Jueves #27
Lucía asiente. Sabe que Antonio tiene razón, está viendo a su hijo, lo está tocando, no parece dolerle nada, no tiene heridas.
No llora ni grita. Permanece unos instantes con la cabeza baja y apoyada en el hombro de Daniel, que la deja hacer.
Es una postura casi imposible. No importa.
No siempre es así. A menudo la rechaza cuando lo rodea en un abrazo o sujeta su mano cuando no es estrictamente necesario.
Lucía aprovecha la oportunidad, Daniel no siempre consiente ser acariciado.
Trata de serenarse, no es fácil. Ha sido tanto el miedo, tanta la desesperación en unas horas…
Tiene todavía el miedo en el cuerpo, tardará en librarse de él.
El miedo es como un demonio, se agarra a las vísceras, ocupa cada poro, cada centímetro de piel, cada neurona, no te deja pensar, ni respirar.
No vives. Y, como los peores demonios, el miedo precisa de un exorcismo.
Todos los besos, los abrazos, las miradas, las caricias que Lucía pueda dedicarle a su hijo, obrarán un conjuro y lentamente, muy lentamente, apartarán, se llevarán el miedo.
Una sonrisa de Daniel obraría un prodigio.
Quizás no llegue nunca. Acaso el temor nunca acabe de desaparecer, pero Lucía y Antonio podrán seguir con su vida. La de siempre.
Los problemas de cada día a los que da vueltas mientras se deja la vista en una máquina de coser, o aguanta a mujeres que se aprovechan de su necesidad, son nada comparados con la posibilidad de perder a su hijo.
Ángela, que se ha mantenido en un segundo plano, se aproxima, abraza a su hija y le planta a Daniel un beso en la coronilla. Se diría que tiembla. El niño pestañea.
Tedesco recuerda unas palabras que leyó no hace mucho y que no sabe a quién atribuir, alguien que decía sentir miedo del miedo que podía llegar a sentir. Complicado, pero cierto, miedo del miedo que puedo llegar a sentir.
Poco después, Lucía retira las lágrimas de su cara y de su cuello, se levanta y deja de abrazar a su hijo. A imitación de lo que hace su marido, tiende su mano y le da las gracias al inspector y le promete sincero agradecimiento eterno.
—Si no hubiera sido por usted…
Tedesco cambia de tema, soporta mal el reconocimiento.
El policía les asegura que les informará del curso de la investigación.
En breve, en cuanto los médicos del Hospital Clínic le autoricen, piensa interrogar personalmente al detenido.
Los interrogantes son muchos y espera despejarlos.
Más pronto o más tarde acabará por hablar.
Mientras el policía manifiesta sus intenciones, Daniel se pone en pie, con una mano coge la pelota que ha aparcado a su lado unos instantes y con la otra aferra la mano de su madre. Sobran las palabras.
Lucía sonríe, sacude la cabeza, aprieta los dedos de su hijo entre los suyos y se los lleva hasta los labios.
Ha llegado el momento de regresar a casa.
GERVASIO
No dejan nada al azar. Los putos polis saben lo que hacen.
Lo han esposado a la camilla como el que ata un perro a un árbol o un caballo a una cerca.
¿Qué creen que va a hacer? ¿Prender fuego al hospital?
No le han dirigido la palabra, como si no existiera.
Sabe que las preguntas llegarán después, en comisaría, es el procedimiento. Lo ha vivido otras veces.
Los polis no improvisan.
En un coche policial que ha dejado perdido de sangre, los agentes lo han llevado al Clínic y derecho a Urgencias.
En un centro sanitario, los presos y los detenidos resultan un incordio y el personal intenta librarse cuanto antes, los atienden de inmediato.
Sin demoras. Un hombre esposado en el pasillo de un hospital o en la puerta de una consulta incomoda a los pacientes y a sus acompañantes, y despierta temor y recelo.
Por si eso fuera poco, dos agentes montando guardia a la puerta de un box en un pasillo atestado de camillas ocupadas por enfermos que esperan durante horas siempre suponen un estorbo.
—Llega el último y lo atienden el primero —protesta un anciano que aguarda desde primera hora de la mañana—.
¿Tú crees que es normal? A saber lo que habrá hecho.
—El hijo que lo acompaña no aparta la mirada de la pantalla del móvil.
Asiente, aunque no sabe por qué—. Uno puede morirse en un pasillo y llega un… —El anciano se muerde la lengua.
A empellones, Carlos Estrada lo ha tumbado en la cama articulada.
Cruces a punto ha estado de desmayarse cuando la enfermera le ha limpiado la herida de la mano y ha dejado al descubierto un tajo enorme y profundo que ha requerido varios puntos de sutura.
Solo le hubiera faltado perder el conocimiento, como un puto aprendiz, como un novato.
