2. Las preguntas
Al principio, la policía fue amable.
La amabilidad lo hizo peor.
Si hubieran entrado gritando, si nos hubieran separado contra la pared o nos hubieran llamado mentirosos desde el primer minuto, habría sido más fácil entender en qué clase de problema estábamos.
Pero no. Nos ofrecieron agua. Nos hablaron despacio.
Nos dijeron que era normal estar nerviosos, que muchas desapariciones se resolvían en pocas horas, que lo importante era reconstruir la noche con calma.
Con calma.
Yo tenía la lengua seca, las manos temblando y la sensación de que algo seguía sonando dentro de mi cabeza. Una nota larga. Una voz. Una campana hundida en el fondo del cráneo.
Nos metieron en salas distintas.
La mía era pequeña, sin ventanas, con una mesa blanca y tres sillas. En una pared había un calendario del año anterior. En la otra, una mancha de humedad con forma de isla.
El inspector que entró tendría unos cincuenta años. Alto, canoso, camisa azul arremangada. No parecía enfadado. Tampoco parecía cansado. Eso me inquietó más. La gente cansada comete errores. La gente tranquila espera a que los cometas tú.
Dejó una carpeta sobre la mesa y se sentó frente a mí.
—Soy el inspector Medina.
Asentí.
—Vamos a hacerlo fácil —dijo—. Usted me cuenta lo que recuerda y yo voy preguntando.
—Vale.
—Nombre completo de su amigo.
Se lo di.
El inspector lo apuntó sin levantar la vista.
—¿Le llaman Pichi?
—Sí.
—¿Motivo?
—De toda la vida.
—¿De toda la vida es un motivo?
—No. Pero es la respuesta.
Medina levantó apenas una ceja.
—¿Siempre contesta así?
—No.
—Mejor.
Apuntó algo.
—¿Cuándo lo vio por última vez?
Ahí empezó a fallar todo.
Porque hay preguntas que parecen sencillas hasta que intentas contestarlas.
¿Cuándo lo vi por última vez?
Pude decir muchas cosas.
Cuando bailaba con la chica del vestido blanco.
Cuando le vi reírse con los brazos abiertos.
Cuando, al alejarnos, creí distinguirlo junto a la oscuridad.
Pero la verdad exacta era imposible. La noche se me había roto en escenas sueltas, como fotos mojadas. Algunas estaban claras. Otras se deshacían al mirarlas.
—En la fiesta —dije.
El inspector no levantó la vista.
—¿A qué hora?
—No lo sé.
—Aproximadamente.
—Tres. Cuatro. Antes quizá.
—¿La fiesta dónde era?
—Cerca de la carretera. A veinte minutos de Casa Calima.
—Eso ya lo ha dicho en la denuncia. Necesito algo más concreto.
—No sé. Había un desvío.
—¿Qué desvío?
—Un camino de tierra.
—No hemos encontrado ningún camino de tierra en el punto que indican.
Me quedé callado.
Medina dejó el bolígrafo encima de la mesa.
—Mire, Bruno. Le voy a hablar claro. Su amigo ha desaparecido.
Ustedes eran las últimas personas que estaban con él.
El coche de alquiler también ha desaparecido.
Y la explicación que tenemos ahora mismo es que entraron en una fiesta ilegal que nadie ha visto, en un camino que no existe, con gente a la que no pueden identificar.
—Ya.
—¿“Ya”?
—Es que sé cómo suena.
—¿Y cómo suena?
Tragué saliva.
—A mentira.
Medina me miró por primera vez con algo parecido a interés.
—¿Está mintiendo?
—No.
—¿Está seguro?
—Sí.
—¿Bebieron?
—Sí.
—¿Mucho?
Pensé en la mujer de las trenzas rellenando vasos. En el líquido dorado. En el sabor dulce, luego amargo. En la música abriéndose como una flor dentro de la cabeza.
—Bastante.
—¿Tomaron drogas?
—No.
—¿Seguro?
—Nos dieron una bebida.
—¿Quién?
—Una mujer.
—¿Nombre?
—No lo sé.
—Descríbala.
Lo hice.
Pelo castaño. Trenza. Ojos claros. Treinta y muchos. Cara rara, como si no tuviera edad.
El inspector apuntó sin expresión.
No pareció sorprendido.
Aquello me molestó después: no parecía sorprendido. Parecía preparado.
—¿Y la chica con la que bailaba su amigo?
—Joven. Pelo negro. Vestido blanco. Descalza.
—¿Descalza en una explanada volcánica?
—Sí.
—¿No le pareció raro?
Casi me reí.
No porque tuviera gracia.
Porque si empezábamos por lo que no me había parecido raro aquella noche, no terminábamos nunca.
—En ese momento no.
—¿Qué más recuerda?
Recordaba la música.
Pero no sabía explicarla.
Aquello no sonaba a fiesta. Tampoco a electrónica, ni a reguetón, ni a ese indie raro que Nicolás ponía para hacerse el interesante, ni a nada que Gon pudiera convertir en broma antes del segundo estribillo.
