El miedo en el cuerpo (Mauricio Tedesco 2) Jueves #28
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Jueves #28

A Tedesco le basta una ojeada para descartar a una de ellas, una niña rubia, de pelo lacio, piel muy clara y ojos azules como fondos de piscina que sonríe mientras sostiene en sus manos un gatito diminuto.

El animal mira a la cámara con la cabeza erguida, como si posara para el fotógrafo.

Es una niña preciosa de siete años de edad a la que no han vuelto a ver desde que saliera de su casa en dirección a la escuela.

Bastaron doscientos metros para que la cría se esfumara.

Los hechos acontecieron en Murcia hace un par de semanas y continúa la búsqueda centrada en el barrio y en los conocidos de la familia. Como casi siempre.

La siguiente fotografía corresponde a la niña que acaban de encontrar. Al policía no le cabe la menor duda.

—Es ella —apunta Iván, que tuvo ocasión de verla.

Es Ainhoa Pascual Caballero. Así se llama, según consta en el informe, la niña que dormía en la habitación junto a Daniel y que, dada la falta de noticias en sentido contrario, sigue durmiendo plácidamente en el Hospital Clínic.

Desapareció hace dos días en Castellón mientras jugaba en un parque bajo la vigilancia de una canguro que en aquellos instantes atendía a su hermano menor, Héctor, que acababa de golpearse con el columpio y cuyo labio inferior sangraba escandalosamente.

Es la hija mayor de un ingeniero y de una maestra que nunca habían detectado seguimientos, ni presencia de merodeadores ni nada parecido que les llamara la atención.

Es una niña de rostro grave, ojos muy grandes, pelo castaño y algo crespo y barbilla pronunciada, que en la foto sujeta a su hermano pasándole el brazo por los hombros.

Por su actitud formal ante la cámara se diría que es la encargada de velar por la seguridad de su hermano menor, que en la fotografía es casi un bebé.

Tedesco digiere mal los agradecimientos, las lágrimas, las encajadas de mano.

No encuentra dentro de sus limitados registros emocionales el que conviene a la complaciente situación.

Por eso le indica a Iván, el agente que participó en la operación, el mismo que sacó a la niña del piso en brazos con Daniel pegado a sus piernas, que puede telefonear a la familia de Ainhoa Pascual para que se pongan en camino.

Las buenas noticias, cuanto antes mejor.

Tedesco advierte al joven agente que no debe dar muchas explicaciones, únicamente comunicarles que creen haber dado con ella y que su estado es bueno.

Puede añadir que recuperarán a su hija tras identificarla, aunque deberán permitir un nuevo reconocimiento médico en cuanto se despierte.

También debe decirles que si la niña se encuentra bien, como es de esperar, y ellos consienten, el policía le formulará de inmediato las primeras preguntas, las inevitables.

—¡Ah! Y en cuanto hables con ellos te vas para el hospital, creo que Lidia ya está allí. Os quedáis con la niña hasta nueva orden y me avisáis si se despierta y está en condiciones de hablar.

Iván asiente y se retira con el expediente de la desaparición de Ainhoa Pascual para proceder a comunicar a sus padres su localización.

Apenas ha podido dar un vistazo y ya podría repetir la dirección, el teléfono de la familia y los nombres y apellidos de todos sus miembros.

También las circunstancias en las que se produjo la desaparición de la joven.

—Inspector, acaban de traer al detenido, está en uno de los calabozos —avisa uno de los agentes más jóvenes desde el umbral.

—Gracias, avisa al inspector Segura.

—Ya lo sabe, señor. El inspector está ocupado. Dice que puede usted ir empezando.

Tedesco constata que una sombra de bigote oscurece su labio superior. Probablemente, el mosso recién incorporado pretende camuflar un aspecto aniñado que le resta autoridad.

—Busca una sala —ordena el inspector, que se levanta impulsado por una especie de resorte neuronal, un mecanismo invisible a los ojos, más emocional que razonable, que lo lleva a implicarse hasta los tuétanos en cada uno de los casos de los que se responsabiliza.

Le alegra que Segura le deje espacio. Dos gallos son demasiados para un gallinero.

No quiere perder tiempo, tiene ganas de enfrentar los ojos del hombre, del desalmado secuestrador de niños, cuyo propósito prefiere no aventurar.

De hecho, apenas tiene alguna sospecha. Secuestrar a dos niños a la vez no es una práctica corriente.

Y que uno de ellos pertenezca a una familia que pasa apuros económicos no parece la mejor manera de conseguir un buen rescate.

No tiene ni idea de lo que el hombre pretendía hacer reteniendo a Ainhoa y a Daniel, aunque, desde luego, no podía tratarse de nada bueno.

El joven desaparece.

Tedesco recupera la americana del perchero, comprueba que lleva el móvil en el bolsillo del pantalón y corrige la situación de sus gafas, que amenazan con seguir deslizándose nariz abajo y estrellarse contra el suelo.

