Jueves #26
Segura ha dado un paso a un lado y ha sido Tedesco quien le ha formulado al niño un par de preguntas que han quedado suspendidas en el aire.
Como si ambos, niño y policía, se hallaran a muchos kilómetros de distancia de la Tierra, en estado de ingravidez total.
Como si las palabras carecieran no solo de masa, también de entidad, de sonoridad, de importancia.
Como si, faltas de significado, vagaran en una nueva atmósfera y su destino fuera flotar a perpetuidad entre las paredes blancas y desoladas de la comisaría de Nou de la Rambla.
El inspector comprende que se quedarán allí por siempre.
Daniel no será de gran ayuda.
Tedesco ha desistido. No sabe cómo debe proceder y no quiere incomodar al chico.
Lo ha dejado con Lidia, la agente sonriente y con pinta de bailarina clásica.
Por fortuna, no parece desanimarla la lejanía emocional de Daniel.
Se sienta a su lado y, de vez en cuando, le acaricia el pelo con la mano, muy levemente.
A veces acompaña su gesto de algún comentario que no requiere respuesta.
Contra todo vaticinio, Daniel no la rechaza ni se retira, la deja hacer.
—¿Diego? ¿Hay novedades? —pregunta el policía al agente responsable de custodiar al desconocido.
—Por el momento, ninguna, señor. Lo están atendiendo en urgencias, le han cosido la herida de la mano y algún corte más que llevaba y le están vendando el pie.
Le han hecho radiografías, es un esguince.
Nada grave, pero debe de doler un huevo, eso sí.
No sé cómo ha podido… —No acaba la frase, no es necesario—.
El caso es que no ha abierto la boca, se niega a hablar. Carlos Estrada está aquí conmigo.
Tedesco sabe que a menudo tardan en desfondarse y cabecea en señal de asentimiento. No importa que su interlocutor no pueda verlo y que media comisaría se ría de sus gestos al utilizar el móvil.
—Bueno, sí, ha abierto la boca para escupirme en el brazo —rectifica el agente, indignado—. Es un capullo, un…
Diego, al que parece no importarle ni la caída al patio de luces, ni la carrera, ni el forcejeo, no perdona que el detenido le haya escupido.
—No te separes de él ni un momento, ni tú ni Carlos. No es de fiar, alguien así te la juega en menos de nada. Y vigila que no lleve otra navaja encima. Nunca se sabe.
—Lo sé, inspector, descuide. No le quitamos ojo.
—¿Y qué hay de la niña? ¿Se ha despertado?
—No, todavía no. El médico que la ha atendido asegura que las constantes están bien, que no debemos preocuparnos.
Tampoco ha observado lesiones visibles de ningún tipo.
No puede afirmarlo todavía, pero diría que no ha habido abuso.
Dice que podrían haberle administrado algún somnífero y que lo mejor es dejar que pase el efecto.
Iba a llamarle, inspector, el doctor Asensio dice que le hará un análisis para detectar de qué sustancia se trata, pero que si fuera su hija…
Tedesco comprende, sabe lo que Asensio pretende decir. Si fuera su hija preferiría que la dejaran en paz, que no le hicieran más daño, que la llevaran a casa cuanto antes, en cuanto abriera los ojos. Si fuera su hija…
Si se tratara de Marina… El policía piensa que si Marina hubiera sido retenida por Gervasio Cruces con algún oscuro propósito difícilmente habría resistido el impulso de partirle la cara.
—Esperaremos. Llámame en cuanto se despierte, y si dentro de un par de horas no ha abierto los ojos quizás puedan administrarle algo…
No sé. Ya hablaremos. ¡Ah! Y en cuanto acaben con Cruces os quiero a los tres aquí, en la comisaría.
Y lo quiero esposado en todo momento. En cuanto lleguen los padres del chico envío a Lidia con otro agente para que se queden con la niña hasta que localicemos a la familia.
Y si despierta, intentad averiguar dónde vive y si sabe el nombre de sus padres.
—Entendido —responde Diego desde el pasillo del hospital.
—¡Ah! Dile al agente herido que lamento mucho lo ocurrido y que se vaya para casa, que se coja unos días libres. Ya lo he hablado con Segura —miente.
No cree que el inspector se oponga.
—Lo haré.
Mientras Diego habla con Mauricio Tedesco, Carlos Estrada está en un box, junto al hombre del bigote amarillento y tieso como una escobilla.
Cruces mira a la enfermera que le está vendando el pie como si quisiera fulminarla. Resopla y se queja agriamente, como si la joven fuera torpe o malintencionada. Tras un par de vistazos acobardados, la enfermera no levanta la mirada.
Carlos ha tomado precauciones, le ha esposado la mano y el pie sanos a la camilla y no lo pierde de vista. No es necesario que el inspector les recuerde que no es de fiar. Con el navajazo propinado al agente al que encontró en su camino han tenido más que suficiente.
