El miedo en el cuerpo (Mauricio Tedesco 2) Sábado
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Sábado

BOCAFUEGO

El policía ha dormido hasta decir basta, y eso ha sido hasta poco antes del mediodía.

Incorporación lánguida, ducha lenta y reconocimiento en el espejo más lento todavía.

Se ha vestido con lo primero que ha pillado, que no necesariamente es lo que más le conviene, y ha llamado a Marina para confirmar la comida del día siguiente.

Un «hola, papá» jubiloso le alegra el momento.

—Claro que me acuerdo, papá, nos vemos mañana, donde siempre.

Con Marina nunca se sabe y siempre es mejor no hacerse ilusiones. Traductora e intérprete de profesión, hace las maletas en menos de nada y en un suspiro se planta en el aeropuerto rumbo a cualquier parte a más de mil kilómetros de distancia.

Mauricio Tedesco, que siente que es demasiado viejo para muchas cosas y que no ha echado raíces en el salón de su casa o en una acera cercana a su domicilio porque no ha podido, no acaba de comprender el afán de Marina por andar siempre en tránsito.

De hecho, hace años que renunció a hacerlo.

Primer vástago de un padre italiano que se largó antes de que naciera y ostentando un apellido que desvela un remoto origen germano, el policía siempre se ha sentido fuera de lugar en todas partes excepto en su piso de Sants, junto a Fina.

Fina Mercader era su patria, su lugar de origen y el de destino.

El veterano policía no conserva buenos recuerdos de las cuatro paredes del Poble-sec en las que convivió con una madre desengañada y una abuela amargada y enferma que había enviudado demasiado pronto.

Solo experimenta cierta sensación de pertenencia en el piso en el que vivió con Fina los mejores años de su vida y, de vez en cuando, pateando a solas las calles y las plazas de la ciudad que tan bien conoce.

No se imagina la vida lejos de Barcelona.

Razonablemente satisfecho por no tener otras obligaciones, Tedesco baja a la calle y constata lo que ha sospechado al abrir los ojos: el cielo está encapotado y amenaza chaparrón inminente.

Le gusta la lluvia como a otros les gusta el sol abrasador o la brisa que al atardecer sube desde el mar.

Es hombre de rayos, truenos y agua a manta.

Le eleva el ánimo una tormenta generosa y un breve aguacero influye positivamente en su humor.

Además, en días de lluvia la electricidad estática desaparece y no experimenta las desagradables y ya habituales sacudidas al bajar de un auto o pulsar el timbre de un portero automático.

Adora la lluvia. Siempre fue así. Lo será mientras viva.

A buen paso, se acerca al quiosco de Mari Lahoz, también llamada en el vecindario la Bocafuego .

El suyo es el único que queda abierto en muchas manzanas a la redonda.

A pesar de su desabrida propietaria, el pequeño negocio ha sobrevivido a la digitalización, aunque probablemente tenga ya los días contados.

Mari Lahoz es una mujer de piel extraordinariamente pálida, escote generoso y salpicado de manchas, ojos pequeños y demasiado juntos, caderas inabarcables y lengua desatada que, a Dios gracias, raya ya la jubilación.

Tedesco espera que la sustituya alguien más afable y que sepa sonreír. Mari Lahoz no sabe.

El barrio entero la llama la Bocafuego porque todo cuanto sale por su boca es un insulto, una obscenidad o una imprecación.

Todo quema o hiere. Ahora dirían de ella que es una persona «tóxica», y es que en su juventud, cuando se hizo cargo del quiosco, alguien la bautizó con ese apodo, y Tedesco siempre ha pensado que le encaja a la perfección.

Le cuesta pensar en Mari Lahoz jubilada y con todas las horas del día a su disposición, y sin otra obligación que desayunar, comer y cenar.

Ignora si comparte vivienda con alguien, pero en caso de ser así no puede sino sentir lástima por los desafortunados que convivan con ella el día entero.

Siempre ha pensado en ella como en una mujer soltera o en una viuda.

Le resulta inconcebible creer que, de existir una pareja en alguna parte, haya sobrevivido a unos meses de relación.

La encuentra, como casi siempre, vestida de rojo hemoglobina y con el cabello a juego, en un quiosco que parece haber menguado con el paso de los años.

Los ojos oscuros ferozmente festoneados de negro y enmarcados por unas ojeras cardenalicias, todo el veneno que cabe en una boca y la cara de llevar malas cartas.

Resentida con la vida por motivos que explica a todo bicho viviente a la menor oportunidad, aunque Tedesco ya no los recuerde, Mari Lahoz maldice como respira, trece veces por minuto.

Quizás alguna más en los días peores, cuando la indignación aprieta y la bilis, como la lava, desborda los labios y se derrama.

Reniega, calumnia, injuria y comenta sin rubor, a sangre y vísceras, las peores noticias, las más trágicas, las más sangrientas.