Mientras camina en dirección a las salas de interrogatorio, la palabra «desalmado» le ronda la mente. Recuerda que es aquel que carece de alma. A menudo le pasan cosas así por la cabeza. Quizás es la forma que tiene su mente de airearse, de oxigenarse. «Desalmado» le parece una palabra interesante.

Atraviesa la comisaría a buen paso y sin mirar a derecha ni a izquierda.

Espera poder contar con una de las salas de interrogatorio, la experiencia le recuerda que a mediodía en la comisaría de Nou de la Rambla, corazón del Barrio Chino, no siempre es fácil.

Con el fin de la pandemia y el regreso de los pelotones de turistas a la ciudad menudean los carteristas, los trileros, los que dan tirones y los que intentan estafar a los incautos.

El joven agente del bigote como una salpicadura que acaba de notificarle la llegada del sujeto le sale al paso. Tedesco recuerda su nombre, Oriol Pons. Le informa de que la sala número tres está libre.

—Gracias, Oriol.

El chico parece sorprendido. Le asombra que el policía recuerde su nombre.

Ignora que Tedesco intuyó —antes de que los americanos lo aplicasen de una forma casi infantil en sus Starbucks— que todos agradecemos que se nos identifique por nuestro hombre, que se nos reconozca.

En definitiva, que se nos singularice. Sabe que trabajamos mejor si dejamos de ser un número en una placa.

Por eso se esfuerza por retener los nombres.

No siempre lo consigue. El inspector tampoco ignora que cuesta bien poco dar las gracias.

Tedesco se afana a ocupar la sala desierta y, en vista de que el inspector no parece necesitarlo, Oriol Pons se desvanece.

Pasados unos minutos, muy pocos, uno de los agentes que participó en el registro de la escalera hace entrar al hombre en la sala sujetándolo por un brazo. Con la mano libre, el agente se frota la cabeza a la altura de la sien.

—Es un mal bicho, inspector, acaba de largarme un cabezazo. Cuesta y Estrada no tardarán nada y se quedarán en la puerta —le indica el agente.

Desafortunadamente, Tedesco no recuerda su nombre y se limita a darle las gracias. Su cara de ojos diminutos, cejas muy pobladas y perfil romo difícilmente se le olvidará en el futuro.

—Me quedaré hasta que lleguen, por si me necesita.

El inspector asiente.

GERVASIO

Cruces se acerca a la silla con dificultad, se apoya en una muleta con la mano herida y vendada hasta más arriba de la muñeca. Gime.

Tedesco lo ve por primera vez, lo observa atentamente, con descaro, como muy raramente se mira a un extraño. Es una forma de incomodar, de indisponer al hombre que al sentarse y levantar la vista la vuelve a bajar involuntariamente casi de inmediato. La mirada acerada del policía lo intimida.

El inspector se alegra al comprobarlo. Lleva buenas cartas.

—¿Su nombre?

El silencio y la vista baja por toda respuesta.

—Se le acusará de doble secuestro y de algunos cargos más que decidiré según vayamos viendo. No creo que pise una comisaría por primera vez, y ya sabrá que lo mejor para usted es que colabore.

Realiza una pausa y al volver a hablar lo hace con un mohín de hastío, como si estuviera de vuelta de todo y supiera mucho más de lo que sabe, que, en definitiva, es casi nada.

—Como comprenderá, si le pregunto su nombre es por una mera formalidad. Se le ha encontrado encima el DNI, un permiso de conducir que debería haber renovado hace unos años, la tarjeta de la Seguridad Social y algunas otras cosas que no vienen al caso.

El policía carraspea y prosigue. No es hombre de peroratas.

—Sé que se llama Gervasio Cruces Soler, que tiene cuarenta y dos años y que residió en algún momento en Sabadell.

Digo en algún momento porque dudo que esa sea su dirección actual.

Tiene antecedentes por hurto, pero nada demasiado grave.

No hay en su historial ni delitos sexuales ni violaciones ni tampoco delitos de sangre.

Quiero saber qué pretendía hacer con dos niños, por qué los capturó.

El hombre no abre la boca ni levanta la vista. Con las manos esposadas sobre la mesa y un leve rictus de dolor parece contemplar las esposas como si pudiera abrirlas a base de concentración.

—¿Trabaja usted para alguien? ¿Obedece órdenes? ¿Qué pensaba hacer con ellos?

Silencio. Tedesco se arrepiente de haber formulado demasiadas preguntas a la vez.

—El piso de la calle de Marqués de Campo Sagrado es un lugar de tránsito, demasiado céntrico, demasiado evidente.

No podían quedarse allí mucho tiempo, no reúne condiciones.

Imagino que iban a estar allí lo justo hasta llevar a los niños a otra parte —aventura—.

Por no hablar de que había drogado a la niña.

El aspecto del detenido es lamentable. Restos de sangre por todas partes, el gesto de dolor, un claro en la coronilla, los dientes amarillentos y el bigote como una escobilla de esparto.

—Vamos a ver si nos entendemos. Lo que usted quiere es ser un mártir, comerse solo todo el marrón, ¿no es eso?