El miedo en el cuerpo (Mauricio Tedesco 2) Viernes
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Viernes

TEDESCO

Amanece sobre los grandes cubos de hormigón en el polígono industrial de L’Hospitalet de Llobregat.

Según se acerca la hora, hombres y mujeres se aproximan a las naves.

A diferencia de lo que ocurre en el centro de la ciudad, en un polígono del área metropolitana el día empieza antes.

En primavera, casi con las primeras luces.

Son multitud los que entran a las siete.

Solos o en grupo, callados, resignados o con ganas de echar unas risas, de todo hay sobre el asfalto, como en botica.

Decenas de personas atraviesan las amplias calles sin nombre pensadas para camiones de gran tonelaje y escasa maniobrabilidad.

En unos minutos y, como si se materializaran desde la nada, las aceras se llenan de operarios, de oficinistas y de mandos intermedios de los que creen que mandan.

No todos los rostros parecen acusar ni el madrugón ni la crisis que se resiste a dejar atrás la fatídica pandemia.

Son muchos los que se aproximan con el corazón en un puño pendientes de la próxima regulación. Algunos confían en los fondos para la recuperación. Otros saben que el contrato acaba dentro de unas semanas y que más allá solo existe la maldita incertidumbre.

Los jefes, los que mandan de verdad, aquellos de los que depende el futuro de tantos, acostumbran a llegar algo más tarde.

Corren malos tiempos en el polígono, hace meses que muchas persianas bajaron para no volver a subir o para subir a medias.

Tedesco, apostado junto a la puerta de una nave industrial, viste una bata azul prestada, un sobretodo, una prenda propia del que trajina piezas de ferretería. Espera apurando un café de máquina. Sopla como si tuviera prisa. Y la tiene. Prisa y miedo a equivocarse.

Lo ha planeado todo, no ha dejado nada en el aire, pero en estos asuntos nunca se sabe.

No todo es previsible. Eso es lo que le ha enseñado la experiencia, que siempre, siempre, siempre, queda margen para el error.

Han constatado que el móvil de Cruces no ha recibido mensajes que sugieran un cambio de planes, tampoco nuevas llamadas.

También que la última conversación que sostuvo acabó instantes antes de que la Policía entrara en el piso y que fue mantenida con un móvil prepago que sigue apagado.

Algo más allá, apoyada contra una pared y apurando un pitillo, como si esperara que pasaran los minutos antes de entrar y fichar, Lidia Sampedro viste tejanos muy ajustados, deportivas y camiseta ceñida bajo el chaleco rojo con el logotipo de una empresa.

Tiene en los oídos algo que recuerda a unos auriculares y los ojos medio entornados, como si escuchara su canción favorita.

Incluso mueve levemente las caderas, como si llevara el ritmo.

Si se esfuerza, Lidia puede oír la respiración del inspector a través del pinganillo.

Nadie diría que nunca antes ha pisado el polígono, nadie adivinaría que en el bolsillo interior del chaleco, donde otros guardan el móvil o el paquete de cigarrillos, Lidia oculta un arma reglamentaria.

Tedesco piensa que la chica vale su peso en oro.

En ambos extremos de la calle, coches policiales de incógnito y sin identificación. Alguno mal estacionado en un paso de peatones y con las luces puestas, como si esperara un paquete o el sellado de un albarán, lo más normal del mundo. Y, en todos ellos, agentes de confianza vestidos de civil.

El policía abre y cierra algo que bien pudiera ser un talonario de facturas, escribe un par de cosas por hacer algo y no pierde detalle de cuanto sucede en la vía que separa las dos hileras de naves enfrentadas.

Ha aprendido a no menospreciar a nadie, ni a los criminales más chapuceros ni a los más incapaces ni a los menos ambiciosos.

Visto el lugar y el momento, Tedesco puede entender perfectamente el porqué del sitio y de la hora.

El secuestrador que tomó las decisiones sabe lo que hace.

Avenidas que estaban desiertas diez minutos antes se llenan de gente apresurada en un abrir y cerrar de ojos.

Gente que camina en todas direcciones con mono de trabajo, bata o ropa de calle, hombres y mujeres de toda edad y parecida condición que se afanan por no llegar tarde y que, a esas horas de la mañana, se sienten poco inclinados a la observación.

Algunos con el sueño en los párpados, otros como si llevaran en pie muchas horas, todos camino de sentarse frente a un ordenador, o hacerse cargo de un torno, una fresadora o una máquina de envasar al vacío.

Llegan a pie desde su casa o desde la parada de autobús, en moto, bici o automóvil.

Calzada y aceras son durante unos minutos un hervidero, un cosmos dentro del cosmos.

ÁLEX

Desde su lugar junto a la puerta de una entrada para camiones, Tedesco distingue a Álex Pascual que se acerca sin prisas y a la hora acordada, cuando solo faltan dos minutos para las siete de la mañana, como un trabajador más.

