Jueves #31
Bien mirado, entre la desolada sala de espera del hospital y cualquiera de las dependencias de la comisaría de Nou de la Rambla, tampoco hay mucha diferencia.
Y cuanto antes, mejor. Iván, sentado a su lado, se acerca más al hombre y se inclina hacia él, lo hace casi sin darse cuenta para no perder detalle de lo que está a punto de desvelar.
Ha sacado del bolsillo una libretita que no necesita para nada.
Recordará cada palabra del hombre que cabecea antes de hablar.
—Nos llamaron al cabo de un par de horas, quizás menos, no lo sé con exactitud.
Mi suegra estaba en casa con Héctor y recibió la llamada.
Ana y yo estábamos en comisaría denunciando la desaparición.
Era un hombre y, según afirma mi suegra, hablaba un castellano extraño, como si no fuera de por aquí.
Pero de ahí no la sacas, no sabe decir mucho más. No ha podido identificar el acento.
Tedesco cree recordar que la documentación de Gervasio Cruces indica que nació en Santa Coloma de Gramenet, difícilmente su acento al expresarse en castellano puede sonar extraño al oído.
A no ser que sea bueno imitando voces, y no lo parece, por lo que cabe deducir que se trata de un cómplice.
Debe pensar en ello, pero a bote pronto todo apunta a que Gervasio Cruces no actuaba solo.
—El hombre fue muy claro, pidió quince mil euros y puso por toda condición que no dijéramos nada a la Policía.
Ni una palabra. Dio instrucciones muy exactas, dijo dónde y cuándo depositar el dinero, cómo debía ser la bolsa, el tipo de billetes…
Hasta le indicó a la madre de Ana que hiciera el favor de tomar nota para que no se confundiera.
No dejó nada en el aire y tampoco parecía tener prisa por acabar la conversación.
—Entiendo que no dijeron ustedes nada a la Policía de la llamada recibida. En el informe que he podido ver no consta… —aventura el inspector sin sombra de recriminación en la voz.
—No, no lo hicimos. Sé que deberíamos haber informado, que habría sido lo correcto, que deberíamos haber contado con la Policía, pero no lo hicimos.
Decidimos que lo primero era nuestra hija.
No sé si lo comprenderá, pero es lo que hay —se apresura a contestar—.
Ni Ana ni yo queríamos poner su vida en peligro, y podíamos reunir quince mil euros sin dificultad, no es mucho dinero.
Y sí, ya sé que eso refuerza a los secuestradores, que no ayuda a su detención y que muy seguramente reincidirán.
Pero ¿sabe qué? Es mi hija. No puedo darle otra explicación.
—¿Solo quince mil euros?
—Eso es lo que más me extrañó, que no es mucho dinero. Siempre pensé que los secuestros eran…
Tedesco asiente, entiende lo que quiere decir, y no le extraña.
No le recriminará haber actuado a espaldas de la Policía.
Quizás si hubiera estado en su lugar habría obrado de la misma manera.
Por otra parte, comprende su desconcierto, los secuestros son delitos graves, los raptores acostumbran a pedir cifras difíciles de reunir, cantidades que compensen el riesgo.
Álex Pascual continúa no sin dolor.
—Ainhoa había desaparecido, no había ni rastro, la Policía no tenía ninguna pista.
Nadie había visto nada. Solo la voz de un hombre, sus instrucciones…
Nada más. ¿Qué habría hecho usted? —inquiere Álex Pascual a la defensiva—.
Solo teníamos la palabra de un hombre para recuperar a nuestra hija.
Un hombre que dijo que si no obedecíamos sus instrucciones no volveríamos a verla.
En sus ojos, Tedesco reconoce la sombra de un miedo atroz. Una secuela del espanto que quizás los empañe para siempre.
El policía no responde. No puede. Probablemente habría actuado de forma parecida si alguien hubiera secuestrado a Marina.
—La palabra de un hombre capaz de raptar a una niña.
El ingeniero continúa con la mirada en una pared blanca, como si no se dirigiera a nadie en concreto.
—No teníamos otra cosa. Solo eso. Y no era mucho.
Ana y yo estuvimos de acuerdo en obedecer.
Si es capaz de llevarse a una niña, cómo vas a confiar en que la mantenga con vida mucho tiempo.
No puede imaginarse las horas que hemos pasado.
No le deseo a nadie lo que mi mujer y yo hemos pasado en unas horas.
Y si es delito actuar a espaldas de la Policía, asumiré la responsabilidad.
Calla durante unos instantes, demasiado frágil el ánimo para continuar. Poco después, superado momentáneamente el trance, el ingeniero recupera la palabra y prosigue:
—No volvió a llamar. No sabíamos si nuestra hija estaba viva o muerta, no teníamos ninguna prueba, solo la palabra de un hombre. Reunimos el dinero y esperamos.
—Entiendo que no han llegado ustedes a pagar.
—No, tenemos el dinero. Y no crea que es fácil que un banco te entregue tanto efectivo de un día para otro, todo son pegas. Hemos tenido que recurrir a nuestros padres y a diferentes sucursales bancarias. Las instrucciones eran muy concretas, nos exigía que debíamos entregar el dinero mañana.