Viernes #5
—Vendí las furgonetas y despedí a mis dos conductores.
La otra la llevaba yo. Me quedé casi sin nada en unos días.
Fueron veinticinco años de trabajo de toda la familia.
No podía arriesgarme a que volviera a pasarme algo así.
No podría volver a comprar la vida de otro de mis hijos.
¿Lo entiende? No podría. —Colorado busca con la mirada los ojos del inspector, persigue cierta forma de benevolencia que precisa para justificar sus actos—.
No quedaba nada por vender. La casa no era mía y había gente que sabía que pretendía comprar otra furgoneta.
No podía fiarme de nadie. Hay chicos que han sido secuestrados más de una vez.
Sé que cuesta creerlo, pero es así. Si secuestraban a otro de mis hijos, si volvían a secuestrar a Paquito, no podría pagar, estaría condenado a muerte.
El inspector asiente. Si las cosas te van bien y vuelves a reunir dinero, eso te convierte nuevamente en objetivo de los raptores. Una situación complicada. Cabrera, también conocido como «la momia» o «la esfinge», ni pestañea.
—Algo he leído.
—Con el dinero con el que pensaba comprar otra furgoneta compré billetes para mi mujer y para mí y para mis tres hijos. Vinimos con la intención de empezar de nuevo. Mi mujer estuvo de acuerdo. No vi otra salida, y ella, tampoco.
Clava la mirada en la pared situada a la espalda de los policías antes de proseguir hablándole al vacío.
—Llegamos aquí en 2019. Me costó encontrar trabajo.
Los primeros meses fueron terribles. Mi mujer acabó como cuidadora de una anciana.
Sin contrato, sin casi horas libres, casi sin fines de semana…
No nos quedaba otro remedio. Yo conseguí un empleo como conductor a tiempo parcial, me llamaban cuando me necesitaban.
Pagábamos el alquiler y la comida. Algunos meses, ni eso.
Colorado se interrumpe y permanece unos instantes con los ojos cerrados, como si concentrara su atención en el recuerdo.
—Después llegó el covid. La empresa para la que trabajaba era una constructora y dejó de llamarme.
Llegamos a deber cuatro meses de alquiler.
Y con tres hijos. Le juro que… Verá, algunos meses no teníamos ni para comer.
Mi mujer seguía trabajando y mi hijo mayor se metió en el buzoneo, pero le daban una miseria.
No nos alcanzaba para nada. Se habían acabado los ahorros y tampoco podía comprar los billetes de vuelta.
Cada vez iba a peor. Llegamos a pasar hambre.
Y frío. ¿Y qué culpa tienen ellos? —Y de nuevo la voz se le llena de lágrimas.
Tedesco comprende que se refiere a sus hijos.
—Pensé que podía hacer lo que me hicieron a mí.
Le di muchas vueltas y no encontré otra manera de sobrevivir.
Pensé en retener a las criaturas y liberarlas después a cambio de dinero.
No tenía otra opción, ¿sabe? Aunque hubiera podido reunir el dinero tampoco podía volver a Colombia, ni a Medellín, ni a ninguna otra ciudad.
En mi país los secuestradores van a por los hijos de los que regresan.
Si vuelves, las posibilidades de que te secuestren a un hijo se multiplican.
La mala gente cree que escondes una fortuna y que mientes para que nadie te pida nada.
—Ya veo —comenta Tedesco para animarlo a que siga hablando—. No lo tenía usted fácil.
—Estaba atrapado, desesperado. Pensé en quitarme de en medio, en matarme.
Era fácil, muy fácil. Otros lo hacen. Un puente, la vía del tren…
—Ha bajado la voz—. Pero no podía hacerle eso a mi mujer.
No podía dejarla sola con los tres hijos.
Ella no se lo merece —asegura, y de nuevo rompe a llorar y oculta el rostro.
Desesperación, vergüenza, arrepentimiento… De todo hay en su llanto de hombre atormentado.
El inspector advierte que una cruz dorada cuelga de su cuello. Alfredo Colorado es un hombre religioso y el suicidio es pecado. Y no un pecado venial.
—Pero antes de rendirse decidió usted intentar salir a flote. Se buscó un cómplice, Gervasio Cruces. Puedo comprender que no pretendían hacer daño a las criaturas, que pensaban pedir cantidades no muy grandes, sumas de dinero que las familias pudiesen reunir.
Colorado solloza. Y el policía prosigue:
—Usted me dirá si me equivoco. Convenció a Gervasio Cruces para que hiciera el trabajo sucio, le explicó cómo debía proceder, qué tipo de niños debía raptar.
Iban al cincuenta por ciento. Usted se encargaba de contactar con la familia y de ajustar el pago, lo justo para que los padres decidieran entregar el dinero y no arriesgar la vida de su hijo.
Les indicaba que no hablasen con la Policía.
Si el padre era un ingeniero y la madre tenía trabajo, como en el caso de Ainhoa Pascual, la cifra era más alta, nunca excesiva.
Si se trataba del hijo de un peón, el rescate era menor.
Todavía no había contactado con la familia del último chico, Daniel Marín.
—Solo era una solución temporal. Hasta que pudiéramos pagar las deudas y yo encontrara un empleo. Solo era…
—Un delito, Alfredo. Un delito grave.