Eran voces. Muchas voces. Algunas parecían de niños.
Otras, de ancianos. Había campanas, un bajo profundo y algo parecido a una flauta.
—Música rara —dije.
—Defina rara.
—Como… religiosa.
—¿Religiosa?
—No de iglesia. Más como… ceremonial.
Medina se reclinó en la silla.
—Ceremonial.
—Sí.
—¿Había símbolos? ¿Altares? ¿Velas?
—Velas sí. Muchas.
—¿Algo más?
Cerré los ojos.
Vi las guirnaldas.
La mesa.
La fruta abierta.
Los vasos.
La tierra negra.
Y, de pronto, vi otra cosa.
Una espiral.
No supe de dónde salía el recuerdo. Apareció entero, brillante, como si alguien lo hubiera encendido dentro de mí.
Una espiral dibujada con piedras blancas en el suelo. Grande. Casi oculta por la gente que bailaba alrededor. En el centro había un cuenco metálico con líquido oscuro.
Abrí los ojos.
—Había una marca en el suelo.
Medina cogió el bolígrafo.
—¿Qué marca?
—Una espiral. Con piedras blancas.
—¿Está seguro?
Iba a decir que sí.
Pero no lo dije.
Porque en cuanto intenté agarrar el recuerdo, empezó a moverse. La espiral seguía allí, pero ya no sabía si la había visto de verdad o si mi cabeza la estaba inventando para llenar un hueco.
—Creo que sí.
—Cree.
—Sí.
—¿Su amigo entró en esa espiral?
Noté un pinchazo en el estómago.
—No he dicho eso.
—No. Se lo pregunto.
—No lo sé.
—¿Se peleó con alguien?
—No.
—¿Discutieron ustedes?
—No.
—¿Él quería quedarse?
—No lo sé.
—¿Ustedes se fueron sin él?
Ahí estaba.
La pregunta de verdad.
No las horas, ni el camino, ni la música, ni los vasos.
Esa.
¿Ustedes se fueron sin él?
Noté calor en la cara. Quise explicarlo bien.
Quise decir que estábamos borrachos, que pensamos que se había ido con una chica, que no era tan raro, que él era así, que en Mallorca ya se había perdido una noche entera y había vuelto con una historia, que todos habríamos hecho bromas si hubiera aparecido al día siguiente con gafas de sol y cara de no haber dormido.
Pero nada de eso cambiaba la frase.
Nos fuimos sin él.
—Sí —dije.
El inspector no escribió.
—Dígalo otra vez.
—Nos fuimos sin él.
—¿Por qué?
—Porque pensamos que estaba bien.
—¿Lo comprobaron?
—Lo buscamos.
—¿Cuánto?
—No sé. Un rato.
—¿Un rato cuánto es?
—Quince minutos. Media hora. No sé.
—Luego se marcharon andando.
—Sí.
—Sin encontrar el coche.
—Sí.
—Sin llamar a emergencias.
—No pensamos que…
Me callé.
El inspector esperó.
—No pensamos que hubiera pasado nada —terminé.
Medina asintió, como si esa frase confirmara algo que ya sabía.
—¿Sabe qué creo, Bruno?
No contesté.
—Creo que bebieron más de la cuenta. Creo que quizá tomaron algo más, voluntariamente o no. Creo que su amigo se separó de ustedes. Y creo que ustedes están intentando reconstruir una noche de la que no se acuerdan bien.
—Eso puede ser.
—También creo que hay partes que no me está contando.
—No.
—O que no quiere contarse a sí mismo.
Aquello me molestó.
—Le estoy diciendo todo lo que sé.
—No. Me está diciendo todo lo que puede ordenar.
No supe qué responder.
En ese momento llamaron a la puerta. Una agente joven asomó la cabeza y le hizo un gesto al inspector. Medina salió sin decir nada. Me quedé solo en la sala, mirando la mancha de humedad de la pared.
Tenía forma de isla, pero cuanto más la miraba, menos parecía una isla.
Parecía un animal.
Parecía una boca abierta.
—Había algo más —dije.
Medina dejó el bolígrafo quieto.
—¿Qué?
—Una casa. Alguien habló de una casa. O de algo llamado Alba. No sé.
Medina no cambió la cara, pero cambió algo peor: dejó de fingir que no nos creía.
Se levantó sin decir nada.
Pasaron diez minutos.
O media hora.
El tiempo en aquella sala tampoco funcionaba bien.
Cuando volvió, traía otra carpeta. Más vieja. De cartón marrón. Los bordes estaban gastados y llevaba una etiqueta blanca con un código escrito a mano.
No se sentó enseguida.
Se quedó de pie, observándome.
—Voy a enseñarle unas fotografías —dijo—. Quiero que me diga si reconoce a alguien.
—¿De la fiesta?
—Usted solo mire.
Abrió la carpeta.
La primera foto era de mala calidad, probablemente sacada de un DNI antiguo o de una ficha policial. Un chico joven, rubio, muy delgado, con el pelo largo hasta la mandíbula.
