El miedo en el cuerpo (Mauricio Tedesco 2) Jueves #23
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Jueves #23

—La ventana, Diego —le grita el hombre que acaba de entrar a otro algo más joven y vestido de policía.

El agente, sin pensárselo dos veces, guarda el arma, se sujeta a la cuerda que pende todavía de la argolla, e inicia el descenso. Los vecinos, asomados al patio, no pierden detalle.

—Se ha caído, pero se ha levantado y ha salido por el bar —apunta por encima de sus cabezas el vecino del segundo, que contempla los acontecimientos desde la altura, mientras apura un pitillo—. No puede andar lejos, creo que se ha hecho daño. Ha gritado —añade.

—Lidia, llama a los de la calle, que lo detengan en cuanto… —ordena el policía a la agente que lo sigue a pocos pasos.

El policía no acaba la frase, sabe que la agente no necesita más. Tiene el móvil sujeto contra su oreja mientras echa a correr escaleras abajo.

La mirada del inspector acaba de encontrarse con la de Daniel, que permanece medio oculto tras la puerta abierta de la habitación. Mira al niño largamente, como si lo examinara, como si realizara un primer reconocimiento de urgencia.

Daniel, la cara bañada en lágrimas, ni parpadea.

—¿Estás bien? —pregunta en voz más baja, mientras esconde el arma a su espalda y se inclina para acercarse al niño.

Todavía deben registrar el piso, quizás haya alguien más. Ha podido ver a Carlos Estrada avanzar por el pasillo e internarse en el piso seguido de Iván y un par de mossos, y a Lidia abalanzarse hacia el rellano en persecución del hombre huido.

El niño inclina la cabeza levemente, pudiera ser una respuesta afirmativa. Quizás no.

—¿Cuántos son?

Daniel no puede saberlo, se encoge casi imperceptiblemente de hombros. El esparadrapo ahoga un gemido. El inspector advierte que ha empezado a canturrear.

El hombre sigue la mirada de Iván, que inspecciona ya la habitación y repara en el bulto tendido sobre el colchón muy cerca de la ventana abierta.

—Es una niña —susurra Iván Cabrera desde el umbral, mientras registra la imagen y la archiva en la carpeta mental del «caso Daniel Marín».

Tedesco ha advertido la presencia de un cuerpo encogido al entrar, pero en su obsesión por hallar a Daniel y atrapar a su raptor lo ha olvidado durante unos instantes.

—¿Eres Daniel? —pregunta Tedesco por preguntar, mientras Iván Cabrera se arrodilla junto a la niña y comprueba que parece estar bien.

El policía sabe que se trata de Daniel Marín, no tiene al respecto ninguna duda. Ha reconocido su cara y comprueba que viste todavía la camiseta verde que describió Lucía Torres. También recuerda que es un niño autista y que sus reacciones serán diferentes a las que cabría esperar.

Daniel no responde. Tampoco pregunta por Lucía o por Antonio. Se limita a no perderlo de vista.

Cabrera contempla a la niña que yace en posición fetal con el pulgar en la boca. Le retira el cabello del rostro, le pone una mano sobre la frente, comprueba que no parece tener fiebre y le acaricia levemente la mejilla. La niña continúa dormida.

—Duerme, inspector. ¿La despierto? —pregunta el agente.

—Espera un poco, déjala dormir, pero llama a una ambulancia. No la despiertes, primero comprobaremos lo que hay.

Tedesco se arrodilla sobre el colchón, lo hace lentamente.

Sabe que sus lumbares y probablemente también sus rodillas protestarán y lo harán con dolor.

No sabe qué es lo que debe hacer, pero se deja guiar por el sentido común y le arranca a Daniel el esparadrapo de la boca con toda la delicadeza de la que es capaz.

No deja de hablarle en ningún momento. Quizás no sirva de nada, pero habla y habla para dinamitar el silencio que los separa como un foso infestado de cocodrilos.

Es hombre de pocas palabras. No le resulta fácil.

Daniel no se queja, tampoco habla.

El hombre corpulento que no calla le resulta desconocido.

Siente miedo. No lo ha visto antes, aunque sonríe y no grita.

Siente en los confines de sus tripas el recuerdo vivo de las náuseas, pero librarse del esparadrapo y poder abrir la boca sin impedimentos es un alivio.

Se tranquiliza levemente, pero continúa canturreando y balanceándose.

Llora. Libre del esparadrapo y con las manos todavía atadas a la espalda, abre y cierra la boca muchas veces, comprueba que todavía puede hacerlo.

Las lágrimas caen sobre su camiseta, en el colchón, sobre sus piernas menudas.

—Mira, Daniel, por el momento vamos a quitar todo esto para que estés mejor. No has de tener miedo, soy policía y también él —en alusión a Iván— y el agente que acaba de bajar al patio. Me acompañan unos cuantos más, hemos venido a buscarte. Nos envía tu madre.

Tedesco no se permite cerrar la boca mientras libera las manos del niño. Cuando lo consigue, Daniel grita de dolor y se lleva la mano al hombro izquierdo.

