El Mirador de los Ausentes 1. Una más y nos vamos #2
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1. Una más y nos vamos #2

Reservé esa misma noche.

Tres noches.

Casa Calima.

El hotel aparecía en la web con esa clase de fotos diseñadas para gente que dice “desconectar” en vez de admitir que está quemada.

Paredes blancas, patios con cactus, lámparas de barro, una piscina estrecha como una herida azul y habitaciones con nombres de vientos.

No era un resort. Peor: era bonito de verdad.

—Esto es caro —dijo Pichi.

—No tanto —respondí.

—Bruno ha encontrado una trampa fiscal —dijo Gon.

—Tú cállate, terrateniente.

—Planificación financiera.

—Explotación habitacional con buena tipografía —dijo Pichi.

Aterrizamos en Tenerife con sueño, hambre y esa euforia idiota de los viajes cortos. En el mostrador de alquiler nos dieron un Fiat 500C blanco, descapotable.

Culpa de Gon, que se vino arriba al ver la palabra descapotable.

—Un Fiat 500C —dijo—. Esto es cine.

—Somos tres con maletas —respondí.

—Somos tres con espíritu mediterráneo.

—Estamos en el Atlántico, genio.

—No me arruines la narrativa.

Pichi miró el coche por la cristalera: blanco, pequeño, casi de juguete. Después miró el equipaje de Gon, mi maleta Eastpak y su propia maleta vieja, fea, con una rueda que sonaba como si protestara en arameo.

—Ahí no cabe ni nuestra culpa —dijo.

Entonces nos reímos.

Luego descubrimos que sí cabía.

Era jueves por la tarde y el cielo estaba manchado de calima.

Tenerife Norte nos salía bastante más barato, aunque Casa Calima estuviera al sur; Gon dijo que, por ese precio, merecía la pena cruzarse la isla entera.

Al salir del aeropuerto, el aire olía a gasolina caliente, humedad y polvo.

La isla se abría delante de nosotros como una promesa mal señalizada: curvas, rotondas, laderas oscuras y carteles de excursiones en quad.

Gon condujo porque dijo que en las islas se conduce distinto. Nadie supo qué quería decir. Probablemente él tampoco.

Bajó la capota antes de salir del parking.

—Esto es un pepino —dijo.

—El coche parece de una comunión —dije.

—De una comunión en La Moraleja.

Pichi, encajado detrás entre maletas, levantó un pulgar.

—Voy comodísimo. Como si la maleta también se hubiera arrepentido del viaje.

Gon conectó el móvil y puso reguetón a un volumen indecente. Pichi protestó, yo intenté poner una playlist indie de carretera y acabamos negociando como adultos: ganó Gon porque tenía las llaves, el volante y esa seguridad insoportable de quien cree que conducir también da derecho a decidir.

El sur de Tenerife parecía hecho para olvidar.

Hoteles blancos, piscinas azules, avenidas limpias, turistas quemados por el sol, bares anunciando happy hour antes incluso de que anocheciera.

Todo cómodo, artificial, preparado para que nadie pensara demasiado.

Incluso la calima parecía parte del diseño: una cortina amarilla para que el paisaje no terminara de verse.

A mitad de camino, paramos en una gasolinera.

Compramos agua, chicles, unas cervezas para el camino y una botella de vodka limón para la habitación, porque Pichi defendía que comprar en supermercado era “optimización de recursos” y Gon decía que si no había Red Bull no participaba en economías planificadas.

—La Fábrica de Ladrillos empieza hoy —dijo Gon, apoyado en el Fiat como si fuera un Ferrari.

—Hoy no apuesto —dije.

—Eso dicen los cobardes antes de financiar el ladrillo.

Pichi abrió el grupo de WhatsApp y mandó un mensaje:

Pichi: Junta extraordinaria. Capital inicial: 150 €. Objetivo: 1.000 €.

Gon: El ladrillo vuelve a casa.

Bruno: Os vais a arruinar por un córner en la liga noruega.

Pichi: Solo pierde quien deja de depositar.

Íbamos de camino a Casa Calima, con las cervezas del supermercado dando vueltas en una bolsa a los pies de Pichi, cuando el GPS perdió señal por primera vez.

No era de noche del todo, pero la calima había adelantado la oscuridad.

La carretera dejó de parecer la que marcaba el mapa.

Primero fueron curvas. Luego tierra negra a los lados.

Luego unas luces donde no tenía que haber nada.

La música de Gon seguía sonando, aunque más baja.

El viento entraba por la capota abierta y olía a polvo y mar.

—¿Habéis visto eso? —preguntó Gon.

Señalaba hacia la izquierda.

Al principio pensé que era un chiringuito o algún evento privado. Había luces al fondo, pequeñas, cálidas, temblorosas. No estaban junto a la vía principal, sino más allá, detrás de una curva, en una explanada de tierra rodeada de piedras negras.

—Será una fiesta —dijo Pichi.

—¿Aquí? —pregunté.

—Precisamente aquí —dijo Gon—. Donde no molestas a nadie.

Yo miré el GPS.

Luego la hora.

Luego la carretera sin farolas.

Todo en mí decía que siguiéramos.

Pero habíamos construido media amistad sobre ignorar esa voz.

—Ni de coña —dije.

Gon bajó la velocidad.

—Paramos cinco minutos.

—Tenemos check-in .

—Bruno, por Dios, pareces una circular de recursos humanos.

Pichi se inclinó entre los asientos delanteros.

—Una y nos vamos.

La frase no era nueva.

