Jueves #29
Con los labios sellados, el hombre levanta la vista, tiene en los ojos la ferocidad que proporciona la desesperación.
Por los labios entreabiertos el policía advierte una separación exagerada entre unos dientes manchados por la nicotina.
Al alzar la cabeza, Gervasio Cruces la inclina ligeramente hacia la derecha y se le rompe el gesto, como si le doliera el hombro.
En el último momento ahoga todo lamento.
Es un tipo duro que se sabe sin escapatoria.
Tedesco se equivocó en la primera impresión, es posible que tarde en dar su brazo a torcer.
—Tenemos un testigo que vio cómo se llevaba usted a Daniel en la boca de metro.
Hizo su retrato robot y lo reconocerá entre mil.
No lo dude, está usted perdido. Si no declara, habrá rueda de reconocimiento, pero no tiene salida.
Nuestro testigo no tiene la menor duda, lo ha descrito a la perfección.
Además está la niña y el niño al que se llevó —añade en el último momento—. Lo identificarán entre cientos.
Tedesco sospecha que no será fácil obtener la colaboración de Daniel. Quizás un gesto de asentimiento, un movimiento leve…, pero un reconocimiento en toda regla… De todas maneras quizás el hombre no sepa que Daniel habla en raras ocasiones y nunca con extraños. Es su as en la manga.
Como el detenido sigue mirándolo sin la menor intención de abrir la boca, Tedesco se levanta y se dispone a salir.
Lo ha visto otras veces, sabe que las más verdes también maduran.
Es cuestión de tiempo. Horas, días quizás, a veces unas semanas…
El policía juraría que el acusado no llega al fin de semana sin haber abierto la boca.
Antes de salir, añade:
—Por si le interesa el dato: todos los cargos serán para usted. Por lo bajo le caerán quince años si se demuestra que los niños están bien. Y si no, échele alguno más. Se va a pudrir en la cárcel una larga temporada.
Silencio.
—Si cambia de opinión, soy el inspector Tedesco.
Gervasio Cruces, el aspecto acanallado y la mirada fiera en sus ojos entornados, le despide con un gruñido sordo como el de un animal tras una cerca.
—Puede usted llevárselo, hoy no tiene ganas de hablar —le indica al agente que aguarda en la puerta.
El mosso, resentido todavía por el cabezazo recibido, vuelve a sujetarlo de un brazo y con escasa amabilidad lo impulsa pasillo adelante. Gervasio Cruces se revuelve y de nuevo intenta golpear al policía con la cabeza. El agente maldice al hombre esposado y a toda su estirpe.
A empujones, avanzan en dirección a los calabozos mientras Tedesco los sigue con la mirada.
TEDESCO
Quizás consiga salir de comisaría, comer algo aceptable en algún sitio, ni demasiado alejado para no perder el tiempo en caminatas, ni demasiado próximo como para compartir mantel y conversación con otros colegas.
Necesita pensar, solo conoce una manera de avanzar en el caso: pensar, pensar, pensar.
Antes de dejar las dependencias policiales le sale al paso Diego Cuesta.
—Acaban de llamar desde el hospital, señor. Es la niña, empieza a despertarse, la han llevado a una habitación, ya no está en el box. Dice el doctor que tardará un rato en estar completamente bien, que no hablará sin problemas hasta dentro de un par de horas. Se confirma que le dieron alguna cosa.
—Gracias, Diego. Voy a salir a comer.
—¡Ah, inspector! Lidia e Iván ya están allí. Si le parece llamaré a los padres y les indicaré el número de la habitación.
El inspector asiente.
—Que lo haga Iván. Ya ha hablado con ellos.
Comeré algo camino del hospital, estaré allí dentro de un rato.
Y si llegan antes, que no se muevan, que me esperen.
Informa al inspector Segura y dile que, por el momento, el detenido no ha abierto la boca y que, si quiere acompañarme para hablar con la niña… Pero no es necesario que insistas.
—Comprendo.
Antes de poner el pie en la calle, Tedesco se gira y se dirige de nuevo al agente, que se retira en dirección a uno de los despachos.
—Si hay alguna novedad, creo que llevo encima el móvil —añade, palpando el bolsillo de la americana para comprobar que así es. Para el policía, el móvil es un artefacto esquivo. Acostumbra a olvidarlo varias veces al día. En el lavabo, en la cocina, sobre la máquina de café de la comisaría…
Si pudiera lo llevaría atado con una cadena como un reloj de bolsillo.
AINHOA
Por la avidez con la que la Ainhoa traga la leche que acaba de acercarle una enfermera se diría que es lo primero que ingiere en muchos días. Sujeta el vaso con ambas manos, como si alguien en las proximidades pudiera arrebatárselo, y apenas se detiene para respirar.
No parece importarle ni el cabello sobre los ojos ni el rastro de leche en su labio superior.
La enfermera le ofrece un par de magdalenas de hospital y las acepta sin pensárselo dos veces.
Mejor eso que nada. La niña tiene todavía la mirada algo turbia y todo el aspecto de necesitar una ducha y un abrazo muy fuerte.
