rígido.
—Eso solo puede solicitarlo la policía.
—La policía ya está en ello.
—Entonces tendrán que hablar con ellos.
La voz de Gon bajó.
—Mira, tío. Ha desaparecido un amigo.
—Lo siento mucho, pero yo no puedo…
—¿No puedes o no quieres?
Le agarré del brazo.
—Déjalo.
Gon se apartó de mala gana.
El recepcionista nos devolvió la tarjeta con dos dedos, como si quemara.
—Habitación 12. Al fondo del patio, a la derecha.
—Ya lo sabemos —dijo Gon.
Doce. Me acordé porque era el número de la matrícula de mi primer coche, una tontería sin importancia que archivé sin querer, como archivamos tantas cosas que solo vuelven a importar mucho después.
Atravesamos el patio.
Casa Calima seguía siendo preciosa. Ese era el problema.
Las paredes blancas no daban miedo; lo daba la manera en que devolvían la luz.
Los cactus no parecían decorativos, sino colocados para que nadie se acercara demasiado a las paredes.
Las lámparas de barro proyectaban sombras redondas sobre el suelo, y en cada sombra parecía caber una persona quieta.
La habitación 12 estaba al fondo, junto a una escalera exterior que subía a una terraza privada del hotel.
De día, esa escalera nos había parecido un detalle de hotel caro: desayunos con vistas, atardecer, fotos de Instagram.
De noche parecía una salida de emergencia hacia un sitio al que nadie debía subir.
Abrí la puerta.
La habitación estaba limpia.
Demasiado limpia.
Las camas hechas, las toallas dobladas, las cortinas cerradas.
Dos maletas estaban junto al armario: la mía y la de Gon.
Las dos habían estado en el maletero del Fiat.
Dos botellas de agua sobre la mesa. El aire acondicionado encendido a diecinueve grados.
Un olor suave a jabón caro y piedra húmeda.
La cama de Pichi no existía.
Quiero decir: no era que no estuviera él.
Era que no había cama para él.
Nuestra reserva era para tres personas. Una habitación triple.
Lo recordaba. Recordaba discutir en el aeropuerto porque Pichi decía que él se pedía la cama individual y Gon decía que ni de coña, que siempre hacía eso.
Recordaba las tres tarjetas de embarque, los tres DNI en recepción, las tres pulseras azules de Casa Calima que nos habían dado al llegar de madrugada.
Pero en la habitación solo había dos camas.
Dos.
Una a cada lado.
Y un espacio vacío donde debería haber estado la tercera.
—No —dijo Gon.
Se quedó parado en la entrada.
—No, no, no.
Entré despacio.
El suelo estaba limpio. Sin marcas. Sin hueco. Sin muebles desplazados. No parecía que hubieran quitado una cama. Parecía que nunca la había habido.
Fui al armario.
Mis cosas estaban allí.
Las de Gon también.
Nada de Pichi.
Ni camisa. Ni zapatillas. Ni neceser. Ni cargador. Ni la maleta vieja que habíamos visto vacía dentro del Fiat en el norte.
—En el coche estaba su maleta —dije.
—Vacía.
—Pero estaba.
—Aquí no hay nada.
Gon abrió los cajones uno por uno. Luego el baño. Luego volvió a abrir los mismos cajones, como si la ropa pudiera aparecer por insistencia.
—Voy a bajar.
—Espera.
—Voy a bajar y voy a pedir otra vez lo de la reserva.
—Espera.
—¿Qué?
No supe explicarlo.
Había algo en la habitación.
No una persona. No un sonido.
Una intención.
Como cuando entras en un sitio donde alguien acaba de hablar de ti y el aire aún conserva la forma de la frase.
Me acerqué a la mesa.
Encima, junto a las botellas de agua, había una tarjeta blanca con el logo de Casa Calima. La misma que habíamos encontrado al llegar, con letras negras pequeñas y elegantes.
Bienvenidos.
La levanté sin saber por qué.
Debajo había otra tarjeta.
Más pequeña.
De cartulina blanca.
Con nuestro número de habitación escrito a mano.
Y debajo, otra línea.
Bienvenidos otra vez.
Gon la vio desde la puerta.
—Eso no estaba.
—No.
