El miedo en el cuerpo (Mauricio Tedesco 2) Jueves #24
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Jueves #24

Gervasio Cruces envuelve su mano en el diario, tapando así la sangre en caída libre. No ha guardado la navaja, simplemente la oculta, intuye que va a necesitarla, y sale del bar como alma que lleva el diablo.

Lidia Sampedro se ha detenido en el principal en el intento de indicar a los mossos de retén que controlen la salida del bar. Mientras habla con uno de ellos, el agente se interrumpe, grita y deja caer el aparato.

En el pasillo, Diego Cuesta, uniformado, interroga con la mirada a Lorente, que de nuevo se ha clavado a la pared por lo que pudiera pasar.

El propietario del bar no abre la boca, pero con un gesto casi imperceptible le indica el bar en el que el televisor encendido oculta un silencio súbito, casi irreal.

Cuesta recorre el pasillo en dos zancadas, las mismas que tarda en salir a la calle y hacerse cargo de la situación.

Tomás Lorente lo sigue y le señala al desconocido de la navaja, que se encuentra ya en la otra acera.

—Es aquel. El del periódico.

Cuesta tarda unos segundos en echar a correr. Los que tarda en aparecer la luz roja para los vehículos.

Lidia sale a la calle y confirma sus temores. Uno de los mossos de retén se apoya en la pared y es atendido por su compañero. El policía herido sangra y tiene el rostro lívido, parece a punto de desmayarse. Su compañero pide ya una ambulancia mientras lo sostiene para que no se desplome.

No puede ver que Gervasio Cruces ha abandonado el establecimiento con un diario en la mano y ha cruzado la calle tan deprisa como le permitía el tobillo maltrecho, pero sí a Diego, que alcanza ya la acera opuesta.

Lidia no duda en seguirlo tras indicar a uno de los agentes de Nou de la Rambla que se una a la persecución.

TEDESCO

Cuando Tedesco se asoma a la ventana para comprobar que Diego no se ha estrellado contra el suelo, el patio se ha poblado de cabezas que, a falta de algo mejor que hacer, aguardan acontecimientos.

Desde el tercer piso, una de las mujeres asomadas le explica que el mosso se acaba de levantar y se ha metido en el bar. Añade que el hombre que cayó primero se ha cortado la mano y sangra.

—Por si tienen ustedes que analizarla —sugiere.

La mujer ha visto muchas películas, piensa Tedesco, pero no estará de más tenerlo en cuenta.

Sobre un fondo gris de cemento, acierta a ver un enredo de cajas, sillas y botellas y un hombre que sale al patio y mira hacia arriba con los brazos en jarras.

El policía comprende que es el propietario del bar-cafetería que se abre a la calle.

Recuerda un establecimiento sin pretensiones muy cerca del portal.

Puede oír cómo Lorente aparta cristales a patadas mientras maldice a voz en grito y se caga en los muertos de todos los vecinos de la finca.

Como si acabarán de caer desde la altura comunal un par de pinzas, un coche de juguete o unas bragas mal sujetas a los alambres.

—Soy policía. ¿Sabe si el mosso lo ha detenido? —pregunta el inspector al propietario del bar.

—Ha salido corriendo detrás de él. El cabrón ha llegado a la calle, eso se lo aseguro, lo he visto. Llevaba una navaja y por poco… Otros dos polis han salido detrás.

Endereza una de las sombrillas caídas y prosigue:

—Y ese hijo de puta me ha destrozado el patio. ¡Joder! Eso es lo que sé, que me ha destrozado el patio y que casi me da matarile. ¡Joder! ¡Puto día de los cojones!

Tedesco cruza la habitación sin pensarlo dos veces pisando los colchones y a punto de caer sobre la niña que duerme.

En el patio, Lorente continúa dando voces y clamando al cielo mientras, a patadas, reúne los cristales rotos. Su mujer, la que canta para espantar los males, aparece con una escoba.

—¡Anda, quita! —ordena.

Tomás Lorente no tarda en desaparecer.

La mujer del tercer piso controla las ganas de sugerirle a Mercedes Gil, que se dispone ya a apilar las sillas, que sería conveniente dejar las cosas como están por si la Policía necesita hacer comprobaciones. Demasiadas veces se ha metido donde no la llamaban y ha salido escaldada.

El policía busca en el piso una ventana que se abra a Marqués de Campo Sagrado.

No se orienta bien en los espacios cerrados y abre un par de habitaciones antes de dar con lo que busca.

Lo que quiere es ver la calle, necesita asomarse a una ventana desde la que poder comprobar que lo han atrapado.

La encuentra en el salón. Un salón desarbolado y oscuro, de paredes sucias, sin cortinas, ni mesa, ni sillas, solo un televisor pequeño, una butaca vieja y latas de cerveza, colillas y revistas abiertas por todas partes. Una madriguera.

Sube la destartalada persiana de un tirón y a punto está de hacer que se desprenda de sus sujeciones.

Sobre la acera, Carlos Estrada, que ha bajado a la calle cuando se ha asegurado de que en el piso no había nadie más, sujeta por el brazo a un agente.