Vestida con una camisola hospitalaria, la niña parece lo que es: una criatura que se recupera.
Ainhoa se pasa la mano por el pelo ensortijado para devolverlo a su lugar habitual.
La enfermera, que viste bata blanca y medias y zapatos violetas a juego con las mechas de su pelo, se ofrece para peinarla y pasarle una toallita húmeda por la cara para refrescarla y que se sienta mejor.
También le pregunta si prefiere ducharse.
La niña niega con determinación, prefiere ducharse en su propia casa y no necesita ayuda para peinarse.
Hace un par de años que se basta y se sobra para entendérselas con un cabello de mal domesticar.
La melena con hilachas violetas de la enfermera tampoco parece ofrecerle garantías. Se limita a pedirle el cepillo.
La enfermera se lo entrega junto a una sonrisa de comprensión. A pesar de lo que ha pasado en manos de un secuestrador, la niña sigue siendo una criatura resuelta que no se acobarda con facilidad.
Mejor así, piensa el policía que acaba de llegar y contempla la escena desde el umbral de la habitación. Será una persona fuerte.
La niña se cepilla el pelo con la vista en el pedazo de cielo que puede contemplar a través de la ventana.
Tedesco acaba de hablar con el doctor que la ha reconocido una vez despierta.
Le ha asegurado que no ha sufrido abuso sexual alguno y que su estado es bueno, relativamente bueno.
Está un poco confusa, no entiende que no está en su ciudad natal, Castellón, sino en Barcelona.
Tampoco conserva la noción del tiempo transcurrido en cautividad, pero eso, según opina el doctor Camps, no tiene la menor importancia.
Sobre todo si ha pasado la mayor parte del tiempo bajo un sueño inducido.
—Le administraron un somnífero, probablemente Orfidal o algo parecido. Es muy pequeña y está muy delgada, quizás no le dieron una gran dosis, pero en un niño de poco peso a veces los efectos son… —No acaba la frase. No es necesario.
Tedesco sigue observando a la niña, que se desenreda el cabello y lo aplasta con las manos.
Echa en falta algo de colonia para conseguir que no se encrespe.
El policía carraspea para que no se asuste y se acerca a la cama en compañía de Lidia, a la que la niña ya conoce.
Le enseña su acreditación y se sienta en una butaca incómoda y demasiado baja en la que se resienten sus lumbares.
Maldice al que diseñó las butacas de hospital y a toda su progenie.
Su rostro queda a la altura del cuello de Ainhoa.
Prefiere no pensar en el momento en el que tendrá que levantarse.
La niña lo mira detenidamente y acepta su compañía, encogiéndose de hombros.
Todo lo que Ainhoa dice o hace se demora unos instantes, los justos para pensar antes de hablar o de obrar, parece una niña extremadamente sensata.
Le recuerda a Iván Cabrera, el agente que hace que el mundo se detenga.
A menudo parece que no vaya a contestar nunca.
Tedesco le asegura que sus padres están de camino y que no tardarán en llegar, y le indica a Lidia que puede salir de la habitación.
Ainhoa pregunta por su hermano, lo recuerda la última vez que lo vio llorando y sangrando en brazos de la canguro. Y, aunque no tiene la menor certeza, el policía le confirma que se encuentra perfectamente y que tiene muchas ganas de volver a verla. Espera sinceramente que así sea.
La niña sonríe.
—También yo tengo ganas de verle.
Tal y como recuerda haber pensado al ver por primera vez su fotografía, es una criatura juiciosa y razonable, diría que casi severa en sus juicios.
Tedesco quiere creer que lo ocurrido quedará en su memoria como un mal recuerdo.
Nada demasiado importante, un episodio algo oscuro que conviene relegar al olvido.
—¿Sabrías explicarme cómo se acercó el hombre a ti, cómo se te llevo?
Tedesco desestima andarse con rodeos. Está convencido de que la niña prefiere las cosas como son.
—No sé, señor —responde, y niega con la cabeza—. Mi hermano se había dado un golpe con el columpio, se había hecho daño en la boca y gritaba. Mi hermano no sabe llorar, siempre grita, grita muy fuerte. Él es así, siempre grita. A mí me da mucha rabia. A veces…
No acaba la frase.
—Todo el mundo se había acercado porque sangraba mucho, como si se hubiera roto algún diente o… No sé. Me asusté, pensé que podía morirse si perdía tanta sangre. Una señora dijo que quizás se había mordido la lengua. Todo se llenó de sangre, la boca, las manos, la ropa, todo. Sandra no sabía…
Permanece en silencio unos instantes hasta que cree necesario aclarar:
—Sandra es nuestra canguro, es una antigua alumna de mi madre, y la pobre no sabía qué hacer. Y yo tampoco. Me asusté mucho.
—Sigue, Ainhoa, lo haces muy bien —la anima el policía, que cree que la niña no podría explicarse mejor.
Recostada en el cabezal, el semblante grave y las manos cruzadas sobre el regazo, Ainhoa continúa: