El miedo en el cuerpo (Mauricio Tedesco 2) Jueves #30
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Jueves #30

—Una señora de las que se había acercado, una vecina nuestra, me dio un pañuelo, uno de los de tela, y me dijo que fuera corriendo a mojarlo a la fuente para poder quitar mejor la sangre y ver qué era lo que tenía mi hermano.

Me pareció que tenía razón y fui corriendo hasta la fuente.

No queda lejos, pero está en una esquina.

Yo estaba mojando el pañuelo y no lo vi venir, no noté nada.

Se acercó por detrás, creo, porque no lo vi. Creo que me tapó la boca.

Una lágrima tiembla al filo de uno de sus párpados y la retira con la sábana. No piensa llorar.

—Me arrastró, me levantó y me sacó del parque. No pude gritar, no me dejó. No creo que nadie me viera, todo el mundo estaba con Sandra y con mi hermano. Nadie me miraba.

—Tienes razón, nadie vio nada, nadie recuerda a ningún hombre junto a la fuente. ¿Tú lo habías visto antes? ¿Lo recordabas? ¿Te había seguido? ¿Te había molestado?

La niña se toma su tiempo, y al cabo de unos instantes niega con la cabeza.

—No, creo que no —añade—. Pero no puedo estar segura. Igual no me di cuenta. Igual sí que lo había visto antes, pero creo que no. Mi madre dice que soy muy distraída, igual no lo vi, o…

A Tedesco, Ainhoa no le parece una niña distraída, al contrario, pero nunca se atrevería a llevarle la contraria a una madre.

—Entiendo, Ainhoa. ¿Recuerdas adónde te llevó? Cualquier cosa, todo lo que recuerdes servirá.

—No. No recuerdo nada, solo un olor muy raro, no sé…

Creo que me mareé porque no recuerdo que me hiciera caminar ni…

La verdad es que no recuerdo casi nada, solo que me dio un vaso de leche y me dijo que me la tomara.

Yo no quería, sé que no puedes comer ni beber nada que te dé un desconocido, pero me dijo que si no lo hacía me haría daño, que me rompería el brazo.

Y me lo tomé. Mis padres se enfadarán, me lo han dicho muchas veces, pero…

Se interrumpe y se retira el cabello de la cara.

—Tus padres lo entenderán. No te preocupes. No están enfadados contigo.

—La agente me ha explicado que han pasado casi dos días desde que se me llevó, pero yo no…

Con las palmas de las manos mirando al cielo, la niña intenta disculparse.

—Yo no pude…

—No te preocupes, lo tenemos, lo hemos cogido, pronto lo sabremos todo.

No hay problema y no volverá a llevarse a nadie.

¿Quieres que pida alguna cosa más de comer?

Creo que tienes hambre —sugiere el policía, que no puede evitar sentir cierta admiración por la criatura que descansa en una cama de hospital.

La niña asiente. Sigue hambrienta. Cuando el inspector, que ha salido unos segundos en busca de Lidia o de Iván, regresa a su lado, Ainhoa ha recordado algo.

—Cuando me desperté estaba sola en un colchón muy sucio y en una habitación muy oscura. El hombre estaba a mi lado, me miraba.

—¿Te tocó? ¿Te golpeó? ¿Te hizo daño?

La niña niega.

—No, no me hizo daño. Quería saber muchas cosas, muchas. Dijo que me pegaría si no contestaba, pero no lo hizo. Yo contesté y no me pegó. Sabía todas las respuestas.

Una sombra de orgullo le sube al rostro. Chica lista. Conocía todas las respuestas.

—¿Qué te preguntó?

—Cosas fáciles, hace años que las sé. Mi nombre, el de mi padre, el de mi madre, dónde vivo, el número de teléfono de mi casa, qué es lo que hacen mis padres, qué coche tenemos…

Cosas así, muchas cosas. Él apuntaba lo que yo le decía, a veces me decía que fuera más despacio.

Me hizo muchas preguntas y yo las sabía todas —añade—. No me pegó.

—Entiendo. ¿Alguna cosa más?

—Fue entonces cuando me dio el vaso de leche y ya no…

No acaba la frase, no puede, en la puerta han aparecido dos adultos, un hombre y una mujer que sostiene en brazos a un niño que se restriega los ojos con los puños cerrados. Recuerda mucho a Ainhoa, y, como ella, tiene la barbilla afilada y el pelo rizado y muy desordenado.

La mujer le tiende el niño al hombre que la acompaña y se abalanza sobre la cama.

El inspector apenas tiene tiempo de verla.

Nadie intenta retenerla. Abraza a su hija, la besa, y llora con la cabeza apoyada en su clavícula.

También Ainhoa baja la guardia y llora sin ruido, pero con lágrimas tan grandes como sus ojos, lágrimas que resbalan hasta su cuello a gran velocidad.

También el padre se acerca y, como puede, la abraza desde arriba y besa muchas veces su rizada cabeza.

La familia entera parece un solo cuerpo tembloroso que ríe, besa y solloza.

Tedesco se levanta y espera en el pasillo a que el conjunto se serene.

Las emociones intensas le incomodan, no sabe manejarse bien y acostumbra a evitarlas en lo posible.

Se siente satisfecho, casi feliz. Devolver una niña a sus padres sana y salva es uno de los mejores resultados esperables, una alegría para cualquier poli.

En la puerta, Lidia sostiene un plato con mermelada y unas tostadas. Los ojos le brillan. Los párpados han repartido una lágrima. Junto a ella, Iván Cabrera observa la escena. Tedesco sabe que el agente parsimonioso retiene hasta el último detalle.

ÁLEX

Pasados unos minutos, el padre de Ainhoa sale de la habitación, busca al inspector con la mirada y se dirige hacia él. Tedesco, en una diminuta sala de espera, discute con Lidia e Iván los próximos pasos.

—Soy Alejandro Pascual, pero me llaman Álex —dice al tiempo que tiende la mano para estrechar la del inspector—. El padre de Ainhoa, y quería darles las gracias. Han hecho ustedes un gran trabajo. —El ingeniero incluye a los agentes en sus palabras y en su mirada de agradecimiento.

Lidia se encoge de hombros y sonríe restándole importancia, Iván ni pestañea. Tedesco, obligado a hablar por las circunstancias, se ciñe a las fórmulas tradicionales, las de toda la vida:

—Nos hemos limitado a hacer nuestro trabajo. Y si me lo permite quisiera hacerle unas preguntas.

—Desde luego.

Su impecable presencia se ve desmerecida por unas enormes bolsas bajo los ojos y un gesto de cansancio extremo que ni la alegría recién recibida ha conseguido alejar.

Tedesco le indica que tome asiento en una de las sillas de la diminuta sala de espera cercana. Pide a Lidia que le lleve a Ainhoa las tostadas y con un gesto le ordena a Iván que se quede.

—Si no le importa, podemos hablar aquí. Ya pasará en otro momento para firmar su declaración, pero adelantaremos más si puede responder a…

—Entiendo, no se preocupe. También yo creo que debemos hablar.

—Verá, por el momento desconocemos la intención del hombre que se llevó a Ainhoa, no ha abierto la boca. Espero que no tarde en hablar, pero quizás usted pueda decirnos…

—Sí, yo puedo ayudarles en eso —lo interrumpe—. Lo que querían era dinero. Un secuestro, eso es lo que ha sido, ni más ni menos. Un secuestro extraño. Mi hija a cambio de dinero, pero lo extraño es que no exigía mucho dinero.

Su convicción es tan firme, tan serena, tan ordenada, que a Tedesco le recuerda mucho a su hija, a Ainhoa. Parecida forma de hablar, palabras bien calibradas, certeras, semejante rostro grave, la misma barbilla apuntada. Escasas dudas. Como ella, Álex Pascual parece saber todas las respuestas.

—Usted dirá —lo anima el policía con un gesto de su mano, mientras lo observa por encima de sus gafas.