Sentí que se me helaban las manos.
—¿Lo conoce?
Tardé en contestar.
—Estaba allí.
Medina no reaccionó.
Dejó la foto a un lado y puso otra.
Una chica con pecas. Sonreía a cámara con una expresión tímida.
La misma chica que me había preguntado si echaba de menos a alguien.
No contesté enseguida.
—También.
—¿Habló con usted? —preguntó Medina.
—Me preguntó una cosa.
—¿Qué cosa?
—Si echaba de menos a alguien.
Medina escribió sin levantar la vista.
Otra.
Un hombre de barba, ojos hundidos.
El que estaba sentado sobre la piedra, mirando sin parpadear.
En la foto también miraba fijo. No sé si era la pose o era él.
—Sí.
Otra.
La mujer de las trenzas.
No pude hablar.
La foto era antigua. Se notaba en el color, en la ropa, en el fondo desenfocado. Pero era ella. Más joven, quizá. O igual. La misma cara sin edad. Los mismos ojos claros.
El inspector apoyó los dedos sobre la imagen.
—¿Esta mujer le sirvió la bebida?
Asentí.
—Necesito que responda en voz alta.
—Sí.
—¿Está seguro?
—Sí.
Medina respiró despacio.
Después sacó la última fotografía.
La de blanco.
No llevaba el vestido en la foto. Aparecía con una camiseta azul y el pelo recogido. Sonreía. Tenía la cabeza ligeramente inclinada, como si alguien la hubiera llamado justo antes de disparar la cámara.
Sentí náuseas.
—Bailó con Nicolás —dije.
El nombre salió solo.
No Pichi.
Nicolás.
El inspector no apartó los ojos de mí.
—¿Sabe quiénes son?
—No.
Medina recogió las fotos una a una, muy despacio.
—Todos ellos desaparecieron hace diez años.
Me quedé mirándolo.
—¿Cómo?
Medina cerró la carpeta un instante antes de volver a abrirla, como si necesitara ese gesto para decir el nombre en voz alta.
—Pertenecían a un grupo llamado La Casa del Alba. Una comunidad espiritual. Una secta, para entendernos.
Lo dijo bien. Demasiado bien. Como quien ha repetido una frase tantas veces que ya no le tiembla la voz al decirla, aunque por dentro le siga pesando igual.
La nota dentro de mi cabeza volvió a sonar más fuerte.
—No puede ser.
—Estuvieron desaparecidos tres semanas. Luego encontramos varios cuerpos en una finca abandonada cerca del norte de la isla. Suicidio colectivo, según la investigación.
—¿Varios?
Medina entendió la pregunta.
—No todos.
—¿La mujer?
—Muerta.
—¿La chica?
—Muerta.
—¿El chico rubio?
—Muerto.
Me llevé las manos a la cara.
—No puede ser.
—Eso ha dicho antes.
—Porque no puede ser.
El inspector cerró la carpeta.
—Hay dos opciones, Bruno. La primera: usted vio esas caras en alguna parte antes, quizá en internet, quizá en un documental, y su cabeza las mezcló con la noche de ayer. La segunda: alguien organizó una fiesta usando la estética, los nombres o incluso las identidades de una secta muerta.
—¿Y la tercera?
Medina me miró.
—No hay tercera.
Pero sí la había.
Él también lo sabía.
La tercera estaba en el silencio que quedó entre los dos.
La tercera era imposible, así que nadie la dijo.
Entonces sonó su teléfono.
Medina contestó con un sí seco. Escuchó durante unos segundos. Su cara no cambió, pero algo en sus ojos se cerró.
—¿Dónde? —preguntó.
Volvió a escuchar.
Después colgó.
Durante un momento, no dijo nada.
—Han encontrado el coche.
Me incorporé.
—¿Y Nicolás?
Medina guardó la carpeta vieja bajo el brazo.
—Solo el coche.
—¿Dónde?
—En una pista forestal, al norte.
Lo dijo mirando hacia la montaña, no hacia el coche. Como si el norte fuera un sitio que ya conocía de memoria y no un lugar al que le tocara ir por trabajo.
—Pero nosotros estuvimos en el sur.
—Lo sé.
—¿Y cómo ha llegado allí?
El inspector abrió la puerta.
—Eso es lo que vamos a tener que averiguar.
Me levanté demasiado rápido y la sala giró. Tuve que apoyarme en la mesa.
—Inspector.
Se detuvo.
—¿Qué?
—En la fiesta… había algo más.
Medina esperó.
Tragué saliva.
—Había algo raro en las luces —dije.
—¿Qué tipo de raro?
Pensé en la chica del vestido blanco, en sus pies sobre la tierra, en la forma en que la música parecía moverla sin tocarla.
—No sé. Como si no estuvieran del todo ahí.
Medina no dijo nada.
Entonces lo recordé.
—La gente no proyectaba sombra.
El inspector me miró durante dos segundos.
Luego salió de la sala.
Y esta vez no volvió.