El Mirador de los Ausentes 1. Una más y nos vamos #3
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1. Una más y nos vamos #3

La mujer de las trenzas, siempre cerca, siempre sonriendo, rellenándonos los vasos antes de que estuvieran vacíos. Luego la llamamos La Trenzas, porque necesitábamos ponerle un mote para no admitir que ya nos daba miedo.

Recuerdo que en algún momento pregunté dónde estaba el baño.

Alguien señaló hacia la oscuridad.

Recuerdo caminar entre piedras negras, oír la música detrás de mí, mirar al cielo y ver demasiadas estrellas.

Recuerdo pensar que la isla respiraba.

Cuando volví, Pichi ya no estaba bailando.

—¿Dónde está este? —pregunté.

Gon miró alrededor.

—Estaba ahí hace un segundo.

La chica del vestido blanco tampoco estaba.

No nos preocupamos.

Ese fue nuestro pecado.

No el alcohol, ni la fiesta, ni la estupidez de parar.

Nuestro pecado fue no preocuparnos.

Nos pareció normal que Pichi hubiera desaparecido con una chica.

Nos pareció normal que no contestara al móvil.

Nos pareció normal esperar quince minutos, luego veinte, luego media hora, sentados en una manta, muertos de risa, diciendo que era un máquina, que vaya inicio de viaje, que al día siguiente le íbamos a reventar a bromas.

Mallorca nos había enseñado una lección equivocada.

Ya aparecerá.

Creo que lo dijo Gon.

O quizá lo dije yo.

O quizá lo dijimos los dos.

Ya aparecerá.

La música empezó a apagarse.

Poco a poco.

Se fue alejando.

Como si alguien caminara con los altavoces hacia el interior de la isla.

—Nos vamos —dijo Gon.

—¿Y Pichi?

—Ese ya aparecerá, déjalo. Ha triunfado.

Ahí sí estoy seguro.

Lo dijo él.

Y yo asentí.

Me odio por haber asentido.

Buscamos el coche, pero no lo encontramos. Durante un rato dimos vueltas entre luces que parecían más separadas que antes. La gente seguía bailando, aunque ya no hablaba. Nadie nos miraba. Nadie respondía cuando preguntábamos por nuestro amigo.

—¡Pichi! —grité una vez.

Mi voz salió débil, ridícula.

La Trenzas apareció junto a nosotros.

—¿Ya os vais?

—No encontramos a nuestro colega —dije.

—A veces uno se queda donde tiene que quedarse.

Gon se rió, incómodo.

—Ya, bueno, pero ese tío sin nosotros no llega solo ni al bar de abajo.

La Trenzas le tocó el brazo.

Fue un gesto suave.

Aun así, vi cómo Gon se quedaba quieto.

—El camino está allí —dijo, señalando hacia una hilera de luces lejanas—. Llegaréis al pueblo andando. Hay taxis.

—¿Y el coche?

—Mañana todo estará donde tenga que estar.

Yo quería discutir. Quería preguntarle qué coño significaba eso. Quería buscar a Pichi, encontrar el Fiat, llamar a alguien.

Pero habíamos bebido demasiado, no estábamos en condiciones de conducir y yo estaba cansado.

Cansado de una forma animal.

Como si llevara días despierto.

Así que caminamos.

Nos alejamos de la fiesta por un sendero de tierra. La música siguió sonando detrás de nosotros durante un rato. Cada vez más baja. Cada vez más dulce.

En algún momento giré la cabeza.

Las luces seguían allí.

Parpadeaban en mitad de la explanada, pequeñas y cálidas.

Entonces vi a Pichi.

O creí verlo.

Estaba de pie junto a la de blanco, al borde de la oscuridad. No bailaba. No sonreía. Nos miraba.

Levanté la mano.

Él no respondió.

—¿Qué haces? —preguntó Gon.

Parpadeé.

Cuando volví a mirar, ya no había nadie.

—Nada —dije—. Vámonos.

Llegamos al pueblo casi una hora después. Las calles estaban vacías. Encontramos un bar cerrando y el dueño nos llamó un taxi con cara de no querer saber nada de nosotros. Debíamos de dar pena: sudados, sucios de tierra, oliendo a alcohol y a humo dulce.

—¿Venís de caminar? —preguntó el taxista.

—De una fiesta —dijo Gon.

El hombre nos miró por el retrovisor.

—¿Qué fiesta?

—Una que hay ahí atrás, en una explanada.

El taxista asintió muy despacio.

—¿Erais tres? —preguntó.

—Sí.

No dijo nada más.

Durante el resto del camino no volvió a mirarnos por el retrovisor.

Cuando llegamos a Casa Calima, eran las cinco y veintisiete de la mañana.

La recepción estaba iluminada con una luz cálida, perfecta, demasiado tranquila. Las paredes blancas devolvían el silencio. En el patio, los cactus proyectaban sombras largas sobre la piedra clara. El hombre del mostrador nos dio la llave con desgana. Preguntó si faltaba alguien.

Dijimos que nuestro amigo llegaría más tarde.

Subimos a la habitación.

Nos dormimos vestidos.

A las once y doce de la mañana me desperté empapado en sudor, con la boca seca y un dolor de cabeza que parecía tener dientes.

Lo primero que vi fue la cara de Gon.

Estaba sentado en la otra cama, mirando el móvil.

—No contesta —dijo.

—¿Quién?

Aunque ya lo sabía.

—Pichi.

Me incorporé despacio. La habitación olía a alcohol, ropa usada y aire acondicionado caro.

—Estará sobando en otra habitación.

—No tiene otra habitación.

—Pues con la tía esa.

—Su móvil da apagado.

Miré mi pantalla.

Diecisiete llamadas perdidas entre los dos. Ningún mensaje suyo. Ninguna conexión desde las dos y cuarenta y tres.

Fue entonces cuando empecé a sentirlo.

No miedo todavía.

Algo anterior al miedo.

Una presión pequeña en el pecho. Una intuición. La certeza absurda de que la noche no había terminado, aunque fuera pleno día.

Bajamos a recepción.

Preguntamos.

Nadie había visto entrar a Nicolás.

Ni a Pichi.

Ni a nadie que viajara con nosotros.

Fuimos al parking.

El Fiat 500C blanco tampoco estaba.

A las doce y cincuenta y seis pusimos la denuncia.

A las trece y diez, la policía empezó a tratarnos como sospechosos.

Y tenían razón.

Porque cuando alguien desaparece después de pasar la noche contigo, y tú solo puedes decir que lo perdiste en una fiesta que no existe, lo normal es que nadie te crea.

Lo raro habría sido que nos creyeran.

Lo verdaderamente raro llegó después.

Cuando la isla empezó a corregir lo que habíamos contado.