El Mirador de los Ausentes 3. El Fiat blanco
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3. El Fiat blanco

Nos llevaron al norte en un coche patrulla.

No esposados.

Eso lo repetí muchas veces después, como si significara algo. Como si el hecho de que no nos hubieran esposado demostrara que aún no éramos sospechosos del todo.

Pero íbamos detrás.

Y delante iban dos agentes que no hablaban.

Gon estaba sentado a mi lado, con los codos apoyados en las rodillas y las manos juntas, mirando al suelo. Tenía la misma cara que había visto por la mañana en Casa Calima: resaca, miedo y algo más. Algo parecido a la culpa, aunque ninguno de los dos estaba preparado todavía para llamarlo así.

—¿Te han enseñado fotos? —preguntó en voz baja.

Miré al retrovisor. El agente del copiloto nos observaba sin disimulo.

—Sí.

—A mí también.

No dijo nada más.

No hizo falta.

Medina no tomó la autopista. Su coche nos guio por una carretera interior, hacia la cumbre, entre curvas estrechas y paredes de piedra.

El paisaje cambió enseguida. Ya no era el sur de Casa Calima, seco, turístico, amarillo de calima, con hoteles blancos y rotondas limpias.

Aquí la isla tenía otra piel. El calor se quedó atrás de golpe.

Entró un frío húmedo por las rendijas del coche, de esos que no parecen gran cosa y a los diez minutos ya te están calando los huesos.

El asfalto se estrechaba, las laderas se volvían verdes y húmedas, y los barrancos empezaban a abrirse a los lados como heridas antiguas.

El mar aparecía y desaparecía a lo lejos, gris, como si alguien hubiera apagado el color.

Medina iba en otro coche, delante.

Cada pocos minutos lo veía girar una curva y perderse.

Me dolía la cabeza. Distinto al de por la mañana. Peor. Era un dolor profundo, irregular, que iba y venía al ritmo de algo que no existía.

La música.

Seguía ahí.

No sonaba de verdad. Lo sabía. Nadie más la oía. Pero cada vez que cerraba los ojos, las voces volvían a levantarse en mi memoria, lentas, dulces, formando sílabas que casi podía entender.

Casi.

Eso era lo peor.

Parecían a punto de decir algo.

—Bruno.

Me giré.

—¿Qué?

Gon seguía mirando al suelo.

—Yo vi a Pichi cuando nos fuimos.

El estómago se me encogió.

—Yo también.

Levantó la cabeza.

—¿Qué?

—Creí verlo. Junto a la de blanco.

—Yo lo vi en el camino.

—¿Qué camino?

—Cuando íbamos hacia el pueblo. Al principio. Miré atrás y estaba detrás de nosotros.

Sentí que el coche se hacía más pequeño.

—No me dijiste nada.

—Pensé que era el pedo.

—¿Qué hacía?

Tardó en contestar.

—Andaba.

—¿Hacia nosotros?

Negó despacio.

—No. Detrás. Como siguiéndonos, pero lejos.

—¿Y luego?

—Luego ya no estaba.

El agente del copiloto carraspeó.

—Guarden eso para el inspector.

No volvió a decir nada.

Gon se pasó una mano por la cara.

—Esto es de locos.

No fue gracioso.

Precisamente por eso dolió.

Llegamos a una pista forestal poco antes de las cuatro de la tarde.

Había varios coches de policía aparcados junto a una curva, una cinta amarilla cortando el paso y dos agentes hablando al lado de un todoterreno.

El aire era más frío allí. Olía a tierra húmeda, a resina de pino canario y a algo metálico.

Bajamos del coche.

Medina nos esperaba junto a la cinta.

—No toquen nada —dijo.

No preguntó si estábamos bien.

No hacía falta.

No lo estábamos.

Cruzamos la cinta detrás de él y caminamos unos treinta metros por una pista estrecha, llena de baches y ramas caídas. Las ruedas habían dejado marcas profundas en el barro. Al fondo, medio oculto entre los árboles, estaba el coche.

Nuestro coche.

El Fiat 500C blanco.

Lo reconocí antes de querer reconocerlo.

Tenía la capota medio abierta, las puertas cerradas, los cristales empañados y una capa de polvo oscuro sobre el capó.

No parecía abandonado desde unas horas antes.

