El miedo en el cuerpo (Mauricio Tedesco 2) Jueves #21
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Jueves #21

Con un agitar la mano en el aire, Tedesco indica a los agentes de uniforme que se aparten inmediatamente del alcance de la mirilla, espera que no sea demasiado tarde.

Si los ocupantes del piso tienen algo que ocultar, nunca abrirán la puerta a un mosso.

Por otra parte, si es un ciudadano preocupado por su seguridad personal no franqueará el paso a un puñado de desconocidos sin uniforme.

El uniforme ayuda y delata, es cómplice y traidor al mismo tiempo, ofrece confianza y destila recelo, todo ello presente en los ojos del que mira, como la gula o la lujuria.

Los agentes entienden sin más explicaciones. Obedecen en silencio, se retiran y aguardan ocultos en el arranque de la escalera.

Tedesco se aproxima a la puerta del primero primera y alcanza a oír la voz destemplada de un hombre que grita y el sonido de un televisor encendido.

Nadie atiende cuando el inspector pulsa el timbre.

Esperan.

Tampoco hay reacción alguna tras el segundo timbrazo, mucho más insistente, mucho más largo, casi estrepitoso en el silencio absoluto del rellano.

El televisor continúa encendido y el volumen es lo suficientemente alto.

No hace falta ni acercarse a la puerta para reconocer el programa.

El policía sabe, sin necesidad de pasar por la moderna Academia de la Policía Autonómica, que generalmente no hay aparatos de televisión encendidos en los pisos vacíos.

No es propenso a las corazonadas y raramente confía en la intuición, sin embargo, juraría que dentro del piso alguien se ha aproximado a la puerta sin hacer el menor ruido, alguien que espía cada movimiento de los agentes.

Tedesco se acerca, pega el oído a la madera y escucha, necesita saber qué es lo que pasa en el interior del piso, pero solo consigue oír el estridente zumbar del aparato en marcha. El hombre ha dejado de hablar a voces. Diego se mantiene a su lado.

A sus espaldas, una vecina abre la puerta de su piso y sale precedida por un carrito de la compra. En la mano libre sostiene las llaves que entrechocan ruidosamente cuando advierte la presencia de los policías agazapados en la escalera.

Lidia, oculta en el tramo de escaleras que baja al piso inferior, se lleva un dedo a los labios, le pide que no haga ruido.

Demasiado tarde. Involuntariamente, la mujer agita las llaves en el aire antes de dejarlas caer y estrellarse contra el suelo mientras intenta contener el grito a flor de labios.

Ha sido un movimiento desordenado, una reacción corporal difícil de controlar, el susto.

La mujer se agacha, recupera el manojo de llaves más digno de un sereno y se queda clavada en el umbral, como atascada. Abre mucho los ojos, parece no comprender los gestos de los agentes que le indican que vuelva a su casa, que no salga.

Instantes después, la mujer respira hondo, como si le faltara el aire, se santigua y, en un visto y no visto, se encierra nuevamente en casa y cierra por dentro.

Toda precaución es poca.

DANIEL

Alguien pulsa el timbre de la puerta. Un sonido repentino, inesperado, casi un estruendo en miniatura, acalla la voz del hombre al teléfono. Se detiene en su deambular por el pasillo. Paralizado. Clavado en el suelo y con el corazón desembridado.

Daniel se sobresalta y se tensa todavía más.

Vuelve a sentir náuseas. Acerca la cabeza a sus rodillas y se encoge.

La persona que duerme muy cerca no se despierta, no se mueve.

Quizás sea su madre, o su padre, o la abuela Ángela, piensa.

O Mila, que es más menuda. Y la esperanza fuerza un resquicio en su mente.

Pasados unos instantes, un espacio de tiempo que a Daniel le ha parecido muy largo, el timbre vuelve a sonar y el sujeto se aproxima en silencio hasta la puerta del piso.

A pesar de la música que llega del televisor encendido, Daniel cree oír sus pasos y el rozar de su ropa al otro lado del tabique.

Escucha muy atentamente, tan atentamente como le es posible.

Al acecho de cada murmullo, del menor rumor, de una voz familiar.

Cree que el desconocido no ha vuelto a moverse, que se ha quedado junto a la puerta, pero que no la ha abierto.

Daniel no entiende nada, cuando suena un timbre la puerta debe abrirse. Siempre. Las cosas son así. No se discuten. En casa, en la escuela, en todas partes. Pero el hombre no lo sabe, el hombre es tonto, por eso no abre, por eso lo ha confundido con su hijo. Porque es muy, muy tonto.

El chico quiere que lo haga, espera que el hombre abra, lo desea intensamente. Quizás sea Lucía la que llama. O Mila, o Antonio, o el abuelo Fermín.

El sujeto se ha limitado a esperar sin hacer el menor ruido hasta que ha sonado el tercer timbrazo.

Tampoco entonces se ha movido ni ha descorrido cerrojo alguno.

Daniel, concentrado en los sonidos que provienen del pasillo, ha dejado de advertir el mal olor que sube de los colchones y no se ha dado cuenta de que, a pocos palmos, la persona que minutos antes dormía sin el menor sobresalto, ha cambiado de posición, se ha girado sin abrir los ojos, sin llegar a despertarse. Con un suspiro.