Uno de tantos. Viste tejanos y un discreto polo azul oscuro, tiene buena planta y nada en su apariencia delata que se dispone a pagar un secuestro.

Bien podría ser el heredero motivado de una empresa familiar que se empeña en reflotarla.

Parece tranquilo, dispuesto a iniciar un día más de una larga sucesión de jornadas de trabajo.

En una mano una bolsa de plástico opaco de las que proporcionan en determinadas tiendas de ropa, en la otra un gran portafolios de piel, su propia cartera de trabajo.

Así lo indicó la voz, así lo ha hecho él.

Un observador no conseguiría distinguirlo de un gerente de una de las empresas ubicadas en el polígono que Tedesco ha podido ver camino del despacho.

También Lidia lo ha visto, por eso enciende otro cigarrillo y se apoya en un muro con los ojos entornados.

El pitillo es su excusa para permanecer en el exterior.

Tedesco nunca antes la ha visto fumar. Sin embargo, diría que lleva toda la vida quemando tabaco.

Quizás el operativo no obtenga resultado alguno si el hombre que facilitó las instrucciones, alertado por la falta de noticias de su cómplice, decide no presentarse.

Depende de la planificación. Gervasio Cruces no ha abierto la boca.

Tedesco sabe que se arriesga a fracasar.

Segura se ha mostrado escéptico y ha dejado la operación en sus manos.

No confía en capturar al cómplice de Cruces.

Si hay suerte y no ha intentado volver a establecer contacto con el detenido, cabe pensar que cree que todo marcha según lo ha previsto.

El móvil silencioso desde hace horas así permite suponerlo.

Según lo acordado, el hombre aparecerá dentro de muy poco, apenas un suspiro.

Justo un minuto antes de las siete, cuando nadie repare en su presencia.

Solo resta esperar y no hacer ningún movimiento en falso.

Tedesco confía en los agentes, en todos ellos. Los ha elegido personalmente.

Álex Pascual continúa caminando y, siguiendo las instrucciones recibidas, deposita la bolsa de plástico en una papelera situada en la acera, muy cerca del bordillo, junto al alcorque de una acacia moribunda.

Lo hace con naturalidad, como si arrojase a la basura los folletos publicitarios que acaba de sacar del buzón o el envoltorio de un bocadillo.

Nada en sus movimientos llama la atención, nadie lo mira.

El que no ha entrado todavía lo hace ya a la carrera, faltan unos segundos para las siete de la mañana.

El ingeniero no se detiene, continúa avanzando sin demasiada prisa, como si el despacho que le espera estuviera varias manzanas más allá y pudiera permitirse una demora. Camina con la mirada al frente, la cabeza alta y la cartera balanceándose ligeramente junto a su rodilla derecha.

No tarda en doblar una esquina y desaparecer.

CUESTA/LIDIA

Todo se precipita en pocos segundos. Aunque lo espera, Tedesco no deja de sorprenderse cuando un individuo subido a una moto de mediana potencia, y con el casco puesto, se detiene lo que dura un suspiro junto a la papelera y, sin bajar del vehículo, solo poniendo pie a tierra durante unos segundos, alarga la mano y atrapa la bolsa.

Unos segundos, pocos, y todo habrá acabado.

Siempre ocurre todo demasiado rápido, y el inspector, con el cuerpo cargado de años y de aprensión, vacila, teme no estar a la altura. Maldito síndrome del impostor.

Se le acelera el corazón y se tensa visiblemente. Ya no es un hombre de acción, quizás no lo fue nunca. Pensará en ello más tarde.

Demasiado rápido.

—¡Ahora! —ordena Tedesco—. ¡Ahora!

No puede evitar alzar la voz y ordenar, casi a voz en grito, que todo se desarrolle según lo ha previsto.

Como casi todos los policías con muchos años de oficio, Tedesco desconfía de las últimas tecnologías, prefiere la acción directa, la propia voz, los propios gestos, la supervisión desde la proximidad, el kilómetro cero.

A Lidia por poco le estalla el tímpano.

—¡Guauuuuu! —exclama, y se lleva una mano al oído derecho para aplacarlo, mientras sigue la trayectoria de la moto con la mirada. No ha llegado todavía el momento de echar a correr.

Los coches policiales aparcados o mal estacionados cerca de los chaflanes arrancan a la vez y, a la vez, casi orquestadamente, obstruyen los extremos de la calle.

El motorista puede utilizar un vado y subir a la acera, es una posibilidad.

Si es muy hábil y la acera está desierta quizás consiga pasar.

Pero, en contra de lo que teme el inspector, lo que hace el motorista, al encontrar el camino bloqueado y entender que se trata de la Policía, es dar la vuelta e intentar circular en sentido contrario a toda pastilla.

A la desesperada. No ha advertido que un par de coches bloquean también el flanco opuesto.

Por fortuna, todo está previsto, también esa eventualidad.