El miedo en el cuerpo (Mauricio Tedesco 2) Jueves #25
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Jueves #25

A punto está ya de alcanzar el reformado Mercat de Sant Antoni, una edificación singular y muy concurrida cerca ya del mediodía. Se acostumbran a reunir buen número de personas que compran, venden o pasean ociosas entre las paradas de ropa, frutas, pescado o despojos.

El desconocido corre con el rostro roto en una mueca de dolor. Ha sacado la mano del bolsillo y de nuevo empuña la navaja a modo de llave hacia la libertad. Gotas de sangre salpican sus pasos.

Una mujer grita y señala en su dirección al observar el arma en su mano cubierta de sangre. Junto a ella, una madre joven tira de un niño y lo cobija entre sus piernas y un hombre alarmado deja caer el móvil. La vida se detiene unos instantes en torno al hombre que huye.

Cruces corre apurando sus fuerzas, que no son muchas.

Se gira sin dejar de trotar para comprobar la distancia que todavía lo separa del joven policía, necesita calcular, tomar decisiones.

Sabe que no le queda tiempo. Ni tiempo ni fuerzas.

El tobillo le duele cada vez más. Pronto no podrá soportar su peso y sigue perdiendo sangre.

Demasiada. Con el rostro vuelto hacia atrás, el hombre sigue corriendo, no puede ni debe detenerse.

Advierte que el policía está muy cerca, unos diez o doce metros. Nada. Un suspiro.

Se ha girado solo unos segundos, los necesarios para distinguir a su perseguidor entre los caminantes, para situarlo en el espacio y el tiempo. Demasiado cerca en ambas dimensiones.

Ha sido solo un instante, el tiempo suficiente para que no acierte a ver al chico.

KALEAB

Un chaval negro como el alquitrán descarga un par de cajas de madera llenas de peras en lento transitar del verde hoja al amarillo.

Tiene el torso desnudo y arrastra sobre el asfalto unas chancletas con la bandera brasileña.

Sus brazos son fuertes, la cintura muy estrecha y de cerca puede apreciarse el torso cubierto de arañazos, el rastro de sacos y cajas sobre su piel oscura.

El chico sonríe mientras trabaja y lo hace sin razón aparente. Tiene la sonrisa fácil. Sus dientes son blancos y grandes, prominentes, como sus ojos, y quedan al descubierto cuando sonríe. Su edad, indefinida, entre los quince y veintitantos.

En su huida desesperada, Cruces tropieza con el chico desprevenido, se abalanza sobre él y, sin que pueda evitarlo, ambos caen sobre las cajas de fruta. Las peras se desparraman sobre la acera mientras el chico grita, se lleva la mano a un costado y protesta.

Nada de cuanto dice resulta comprensible, maldice en su lengua materna, la que solo se permite en raras ocasiones, cuando no tiene otro remedio, cuando a sus labios no llega ninguna otra porque no puede pararse a pensar.

Ha dejado de sonreír y, en sus ojos, de enormes y blanquísimas conjuntivas, puede reconocerse la rabia.

Gervasio Cruces se ha golpeado al caer. El dolor se ha multiplicado en el pie.

No sabe si logrará sostenerse, pero sigue sujetando la navaja.

Todo su brazo derecho está ahora bañado en sangre.

Junto a él, las gotas son ya un reguero, un sórdido camino entre la fruta caída y desperdigada.

También hay sangre sobre el torso del chico desnudo que se paraliza y calla, a la vista de la hoja de metal ensangrentada.

No se levanta.

Abre más los ojos, como si no creyera lo que está viendo y se limita a seguir sentado sobre la acera.

Tiene ambas manos apoyadas en el suelo entre las peras demasiado verdes que ruedan en todas direcciones y la mirada clavada en el brazo del hombre y en la hoja corta de su navaja. No entiende nada y decide no moverse.

El fugitivo del bigote amarillento y el aliento que huele a vino rancio intenta levantarse.

Lo hace muy lentamente, no puede proceder de ninguna otra manera.

Apoya todo su peso sobre la mano libre e intenta incorporarse, lo consigue con un gemido agudo que hiela la sangre.

No puede soportar el dolor en el pie. Ni el golpe en la espinilla, ni la herida que la esquina de una caja ha dejado en su antebrazo, ni tan siquiera el hecho de que ha estado a punto de caer de bruces contra el suelo.

Nada consigue hacerle olvidar el dolor en el tobillo, que apoya sobre la acera con un grito instantes antes de que Carlos le dé alcance.

También el chico se incorpora al constatar que el hombre parece no tener intención de agredirle. Lo hace casi de un salto. Busca a alguien con la mirada. Parece perdido.

CUESTA

A medio camino entre el suelo y la verticalidad, Cruces recibe una patada en la mano que lo obliga a abrir los dedos y proyecta la navaja a varios metros. El nuevo aullido del hombre pone los pelos de punta.

Kaleab, el joven ayudante, con las manos en las rodillas y los ojos muy grandes y muy abiertos, sigue sin comprender.

No se pierde detalle. A la vista del uniforme de Diego Cuesta decide enderezarse cuanto antes y seguir la escena desde la distancia.