De su boca mana la truculencia en estado puro.

En su opinión, los sucesos más trágicos constituyen la prueba fehaciente de que —Mari Lahoz dixit — esta vida es como el palo de un gallinero, corta y llena de mierda.

Y, por si lo dicho fuera poco, la Bocafuego siente una especie de rencor irracional, a juicio del policía y absolutamente justificado a los diminutos ojos de Mari Lahoz, por los hombres en general y por los de ascendencia gallega en particular. Un resentimiento atávico.

Tedesco no ha preguntado nunca por ese detalle, prefiere no saber.

—Joder, comisario, pensaba que la había diñado usted —saluda resabiada Mari Lahoz con los brazos en jarras y tono del que pide explicaciones—. Hace días que no aparece por aquí.

—Trabajo, Mari, trabajo —responde el policía sin ganas de entrar al trapo, mientras se inclina con la puntual protesta lumbar para coger el primer periódico de la pila.

—Sí, eso dicen todos ustedes, trabajo, siempre trabajo… No van a decir que se están tocando los huevos en la comisaría, pero cobrar… bien que cobran a final de mes.

El policía simula no haber escuchado la provocación.

—Y cada día la misma mierda, que si a un cabrón le han clavao una navaja a la puerta de la discoteca, que si el capullo de más allá le ha dao pa’l pelo a la mujer, que si… Si tanto trabajaran, digo yo que el diario no vendría tan cargao de mierda —prosigue, en el mismo tono y sin miramientos.

—Hay sucesos que no se pueden evitar —la interrumpe el policía—. Si pudiéramos conocer el futuro…

Tedesco busca las monedas en el bolsillo con ganas crecientes de salir corriendo.

Mari, envalentonada, no escucha. Nunca lo hace.

Para poder continuar largando a placer en los morros de un madero, la Bocafuego no tiende inmediatamente la mano para recoger las monedas que le entrega el policía y se entretiene recolocando los botes de chucherías.

—Hoy mismo, comisario, hoy mismo. Joder, si es que no hay que ir muy lejos. Mire usted, mire —dice la Bocafuego, señalando una página abierta de La Vanguardia —. Serán cabrones, si es pa matarlos y decir que se han muerto. ¿O no?

Tedesco ha dejado ya de corregir su rango. Se ha pasado años enteros aclarándole a Mari que no había pasado de ser inspector y que probablemente tampoco ascendería en un futuro. No tiene ambiciones y tampoco le queda tiempo. El policía se encoge de hombros y obedece, no queda otra.

Se acerca y, por cumplir, echa una ojeada a la página.

—Mire, mire. Aquí, en Barcelona, a cuatro pasos.

Dos mamones que se dedicaban a llevarse a los críos para pedir dinero a los padres.

Y por un rescate de mierda. Mire, mire, lea.

Y tome nota. Por un puto rescate. Y no crea que pedían nada del otro jueves, qué va.

Pero hay hijos de puta que por no dar un palo al agua son capaces de…

A Tedesco no hay nada que le guste menos que leer los reportajes que hacen referencia a alguno de los casos en los que ha intervenido.

Los reporteros raramente miden las palabras y demasiado a menudo faltan a la verdad, confunden o exageran a conveniencia.

Y si además merecen los comentarios de la Bocafuego, apenas puede reprimir las ganas de salir por piernas.

—Ya me dirá, hay gente que no tiene escrúpulos ni tiene nada. No me extraña que no den el nombre. ¡Serán cabrones! Yo tengo un hijo, que no es el caso, ya sabe usted que servidora no…

El inspector no sabe, pero asiente.

—Bueno, a lo que iba, comisario, que yo tengo un hijo y va un hijo de puta y se lo lleva y…

Le juro, comisario, que yo le corto el cuello.

Se lo juro, le juro que le corto el cuello.

O los cojones. Lo que haga falta. Después ya vendrán ustedes para llevarme a la cárcel, pero le juro que a ese cabrón me lo llevo por delante.

Tedesco pasea la vista por la noticia que Mari le señala mientras piensa que la naturaleza a veces es sabia. Hay personas que no deberían reproducirse. Y Mari Lahoz es una de ellas.

—Como hay Dios que me lo llevo por delante.

No quiere ni imaginar lo que sería para una criatura tener por madre a alguien que no encuentra nada bien, que todo lo denigra y que no sonríe en ningún momento.

Si llueve, porque llueve, si hace sol, por…

Por otra parte, Mari Lahoz es una descreída de manual, se pasa el día maldiciendo de curas, beatas y sacristías, los pone de vuelta y media venga o no venga a cuento. Pero como hay Dios…

La quiosquera se ha pintado las uñas de negro y su dedo parece una mancha de tinta sobre el papel. Golpea con el índice la página del diario para que el policía no se despiste.