—Tu madre y tu padre te están esperando, están muy preocupados, dentro de nada te llevaré con ellos. ¡Ah! Y además hemos encontrado la pelota, tu pelota roja, creo que ya está en comisaría. Si la quieres…

Daniel la quiere.

Tedesco puede verlo en sus ojos castaños de los que retira una lágrima con el canto de la mano. No ha preguntado nada, no lo ha interrumpido, pero le ha dejado hacer.

—Tus padres ya están de camino, los esperaremos en comisaría, y si tienes hambre…

Daniel abre y cierra las manos y se acaricia las muñecas. De nuevo se palpa el hombro con un gesto de dolor.

—¿Te duele?

No hay respuesta, pero la mueca no se ha desvanecido. Le duele.

—¿Sabes cómo se llama? —pregunta Tedesco, mirando de reojo a la niña tendida—. ¿Sabes qué hace aquí?

Daniel comprende la pregunta, es evidente, pero no despega los labios.

—¿Habías visto antes a ese hombre?

Tedesco interpreta el silencio como un no.

TOMÁS

En su desbandada, Gervasio Cruces deja un rastro de sangre sobre las sillas caídas, sobre el cemento del patio y en el estrecho pasillo que conduce al bar pasando frente a los lavabos y la diminuta cocina.

La herida de su mano es profunda, le cruza la palma desde el arranque del índice hasta alcanzar casi la muñeca.

Justo ante la puerta medio abierta del apestoso retrete para hombres, Cruces es interceptado por Tomás Lorente.

El propietario del bar, sobresaltado por el estruendo, que intenta saber qué es lo que ha pasado.

No conoce al hombre que asoma por el estrecho pasillo. Por su aspecto no espera nada bueno.

Lorente le sale al paso y lo retiene con una mano firme que clava en su hombro. No necesitaba hacerlo, el pasillo es tan estrecho que su presencia le impide seguir escapando y ganar la calle.

—¿Qué es lo que…? —inquiere, creyéndose el amo de la situación.

No acaba la pregunta.

El hombre, cuya cara le resulta ahora vagamente familiar, exhibe ante sus ojos una navaja de hoja corta y roja ya de su propia sangre que acaba de sacar del bolsillo del pantalón a la velocidad de la luz.

Tomás Lorente reconoce al instante el arma blanca, ha visto muchas antes, pero ninguna en su negocio. No lo permitiría.

Toda la mano derecha del desconocido está ya bañada en la sangre que brota de la herida que le atraviesa la palma, mancha la navaja y cae al suelo del pasillo durante un par de segundos. Los mismos que tarda Lorente en retirar la mano con la que sujetaba al hombre y dar un paso atrás.

Lorente se arrima a la pared, alza las manos en el aire y le franquea el paso.

A la vista de la navaja, su cara ha cambiado de color y su determinación se ha evaporado.

Silenciado de inmediato por el metal ensangrentado, se ha quedado lívido, tan cerca de la pared como le es posible, como incrustado, con las piernas flojas y las neuronas a mil revoluciones.

No piensa jugarse la vida. Si lo que el tipo de la navaja quiere es recorrer el pasillo de su bar, eso es lo que hará.

Ni más ni menos. Como si quiere llevarse la recaudación, echar mano al mejor jamón o cagarse en la tapa del retrete.

No piensa hacerse el héroe. No a pocos años de la jubilación.

Procedente del patio, un nuevo ruido anuncia la presencia de otra persona.

Lorente se separa unos centímetros de la pared y acierta a ver a un hombre de uniforme que intenta asentarse sobre sus pies segundos después de que el tipo que le precede, navaja en mano, atraviese el pasillo y aparezca entre las mesas del establecimiento.

El agente se apoya trabajosamente en pies y manos sobre las cajas y las sillas derrumbadas para ponerse en pie. No resulta fácil, no encuentra un punto sólido en el que apuntalarse.

Lorente entiende que también él ha caído desde algún piso.

Es lo único que acierta a comprender, que los hombres caen por el patio, que se precipitan al vacío como en una de sus pesadillas.

O como en una canción que su mujer tararea a menudo en mal inglés mientras se contonea.

Una canción que afirma que llueven hombres del cielo. ¡Aleluya!

El desconocido ha llegado al local en el que los parroquianos de media mañana apuran el café y comentan por enésima vez los resultados de la última jornada de Liga junto a un televisor encendido, o bien dejan deslizarse los minutos frente al diario deportivo.

Busca ya la calle, pero sabe que no puede salir empuñando una navaja con una mano que sangra como si acabara de cortarse las venas o de clavársela a cualquier vecino en la yugular.

Se detiene, abarca el bar con la mirada y encuentra lo que necesita en las manos de un hombre muy mayor que, con la vista baja y la mandíbula inferior levemente temblona, no parece haberse dado cuenta de nada.

Sin abrir la boca, le arranca el periódico de las manos y vuelca al hacerlo la taza de café con leche frente a la que el hombre echa la mañana. El viejo, sobresaltado, levanta la vista, está a punto de protestar, pero algo en la mirada feroz del desconocido le indica que no debe hacerlo.

El cliente, cargado de años y de temores, devuelve la taza a su posición original, calla y evita la mirada del desconocido.