La habíamos dicho en Cádiz, en Mallorca, en Colombia, en Madrid, en terrazas, en discotecas, en bares donde no queríamos estar y en otros de los que no queríamos irnos nunca.

Una más y nos vamos.

Casi nunca nos íbamos.

Gon giró el volante antes de que yo pudiera insistir. El Fiat 500C entró por un camino de tierra que no aparecía en el GPS. El coche empezó a botar, y cada golpe contra los bajos sonaba como una advertencia que estábamos demasiado contentos para entender.

—Como nos carguemos el coche, lo paga el rentista —dijo Pichi.

—Lo meto como gasto de representación —respondió Gon.

A medida que nos acercábamos, la música de la fiesta se hizo más clara, aunque no más reconocible. Gon apagó la suya.

No era reguetón, ni electrónica, ni verbena, ni nada que encajara con una fiesta en una explanada. Era lenta, envolvente, hecha de voces largas, campanas suaves y un bajo tan profundo que parecía salir de la tierra.

—Esto qué es —dijo Gon—. ¿After de yoga?

— Indie para gente que ha muerto —dijo Pichi.

—Tú cállate, que no sabes ni decir de locos.

—Ni falta que hace.

Nos reímos.

Entonces vimos a la primera persona.

Una chica joven, de pelo negro y vestido blanco, caminaba descalza junto al camino. Llevaba una copa en la mano. Al pasar a su lado, nos miró y levantó dos dedos en señal de saludo.

Sus ojos reflejaron los faros del Fiat.

Por un instante parecieron plateados.

—Hostia —dijo Gon—. Esto pinta pepino.

Yo estaba a punto de decir que diésemos la vuelta.

De verdad.

Lo juro.

Pero Pichi ya iba en el asiento de atrás, con medio cuerpo entre los dos reposacabezas, gritando:

—¡Jaleo, jaleo!

Gon ya buscaba dónde aparcar y la música, aquella música imposible, nos rodeaba con una suavidad que no parecía peligrosa.

Nada, todavía, daba miedo.

Aparcamos junto a otros coches. O eso creímos. Luego, cuando intenté recordarlos, no fui capaz de decir modelos, colores ni matrículas. Solo recordaba formas oscuras bajo la luz de la luna, como si fueran vehículos cubiertos por una capa de ceniza.

La fiesta era pequeña.

Treinta personas, quizá cuarenta. Había guirnaldas colgadas entre postes de madera, altavoces viejos, mantas extendidas sobre el suelo y una mesa larga con botellas, vasos, fruta cortada y velas metidas en tarros de cristal.

Todo parecía improvisado, pero al mismo tiempo demasiado colocado. Como un decorado esperando actores.

Nadie nos preguntó quiénes éramos.

Nadie se extrañó al vernos llegar.

Eso, en aquel momento, nos pareció hospitalidad.

Ahora me parece otra cosa.

Una mujer se acercó a nosotros.

Tendría treinta y muchos, aunque había algo raro en su cara. No viejo, no joven. Como si la edad no se le hubiera terminado de posar encima. Tenía el pelo castaño recogido en una trenza y unos ojos claros, casi transparentes.

—Bienvenidos —dijo.

Gon sonrió como sonreía siempre que alguien desconocido le daba entrada a un plan.

—Buenas. Veníamos de paso.

—Todo el mundo viene de paso.

Pichi me dio un codazo.

—Filosofía canaria, hermano.

La mujer nos ofreció tres vasos.

El líquido era dorado, con hojas flotando dentro. Olía a miel, limón y algo más. Algo medicinal.

—¿Qué es? —pregunté.

—Una bebida de la casa.

Gon levantó su vaso.

—¿Lleva cafeína?

La mujer lo miró con dulzura.

—Solo si traes algo dentro.

Nos reímos.

Porque en ese momento todo nos hacía gracia.

Brindamos por Tenerife, por Casa Calima, por La Fábrica de Ladrillos, por el Fiat 500C, por las vacaciones, por la estupidez de haber parado antes de llegar al hotel.

El primer trago fue dulce.

El segundo, amargo.

El tercero ya no lo recuerdo.

La música cambió. O eso me pareció. Las voces se hicieron más altas, más limpias, casi celestiales. No cantaban en español ni en ningún idioma que yo conociera. Eran sílabas largas, abiertas, repetidas una y otra vez hasta que dejaban de parecer humanas.

Pichi empezó a bailar con la chica del vestido blanco.

Gon y yo nos quedamos al principio junto a la mesa, riéndonos de él.

—Mírale —dijo Gon—. El autónomo ha encontrado nicho de mercado.

Pichi giraba con los brazos abiertos, torpe pero feliz. La chica bailaba alrededor de él sin tocar el suelo. Sé que eso suena absurdo. Sé que no puede ser. Pero así lo recuerdo: sus pies rozando apenas la tierra, su vestido moviéndose aunque no hubiera viento.

—Esta gente va finísima —dije.

—Nosotros también —respondió Gon.

Tenía razón.

La bebida nos subió de golpe. No subía como el alcohol normal, que te vuelve pesado, ruidoso, idiota. Aquello iba por otro lado. Me sentía ligero. Demasiado ligero. Como si me hubieran quitado los huesos y solo quedara una versión blanda y feliz de mí mismo.

Bailamos.

No sé cuánto tiempo.

La luna estaba alta cuando llegamos y seguía alta cuando miré después. Podían haber pasado diez minutos o cuatro horas.

Recuerdo caras.

Una chica con pecas que me preguntó si echaba de menos a alguien.

Un chico muy delgado que se reía sin abrir la boca.

Un hombre sentado sobre una piedra, mirando la fiesta sin parpadear.