El miedo en el cuerpo (Mauricio Tedesco 2) Jueves #19
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Jueves #19

Advierte diferentes olores y todos malos, desagradables. Con la boca tapada todavía por el esparadrapo, Daniel no tiene más remedio que respirar por la nariz. Y lo hace tan levemente como puede, concentrado en evitar en lo posible el aire viciado y pútrido de la habitación.

Atiende unos instantes; escucha, completamente paralizado y demasiado aterrorizado para hacer otra cosa, los ruidos que llegan hasta el cuarto cerrado.

Más allá de la puerta puede oír al desconocido que entra en otras habitaciones mientras habla con alguien que no le responde y vuelve a salir cerrando las puertas.

Daniel diría que busca alguna cosa.

Utiliza el aseo. Por el ruido del agua al precipitarse puede identificar la descarga. Poco después mueve una silla y acaba por encender el televisor y elevar el volumen.

Daniel no entiende lo que dicen, pero puede oír las voces, la música e incluso reconocer algún anuncio.

El televisor encendido lo tranquiliza. Identifica las sintonías.

Las ha oído antes. Poco después, el hombre grita de nuevo, parece muy enfadado.

No hay respuesta. Quizás hable solo, como lo hace Daniel tan a menudo.

No sabe qué pensar. A poca distancia, una persona tumbada e inmóvil le da la espalda.

No hace ningún ruido. Quizás duerme, piensa.

Una persona pequeña, posiblemente un niño como él.

Daniel apenas consigue distinguir. El colchón que ocupa está alineado junto al suyo, en la habitación apenas cabe nada más.

No se mueve, ni se agita. Quizás la persona tendida duerme, pero quizás esté muerta.

Daniel sabe que los muertos no hacen ruido. Quizás lleva muerta mucho tiempo.

No tarda en entender que no es así. Cuando el hombre deja de gritar y baja el volumen del televisor, escucha muy atentamente y puede advertir que no está muerta, que respira a intervalos, pesadamente, como si durmiera.

Daniel no se atreve a acercarse, no intenta despertarla.

De hecho, aunque le duelen mucho los hombros, casi no se atreve ni a cambiar de posición.

Todavía siente en su cuello la presión de los dedos del desconocido que tanto ha insistido en llamarlo Víctor.

Conserva la huella reciente de sus manos en los brazos, en la nuca y en torno a las muñecas.

También en sus mejillas, que todavía arden.

Intenta no hacer ningún ruido, no quiere que el hombre vuelva a entrar y a pegarle.

No entiende nada, está desconcertado, nunca antes ha vivido algo así, nunca se ha separado de Lucía ni de Antonio, y si lo ha hecho ha sido para acercarse a Mila o a sus abuelos.

No conoce otra casa ni otras gentes. Quizás todo lo que ocurre es un castigo, una forma de sanción por algo que ha hecho mal.

Un error, un error grave. Daniel se equivoca a menudo y, alguna vez, Lucía o Mila lo castigan, le dicen que ha hecho cosas que no debe hacer.

Ha gritado y ha pataleado. No se ha portado bien, pero nunca antes…

Llora en silencio, sin aspavientos, completamente inmóvil. No puede evitarlo, tampoco puede hacer otra cosa. Con el esparadrapo en la boca tiene sensación de asfixia, como si la nariz no bastara. Las lágrimas se deslizan rostro abajo dejando un rastro caliente. Queman.

Daniel piensa en caminos ligeramente brillantes, en hilos de baba olvidados por los caracoles en su lento avanzar sobre las piedras. Los caracoles le repugnan, son sucios, húmedos, se arrastran. Tampoco le gustan las lágrimas.

El hombre ha dejado de gritar.

Quizás también él duerme.

Transcurridos unos instantes intenta cambiar de posición sin encontrar alivio alguno.

Con las manos a la espalda, se encoge sobre sí mismo, como si quisiera hacerse pequeño, y acerca la cara a las rodillas.

Llora en silencio sin dejar de escuchar atentamente.

Comprende que el desconocido puede aparecer en cualquier momento y volver a golpearle, por eso intenta reconocer cada movimiento, cada voz, cada arrastrar de sillas.

Pero todo lo que alcanza a oír es el sonido ya débil que llega desde el televisor encendido.

TEDESCO

En el principal, el inspector y Carlos Estrada no han sacado mucho en claro.

Solo han podido entrar en dos de los pisos de los cuatro que tiene cada rellano.

Iván Cabrera ha permanecido en el rellano y en contacto con los agentes de los pisos superiores.

Tres policías pueden resultar intimidantes, considera Tedesco.

