Viernes #2
Da la vuelta con cierta dificultad. La calle es muy ancha, casi una avenida, y una moto gira en pocos metros, pero el desconocido pone pie a tierra y se ayuda en la maniobra.
Los nervios lo traicionan, quizás le falta experiencia.
Por un momento, a Tedesco se le antoja tan torpe que cree que acabará por caer sobre el asfalto.
El hombre intenta otro cambio de sentido. No tiene ninguna posibilidad de escapar, pero no se rinde.
No ha podido ver a los agentes que salen de los vehículos y se sitúan justo detrás.
Incapaz de planificar la huida, el sujeto acelera y a punto está de llevarse por delante a una chica bajita, de pelo rojo y vestida de negro de pies a cabeza que sujeta el bolso a la altura del hígado y corre en dirección a la entrada de una nave.
La muchacha ha apurado el tiempo y ahora se impone una carrera.
La joven grita y salta hacia atrás apartándose de la trayectoria de la moto cuando está a punto de arrollarla, en el último momento. Cae en la calzada como impulsada por una extraña fuerza centrífuga.
Maldice a voz en grito.
—Me cago en la puta. ¡Animal! ¡Capullo!
A pocos metros, un compañero de la muchacha alza el puño y amenaza al motorista con abrirle la cabeza.
Cuando el hombre pasa a toda velocidad por delante de Tedesco, que ya está en la acera con la mano en la pistola, los agentes que han salido de los coches se parapetan tras los vehículos con las armas en alto. Se identifican y gritan, le ordenan que se detenga.
La chica del pelo rojo, todavía sobre la calzada, se ha lastimado las muñecas al apuntalar todo el peso de su cuerpo y no consigue apoyar las manos en el suelo y reunir las fuerzas para levantarse.
Maldice del hombre hasta su sombra. Su compañero intenta alzarla sujetándola por las axilas mientras repite:
—¡Será cabrón el hijoputa!
Ambos observan perplejos la maniobra policial. No pueden creer lo que están viendo. El hombre tira de ella, la levanta y se refugian en la nave industrial más cercana.
Lidia ha apretado a correr siguiendo a la motocicleta, también lo hacen un par de agentes.
Es rápida, muy, muy rápida. Los deja atrás en pocos segundos.
Asegura que se pasó la infancia y la adolescencia huyendo.
Lidia siempre se ha negado a entrar en detalles y Tedesco sospecha que el motivo es tan doloroso que prefiere no hablar.
No recordar. No existe lo que no se mienta.
Cuando el motorista, que todavía lleva la bolsa del rescate en la mano, se aproxima a los coches de la Policía atravesados en la calzada y advierte la presencia de los Mossos y sus voces que le ordenan que se detenga, busca apresuradamente un vado.
Lo encuentra sin dificultad e intenta escabullirse subiendo el vehículo a la acera.
Deja caer la bolsa que supuestamente contiene los quince mil euros, lo primero es lo primero. Y lo primero es la libertad, la vida.
No hace ademán de sacar pistola, necesita ambas manos para maniobrar, y salta a la vista que no es un conductor muy hábil.
Uno de los agentes, el que está más cerca, sale de detrás del vehículo policial y corre hacia él ordenando a gritos que se detenga.
Es Diego Cuesta, que últimamente parece haberse especializado en salir corriendo.
Corre sin dejar de apuntar y le da alcance antes de que el sujeto pueda circular acera adelante.
El agente intenta sujetar el vehículo. El motorista fuerza la máquina para huir.
No puede hacerlo. Otro agente se suma a Diego en el intento de retener la moto mientras Lidia se abalanza y agarra al desconocido por los hombros.
Forcejean apenas unos segundos y lo descabalga.
La motocicleta rueda unos metros hacia adelante separándose del hombre y cayendo con estrépito sobre la acera.
Cuesta lo retiene mientras otro agente lo sujeta a la altura de los riñones y Lidia lo esposa.
Acabada la inmovilización, Lidia retira el casco de su cabeza.
El hombre aúlla como si al hacerlo le hubiera arrancado las orejas.
El tirón ha sido tan fuerte que Tedesco no se atreve a descartar esa posibilidad.
Con el casco, la agente ha arrastrado también unas gafas de sol tipo Ray-Ban, como las que usan los sheriffs en las películas.
Probablemente una burda falsificación. Montura dorada más ancha en los extremos, cristal verde oscuro y muchos años de historia.
Las lentes caen al suelo y uno de los cristales se quiebra sin llegar a romperse.
Tedesco llega a tiempo para recogerlas. Se las lleva hasta los ojos y comprueba que no se trata de unas gafas graduadas.
No las devuelve.
El sujeto tiene el rostro oscuro, de un cobrizo muy apagado, casi ceniciento, el cabello largo en la nuca y muy negro y el perfil achatado.
Lidia registra ya su camisa, sus tejanos, sus zapatos…
Busca un arma. Sabe lo que tiene que hacer y lo hace.
