El Mirador de los Ausentes 1. Una más y nos vamos
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1. Una más y nos vamos

Durante años tuvimos una regla no escrita: un viaje grande al año.

Al principio era fácil. Éramos más jóvenes, más pobres y bastante más idiotas.

Cádiz, Mallorca, Tailandia, Colombia. Daba igual el destino; lo importante era seguir teniendo una excusa para ser los mismos de siempre durante unos días.

Una habitación compartida, vuelos a horas lamentables, discusiones por restaurantes, resacas de campeonato y esa clase de vídeos que solo sobreviven porque nadie del grupo tiene la decencia de borrarlos.

Luego empezó lo normal.

Parejas.

Ascensos.

Mudanzas.

Bodas.

Niños de otros.

Hipotecas de otros.

Agendas imposibles.

La vida adulta no rompe los grupos de golpe. Simplemente deja de convocarlos.

Al final, de aquel grupo grande quedábamos tres en Madrid con la misma fe absurda de que todavía podía montarse algo: Gon, Nicolás y yo.

Yo me llamo Bruno. Tenía treinta y cinco años cuando pasó lo de Tenerife, aunque desde entonces hay mañanas en las que me despierto con muchos más.

Trabajaba como ingeniero en energías renovables, en un puesto lo bastante bueno como para que mi madre dijera “está colocado” y mis amigos dijeran “ya está el ingeniero de los molinos”.

Vivía en Andrés Mellado, en un piso antiguo que me obligaba a fingir que tenía la vida más ordenada de lo que la tenía: techos altos, parquet de espiga, molduras de escayola y una estantería de obra donde convivían libros, plantas, velas, un Marshall que sonaba mejor como objeto que como altavoz y una televisión demasiado grande para alguien que decía leer mucho.

Yo organizaba.

Ese era mi papel.

Vuelos, hoteles, horarios, reservas, restaurantes, mapas. Siempre había una carpeta, una nota, una captura de pantalla, una alternativa “por si acaso”. Mis amigos se reían, pero luego me preguntaban a qué hora salía el avión.

Gonzalo —Gon para nosotros— tenía treinta y tres, vivía cerca del Retiro y trabajaba en real estate .

Ganaba bien, venía de familia con dinero y tenía dos pisos en Zaragoza alquilados por habitaciones, lo que le convertía, según Nicolás, en “el BlackRock de Delicias”.

Gon respondía que eso no era ser rico, sino planificación financiera.

Era del Real Zaragoza, lo que le daba una autoridad moral absurda para hablar de sufrimiento, apuestas mal planteadas y remontadas imposibles.

Era bastante farandulero con la ropa para alguien que fingía no darle importancia: camisetas de Esenzia, sudaderas de Canallita, alguna chaqueta de Bumpers y zapatillas demasiado limpias para un viaje de tres días.

Viajaba con una mochila militar enorme y tenía una capacidad irritante para hablar con cualquier desconocido como si fueran primos.

A veces le llamábamos Lolo. Nunca explicó bien por qué le molestaba tanto, así que naturalmente lo usamos durante quince años.

Nicolás tenía treinta y seis, aunque casi nadie le llamaba Nicolás.

Para nosotros era Pichi.

Vivía en Lavapiés, cerca de la calle Salitre, en un estudio donde siempre había una taza usada, un portátil abierto y alguna factura esperando convertirse en problema.

Decía que Hola Coffee era su oficina secundaria.

Y, siendo justos, algunos meses lo parecía.

Era autónomo y llevaba años con esa sensación de estar trabajando siempre, incluso cuando no estaba trabajando.

Era gracioso de una forma peligrosa.

Pichi podía convertir una mala noticia en un chiste antes de que nadie pudiera preguntarle si estaba bien.

Vestía clásico, pero no clásico elegante: clásico de tío que había empezado a padrear antes de tener hijos.

Viajaba con una maleta vieja que parecía haber sobrevivido a tres divorcios y decía “de low cost ” cuando quería decir “de locos”, sin ningún tipo de sentido.

—Esto es de low cost —decía.

—¿De qué? —preguntaba Gon.

—De locos, tío. Pero internacional.

—No tienes ni el B1 emocional —le decía yo.

Él se reía.

O hacía como que se reía.

En Madrid llevaba semanas contestando poco, mandando audios cortos, de esos que suenan a habitación cerrada aunque haya ruido de calle detrás. Yo le respondía tarde, con memes, con un “ánimo, rey” o con cualquier mierda que me permitiera no preguntarle de verdad.

Marta, mi novia, me lo había dicho una noche en la cocina de Andrés Mellado, mientras yo contestaba uno de sus audios con un emoji de fuerza.

—Nicolás no está bien, Bruno.

—Ya. Por eso nos lo llevamos a Tenerife. Sol, cerveza y Gon haciendo el imbécil. Terapia completa.

Marta no se rio.

—No todo se arregla sacando a alguien de fiesta.

Yo dejé el móvil boca abajo y dije que no era eso. Que solo necesitaba aire.

También estaba lo de su ex. Nadie lo nombraba demasiado, que es una forma muy cómoda de fingir cuidado. Decíamos que había que sacarlo de casa, que necesitaba aire, que un viaje le vendría bien.

Y entonces ya nadie preguntaba más.

Los tres éramos de Zaragoza. Eso importaba, aunque lleváramos años viviendo en Madrid.

