El miedo en el cuerpo (Mauricio Tedesco 2) Jueves #20
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Jueves #20

Daniel no se da cuenta, pero ha empezado a canturrear.

Apenas un rumor silenciado por el esparadrapo.

A canturrear y a balancearse adelante y atrás a pesar del dolor, a pesar de todo el miedo.

No conoce otra manera. Es su mantra, su oración, su forma de devolver las cosas al lugar que les corresponde.

Quizás no sirva, pero Daniel no puede hacer otra cosa, solo intentar continuar con su vida, la vida ordenada que le gusta, la que prefiere.

Hacer como hace a diario cuando está en la escuela sentado en su silla muy cerca de Mila.

O en la cocina con Tere, entre sartenes, cazuelas y coplas.

O en casa de los abuelos. O, mejor aún, cuando cena en su casa con Lucía y Antonio y de vez en cuando Lucía besa su coronilla como al vuelo o, casi de tapadillo, le acaricia una mano.

Y, aunque no sabe qué es lo que canta ni comprende el sentido de los versos que entona sin la menor pasión, como rezaría una plegaria o repetiría la cantinela de una nana, Daniel canturrea mientras se mueve muy levemente, casi imperceptiblemente.

No puede hacer otra cosa.

Eres mi vida y mi muerte

te lo juro compañero

no debía de quererte

no debía de quererte

y sin embargo te quiero.

Daniel canta y llora. Y no deja de preguntarse qué es lo que ha hecho mal esta vez.

TEDESCO

En el piso de enfrente, el principal segunda, les abre la puerta una madre joven que carga sobre sus caderas un bebé protestón mientras agita un biberón con su mano libre.

Despeinada, con bolsas moradas bajo los ojos y descalza, la mujer insiste en que le enseñen su placa.

No le basta con la palabra de los policías ni con el uniforme que luce Carlos Estrada. Y hace bien, piensa Tedesco.

Ambos se identifican, explican en pocas palabras que necesitan registrar cada vivienda y, en pos de la madre y del niño, recorren el piso entero en un par de minutos.

No hay mucho que ver y nada les parece sospechoso.

Ropa por todas partes, juguetes de niño muy pequeño repartidos por cada rincón y un portátil encendido sobre la mesa del salón junto a un paquete de pañales, un tubo de pomada para bebés, una botella de colonia infantil en las últimas y un par de gruesos diccionarios.

Probablemente, la joven madre teletrabaja mientras atiende a la criatura malhumorada.

En la pila se amontonan los platos por fregar.

Junto a ella, una lavadora que centrifuga como si estuviera a punto de separarse del suelo y despegar.

—No tengo tiempo para nada, ¿saben? Soy correctora y desde la pandemia trabajo en casa, antes tenía despacho en una editorial, pero…

El teletrabajo ha venido para quedarse. El caso es que hoy él no ha ido a la guardería, tiene algo de fiebre.

—Señala a su hijo con la barbilla, mientras levanta los hombros en señal de disculpa y los acompaña al rellano—.

Y para acabarlo de complicar la canguro está preparando un examen.

El niño sostiene el biberón con ambas manos, lo apoya en el cuello de su madre y sorbe con los ojos cerrados completamente ajeno a la presencia de los policías. Un rastro de mocos que la mujer intenta retirar se reparte por su labio superior.

—No se preocupe, es lógico. Con los niños toca hacer de todo.

La joven madre, con la puerta abierta y ambas manos ocupadas, utiliza de nuevo la barbilla para señalar el piso contiguo, el principal cuarta. Les informa de que está desocupado desde que murió su propietario, un problema de herencia.

—Se veía venir… Se murió el señor Juan, vivía solo, se defendía bien, pero se rompió el fémur y ya no volvió a casa. Ahora los hijos no se ponen de acuerdo. Unos quieren vender, otros alquilar… Una pena, porque lleva meses cerrado.

Tedesco agradece su amabilidad y se despide.

Carlos Estrada golpea ya con los nudillos la puerta del principal tercera, sospecha que el timbre no funciona.

Nadie abrió cuando lo intentaron al alcanzar el rellano pocos minutos antes, tampoco creyeron oír ningún movimiento ni señal alguna de presencia humana, divina o diabólica.

Al otro lado de la puerta no se advierte el menor ruido.

Insiste. No hay respuesta.

—Yo no me molestaría —comenta la mujer, con el niño a cuestas, justo antes de cerrar—. Son una pareja, un matrimonio muy joven, pero siempre están fuera. No tienen hijos, trabajan los dos y llegan muy tarde. Llevan meses en el edificio y no sé ni cómo se llaman. Yo diría que incluso cenan fuera.

El inspector asiente y anota, no tiene por qué dudar de sus palabras. Tampoco puede hacer mucho más.

—Pero quizás la señora Pura pueda explicarles algo… —añade la mujer casi en un susurro y con una sonrisa de picardía—. No sale de casa, no sé cómo lo hace, pero lo sabe casi todo de todo el mundo.