Tedesco busca a Iván Cabrera, sabe que anda en algún lugar. No muy lejos. Lo encuentra removiendo el azúcar de un café apoyado en la máquina. Parece concentrado en el brebaje que baila en el vaso de plástico.
Tedesco se dirige a él y le ordena:
—Iván, pilla un ordenador. Si no lo encuentras, habla con Segura, no te lo negará.
Quiero que busques todas las desapariciones de niñas de entre cinco y ocho años que hayan sido denunciadas en el último mes.
Quiero las fotografías lo antes posible.
Y si tienes que dejar el café a medias… —añade, esperando que el agente recoja la indirecta y se apresure.
Iván asiente e insinúa una sonrisa. Son las órdenes que prefiere. Las que consisten en sentarse ante un ordenador, en indagar, explorar, deducir… Con los movimientos pausados más propios de un anciano o de un astronauta calzando plomo, apura el café de un sorbo y lo tira a la papelera.
Se aleja despacio. El cuerpo lento. La mente ya a mil revoluciones.
Tedesco se aproxima a la máquina acomodándose las gafas doradas sobre la nariz. El ronroneo del aparato es a sus oídos un canto de sirena. Busca monedas en el bolsillo y elige un café solo con muy poco azúcar. Las expectativas son escasas.
No se equivoca.
LUCÍA
Lucía y Antonio están a punto de llegar, saben que Daniel está bien, Tedesco ha hablado con ellos, les ha asegurado que está perfectamente, que no tiene ni un rasguño y que así acaba de confirmarlo una doctora.
—Pueden venir a recogerlo o, si lo prefieren, una patrulla lo acercará a casa. Lucía se ha echado a llorar y le ha asegurado entre sollozos que no tardarían nada.
Y no tardan. Tampoco Ángela, que se abalanza sobre el inspector y lo abraza. Una lágrima que la mujer no ha acertado a retirar pasa de su mejilla a la mandíbula del policía, que se sobrecoge. Poco acostumbrado a las efusiones, el abrazo se le hace eterno.
Lidia los acompaña hasta la sala en la que Daniel espera con una mano sobre la pelota roja y la vista fija en sus zapatillas deportivas.
Tedesco puede oír cómo la agente tranquiliza a Lucía, que casi echa a correr por el pasillo. El niño, abstraído, se mueve adelante y atrás como si un mecanismo interno, un artefacto invisible y certero, lo propulsara siempre a la misma velocidad, siempre dibujando en el aire el mismo ángulo.
Lucía, el rostro descompuesto, se detiene y mira desde el umbral, se acerca a su hijo, lo rodea con sus brazos y lo cubre de besos y de lágrimas. Solloza, balbucea y el policía entiende que da gracias a Dios, al cielo, a la humanidad en general y al Cuerpo de la Policía Autonómica en particular.
Antonio Marín se acerca a ambos, sonríe y retira una lágrima que apunta a flor de párpados. Todo ha vuelto a la normalidad, una normalidad imperfecta, como casi todas, pero es la suya, la que conoce, la que menos duele.
Daniel no se ha levantado de la silla y estrecha ahora la pelota entre sus brazos todavía más fuerte.
No llora, apenas cambia de expresión y responde muy levemente al abrazo.
Parece casi inmune a las emociones que a punto están de derribar a sus padres y a su abuela.
De nuevo una atmósfera desconocida, en la que nada pesa y todo parece ingrávido, se apodera de la sala.
—¿Estás bien, hijo? ¿No te han hecho nada? ¿Te duele algo? —Es Lucía la que pretende saber.
El obstinado silencio de Daniel, que se limita a negar levemente con la cabeza respondiendo así a la última de sus preguntas, no la detiene. Nada lo hará.
—Vida mía, no sabes lo que nos has hecho sufrir. Pensé que me daba algo. A mí y a tu padre. A todos. Si supieras… Menos mal que la Policía… Menos mal que… Dios de mi vida… No sé qué hubiéramos hecho si te pasa algo. No lo sé, mi vida, no lo sé…
Lucía no puede continuar, las palabras se le atropellan, los labios no responden, tiene la garganta anegada en llanto. Se lleva las manos a la cara como para ocultar una fragilidad demasiado evidente.
—Mujer… El niño está bien, Daniel está bien. Ya lo ves. Como siempre. Tranquilízate. No ha pasado nada. Nos vamos a casa y… —A Antonio Marín la voz apenas le responde.
Se ha acercado a ella y le ha puesto una mano en el hombro, con la otra ha acariciado la mejilla de su hijo. El niño acerca ligeramente el rostro y sale así al encuentro de la mano del padre. Es todo un gesto. Probablemente todo cuanto Antonio conseguirá.
—Todo está bien, lo han encontrado, Lucía, lo han encontrado. Está bien, no le ha pasado nada.