Ahora puede verla, pero Daniel no mira, tiene la mirada clavada en la puerta de la habitación. El niño cree escuchar voces en el rellano, junto a la puerta. El susurro de personas que cuchichean y se apremian. Intenta distinguir algún timbre conocido. No lo consigue.

El televisor continúa encendido y la gente ríe y aplaude.

Alguien ha vuelto a impulsar la ruleta.

Trac, trac, trac.

TEDESCO

En el rellano vuelve a reinar el silencio. El inspector debe tomar una decisión, la responsabilidad es suya, también la mayor parte de la culpa si las cosas salen mal.

—Quiero la autorización de la jueza, y la quiero ya —le indica el inspector a Iván, que tiene ya en la mano el teléfono móvil.

El agente, en un alarde de rapidez, marca antes incluso de que Tedesco acabe de hablar, y baja hasta la planta inferior para poder hablar sin ser escuchado desde el primer piso. De pura impaciencia, Lidia lo sigue a pocos pasos.

Apenas tarda unos segundos en regresar. No abre la boca. No es necesario.

—Insiste, dile que solo es un piso y que la necesitamos ya.

Tedesco apenas controla. No añade que la envíe a la mierda de su parte, aunque las ganas no le faltan. El veterano policía, fuera ya de sus casillas, consigue gritar en voz baja. Es una de sus facultades. Un prodigio.

—Mejor, pásamela. —Y le arranca el aparato.

El tiempo enseña poco, y a Tedesco los años no lo han ayudado a soportar mejor la presión que conlleva su oficio, un oficio que a ratos detesta y sin el que ya no sabría vivir.

Empieza a creer que es cuestión de tiempo y que Daniel puede hallarse en peligro.

No pueden ni deben esperar. Se apodera del policía una sensación de apremio difícil de entender y más difícil todavía de explicar.

No es más que eso, una sensación, una urgencia, una impaciencia que se le engancha al cuerpo tras haberse apoderado primero de la mente.

Quizás cabría hablar de una intuición, pero prefiere no hacerlo.

Cosas del oficio.

Llega una nueva negativa de la jueza que Tedesco recibe mascullando una maldición.

DANIEL

El hombre se aleja en silencio de la puerta de entrada, descorre el pestillo y lo hace muy lentamente. Casi a tientas, entra en la habitación a la que apenas llega algo de luz.

Daniel, paralizado, encogido, hecho un ovillo en un rincón, está convencido de que pretende pegarle y contiene la respiración.

No puede esperar nada bueno del sujeto, que, pisando con descuido los colchones con sus zapatos sucios y con un cigarrillo entre los labios, atraviesa la habitación y ni lo mira.

Como si Daniel hubiera dejado de existir, como si no fuera Daniel Marín, ni Víctor…

Ni nadie. Como si de repente no fuera nada, ni tan siquiera un niño asustado con las manos atadas a la espalda.

No lo golpea ni lo amenaza. Ni lo mira.

Abre la ventana, sube la persiana intentando no hacer el menor ruido, la sujeta y, durante unos instantes, contempla el patio de luces.

Vuelve a salir de la habitación en la que se ha hecho la luz.

No se ha molestado en cerrar la puerta de nuevo, como si hubiera dejado de temer que Daniel pudiera escaparse. Como si no existiera.

El patio es exiguo, pero la luz que llega a través de la ventana le permite a Daniel comprobar que la persona que duerme, cuyo cuerpo le ha parecido muy pequeño, es una niña de una edad cercana a la suya.

Una niña que no se ha dado cuenta de nada de lo que ocurre.

No ha oído nada, no ha visto nada. El pelo largo, ondulado y sucio le cae en greñas sobre la cara.

Tiene el pulgar entre los labios y está doblada sobre sí misma, como si tuviera frío, o miedo. O ambas cosas.

Viste una camiseta roja, calcetines rojos y una falda tejana que deja sus muslos al descubierto.

A Daniel le parece que la niña está muy delgada.

El color de sus calcetines le recuerda a Daniel su pelota roja.

No sabe cómo ni cuándo la ha perdido de vista.

Hace una eternidad que ha dejado de pensar en ella. La necesita.

Pasados unos instantes, el hombre vuelve a entrar y lo hace con el cabo de una cuerda en la mano y en la otra un rollo no muy largo.

Todavía conserva el cigarrillo entre los dientes.

Daniel permanece inmóvil, quieto como la estatua del parque que frecuenta.

Puede oler su proximidad, detecta en el aire el rastro de su aliento.

Aunque quizás sea ese el olor del miedo.

Con varios nudos sujeta la cuerda a la argolla en la que se ata la persiana y con un par de tirones enérgicos comprueba la resistencia del aro de metal.

El hombre no es corpulento y parece convencerse de que aguantará su peso.

El niño no acierta a comprender cuál es su propósito.

Del rellano llega un murmullo de voces y de vez en cuando el golpear de los nudillos contra la puerta.