Por lo que pueda pasar Cuesta tiene una mano en su arma reglamentaria.
La agente saca una pistola del bolsillo trasero del pantalón del sujeto y, de su camisa, una navaja de hoja corta.
El hombre baja la vista.
TEDESCO
Con Alfredo Colorado a buen recaudo en la comisaría de Les Corts, el policía se dispone a abandonar su despacho, a desayunar sin prisas sentado a una mesa y ojeando un diario.
Como en los días buenos, cuando no hay niños desaparecidos y los criminales se limitan a afanar carteras o dar tirones a lomos de un ciclomotor.
Cuando juega en campo propio. Es el principio del fin, o el principio del principio, como prefiere creer. Ya habrá tiempo para ir acabando.
—Iván, ponte con el informe. Nos iría bien un borrador para mediodía.
Ambos saben que el término «borrador» es un eufemismo.
El informe de Iván Cabrera será exhaustivo, riguroso y muy difícil de mejorar, y Tedesco se limitará a echarle un vistazo antes de darlo por bueno y felicitar a su agente por su precisión.
Con toda seguridad el comisario Valero elogiará al inspector, no solo por el éxito de la operación, también por la claridad y la exactitud del informe.
El policía tratará de no recordar el asunto del impostor.
Por la discreta sonrisa del agente el inspector comprueba que parece satisfecho.
Para Cabrera, pasar unas horas al teclado ordenando ideas, presentando indicios y secuenciando hechos es una perspectiva placentera.
—Lidia, lleva a Cruces a la sala de interrogatorios lo antes posible —ordena antes de traspasar el umbral camino de una cafetería. Tedesco, con el permiso de Segura, ha hecho trasladar a Cruces a la comisaría de Les Corts.
La agente interroga a su superior con la mirada.
—Le vamos a dar tiempo para reflexionar.
Lidia sonríe. Ha comprendido.
Para Tedesco, bares y cafeterías son los lugares en los que acumular tiempos muertos.
Tedesco es un experto. El bar restaurante de Leonor, Leo para los habituales, es un establecimiento poco frecuentado y que a mediodía ofrece un menú decente.
Es uno de los que prefiere por la discreción de su propietaria y porque con el tiempo apenas tiene que abrir la boca.
Desde que enviudó, su vida entera se le antoja una larga secuencia de tiempos muertos.
Se hará esperar y lo hará con premeditación, alevosía y un par de cafés con muy poco azúcar. El detenido, a solas con los más negros pensamientos, no puede saberlo y se limitará a aguardar con los nervios tensos como cuerdas de violín.
GERVASIO
El policía no se equivoca. A solas y en absoluto silencio, Gervasio Cruces no tarda en creer que se volverá loco, que le estallará la cabeza como cuando de crío el maestro la llenaba de palabras que lo desconcertaban y que raramente llegaban a significar algo para él.
No sabe qué es lo que debe hacer ni lo que debe decir, por eso había decidido no abrir la boca, pero ya no lo tiene tan claro.
Sin saber qué es lo que ocurre ni confiar en Alfredo Colorado, ignora cuánto podrá resistir en silencio. Sospecha que no será mucho.
Gervasio aguarda con la vista baja y el cuerpo entero en tensión.
Ha perdido algo de arrogancia, pero su mirada no se arruga, conserva intacta la ira contenida de los primeros momentos.
Tampoco se relajan sus manos hechas puños.
No se ha cambiado de ropa, no ha pedido nada y, por lo que el inspector sabe, nadie ha preguntado por él.
Como si no existiera. Tampoco Gervasio ha llamado a nadie.
Se ha negado cuando le han ofrecido la posibilidad de hablar con alguien, un pariente, un amigo… Tampoco ha pedido un abogado.
Al policía su actitud no deja de sorprenderle, la experiencia le ha demostrado ampliamente que hasta los más canallas entre los canallas, los asesinos confesos, los violadores, los camellos, los pederastas, los maltratadores…
, todos tienen a quién llamar en caso de detención, siempre hay alguien que llora por ellos.
A menudo hay quien justifica lo que carece de toda justificación.
Una madre, un hermano, una amiga, una novia, un colega que le debe un favor, la abuela que lo crio y que no deja de preguntarse qué es lo que hizo mal…
Siempre, siempre acaba por aparecer alguien. Es cuestión de esperar.
Con los antebrazos sobre la mesa, la cabeza baja, que no vencida, los labios apretados, el bigote más amarillento que nunca y la silueta recortada contra la pared de un blanco sucio, la imagen del inculpado es la del eterno perdedor.
Tedesco lo ha visto otras veces. Muchas.
Nada nuevo, paciencia y jugar bien las cartas que tiene en la mano.
Sabe que el tiempo ha cambiado de sentido, como si las saetas del reloj hubieran dejado de correr o lo hicieran a la inversa.
Sabe que las horas ya no se suceden en su contra, sino a favor, que lleva buenas cartas, las mejores, y que puede intuir el viento en las velas.