Se aparta. La experiencia, casi siempre mala, es buena consejera. No le faltan razones para desaparecer.

El conductor del camión cargado de fruta hasta la bandera, un hombre alto y corpulento con una barriga como una bola de bolera, y la camiseta azul con letras amarillas empapada en sudor, ha visto lo ocurrido por el retrovisor.

Baja del vehículo y corre para intentar asistir al chico y para ayudarlo a esfumarse.

No puede permitir que se lo lleven a comisaría, ni que le hagan preguntas, ni que dé nombres…

Tiene que llevárselo de allí. La navaja en la mano del hombre no es la única razón.

Hay otras. Muchas y de peso. Tiene que llevarse al chico de allí inmediatamente.

Es una prioridad. No puede ser testigo de nada ni hacer declaración alguna, puesto que no existe. Ni existirá.

Se detiene a pocos pasos, justo detrás del agente que se abalanza sobre el desconocido desarmado. Comprueba con alivio que el chico ha desaparecido.

—¡Policía! —grita el mosso cuyo uniforme ha informado previamente de su condición a medio vecindario.

Diego inmoviliza al hombre sobre la pila de cajas que el chico había depositado sobre la acera antes de caer. Apenas ha encontrado resistencia. Cruces gime de dolor y advierte de una ojeada que Lidia y el compañero del mosso herido están a pocos pasos.

El policía le sujeta ahora los brazos a la espalda, de forma que no pueda moverse, mientras que de un empellón lo inmoviliza como si lo encarara a una pared. Lidia ha llegado ya y lo retiene para evitar un movimiento brusco.

El detenido grita cuando el mosso fuerza sus brazos, como si quisiera juntarlos sobre su columna vertebral.

Cuesta lo esposa en un abrir y cerrar de ojos.

Cruces siente dolor, un dolor creciente, y no solo en el tobillo.

Los huesos, la mano, las costillas, el cuerpo entero le duele.

También el alma. Y le duelen todos y cada uno de los días por llegar.

—¡No se mueva! —ordena Lidia—. ¡Está detenido!

¡Y el capullo de Colorado en su casa tocándose los huevos a dos manos!

KALEAB

El conductor del camión intenta descubrir el paradero de su joven ayudante. Tarda unos segundos en advertir su oscura silueta arrimada a la parte delantera del vehículo, la más apartada. Con un gesto le indica que suba y que no abra la boca. El chico de los enormes ojos acaba por comprender.

Obedece, también él sabe que no existe. No le hacen falta más indicaciones.

Arrastrando las chancletas, y con el susto en el cuerpo, sube a la cabina y sigue los acontecimientos medio escondido en el asiento del copiloto y con los ojos clavados en el retrovisor.

Pocos segundos después, mientras Lidia pide refuerzos por el móvil, el conductor arranca.

Se desvanecen. Ya volverán cuando despeje. Ninguno de los dos necesita más problemas de los que ya tiene.

¡A las peras que les den!

A las malas , piensa el conductor, siempre puedo descontárselas a Kaleab.

El chico no protestará, no puede.

No existe.

TEDESCO

Una doctora que el inspector ha hecho venir a la comisaría acaba de examinar a Daniel. De puro agotamiento, el chico no ha opuesto resistencia. Dictamina que no presenta problemas que requieran atención médica, solo está cansado y hambriento, muy hambriento.

—Diría que se cae de sueño, juraría que casi no ha dormido y que apenas ha comido en muchas horas, pero no puedo asegurarlo. Con un niño autista las cosas son difíciles de corroborar. Pero creo que no me equivoco.

Acabadas las comprobaciones, Daniel ha recuperado su pelota de manos de Lidia Sampedro y, sin comentarios ni señal alguna de alegría, la ha colocado a su lado en la silla contigua.

Bien vigilada, siempre al alcance de la mano.

No tiene ganas de chutar, está cansado. Muy cansado.

Sabe que debe esperar. Ha comprendido que Lucía y Antonio están a punto de llegar.

El inspector ha llamado personalmente a Ángela y ha ordenado a uno de los agentes que le traigan a Daniel un bocadillo y un brik de leche.

Ricard Segura no ha protestado ni ha mostrado su contrariedad por la intromisión del inspector destinado a Les Corts.

Se ha limitado a felicitar a sus hombres, a estrechar la mano de Mauricio Tedesco, y a cruzar con él las palabras necesarias para no perder el hilo de la investigación.

Cortesía obliga. Espera compartir el mérito por el resultado.

Otro gallo cantaría si el operativo hubiera acabado mal. Ambos lo saben.

Sin abrir la boca, Daniel ha separado cuidadosamente el pan y ha comprobado el contenido: jamón serrano.

Bien. Ha arrugado la nariz a la vista del tomate y, por un momento, Lidia ha creído que no lo aceptaría, pero, medio muerto de hambre como está, se lo ha llevado a la boca con un gesto de contrariedad.

No ha probado la leche, no se parece en nada al batido que Lucía le planta ante los ojos cada mañana mientras en la pantalla del televisor se suceden las imágenes de un niño japonés, algo más pequeño que Daniel, propenso a irritar a todo bicho viviente.