Viernes #3
Aunque el secuestrador ponga todo su empeño en aparentar una impasibilidad que está lejos de sentir, aunque se esfuerce en parecer duro y capaz de resistir cualquier envite, el inspector sabe que no tardará en flaquear, todos lo hacen.
Se derrumban y «cantan». Algunos lloran, se arrepienten o se justifican, pero muy pocos mantienen su negativa cuando llevan horas de reclusión y las pruebas hablan por sí mismas.
Y al policía, con años de oficio y muchas horas de interrogatorio a la espalda, Gervasio Cruces le parece un pobre tipo.
Sin formación, sin recursos, sin redaños y, desde luego, sin la capacidad intelectual como para sostener el silencio.
El tiempo dirá si se equivoca. Torres mucho más altas han caído.
Y si no habla, peor para él. Tiene pruebas más que suficientes para imputarle un par de secuestros.
Cuando el inspector saluda con un gesto al agente que custodia al detenido y entra en la sala, advierte que huele a lejía, o a desinfectante, o a…
—Que venga Iván Cabrera —ordena al mosso.
Gervasio Cruces aguarda contemplando obstinadamente sus manos esposadas como si cobijase un oscuro misterio entre los dedos. Permanece completamente inmóvil y ajeno a la presencia del policía. Cruces, paralizado en su porfía, mantiene la engañosa quietud de la lagartija sobre la piedra.
Tampoco el inspector abre la boca, se limita a sentarse frente al detenido, a echar el cuerpo hacia atrás y a sacar del bolsillo de la americana las inconfundibles gafas de Alfredo Colorado, las gafas de montura dorada que cayeron al suelo cuando Lidia se apoderó de su casco.
Las deposita sin ruido sobre la mesa, al alcance de las manos esposadas de Gervasio Cruces, justo en la trayectoria de su mirada. El cristal quebrado perfectamente visible.
El detenido las reconoce inmediatamente, levanta la vista e interroga al policía con la mirada.
No abre la boca. De pura rabia, golpea la mesa con los puños y el ruido de las esposas al chocar con el tablero hace que el agente de guardia asome la cabeza por el ventanuco de la puerta.
Con una mano, el inspector le indica que puede retirarse.
TEDESCO
Cabrera entra sin ruido y se sienta junto al inspector. Echa un vistazo a las gafas.
—¿Le suenan, Gervasio? —pregunta el policía.
No hay respuesta, pero es cuestión de paciencia. Falta poco, muy poco. El inculpado ha vuelto a bajar la vista, reflexiona.
Tedesco juraría que tiembla y que su cerebro es lo más parecido a una olla en plena ebullición. Cruces arrastra ahora las manos sobre la mesa con ruido de esposas y se sujeta con ellas la barbilla como el que pone un cabestrillo a su cerebro.
—Las ha visto antes, ¿verdad? —insiste.
El imputado asiente.
El policía cree oírlo rugir interiormente como a una bestia atrapada.
—Quizás ahora quiera usted hablar… —sugiere Tedesco, aproximándose a Gervasio con los codos sobre la mesa para intimidarlo con su proximidad—. Quizás pueda usted darnos su versión. Si no lo hace tendré que creer a su amigo Alfredo y, la verdad, no sé si le conviene. No habla bien de usted.
Gervasio abre los ojos como si lo viera por primera vez, como si acabara de reparar en su presencia.
Del policía a las gafas y de estas de nuevo al policía.
También abre la boca y al hacerlo salta a la vista que es hombre de verbo escaso y torpe.
Eso y el excesivo espacio entre sus dientes amarillentos y la clamorosa ausencia de algunas piezas.
—Váyase a la mierda —le escupe, mientras frunce el ceño y vuelve a golpear la mesa con las esposas para subrayar así sus palabras.
A Tedesco no le sorprendería que de un momento a otro, en un arrebato de desesperación, el detenido se golpee con ellas la cabeza, la nariz, los dientes…
—Usted dirá, Gervasio. ¿Empieza primero o prefiere que pregunte yo? —le incita el policía, empleando el tono que califica de perdonavidas.
El detenido no contesta. Está tan tenso que en el dorso de sus manos las venas parecen a punto de reventar. Visto de cerca, el arranque de su nariz está plagado de capilares morados, quizás el alcohol no sea el menor de sus problemas.
Tedesco no sabe qué es lo que Cruces ha decidido hacer, si es que ha tomado alguna decisión, pero, dada la falta de iniciativa del hombre que tiene a escasos palmos y que parece a punto de desmayarse, insiste:
—Será mejor que me diga usted la verdad, piense que, tal y como yo lo veo, su situación difícilmente puede empeorar. Si colabora informaré al juez de su buena disposición.
El hombre sigue mirándolo.
Buena disposición. Qué hipócrita le parece a menudo al policía el lenguaje que emplea.
Buena disposición. Ni él mismo sabe qué quiere decir, solo que a oídos de un detenido las palabras suenan bien.
A favor, a gracia, a clemencia. Hará falta algo más de munición para conseguir que el detenido hable.
Decide emplear una carga de profundidad que no acostumbra a fallar ante tipos como Cruces.
—Tiene usted que tener en cuenta que en la cárcel los pederastas lo pasan fatal. No son bien vistos. De hecho, acostumbran a catar su propia medicina.