Antaño el principal era la planta más señorial del edificio, hoy por hoy el tiempo y la desidia han arrasado con lo que fuera prosperidad y felices apariencias.

El pulcro serigrafiado de motivos florales que llegaba hasta la cintura, y que décadas atrás acompañara al visitante en su ascensión hasta la planta principal, ha desaparecido por completo y solo se intuyen algunas hojas, restos de tallos alambicados y algunas flores que fueron rosadas y que ahora apenas se distinguen entre grafitis, surcos y hendiduras.

En una de las puertas no queda ni el timbre, y en otra alguien se ha llevado el llamador de bronce con forma de mano cerrada.

En la primera vivienda a la que han podido acceder, el principal primera, han interrogado a una anciana que vive sola y que ha dudado largamente antes de abrir la puerta unos centímetros con ayuda de una cadena de seguridad y mucho más antes de dejarlos entrar.

La mujer ha jurado no haber oído nada raro y les ha precedido en su recorrido por cada una de las dependencias de su casa como si tuvieran por delante todo el tiempo del mundo.

Caminaba tan lentamente que el policía, desprovisto de paciencia, a punto ha estado de rebasarla y proceder por su cuenta.

Ha recurrido a un resto de estoicismo y no lo ha hecho, se ha limitado a seguirla.

Daniel no ha estado allí, no les ha quedado al respecto la menor duda.

De hecho, se diría que, a excepción de la anciana que viste de duelo riguroso, nadie ha puesto el pie en el piso en muchos años.

La galería de un museo reúne más vida que el salón de la anciana, una especie de panteón fotográfico familiar.

La mujer ha colocado lazos negros de mayor o menor tamaño, probablemente según el grado de consanguinidad, sobre las fotografías de sus desaparecidos.

Quizás Tedesco se equivoque, pero ha creído ver en el interior de una vitrina un par de urnas mortuorias.

El conjunto ha sido piadosamente rematado por un crucifijo en cada habitación, por una santa cena repujada en hojalata presidiendo el salón, por estampas y recordatorios en la vitrina y sobre las mesitas auxiliares y, en el pasillo, a modo de ujier, un santo policromado de ojos desorbitados sobre una peana de madera dorada. Una verdadera pesadilla.

Otros tiempos, otro mundo.

Pura Gutiérrez, el pelo completamente blanco y las cejas torpemente dibujadas en lápiz negro sobre los ojos, lleva al cuello un pañuelo gris y una gran medalla de oro pende sobre su escote. Ha asegurado no haber oído nada extraño, pero se ha hecho repetir la pregunta un par de veces.

El policía duda de que la anciana hubiera podido advertir golpes o voces desacostumbradas en la escalera del edificio o en alguno de los pisos aunque hubiera tenido lugar un cataclismo.

Purificación Gutiérrez los ha despedido en el umbral y no ha cerrado la puerta hasta que se ha asegurado de que continuaban registrando el edificio.

—¡Uffff! —ha resoplado Carlos Estrada cuando ha cerrado la puerta—. ¡Qué mal rollo!

Y aunque el inspector, por edad y educación recibida, no habría utilizado las mismas palabras, comparte con el agente la sensación de alivio.

Como si acabaran de salir de una cueva y de escapar a una emanación tóxica.

Comparado con el interior del piso que lleva semanas sin ser ventilado, el rellano oscuro y húmedo es aire libre.

De hecho, a ambos se les antoja un lugar casi jubiloso en contraste con la vivienda que acaban de abandonar.

DANIEL

El hombre no habla ni grita, tampoco ha salido del piso.

Se ha limitado a sintonizar un concurso y a bajar el volumen.

Salpicando la voz del presentador se repiten los aplausos y los vítores.

Daniel, que tiene buena memoria, reconoce el programa, también es uno de los preferidos de su abuelo Fermín.

A Daniel le gusta el sonido de la ruleta al ser empujada por los participantes.

El menor movimiento le provoca una punzada en el hombro que, en otras circunstancias, le haría gritar.

Sabe que de nada serviría, ni de llamada de auxilio ni de alivio.

Siente ganas de vomitar de asco, de dolor y de miedo, pero la presencia de un esparadrapo sellando su boca no hace sino aumentar el pánico que ha anidado en sus tripas.

La idea de no lograr reprimir el vómito, de conservarlo en la boca y de no poder librarse de él, le aterroriza.

En el colchón cercano, casi en el otro extremo de la habitación diminuta, duerme la persona cuyo rostro no puede ver porque le da la espalda. No se ha movido ni ha dejado de dormir plácidamente. Su silueta le resulta extrañamente pequeña.