Importaba por los motes, por las bromas repetidas, por la forma de insultarnos sin que pareciera insulto, por esa confianza antigua que permite no explicar casi nada y que, precisamente por eso, a veces impide decir lo importante.

Nicolás y yo éramos madridistas. Gon, por llevarnos la contraria incluso en eso, era del Real Zaragoza. Nos gustaba el fútbol, la Champions, los mundiales y apostar lo justo para hablar como ludópatas sin llegar a serlo.

La Fábrica de Ladrillos era el nombre de nuestra empresa ficticia de vacaciones: cincuenta euros cada uno, ciento cincuenta de capital inicial y un objetivo absurdo, llegar a mil. El ladrillo.

La idea había nacido en Colombia, durante una tarde de calor y cerveza en Cartagena, después de que Gon defendiera una combinada absurda como si estuviera presentando un plan de negocio. Apostábamos “con cabeza” —mentira— y, si algún día fabricábamos el ladrillo, nos pagaba las vacaciones.

Nunca pasamos de ciento ochenta y siete.

Pero la empresa seguía operativa.

Nuestro grupo de WhatsApp también se llamaba así: La Fábrica de Ladrillos.

Colombia había sido el último viaje grande de verdad.

Cartagena, Medellín, el Eje Cafetero, Tayrona. Un viaje de esos que luego el grupo convierte en religión privada: frases que nadie de fuera entiende, vídeos vergonzosos, discusiones repetidas mil veces y una nostalgia que va creciendo cada vez que la vida adulta deja menos hueco para repetirlo.

La leyenda principal de Colombia era la noche de la muralla.

Yo había salido de una discoteca en Cartagena con la inteligencia justa para decidir que mear junto a la muralla era buena idea.

La policía apareció como si llevara siglos esperando ese momento.

Pichi estaba conmigo, naturalmente, porque Pichi siempre estaba en el lugar exacto donde una mala idea podía convertirse en historia.

Lo que vino después lo habíamos contado tantas veces que ya no sabíamos cuánto era verdad y cuánto decoración: dos policías, nosotros borrachos, una conversación absurda, un pago improvisado para cerrar el asunto y Pichi preguntando, con una seriedad inexplicable, si aquello había que hacerlo “a lo mafioso”.

—¿A lo mafioso? —dijo uno de los policías.

—En plan discreto —aclaró Pichi, que en ese momento no era discreto ni respirando.

Nos dijeron que dejáramos de hacer tonterías. Lo dimos normal. Nos miraron como si fuéramos idiotas. Entonces Pichi susurró:

—Ah, entonces sí era a lo mafioso.

Y repetimos la entrega por debajo de la mano, como dos extras de una película mala. Entre el lío, el miedo y las risas, acabamos dando menos dinero del acordado y nadie se dio cuenta hasta el día siguiente.

Durante años aquello fue prueba de que los líos nos querían.

Nunca nos pasaba nada grave.

Solo historias.

Mallorca nos había enseñado otra lección equivocada.

Una noche, Pichi salió de una discoteca tan pepino que desapareció entre las cuatro y las diez de la mañana dando vueltas solo por el puerto, incapaz de compartir ubicación, abrir Google Maps o explicar por teléfono si estaba junto a un barco, una farola o “una cosa azul”.

Su novia de entonces, desde Madrid, intentaba geolocalizarlo como si dirigiera un rescate internacional mientras nosotros dormíamos convencidos de que estaría bien.

Y estuvo bien.

Esa fue la parte peligrosa.

Porque cuando alguien se pierde una vez y vuelve con una historia, la siguiente vez tardas demasiado en llamarlo desaparición.

El viaje a Tenerife nació una noche de marzo, en una terraza de Madrid, después de varios vermús que acabaron convertidos en una discusión sobre si todavía éramos el tipo de gente que hacía planes o solo hablaba de hacerlos.

No éramos de discoteca tanto como de lío.

Podíamos acabar en una, claro, y Gon siempre acababa hablando con el portero como si fueran primos.

Pero lo nuestro era empezar con vermú antes de comer y seguir a medianoche en el mismo bar, con la comida convertida en cena y la cena en copas hasta las tantas.

La frase siempre era la misma.

Una más y nos vamos.

Casi nunca nos íbamos.

Aquella vez, además, había otra cosa debajo.

Ninguno la dijo así, porque decirla habría obligado a hacer algo con ella: queríamos sacar a Pichi de Madrid.

De su piso, de sus audios raros, de esa forma de desaparecer sin moverse de Lavapiés.

Queríamos animarlo, sí. Pero también queríamos dejar de verlo así un rato.

—Nos estamos quedando viejos —dijo Pichi aquella noche.

—Habla por ti —respondió Gon—. Yo estoy en edad de consolidación patrimonial.

—Tú estás en edad de que te expropien, Lolo.

—Como me llames Lolo otra vez, duermes en el coche.

Yo abrí el móvil y miré vuelos. Lo hice como quien revisa una tontería. Pero había combinaciones buenas. Tenerife, jueves a domingo, horarios razonables, precio decente.

—Hay vuelos —dije.

Gon levantó su vodka Red Bull.

—Aprobado.

—Ni he dicho fechas.

—Bruno, no mates el mercado con regulación.

Pichi miró la pantalla.

—Tenerife es pepino.

—¿Tú has estado?

—No, pero lo noto.