17. La otra puerta #2
Hicimos un pacto sin brindis.
Sin vasos.
Sin frases grandes.
Solo eso.
Escribir cada día una prueba de que recordábamos.
Un mensaje.
Una nota.
Una foto.
Un nombre.
Algo.
Gon se fue hacia el metro.
Nicolás se quedó un momento conmigo.
—Bruno.
—Qué.
—No te quedes tú en la historia.
—¿Qué significa eso?
—Que no te encierres escribiéndola como si así pagaras.
No contesté.
Él me conocía demasiado.
O empezaba a conocerme mejor.
—Escribir no es quedarte —dijo—. Es volver con algo.
—¿Eso lo has sacado de La Casa o de una taza motivacional?
—Estoy en una etapa compleja.
Sonreí.
—Lo intentaré.
—Más te vale.
Se fue.
Lo vi caminar por la acera hasta perderse entre la gente. Durante un latido, al pasar bajo una farola, su cuerpo pareció parpadear. No desaparecer. Solo fallar, como una imagen con mala señal.
Di un paso para seguirlo.
Luego se estabilizó.
Nicolás se giró, como si hubiera notado mi miedo, y levantó una mano.
No sonrió.
Solo levantó la mano.
Yo hice lo mismo.
Después desapareció al doblar la esquina.
Esa noche seguí escribiendo.
Capítulo tras capítulo.
La llegada a la isla.
El Fiat 500C blanco.
Casa Calima.
La fiesta.
La música.
La desaparición.
Medina.
Carmen.
El Mirador de los Ausentes.
La Casa.
Alba.
La primera mentira.
Nuestra mentira.
El fuego.
El aeropuerto.
Madrid.
Cada vez que escribía “te lo regalo”, dejaba de teclear un segundo.
Cada vez que escribía “Nicolás”, comprobaba que el nombre siguiera ahí.
Nicolás.
Nicolás.
Nicolás.
Lo añadí al diccionario.
Durante semanas, escribí con una prudencia absurda.
No porque hubiera pasado nada.
Precisamente porque no pasaba nada.
Aprendí a imprimir cada versión.
Aprendí a fechar las páginas.
Aprendí a guardar copias en discos duros, correos, carpetas, memorias USB.
Aprendí que recordar no es tener una foto fija.
Es pelear contra la comodidad de una versión más fácil.
Una noche busqué el nombre de Iván Rojas.
No sabía qué esperaba encontrar.
Encontré una entrevista de hacía dos años, en un periódico local, a un hombre que ahora llevaba una asociación de apoyo a familias de desaparecidos.
El artículo mencionaba, de pasada, que se había entregado a la policía en 2016 por un caso antiguo que nunca terminaba de explicar del todo. Cumplió condena. Salió.
No cambiamos lo que le pasó a Alba.
Pero por lo visto sí cambiamos lo que Iván hizo después.
A la única persona a la que se lo conté fue a Carmen. Le mandé el enlace sin escribir nada más encima.
Contestó a los diez minutos.
«Ya lo sabía. Lo vi confesar hace diez años y nunca entendí por qué lo hizo, así de repente, después de tanto tiempo callado.»
Y después:
«Gracias por decírmelo de todas formas.»
Cerré la pestaña con las manos temblando.
No se lo dije a Gon ni a Nicolás.
Todavía no.
Gon mandaba notas de voz.
A veces solo decía:
Me acuerdo de la risa.
Otras:
Hoy casi he pensado que no fue para tanto. Lo escribo para que conste: sí fue.
Nicolás mandaba mensajes más cortos.
Sigo aquí.
Hoy me llamo Nicolás.
Hoy he querido no estar, pero he llamado a Gon.
Hoy he hecho un chiste y luego he dicho la verdad.
Los guardé todos.
No por desconfianza.
Por amor.
También por miedo.
Pasó un mes.
Luego dos.
El verano avanzó.
Madrid se volvió insoportable por el calor. La gente se fue de vacaciones. En redes empezaron a aparecer fotos de playas, aeropuertos, atardeceres. Cada vez que veía una imagen de Canarias, cerraba la aplicación.
Una noche, recibí un correo sin asunto.
No tenía remitente.
Solo un archivo adjunto.
foto.jpg
No lo abrí.
Llamé a Gon.
—Me ha llegado algo.
—A mí también.
Llamamos a Nicolás.
—A mí también —dijo.
Nos quedamos los tres en silencio por teléfono.
—¿Abrimos? —preguntó Gon.
—Juntos —dije.
Abrimos.
Era una foto del Mirador de los Ausentes.
De día.
Vacío.
La barandilla oxidada.
El banco de piedra.
El mar al fondo.
En el centro del mirador había tres vasos de plástico.
Vacíos.
Un momento nadie habló.
Luego Nicolás dijo:
—No están llenos.
Era absurdo.
Era importante.
—No están llenos —repetí.
Gon respiró hondo.
—¿Qué hacemos?
Miré la foto.
No había música.
No había voces.
Solo imagen.
Solo amenaza.
O recuerdo.
Tal vez las dos cosas.
—La guardamos —dije—. Y escribimos que ha llegado.
Nicolás soltó aire.
—Vale.
—¿Estáis bien?
—Regular —dijo él.
Gon dijo:
—Regular es aceptable.
Colgamos.
Añadí la foto a la carpeta.
Después abrí el manuscrito.
Había terminado el último capítulo esa misma tarde.
Lo titulé: Lo que se escribe.
Pensaba que faltaba solo revisarlo.
Guardé el documento.
Lo imprimí.
En la primera página escribí a mano tres nombres.
Bruno.
Gon.
Nicolás.
Y debajo una frase que no era bonita, ni épica, ni suficiente, pero era nuestra:
Volvimos porque alguien recordó.
Apagué el portátil.
La casa quedó en silencio.
Fuera, Madrid seguía haciendo ruido. Coches, voces, una moto acelerando, un vecino cerrando una persiana. Nada celestial. Nada antiguo. Nada imposible.
Me metí en la cama.
A las 3:12 abrí los ojos.
El salón estaba a oscuras.
Durante unos segundos no supe qué me había despertado.
Entonces lo vi.
Una luz azulada bajo la puerta del dormitorio.
El portátil.
Me levanté despacio.
No había música.
No había voces.
Solo el zumbido leve del ordenador encendido.
La pantalla mostraba el documento abierto por la última página.
Yo no la había escrito.
Estaba en blanco salvo por una línea.
Letra redonda.
Fina.
Conocida.
La misma de la primera tarjeta, la de «Bienvenidos», la que llevaba escribiéndonos desde antes de que supiéramos que alguien escribía.
Gracias por abrir otra puerta.
No toqué el teclado.
No respiré.
Desde el salón llegó una campana.
Una sola.
Fin.