El mosso se apoya en la pared del edificio y se lleva una mano al brazo por el que se desliza la sangre hasta encharcarse sobre la acera.

En su rostro no queda ni sombra de color.

Parece a punto de desmayarse. Junto a él, otro mosso de uniforme habla por el móvil, probablemente pida asistencia o informe a la comisaría.

No se necesita demasiada ciencia para entender que el joven ha recibido un navajazo en el brazo izquierdo.

Un agente herido.

Del hombre, ni rastro.

Solo alcanza a ver fugazmente a Lidia y a otro policía, ambos doblan una esquina a la carrera. Comprende que persiguen al desconocido.

—¿Qué hay de ese tipo? —inquiere Tedesco desde la ventana.

Varios paseantes se vuelven a mirar y alguno se detiene con inusitado interés al comprobar que el que contesta es un hombre que ayuda a un agente de uniforme. Alguno intuye que el que acaba de preguntar es un policía de paisano. A punto está el inspector de ordenarles que circulen.

Una mujer que a Tedesco le parece muy pequeña, diminuta vista desde la altura, sale de la farmacia cercana con algodón y vendas y se ofrece para las primeras curas.

Viste bata blanca y procede a detener la hemorragia sin más preámbulos.

Sabe lo que hace y no espera autorización. Tampoco que le den las gracias.

—Diego ha ido tras él. Y Lidia y también su compañero —añade en alusión al herido—.

Lo cogerán, seguro, el hombre anda cojo y tiene una herida en una mano que sangra como si lo acabaran de degollar.

No creo que llegue muy lejos —grita Carlos, que acompaña al herido al interior de la farmacia siguiendo las órdenes de la mujer.

Poco después vuelve a salir y sigue explicando—: Se ha abalanzado sobre él justo cuando hablaba con Lidia por el móvil.

Lo ha pillado desprevenido. Ni siquiera le había cortado el paso.

—Bien —contesta Tedesco, aunque es evidente que las cosas no andan nada bien.

El hombre ha agredido al joven agente sin mediar una palabra, y eso no es una buena señal. Tiene coraje, está desesperado y le faltan escrúpulos. Un mal tipo. Nada estará bien hasta que el sujeto esté en el calabozo y consiga interrogarlo y hacerle hablar, hasta que sepa a qué atenerse.

Tedesco espera que el agente no se equivoque y que los compañeros que lo persiguen acaben por detenerlo.

A su espalda, Cabrera avanza pasillo adelante en dirección a la calle con la niña dormida en brazos. Anda muy despacio, como si quisiera preservar su sueño. Solo Tedesco sabe que Iván no se apresura en ningún caso.

Daniel la sigue muy de cerca, rozándola.

Camina muy arrimado al joven agente. En ausencia de Lucía y de Antonio ha decidido confiar en él. Intuye cierta afinidad entre ambos.

Tampoco él se apresura nunca.

GERVASIO

Gervasio Cruces se ha desprendido del diario ensangrentado y esconde la mano y la navaja en el bolsillo mientras corre. Sabe que tiene a un mosso enganchado a los talones y que se le vendrá encima al menor descuido.

Corre como puede, no le queda otro remedio.

Trota hasta alcanzar la ronda de Sant Pau.

Intentará llegar en un suspiro a la de Sant Antoni, que acostumbra a estar más concurrida.

El dolor en el pie es casi inaguantable, un calvario.

Cada vez que lo apoya sobre la acera está a punto de gritar.

No podrá seguir así, sabe que el agente que lleva a su rueda le dará alcance en unos segundos.

Tan cerca está el policía que ha dejado de gritar, ya no se identifica ni le ordena que se detenga, se limita a acortar distancias. Y lo hace muy deprisa.

No se atreve ni a mirar atrás. Sabe que lo tiene casi encima.

Cojea y corre con mucha dificultad, entiende que si no reacciona, muy pronto podrá sentir su aliento en la espalda y algo después las esposas en torno a sus muñecas.

El dolor en el tobillo dislocado se le hace insoportable y nota que el bolsillo en el que resguarda la mano para no llamar la atención más de lo imprescindible, está ya empapado de sangre.

Diego Cuesta está a pocos metros y sabe que el desconocido tiene una navaja. El agente corre como dicen que corren las liebres, es joven, está en forma y no se siente cansado; le quedan fuerzas para seguirle los pasos por media ciudad.

Unos metros más atrás, Lidia Sampedro, de la que dicen que es como una bala. El sospechoso no es rápido y, por si fuera poco, cojea ostensiblemente.

La suerte de Cruces parece estar echada. Darle alcance es cuestión de nada. Cosa hecha.

Busca el huido la boca de metro, no puede seguir corriendo.

No consigue soportar el dolor y el agente está cada vez más cerca.

Si tiene suerte, quizás en el metro encuentre una escapatoria, si no es así, si no se lo quita de encima, siempre puede arrimar la hoja al cuello de una vieja a modo de escudo.

No se le ocurre nada mejor. Un agente no arriesgará una vida.

No ve otra alternativa. Una vieja, una chica, un niño… Sabe, aunque no entiende por qué, que la gente se pierde por los niños, que un niño amenazado doblega las voluntades más férreas. No ha tenido hijos. Ni ganas.