El miedo en el cuerpo (Mauricio Tedesco 2) Jueves #22
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Jueves #22

—¡Abra! —ordena la voz de un hombre.

Ante la atenta mirada de Daniel, que no puede creer lo que está viendo, el hombre se encarama a la ventana.

Procede de prisa, como urgido por la voz.

Sin molestarse en apagarlo, deja caer el cigarrillo encendido y casi completamente consumido, que va a parar sobre el colchón en el que descansa la niña.

Daniel sabe que nunca, nunca, nunca, deben arrojarse las colillas encendidas, antes deben apagarse.

Siempre deben apagarse. Antonio, su padre, se lo ha repetido muchas veces.

Durante unos instantes, el rojo encendido de la lumbre atrapa su mirada.

En la puerta se han elevado las voces. Daniel no reconoce ninguna, no las ha escuchado antes. Son varias las personas que hablan.

No logra entender lo que dicen.

TEDESCO

Tedesco levanta la cabeza y busca a Diego con la mirada, después a Lidia y a Carlos. Los dos agentes continúan agazapados. Los abarca con la vista, los reúne en la distancia con solo mirarlos y pregunta:

—¿No habéis oído un grito? Me ha parecido que…

No hay reacción alguna durante unos instantes. Nadie ha oído nada. No ha habido gritos, ni golpes, ni voces. Es una evidencia.

—Sí, en el piso. Un grito —insiste el policía sin el menor rubor—. Hace un momento.

Lidia cree entender, sonríe y asiente con el pertinente movimiento de su cola de caballo. Conoce a Tedesco. Con toda la convicción de la que es capaz, se suma a lo dicho.

—Sí, creo que sí, yo lo he oído. Un grito como de un niño. En el piso, como un niño que ha gritado, como si…

Tedesco agradece su convicción. Lidia es una de las mejores agentes de toda la comisaría. Rápida y extraordinariamente intuitiva. Su historia familiar, dolorosa como la del propio inspector, lejos de acobardarla, ha hecho de ella una mujer valerosa. Un tesoro.

Junto a ella, Carlos, con cierto pasmo, convencido de que no ha habido grito alguno, la mira sin dar crédito y está a punto de añadir que quizás haya sido el televisor.

Esas cosas pasan. Como cuando suena un teléfono y te palpas el móvil por si es el tuyo el que está sonando.

No solo no ha oído nada, entiende que ella tampoco. No se explica la confusión.

La agente, con un codazo, lo invita a asentir.

—Sí, yo también creo que… Un niño, sí —dice el mosso de corrido cuando cree comprender los motivos del inspector—. Como si llorara, como si pidiera ayuda —añade por aportar algo nuevo.

Un grito, el grito de un niño que pudiera ser el niño que andan buscando significa acción inmediata, una operación en caliente, el deber policial de intervenir rápido, al ritmo del pensamiento.

Acción inmediata. Sin dilación, sin orden judicial, sin reservas. Significa que el inspector, gato viejo, ha decidido actuar y se cubre así las espaldas.

Diego, junto a él, asiente y en un susurro confirma:

—Sí, a mí también me ha parecido un niño.

Y el agente observa la cerradura unos instantes antes de llevarse la mano al bolsillo y sacar un puñado de llaves maestras. Es bueno abriendo puertas, tiene tacto.

Y paciencia.

Tedesco ha conseguido la complicidad de sus agentes más cercanos. Si el operativo que dirige fracasa, asumirá la responsabilidad. Tiene las espaldas anchas y está acostumbrado a cargar con los errores.

El grito de un niño, es el grito de un niño.

DANIEL

Alguien parece haber introducido una llave en la cerradura y poco después Daniel ha podido oír el mecanismo al ceder.

El hombre del pitillo ya no está. Ha pasado una pierna sobre el alfeizar, después la otra.

Ha tardado en decidirse, solo se ha arriesgado cuando en la puerta del piso alguien, que lleva hurgando en ella un par de minutos, ha desbloqueado la cerradura y ha conseguido abrir.

Ha sido entonces cuando Daniel, paralizado por el espanto, ha visto cómo desaparecía muy lentamente en las profundidades del patio de luces.

El niño se sobrecoge. Sabe que no se debe saltar desde una ventana. Nunca.

El malcarado desconocido se ha mantenido en todo momento bien aferrado a la cuerda.

Ha ido bajando lentamente, con miedo. Los brazos agarrotados, el gesto casi de pavor.

Por fin se ha esfumado también su bigote amarillento, sus ojos inquietos, aterradores, y su pelambre en desorden.

Y lo ha hecho de golpe. Todo él ha desaparecido y todo ha sucedido en unos instantes ante los ojos del niño, que no acaba de entender lo que está viendo.

A Daniel le asusta todo lo que no entiende.

Un grito agudo y un ruido como de cajas que caen y de botellas que se rompen sube desde el patio.

Pocos segundos después ya no hay grito, solo alguien que maldice y que camina sobre un alboroto de cristales rotos, la voz de un hombre que pregunta y el rumor de ventanas que se abren y de voces que desbordan el patio de luces.