Parecía llevar semanas allí. El coche que en el aeropuerto nos había parecido ridículo, casi de juguete, ahora parecía otra cosa: un anuncio de vacaciones devuelto por una pesadilla.

—¿Es este? —preguntó Medina.

—Sí —dije.

Gon asintió.

—¿Están seguros?

—Sí.

El inspector hizo un gesto a uno de los agentes. Este se acercó con una bolsa transparente. Dentro estaban las llaves del Fiat.

—Aparecieron puestas —dijo Medina—. En el contacto.

—¿Y el GPS? —pregunté—. La empresa decía que estaba cerca de Casa Calima.

—Anoche registró señal en el sur. Esta mañana, a las once y cuarenta, dejó de emitir allí. A las doce y dieciséis volvió a conectarse aquí durante menos de un minuto.

—Eso no puede ser.

—Empieza a ser su frase favorita.

No lo dijo con burla.

Casi habría preferido que lo hiciera.

Me acerqué un paso al coche y vi algo en la ventanilla trasera. Una marca. Al principio pensé que era barro, pero no. Estaba dibujada desde dentro, sobre el vaho del cristal.

Una espiral.

Pequeña.

Hecha con un dedo.

—Inspector —dije.

Medina ya la había visto.

—La científica está de camino.

—Esa marca estaba en la fiesta.

—Usted cree que estaba en la fiesta.

—Estaba.

El inspector me miró.

—No convierta recuerdos en certezas solo porque tiene miedo.

Me callé.

Tenía razón.

Y, al mismo tiempo, no la tenía.

Un agente abrió el coche con guantes. La puerta del conductor chirrió. De dentro salió un olor espeso, caliente, imposible de colocar. Alcohol rancio, humedad, humo dulce y otra cosa. Algo orgánico. No podrido exactamente. Más bien como flores que llevan demasiado tiempo en agua.

Me tapé la nariz.

—¿Qué es eso? —preguntó Gon.

Nadie respondió.

El interior estaba sucio de tierra negra. Había polvo en los asientos, en el salpicadero, en la palanca de cambios. La capota estaba manchada por dentro, como si el coche hubiera pasado la noche abierto bajo una lluvia de ceniza.

Y luego estaban las piedras.

Pequeñas.

Blancas.

Repartidas por las alfombrillas.

Piedras blancas.

Como las de la espiral.

Medina se agachó junto a la puerta abierta.

—¿Ustedes trajeron algo de la fiesta?

—No —dije.

—¿Botellas, vasos, comida, ropa de alguien?

—No.

—¿Están seguros?

Gon se acercó al asiento trasero y señaló algo.

—Eso no es nuestro.

Entre los dos asientos delanteros, en el suelo, había una pulsera.

Era fina, hecha de hilo rojo y pequeñas cuentas blancas. Estaba mojada. No húmeda. Mojada de verdad, como si alguien acabara de sacarla del mar.

Un agente la recogió con pinzas y la metió en una bolsa.

—¿La reconocen? —preguntó Medina.

No quería responder.

Porque sí.

La reconocía.

La llevaba la de blanco. En la muñeca derecha. La vi cuando bailaba con Pichi. La vi cuando levantó los brazos y giró alrededor de él, descalza sobre la tierra negra.

—La llevaba ella —dije.

—¿Quién?

—La chica.

—La de blanco —dijo Gon.

Medina nos miró a los dos.

—La chica que, según las fotos que les he enseñado, murió hace diez años.

No contestamos.

Gon dio un paso atrás y se apoyó contra un árbol. Estaba pálido.

—Voy a vomitar.

Nadie lo detuvo.

Se apartó unos metros y vomitó junto a la cuneta.

El inspector se acercó al maletero.

—Ábranlo.

Uno de los agentes pulsó el botón de la llave. El coche emitió un pitido breve, alegre, absurdo. Luego el maletero se abrió.

Dentro estaban nuestras cosas.

La mochila de Gon.

Mi maleta Eastpak.

La maleta vieja de Pichi.

Sentí un alivio idiota. Infantil. Como si ver su maleta significara que él estaba cerca, que todo podía aclararse, que en cualquier momento aparecería entre los árboles con cara de empanado, diciendo alguna burrada para que dejáramos de estar tan serios.

Pero la maleta estaba abierta.

Y vacía.