Mientras uno de los mossos le sujetaba la mano para inmovilizarla, la enfermera, que aplicaba gasas y las retiraba ensangrentadas, lo miraba de vez en cuando como miraría a Hannibal Lecter, a Jack el Destripador o al mismísimo Conde Drácula, como miraría a un depredador.
Tampoco es de extrañar. Custodiado de cerca, esposado a la cama y con la camiseta empapada en sangre…
Sin embargo, a él la enfermera le ha gustado nada más verla.
La bata abierta justo hasta el arranque de sus pechos y un top rojo que incita a imaginar mil maravillas.
Desde la cama, algo más elevada que la silla que ocupa la chica, la vista le ha resultado interesante.
De no haber sido por el dolor, por el mareo y por el agente que no se movía de su lado…
Es una lástima, piensa. Una puta lástima.
La enfermera se ha apresurado, ha vuelto en compañía de una doctora y se ha retirado sin un mal «hasta pronto».
Se ha tenido que apoyar con la mano esposada en la cama y hacer de tripas corazón para no gritar de dolor, para no abandonarse mientras la doctora de dedos firmes y rictus severo le cosía la herida.
Quiere creer que es la pérdida de sangre y la consiguiente debilidad, y no la impresión de la herida abierta, la causa del desfallecimiento.
Él no es un marica. No es de los que a la mínima se desvanecen.
No se caga de miedo ni se desmaya por cualquier cosa como haría una mujer o cualquier bujarrón de mierda.
Le duele mucho el tobillo, que se ha hinchado una barbaridad y parece el de otra persona, el de una persona obesa.
Pero no quiere permitirse ni un lamento.
Es un tipo duro, no un jodido cantamañanas que de todo se queja.
Un leve roce o el menor movimiento le causan un dolor muy agudo y Cruces se muerde el labio inferior para que no se le escape un grito.
Le duele el pie entero desde la planta hasta casi las corvas.
Apenas consigue aguantar la presión de los dedos del tipo que acaba de llegar con una bata blanca y unas gafas enormes y cuadradas, como gafas de buceo, y que le asegura a cada momento que está a punto de acabar.
Sentado en un taburete junto a la cama del box, el médico que lo atiende está tieso como una vela. En guardia, por si al paciente esposado se le ocurre emprenderlo a patadas. Salta a la vista que es un novato que se siente obligado a disculparse cada vez que el detenido da un respingo.
Uno de los agentes se acerca y le sujeta también la extremidad dislocada a la altura de la pantorrilla para inmovilizarla, por si se le ocurre golpear al joven doctor.
Nunca se sabe. Precavido el mosso, acaba por atarle la pierna a la cama con una venda.
Cruces debe reconocer que se le ha pasado por la cabeza tumbar al tipo de una patada en el pecho.
Las cosas tampoco iban a empeorar, y un desahogo es un desahogo.
La ha jodido bien, de eso no le cabe la menor duda.
No sabe cuál fue su error ni en qué momento la Policía empezó a seguirle los pasos, pero el asunto pinta mal.
Tan mal que prefiere no pensar. Es lo que ha hecho toda su vida, no pensar demasiado, no romperse la cabeza. Siempre ha dejado que pensaran otros.
—Esto ya casi está, estoy acabando… —se disculpa de nuevo el joven con las gafas en la punta de la nariz, la mano titubeante y el sudor espejeando en su frente—.
Un par de vueltas más y está listo —le asegura según el pie vendado va aumentando de tamaño—.
Serán un par de semanas, quizás tres —añade a modo de consuelo dando un último vistazo al detenido antes de ponerse en pie y desaparecer.
Carlos no le quita ojo.
Diego libera la pierna vendada. Cruces sigue sujeto a la cama. Resopla de vez en cuando, se queja, murmura alguna maldición y sigue tenso como la cuerda de un ahorcado.
A todo esto, está bien jodido y con un pie en la trena. Y Colorado en su casa, tocándose los cojones a dos manos.
¡Maldita sea!
AINHOA
Iván Cabrera pide permiso para entrar en el despacho vacío de Nou de la Rambla en el que el inspector ha encontrado un hueco.
Tedesco le indica con un gesto que puede pasar, de hecho, hace rato que espera noticias del agente.
No se tarda mucho en comprobar las denuncias estatales por desaparición de las últimas semanas.
Y menos si los parámetros no dejan lugar a dudas: mujer, entre cinco y ocho años.
Él mismo se hubiera puesto al teclado de haberse hallado en su comisaría.
—He encontrado un par que se ajustan a lo que me dijo. Son estas dos.
Le muestra dos hojas recién salidas de la impresora y presididas ambas por la fotografía de una niña. No se sienta, no regala esfuerzos. A Cabrera sentarse lo obligaría a levantarse, y quizás la visita no se prolongue.