GERVASIO

No ha visto otra salida. Si consigue bajar por la cuerda un par de metros, hasta la altura del principal más o menos, el salto no será peligroso y caerá en el patio del bar que ocupa los bajos.

El problema es que no hay un espacio libre.

Se amontonan en muy pocos metros las sillas y las mesas de la terraza que Tomás Lorente, el propietario, instala a partir de junio cuando el sol alcanza la acera, las grandes sombrillas cerradas con la marca de una cerveza muy popular y decenas de cajas con los envases vacíos.

No hay hueco en el que dejarse caer, pero no puede elegir.

Gervasio Cruces no confía en su forma física, hace tiempo que no hace ejercicio y sabe mejor que nadie que sus brazos no son lo que habían sido.

Pero no queda otra. O lo intenta y gana la calle o lo trincan y pasa en la trena el resto de sus días.

Ni puede ni debe darle muchas vueltas. No hay otra cera que la que arde.

Joder , piensa. Y Colorado en su casa tocándose los huevos.

Que no hay ningún peligro, que quién va a sospechar, que si el asunto es seguro, que en mi país esto pasa todos los días, que no vamos a hacer daño a nadie, que tienes cubierta la retirada…

Que del resto me encargo yo. La retirada… manda cojones con la retirada.

Con los pies intentando asirse a la pared completamente lisa del patio de luces y los dedos aferrados a una cuerda muy fina que apenas consigue retener entre los dedos, Cruces intenta el descenso.

No tarda en golpear la pared con los pies casi con desesperación.

Busca a ciegas un asidero, una tubería, un alambre, una rebaba.

No se atreve a mirar. Necesita encontrar un alivio para sus manos, que apenas consiguen sujetar una cuerda que se le escurre velozmente entre los dedos.

Tiene el corazón enloquecido, entiende que va a caer.

Y cae.

No ha alcanzado todavía la ventana del principal en cuyo alfeizar pensaba encontrar apoyo cuando la cuerda se le escurre y se precipita patio abajo. De hecho, solo ha bajado un par de palmos antes de caer a plomo.

Maldita sea, y el capullo de Colorado en su casa tocándose los cojones a dos manos.

Se ha despeñado sobre las cajas repletas de envases vacíos que el propietario del bar acumula en su patio junto a las sillas y las mesas metálicas, las enormes sombrillas para el verano y un par de bicicletas infantiles que Lorente conserva por puro sentimentalismo.

El estrépito se ha superpuesto al grito, lo ha neutralizado y se ha elevado patio arriba hasta el techado de uralita como si persiguiera una luz improbable.

Han caído cajas y botellas y el cristal se ha hecho añicos sobre el cemento.

El minúsculo espacio anexo al bar se ha convertido en un desbarajuste de cajas y cristales rotos.

El hombre «caído del cielo» se ha torcido un tobillo cuando el pie derecho se le ha doblado más allá de lo aconsejable y ha quedado atrapado entre las cajas.

Instantes después, al desmoronarse por completo la pila sobre la que se ha desplomado, y llegar con el cuerpo al suelo, se ha cortado la palma de la mano con uno de los fragmentos de cristal roto.

¡Joder!

Han pasado unos segundos antes de que pudiera incorporarse intentando sofocar los gemidos.

Los mismos que han tardado los primeros vecinos en asomar las cabezas al patio alertados por el ruido.

Cruces puede oírlos murmurar, aventurar una explicación, espiar cada uno de sus movimientos.

Lo acompaña un nuevo escándalo de cristales y de cajas al intentar ponerse en pie.

Tumba una columna de sillas al apoyarse en ellas para enderezarse y aúlla cuando al poner el pie en el suelo a punto ha estado de caer nuevamente traicionado por un dolor agudo en el tobillo.

Pura Gutiérrez contempla la escena sin abrir la ventana, con la nariz y la frente pegadas al cristal.

DANIEL

Daniel, el rostro humedecido por las lágrimas y un dolor agudo en el hombro, puede oír el estruendo de cajas en el patio. No acierta a comprender y no se atreve a asomarse. De hecho, no se aventura ni a moverse.

—¡Policía!

Es la voz autoritaria de un hombre que grita en el pasillo.

—¡Policía!

Daniel tiembla con la cara llena de lágrimas, se balancea casi totalmente vencido sobre sí mismo.

No sabe qué pensar. El grito no lo tranquiliza.

Tiene los ojos cerrados. No responde, no grita, no puede, el esparadrapo empapado le cierra la boca.

El cuerpo que yace muy cerca sigue inmóvil, la respiración pausada, regular, el sueño profundo, sin fisuras.

Un hombre alto, grande, con unas gafas doradas y la frente brillante por el sudor acaba de abrir la puerta de la habitación.

Es el hombre que acaba de gritar «¡Policía!

» y que con movimientos muy lentos y una pistola en su mano derecha, entra y dirige la vista a la ventana.

Cierto galimatías que procede del patio y la vecina de enfrente, la que dejó caer las llaves, le permiten comprender que el hombre puede haber escapado por allí.

La mujer, asomada a la ventana, señala hacia abajo con la mirada antes de esconderse de nuevo.