La mujer ha hecho un gesto, una leve inclinación de cabeza con la que ha señalado la puerta de la aludida, que con toda probabilidad permanece enganchada a la mirilla.

Tedesco sonríe. La mujer, risueña y algo exhausta, también.

—Gracias, ya hemos hablado con ella. Lamento haberla molestado.

—No se preocupe, no me viene mal levantar la cabeza de la pantalla de vez en cuando.

La cabeza del bebé, vencida sobre su hombro, indica que está a punto de dormirse. La mujer se lleva el índice a los labios y sisea. Sin el menor ruido, inicia la retirada y cierra la puerta con un leve chasquido. Se diría que no solo camina descalza, sino que lo hace de puntillas.

Toda cautela es poca.

Tedesco decide confiar en ella y descarta el principal cuarta.

DANIEL

Te esperaba hasta muy tarde.

Daniel no puede mover los labios, atrapados por la tira de esparadrapo, pero sigue tarareando como puede la copla tantas veces escuchada, los versos que no significan nada.

Ningún reproche te hacía.

Sin apenas ruido, como si repasara una lección bien aprendida.

Eres mi vida y mi muerte.

Sin dejar de balancearse adelante y atrás, como un péndulo. Con el hombro dolorido, las manos atadas a la espalda y todo el miedo que cabe en el cuerpo de un niño agazapado entre su estómago y sus pulmones.

De vez en cuando, en algún lugar de su organismo, un lugar por determinar, siente crecer la náusea.

Te lo digo compañero.

Sobre el colchón vecino no hay movimiento, solo una respiración regular, acompasada, tranquila.

No debía de quererte, no debía de quererte…

El hombre vuelve a hablar con alguien casi a gritos, no hay respuesta, no hay una segunda voz, ni una tercera.

Y sin embargo…

Habla solo.

Daniel no entiende lo que dice aunque en su mayoría las palabras le son familiares.

La voz del desconocido, que camina ahora pasillo adelante y pasa junto a la puerta de la habitación cerrada, se superpone al sonido del televisor que continúa encendido algo más lejos.

La gente no habla sola, para hablar necesitamos a alguien. Daniel no entiende nada.

Quizás el desconocido esté hablando por teléfono. Quizás…

Pasillo adelante el hombre habla, grita, maldice. Daniel quiere creer que está llamando a Lucía, o a Toni, o a…

No debía de quererte,

no debía de quererte.

Y sin embargo…

Nada le permite esperar nada bueno del hombre que le ha tapado la boca, le ha golpeado y le ha atado las manos, pero necesita creer que sucederá algo que mejore su situación.

No deja de pensar que su madre aparecerá en cualquier momento, necesita convencerse de que cuando menos lo espere Lucía abrirá la puerta y…

Demasiado ruido. Desde que era muy, muy pequeño, a Daniel el ruido le aturde. El sonido de la batidora al preparar una papilla le alteraba hasta el desconsuelo, un grito, un portazo, una ambulancia al pasar… podían desatar una crisis.

La voz que le llega a trompicones, la música que acompaña a los anuncios en el televisor, los pasos del hombre que tan pronto se alejan como suenan al otro lado del tabique… Demasiado ruido.

No le gusta el ruido, no soporta que dos personas hablen a la vez, ni que se griten, detesta los gritos.

Las voces simultáneas, en desorden, le alteran, le desconciertan.

Las cosas, todas las cosas, deben suceder una detrás de la otra, en orden, siempre en orden.

No todo a la vez, eso sí que no. Así lo repite Mila muchas veces y así lo entiende Daniel.

Siempre en orden.

Que se me paren los pulsos.

Si tuviera las manos libres se las llevaría a las orejas para no oír la voz del hombre del bigote amarillento que se pasea mientras habla, como si estuviera inquieto. Tan pronto oye su voz junto a la puerta como al lado del televisor, incluso más lejos. Se mueve.

Ha golpeado un par de veces la pared del pasillo en un arranque de ira y por el tono de su voz se diría que está nervioso, enfadado. Quizás ha sido una patada o el estrellarse de un puño. A Daniel el corazón le ha brincado en el pecho y ha dejado de tararear.

Tiembla de puro miedo y llora humedeciendo así el esparadrapo que le cubre la boca. Por fortuna, las lágrimas no hacen ruido.

TEDESCO

Hasta el rellano del primer piso, el segundo en altura sobre la calle, han llegado ya el inspector Tedesco y el agente Carlos Estrada.

Desde el tercero bajan sin nuevos datos Hugo y Diego Cuesta.

Héctor y Lidia, que se ocupaban del cuarto, están ya en el segundo.

Por el momento ninguno de ellos ha escuchado ningún ruido alarmante a través de las puertas. Todo sigue el orden previsto.

Apenas un par de minutos después, Lidia precede a Héctor y alcanza ya el primer piso, trae cara de desánimo. Nada nuevo. Solo un par de pisos aparentemente vacíos. En los que han podido entrar no han hallado ni rastro del hombre ni del niño.