—¿Falta algo? —preguntó Medina.

Me acerqué.

La ropa de Pichi no estaba. Tampoco sus zapatillas de repuesto, ni el neceser, ni el cargador. Solo quedaba una cosa en el fondo.

Su móvil.

Medina se puso tenso antes de que nadie lo tocara.

—No lo cojan.

El teléfono estaba boca abajo, cubierto de polvo negro. La pantalla tenía una grieta en diagonal que no recordaba haber visto antes.

Un agente lo levantó con cuidado y lo metió en otra bolsa.

—Está apagado —dijo.

—¿Se puede encender? —pregunté.

Medina me miró como si acabara de decir una estupidez.

—Eso lo harán los técnicos.

—Necesito saber si hay mensajes.

—Lo sé.

—No, no lo sabe. Necesito saber si él escribió algo.

El inspector se acercó.

—Bruno, escúcheme bien. Ahora mismo no necesita nada. Ahora mismo usted contesta preguntas, espera y no entorpece.

Me mordí la lengua.

El viento movió las ramas por encima de nosotros.

A lo lejos, desde algún acantilado que no veíamos, sonó una pardela.

Un grito roto, casi humano. Como un niño llorando detrás de una puerta.

Durante un instante, el sonido se mezcló con las hojas y con la música de mi cabeza, y casi pude distinguir una palabra.

Vuelve.

Miré hacia el bosque.

—¿Ha oído eso? —pregunté.

Gon, aún junto al árbol, se limpió la boca con la manga.

—¿Qué?

—Nada.

Pero no era nada.

Entre los árboles, más allá del Fiat, había algo blanco.

Una forma pequeña.

Como tela.

Di dos pasos antes de que Medina me agarrara del brazo.

—He dicho que no toquen nada.

—Hay algo ahí.

El inspector siguió mi mirada. Hizo una señal a los agentes.

Uno de ellos avanzó por la pendiente, apartando ramas con cuidado. Se agachó y levantó una bolsa de plástico transparente. Dentro había un trozo de tela blanca, manchado de barro.

No.

No era barro.

Era sangre seca.

La agente que la recogió se volvió hacia Medina.

—Podría ser de una camisa.

—Pichi llevaba camisa blanca —dijo Gon.

Yo no lo recordaba.

No recordaba qué ropa llevaba mi amigo.

Recordaba la bebida.

La música.

La de blanco.

La mujer de las trenzas.

La espiral.

Pero no su camisa.

Medina se guardó las manos en los bolsillos.

Por primera vez desde que lo conocimos, pareció cansado.

—Volvemos a comisaría.

—¿Y el coche?

—Se queda aquí.

—¿Y nosotros?

—Ustedes también vuelven.

—¿Estamos detenidos?

El inspector tardó un segundo más de lo necesario en responder.

—No.

—¿Pero?

—Pero no salgan de la isla.

Nos miramos.

Hasta ese momento, ninguno de los dos había pensado en irse. No de verdad. Pero oírlo así, convertido en orden, hizo que todo se volviera más pequeño. La isla, el cielo, la carretera, el cuerpo de Pichi que aún no había aparecido pero que ya empezaba a estar en todas partes.

Antes de irnos, me giré una última vez hacia el coche.

La espiral seguía en la ventanilla trasera.

El vaho debería haberse secado hacía horas.

Pero la marca continuaba allí, brillante, recién dibujada.

Y entonces ocurrió.

El móvil de Pichi, dentro de la bolsa de pruebas que llevaba el agente, se encendió.

La pantalla iluminó el plástico con un resplandor débil.

Todos nos quedamos quietos.

El agente miró a Medina.

—No he tocado nada.

El teléfono vibró una vez.

Luego otra.

Un mensaje entrante.

Aquello no era cobertura. No era una notificación normal. Era otra cosa usando la forma de un móvil.

Medina le quitó la bolsa al agente y miró la pantalla sin abrirla.

Yo no pude ver el texto entero.

Solo una parte.

Pero bastó.

El remitente era Nicolás.

El mensaje decía:

No les digas que me viste volver.

Nadie habló.

El teléfono volvió a vibrar.

Un segundo mensaje.

Esta vez Medina no pudo ocultarlo tan rápido.

Lo vi.

Lo vimos los dos.

Estoy con vosotros desde anoche.