—¿Quién lo ha puesto?
No respondí.
La letra era redonda, cuidada. Una letra bonita. De mujer.
Y aunque no tenía ningún sentido, pensé en la mujer de las trenzas. En sus manos rellenando vasos. En su voz diciendo que todo el mundo viene de paso.
El teléfono de la habitación sonó.
El primer timbrazo nos hizo saltar a los dos.
El segundo pareció más largo.
El tercero no llegó.
Gon cogió el auricular antes de que pudiera detenerle.
—¿Sí?
Se quedó inmóvil.
—¿Quién es?
Silencio.
O eso pensé.
Pero entonces oí algo desde donde estaba.
Una música baja saliendo del auricular.
Voces.
Campanas.
La misma melodía de la fiesta.
Le arranqué el teléfono de la mano y lo pegué a mi oído.
Al principio solo escuché estática.
Después, muy lejos, una risa.
Una risa de hombre.
Una risa que conocía.
—¿Pichi?
La línea crujió.
La música subió un poco.
Y entonces una voz susurró:
—No hables tan alto. Nos van a oír.
Colgué de golpe.
Nos quedamos mirando el aparato.
El auricular siguió vibrando en la base durante unos segundos, como si algo al otro lado no hubiera soltado todavía.
—Era él —dijo Gon.
—No lo sé.
—Era él.
—No lo sé.
—No me jodas, Bruno. Era él.
Me senté en la cama. Tenía las piernas blandas.
—Puede ser una broma.
—¿Una broma de quién?
—No sé.
—¿De quién? ¿De Medina? ¿Del recepcionista? ¿De la mujer de las trenzas? ¿De una secta muerta que tiene centralita?
Me tapé la cara con las manos.
No quería reírme.
No quería llorar.
Me salió algo entre las dos cosas.
—Tenemos que llamar a Medina —dije.
Gon ya estaba marcando desde su móvil.
Nada.
Sin cobertura.
Miré el mío.
Sin servicio.
—El wifi —dijo Gon.
Abrió la pantalla de ajustes.
La lista de redes tardó en cargar.
Aparecieron varias: CasaCalima_Clientes, CasaCalima_Staff, Hab12, Vodafone5G.
Y una más.
LA_CASA_DEL_ALBA.
La señal estaba al máximo.
La miramos sin hablar.
El móvil preguntó si queríamos conectarnos.
Gon no tocó nada.
La red desapareció.
Luego volvió a aparecer.
LA_CASA_DEL_ALBA.
Esta vez debajo había una frase, como si el nombre de la red cambiara durante un segundo.
NO SUBÁIS A LA TERRAZA.
Parpadeé.
La frase ya no estaba.
—¿Has visto eso? —pregunté.
—Sí.
—Vale.
Ese “vale” no significaba nada. Solo que ya no podíamos fingir que uno de los dos estaba imaginando cosas.
Alguien llamó a la puerta.
Tres golpes suaves.
Toc.
Toc.
Toc.
Nos quedamos quietos.
—¿Quién es? —dijo Gon.
Nadie contestó.
Los golpes se repitieron.
Tres.
Siempre tres.
Me acerqué despacio a la mirilla.
El pasillo exterior estaba vacío.
Pero en el suelo, delante de la puerta, había algo.
Abrí.
No del todo. Apenas una rendija.
El aire del patio entró frío.
Sobre la piedra clara había una pulsera azul de Casa Calima.
Como las nuestras.
La recogí con dos dedos.
Tenía impreso el nombre del hotel, la fecha de entrada y un código QR.
También tenía un nombre escrito con rotulador negro.
Pichi.
Gon la cogió de mi mano.
—Esto se la pusieron al llegar.
—Sí.
—Entonces estuvo aquí.
—Sí.
—O alguien la ha puesto.
—Sí.
Se giró hacia el patio.
—¡Eh!
Su voz rebotó contra las paredes blancas.
Una puerta se abrió al otro lado del patio y una pareja extranjera asomó la cabeza, molesta.
—Sorry —dijo Gon, sin apartar la vista de las sombras.
La pareja volvió a cerrar.
Entonces, desde la escalera exterior, sonó una risa.
No fuerte.
No clara.
Una risa contenida, como de alguien escondido en el tramo superior.
