El miedo en el cuerpo (Mauricio Tedesco 2) Viernes #4
92%

Viernes #4

—Era de una tía abuela mía que no tenía más familia.

Tenía dos pisos y, al morir, uno fue para mí y el otro, el piso en el que ella vivía, el mejor, para mi hermano mayor.

No tenía otros parientes. Yo no he tenido dinero para ponerlo a mi nombre, me pedían una barbaridad y no podía…

Pero tengo las llaves, me las dio ella misma. Es mío aunque los papeles no lo digan.

—Entiendo. Sin embargo, no ha querido usted llamar a nadie. Podemos localizar a su hermano y…

—No, no. A mi hermano, no. No quiero que llamen a mi hermano. Hace casi diez años que no nos vemos. No quiere saber nada de mí.

Se interrumpe durante unos instantes.

—Ni yo de él —añade a modo de desquite, mientras con el zapato aplasta la colilla contra el suelo.

Hay violencia en sus gestos, violencia, desesperación y ruidoso y continuo arrastrar de esposas sobre la mesa.

—Está bien, señor Cruces. Por hoy hemos adelantado bastante. Piense en lo de los secuestros, será peor si nos enteramos por Alfredo Colorado o por las pistas que podamos reunir. Unas palabras a tiempo pueden ayudarle mucho. Quiero detalles, los nombres de los chicos, de los padres… Todo.

Cruces baja la vista. Calla. Tiene que pensarlo. Necesita tiempo. Tedesco lo sabe, por eso se levanta y se aproxima a la puerta seguido por Cabrera. Antes de salir, oye de nuevo el roce de las esposas sobre la mesa y la voz de Cruces por encima del desagradable ruido.

—Espere, tiene usted que saber una cosa.

El policía se detiene y da la cara al detenido. No espera grandes confesiones, todavía no.

—Usted dirá.

—Nunca les hice daño a esos chicos. No era mi intención. Yo no soy así, no soy un…

El detenido hace una pausa. El policía ni pestañea, como si lo que acabara de oír no le provocara ni frío ni calor.

El inculpado insiste:

—Nunca. ¿Me oye? Nunca les puse una mano encima. No soy uno de esos. Yo no…

Lo que dice no es del todo cierto, aunque quizás no lleguen a comprobarse nunca las bofetadas propinadas a Daniel y a algún otro, los empujones o los tirones sin contemplaciones.

Pero lo es en su significado más profundo, lo es en el sentido que Cruces asigna a las palabras.

No les puso la mano encima para abusar de ellos, eso sí que no.

No es un pederasta, eso debe quedar claro, quiere que quede bien claro.

Ni un bujarrón. No es un desviado, ni un invertido, ni…

—Solo necesitaba dinero.

El policía, impasible y convencido de que, a su manera, Gervasio Cruces está diciendo la verdad, su verdad, se dispone a abandonar la sala sin abrir la boca.

El tiempo hará el resto.

—Espere, poli. Espere, joder.

Tedesco se detiene, nunca está todo dicho.

—Quiero hablar con alguien —susurra.

—Está bien. Ordenaré que le permitan llamar.

Algo más allá, Alfredo Colorado, al que le han tomado ya datos y huellas, aguarda esposado en una sala semejante a la anterior. Tiene la cara de haber sido atropellado por un camión, la boca torcida en una mueca de espanto y los ojos llenos de lágrimas.

Tiembla.

ALFREDO

Alfredo Colorado esconde el rostro entre los brazos. Tedesco observa que parece sufrir pequeñas convulsiones. Llora. Ha levantado la cabeza al oír la puerta de la sala como si acabase de sufrir un espasmo.

—Soy Mauricio Tedesco y voy a hacerle unas preguntas. Él es el agente Iván Cabrera.

Colorado mira al inspector como miraría a un espectro, a una presencia ectoplasmática. Con el mismo horror. Las lágrimas desbordan sus ojos y se precipitan sobre sus dedos. Trata de apartarlas con el canto de la mano. El semblante ha palidecido y tiene ahora el color del hormigón.

—Vamos a acusarlo de secuestro. A usted y a Gervasio Cruces. Tenemos pruebas más que suficientes para hacerlo. Si colabora quizás consiga una reducción de condena, pero no le estoy prometiendo nada. Tiene derecho a un abogado. También puede negarse a responder, aunque en su caso…

El detenido sigue sollozando, parece devastado.

—No puedo pagar un abogado.

—Se le asignará uno. Tiene usted derecho, pero lo mejor es que nos explique qué es lo que hacían y cómo lo hacían. Cruces ya nos ha dicho alguna cosa, pero quiero saber…

—No me quedó otro remedio —lo interrumpe. En su voz se adivinan el terror y las lágrimas—. No vi otra salida. Se me ocurrió que podía hacer lo que hacían otros. Lo que me hicieron a mí.

—¿Lo que hacían otros?

—Sí, claro. Lo que hacen otros. Aquí, no. O no tan a menudo. Yo qué sé. Pero en mi país pasa cada día.

—No sé si comprendo. ¿Puede explicarse?

Colorado habla con la mirada fija en sus manos y la voz rota. Parece avergonzado. Lo está. Tedesco juraría que el hombre que tiene delante no es un delincuente habitual.

—Yo tenía una pequeña empresa de transportes en Medellín, en Colombia: El Colorín.

Cabrera esboza una sonrisa leve. Colorín, Colorado, y este cuento…

—Tres furgonetas viejas y otra que pensaba comprar. El negocio no iba mal. Me ganaba la vida hasta que secuestraron a mi hijo menor, a Paquito.

Habla muy despacio, con dificultad, como si tuviera la boca llena de astillas.

—Me pidieron todo lo que pude reunir de vender las furgonetas. Gente que me conocía perfectamente. Quizás vecinos o amigos de amigos.

—Ya veo.

—Lo retuvieron durante un par de semanas.

Los peores días de toda mi vida. Vendí las furgonetas y pagué.

Tuve suerte. Volvió con vida. Cambiado, pero vivo.

—Suspira y el rostro se le descompone—. Todo el que puede, paga.

No dije nada a la Policía, en mi país nadie se fía.

Ni lo pensé. Mi esposa estuvo de acuerdo.

Cada mes secuestran a mucha gente, sobre todo niños, y la Policía no es de gran ayuda. No ponen interés. No investigan.

El policía sabe que son muchos los niños que desaparecen en algunos países en los que el secuestro es un delito habitual.

También algunos adultos, pero sobre todo niños.

Dan menos problemas y saben que generalmente la gente se desvive por sus hijos, que lo daría todo por recuperarlos.

En Colombia, aquí y en todas partes. A veces los secuestros apenas duran un par de días, incluso horas, las que tarda la familia en reunir el dinero.

Secuestros exprés, los llaman. Dinero rápido y falta de escrúpulos.

—Siga, por favor —indica el policía a Alfredo Colorado, que de nuevo ha escondido el rostro entre los brazos.

El cabello lacio y negro le oculta los ojos.

La manga de la camisa le sirve para arrastrar las lágrimas.

Segundos después, el detenido obedece. Levanta la mirada, carraspea, sacude la cabeza y prosigue.

—Algunas veces las criaturas son liberadas, pero no siempre. Dicen que algunos policías incluso colaboran con los secuestradores. No lo sé, pero no me extrañaría. El que puede, paga. Aunque no le quede nada, aunque no pueda ni seguir…

Tedesco supone que pagas y rezas para que te lo devuelvan con vida. O no rezas y te cagas en sus muertos. Pero pagas.

Iván Cabrera no pierde detalle.