El miedo en el cuerpo (Mauricio Tedesco 2) Sábado #2
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Sábado #2

Tedesco no abre la boca. Comprueba que lo relatado en pocas líneas se aproxima a la realidad y que el responsable del breve en el margen de una página se atiene más o menos a los hechos comprobados.

Le alivia saber que no aparecen los nombres y que el periodista se refiere a los inculpados como «A.C.F.

» y «G.C.G.». Pero es bien sabido que no hay paraíso sin serpiente.

Se le revuelve el estómago cuando lee que la Policía no desestima que el número de menores secuestrados pueda elevarse a varias decenas ni que algún miembro de la banda continúe en libertad.

Mañana la noticia dejará de ser un breve y los titulares hablarán de alarma ciudadana, de ola de secuestros exprés, de incapacidad policial, de mafias organizadas, de…

¡Malditos periodistas!

Cuando levanta la mirada comprueba que las nubes se han cerrado sobre sus cabezas. Un trueno lejano le brinda la oportunidad de abreviar.

Tedesco coge un ejemplar de cada uno de los diarios de gran tirada.

Prefiere estar sobre aviso. Nunca se sabe qué puede encontrarse cuando el lunes ponga los pies en comisaría.

Solo espera que el responsable de transmitir la información, sea quien sea, no intente ponerse medallas, no haga declaraciones ampulosas ni hable de grupos organizados.

Y, sobre todo, espera que evite sembrar el miedo. De eso ya se encargan los medios.

No es que a la Policía Autonómica no le convenga una palmadita en la espalda, no le sobran los halagos y últimamente arrecian las críticas.

Pero sabiendo lo que sabe, Tedesco da el tema por cerrado, caso resuelto.

Actuaban solos. No quedan flecos, ni vínculos, ni otros cómplices.

No hay conexión exterior alguna, el asunto se reduce a dos personajes, el colombiano Alfredo Colorado y Gervasio Cruces, del país, como las salchichas o los jamones.

Con los diarios bajo el brazo, el policía paga y mira al cielo encapotado del que cae ya alguna gota. No abre la boca.

La Bocafuego apenas lo mira, está maldiciendo los putos coches que lo llenan todo de humo, a los hombres que van más calientes que el pico de una plancha y a los jodidos perros que se cagan por todas partes.

—Pero la culpa no es de los animales, no. Es de sus propietarios, si los educaran bien… Porque hay que ser guarro para…

Tedesco se aleja con un «buenos días» que suena a sarcasmo y lo es, y se encamina al bar restaurante más cercano.

—Y encima lloverá. ¡Hay que joderse! —clama la mujer, mientras intenta tender por encima de su cabeza un toldo transparente para proteger diarios y revistas.

Tedesco prefiere no seguir escuchando. En su opinión, cualquiera con dos dedos de frente debería negarse a escuchar a la Bocafuego. Nadie necesita que le recuerden que la vida es jodida y que la desgracia acecha en cada esquina.

Aprieta el paso. Hace rato que Romeu lo espera en el París.

ROMEU

—Mauricio, ¿te importa empezar? Tampoco te estoy pidiendo que me des un riñón.

Tedesco sonríe. Sabe que juega en campo propio y que conduce la pelota. Romeu es la única persona que utiliza siempre su nombre de pila.

—¡Joder, Mauricio!

El café con un pellizco de azúcar entra bien, es fuerte, como lo prefiere el policía, y abrasa al acercárselo a los labios, como debe ser. El policía se demora. Encuentra cierta forma de placer en la impaciencia de su interlocutor.

Romeu se presenta a diario, de lunes a sábado, en la cafetería París, para compartir con Tedesco el primer café.

No siempre lo consigue. A menudo el inspector altera su horario, y Romeu, pasada una hora que emplea en ojear el diario y —siempre de reojo— atender a las noticias en el televisor, se levanta, paga, saluda al camarero y se va algo más cabizbajo de lo que llegó.

Así ha sucedido en varias ocasiones durante la semana en curso.

Los sábados Tedesco no acostumbra a faltar a su cita, aunque llega más tarde de lo habitual.

Romeu lo sabe, también él se retrasa. Si el inspector no se presenta, Romeu lo intenta horas después.

Cuando calcula que Tedesco, que sábados y domingos come en El Rebost, anda por los postres, Romeu saluda, se sienta y, bajando la vista, sacando las gafas del bolsillo de su americana y calzándoselas sobre la nariz, formula la pregunta de rigor:

—¿Qué tal la semana?

—No ha ido mal —acostumbra a responder Tedesco con una media sonrisa.

Ignasi Romeu es un individuo alto y camina siempre algo encorvado, como muchas de las personas que sobrepasan a los demás en estatura.

Pronto cumplirá los setenta, aunque su aspecto es el de un hombre algo más joven.

Romeu conserva el cabello, que es ya completamente blanco, de un blanco levemente azulado, y una curiosidad que ha sobrevivido al paso del tiempo y que es fácil detectar en el filo de su mirada.

Siempre fue un hombre de frente despejada, pero en la actualidad, con el pelo en un retroceso feroz, el efecto es sorprendente.

Su nariz aguileña sigue cambiando de aspecto al reír y su extremo continúa inclinándose invariablemente hacia abajo, como consecuencia de su risa franca.

Como Tedesco, Ignasi Romeu pertenecía al Cuerpo Nacional de Policía y, como su amigo, fue de los pocos que pidió pasar a ingresar en los Mossos d’Esquadra cuando se autorizó la asimilación. Se jubiló años atrás como inspector.

La esposa de Romeu desconfía de Tedesco, es el último de los vínculos con el que fue su oficio durante tantos años.

Preferiría mil veces tener a su lado a un jubilado ocioso y alejado para siempre del cuerpo policial.

Pensó que con su retirada su marido olvidaría los asuntos del lado oscuro.

No fue así. El expolicía sigue añorando la comisaría y poner a prueba sus facultades.

La añoranza no es compasiva. Por eso procura siempre que puede la compañía de Tedesco.

Para Romeu, el inspector es la única relación que sobrevive de un pasado que quedó definitivamente roto cuando en su último día de servicio el comisario dirigió en su honor unas palabras amables y probablemente sinceras.

Unas palabras que lo sentenciaban a no volver a poner los pies en una comisaría.

Además de la afinidad evidente, la corta distancia que separa sus domicilios les permite mantener un contacto diario.