A su lado, Iván Cabrera, inmóvil como una estatua en un parque, afila la mirada.
—Pero yo no… Yo nunca… —replica Cruces, y las palabras se le enredan entre los dientes—. Le juro que yo nunca…
—Pero eso lo sabe usted, y yo puedo creerlo, no digo que no, pero correrá entre los presos que usted raptaba niños. Eso se sabe pronto. La imaginación hará el resto.
Gervasio no pestañea, se diría que no respira. Cabecea lentamente, como si picoteara sin separar las manos del mentón. Es su manera de hacer avanzar el pensamiento.
Tedesco juraría que está a punto de claudicar.
Al contrario de lo que creyó al constatar su gesto, es la barbilla la que sujeta sus manos.
La presión que ejerce sobre ellas evita que tiemblen cuando quedan volanderas en el aire.
El policía entiende el miedo, el fracaso y la desolación más allá del silencio del detenido.
Manos que tiemblan, cabeza en movimiento continuo, desesperación.
—¿Cómo y cuándo se conocieron Alfredo Colorado y usted? —inquiere el policía sin conceder tregua. No es el momento.
Un largo vacío sigue a sus palabras, un vacío difícil de sostener.
Tanto es así que, pasados un par de minutos, cuando Tedesco baraja ya la posibilidad de insistir después de comer y está a punto de retirarse, el hombre responde sacudiendo la cabeza.
Un movimiento violento destinado en apariencia a despejar su mente, que acompaña de un furioso resoplido.
Tedesco, que se encuentra muy cerca, arruga involuntariamente la nariz. Su aliento es agrio, como su rostro, como su persona.
GERVASIO
El detenido titubea antes de empezar a hablar.
—En un bar, un bar del Paral·lel. —Se interrumpe unos instantes. Decide lo que le conviene decir—. Nos vimos allí y él…
La voz del hombre es casi un silbido, la disposición de sus dientes no le permite otra cosa.
—¿Él…?
—Bueno, Colorado, Alfredo Colorado. Yo necesitaba dinero, estaba en las últimas, y él me dijo que sabía cómo…
—Y usted aceptó.
Asiente de nuevo.
—¿Y el trato era…?
—Yo buscaba a los niños y los tenía en casa hasta que la familia soltaba la pasta.
—Ya veo. A usted le tocaba el trabajo sucio —comenta el policía, añadiendo leña al fuego.
Gervasio Cruces menea la cabeza como si cayera en la cuenta por primera vez. Resopla de nuevo.
—¿No tendría usted un cigarrillo? —implora con las manos temblonas y la voz quebrada más propia de una persona varias décadas mayor—. Creo que…
Tedesco rebusca en un bolsillo y le tiende el paquete.
Iván frunce el ceño y se aleja unos centímetros. Las normas son las normas y al agente el humo le repugna.
Tanta es la necesidad que, con las manos esposadas, apenas tarda un par de segundos en llevarse el pitillo a la boca.
El policía le acerca la llama. Un cartel en la pared señala que en el espacio, cerrado a cal y canto, no se debe fumar.
Pero Tedesco sabe mejor que nadie que hay reglas que uno puede obviar de vez en cuando.
Además, el olor a lejía es tan evidente que difícilmente quedarán trazas de tabaco en la atmósfera aséptica de la sala de interrogatorios.
—¿Quién elegía los niños?
—Yo —contesta con cierta rapidez, como si la respuesta fuera obvia.
—¿Con qué criterio?
Cruces expele el aire entre los dientes. No ha entendido la pregunta. Parpadea.
—¿Qué tipo de niños escogía? ¿Cómo eran? ¿Dónde los encontraba? —insiste el policía, intentando acomodarse en una silla que no ofrece ningún tipo de confort y remontando las gafas nariz arriba.
—De unos siete u ocho años, niños pequeños que supieran decir dónde vivían, su teléfono, el trabajo de sus padres… Esas cosas. Ni muy chicos ni muy grandes. Sobre todo que estuvieran solos.
Cruces se libra de la ceniza tirándola al suelo junto a sus pies. A su espalda alguien ha trazado sobre el yeso de la pared «Poli bueno, poli muerto», «Madero, cabrón», «Así os revienten el culo». Tedesco lo ha visto tantas veces que ni le impresiona ya.
—¿Cuántos niños han secuestrado hasta hoy?
—Dos —contesta Cruces sin solución de continuidad.
Tiene más recursos de los que aparenta, sabe lo que le conviene. Dos son ni más ni menos aquellos de los que la Policía tiene conocimiento, pero en el piso los expertos de la Científica han hallado rastros de la presencia de otros niños.
—Vamos, hombre. ¡Cree que soy tonto! —se exclama el policía—. Dos, la parejita… Justo los que hemos encontrado en el piso —añade el inspector con sorna.
Cruces calla y baja la vista. No sabe mentir y es consciente de ello. Hecho el vano intento, prefiere callar.
—Pero vamos a seguir, Gervasio. Ya habrá tiempo de volver sobre el tema —advierte el policía—.
El piso de Marqués de Campo Sagrado no es de su propiedad ni de Alfredo Colorado, es de una tal Rosario García.
Tampoco nos consta contrato de alquiler a su nombre.
¿Puede explicarme cómo es que entra y sale de un piso que no es suyo?