Gon salió disparado.
—¡Pichi!
Corrí detrás.
Cruzamos el patio hasta la escalera. Las luces de barro temblaron cuando pasamos, aunque no había viento. Subimos tres peldaños y nos detuvimos.
Arriba estaba la puerta metálica que daba a la terraza de Casa Calima.
Un cartel pequeño, de diseño, decía:
TERRAZA Uso exclusivo huéspedes Horario hasta 22:00
El pomo estaba frío cuando lo toqué.
—Ni se te ocurra —dijo Gon.
—No voy a subir.
—Bien.
Pero la puerta se abrió sola.
Sin prisa.
Solo un centímetro.
Lo justo para dejar pasar un hilo de aire nocturno.
Y con el aire vino la música.
Más clara que nunca.
Las voces subían desde arriba.
No desde abajo.
Desde la terraza.
Gon dio un paso atrás.
—Nos vamos de aquí.
—Sí.
Volvimos a la habitación casi corriendo. Cerramos la puerta con pestillo, pusimos una silla debajo del pomo y encendimos todas las luces.
Luego intentamos llamar a recepción desde el fijo.
Marqué una vez. Nada. Ni tono. Ni línea.
Gon lo intentó después. Mismo silencio.
Eso fue lo peor: no podíamos llamar. Solo podían llamarnos.
El teléfono sonó.
Un timbrazo.
Dos.
Tres.
Gon lo descolgó antes de que pudiera detenerle.
—¿Sí?
Al principio solo hubo estática. Después, muy lejos, música.
La misma melodía de la fiesta.
Le quité el auricular y colgué.
Esperamos.
Cinco minutos.
Diez.
Nadie subió.
El aire acondicionado se apagó solo.
La habitación quedó en silencio.
Un silencio completo, pesado.
Entonces oímos un golpe.
No en la puerta.
En la ventana.
La habitación estaba en planta baja, al fondo del patio. La ventana daba a un pequeño jardín privado con cactus, grava negra y un muro blanco bajo. Al llegar nos había parecido precioso.
Ahora alguien estaba al otro lado del cristal.
Otro golpe.
Suave.
Como nudillos contra la ventana.
Gon susurró:
—No mires.
Pero ya estaba mirando.
Me acerqué a la ventana con cada músculo del cuerpo gritando que no lo hiciera. Separé la cortina apenas un dedo.
Al principio solo vi mi reflejo.
Mi cara pálida.
Mis ojos hundidos.
La habitación iluminada detrás de mí.
Luego el cristal se empañó desde fuera.
Como si alguien hubiera apoyado la boca al otro lado.
Una línea apareció lentamente en el vaho.
Curva.
Luego otra.
Una espiral.
Retrocedí.
—¿Qué hay?
No pude contestar.
La espiral siguió dibujándose sola, al otro lado del cristal, hasta quedar completa.
Y en el centro apareció una palabra.
VUELVE.
Esta vez no estaba en mi cabeza.
Esta vez la vio Gon también.
—No —dijo—. No, no, no.
El teléfono fijo volvió a sonar.
Un timbrazo.
Dos.
Tres.
No lo cogimos.
Al cuarto, saltó el manos libres solo.
La habitación se llenó de estática.
Después, música.
Después, la voz de Pichi.
Muy baja.
Muy cerca.
—No subáis a la terraza —susurró.
Nos miramos.
Su respiración sonaba agitada.
—¿Pichi? —dije.
Hubo un golpe seco al otro lado de la línea.
Luego su voz, más desesperada:
—No subáis aunque me oigáis gritar.
La llamada se cortó.
Durante unos segundos no pasó nada.
Luego, desde arriba, desde algún lugar sobre nuestras cabezas, llegó un grito.
Un grito humano.
Roto.
Largo.
La voz de Pichi llamándonos por nuestros nombres.
Gon empezó a llorar sin darse cuenta.
Yo miré la puerta bloqueada con la silla.
Y por primera vez desde que todo empezó, entendí algo con absoluta claridad.
La isla no quería que encontráramos a Nicolás.
La isla quería que fuéramos a buscarlo.
Pero si aquello era una llamada de auxilio, ¿por qué sonaba tan exactamente como una trampa?