El miedo en el cuerpo (Mauricio Tedesco 2) Jueves #18
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Jueves #18

Apoyado en la pared, el inspector calcula el número de viviendas, cuatro pisos más el principal, son cinco plantas.

Probablemente a cuatro puertas por planta, es lo habitual en la zona.

Veinte pisos de los que tendrá que desestimar más de dieciséis o diecisiete.

No será fácil. No pueden entrar en todos echando la puerta abajo.

Eso solo pasa en las películas y en algunas novelas negras.

Anima a Iván con un gesto. Necesitan esa orden.

Durante unos minutos nadie entra ni sale del edificio y la puerta permanece inexorablemente cerrada. Esperan.

Tedesco no quiere alertar a nadie llamando a un timbre.

Uno de los mossos uniformados de Nou de la Rambla se aleja de la fachada para echar una ojeada hacia los pisos superiores.

Tedesco lo maldice por dejarse ver, por gesticular y por mostrar tan poca cautela.

Lidia manotea en el aire para conseguir que regrese a la vertical del edificio.

—¡Joder! ¿Eres tonto? ¿Qué es lo que no has entendido? —No se muerde la lengua.

El agente se encoge de hombros y se sitúa junto a su compañero, a buena distancia de la enérgica agente de la cola de caballo, la lengua afilada y la mirada arrolladora que no deja de saltar.

Tedesco no quiere ser visto ni reconocido desde ninguno de los pisos.

Si alguien quiere saber qué es lo que ocurre, necesariamente tendrá que abrir la ventana, eso quizás les dé alguna ventaja y facilite la localización del presunto secuestrador.

Un policía tiene que pensar en todo, controlar todas las variables, llevar su mente al punto de ebullición.

Y eso es exactamente lo que hace el inspector, que siente la cabeza como el interior de una hormigonera.

Mientras Tedesco espera poder acceder al edificio, el pensamiento, generalmente obediente, se descarría.

Lidia, la agente uniformada, le recuerda a Marina.

No puede evitarlo. Los ojos grandes a los que la sonrisa se encarama a la menor ocasión, las manos casi de niña, los labios bien dispuestos para la risa y para la contrariedad, la encantadora sonoridad de su voz, la cola alta como de bailarina clásica que ambas utilizan para recogerse el pelo, el andar flexible, fácil…

Se pregunta, y no es la primera vez que le sucede, si pondría tanto empeño en localizar a un niño si él no hubiera tenido hijos, si no hubiera vivido previamente la experiencia de ser padre.

Sigue recordando a diario a Fina, la mujer de la que se enamoró y a la que quiso hasta el final de sus días, la que lo dejó viudo años atrás.

Pero su desvelo es Marina, su hija, la de ambos.

Sigue pensando en ella como en la niña a la que debe proteger y amar.

No consigue asimilar que los años la hayan alejado de su vida.

Con un gesto ordena silencio y que nadie se deje ver.

Un chico más bien enclenque, desconectado del espacio exterior mediante unos vistosos auriculares azules, y que carga una enorme bolsa de deporte, acaba de salir del portal.

Tiene la frente y el nacimiento de la nariz poblados de granos enrojecidos y un bigote incipiente que no le favorece en absoluto.

Antes de que la puerta se cierre a sus espaldas, el inspector, que remataba instrucciones, se abalanza e interpone el pie. Consigue impedirlo casi en el último momento.

El chico sigue el ritmo con una mano sobre la lona roja de su bolsa y echa a andar alejándose de los agentes. Parece imposible, pero no se ha dado ni cuenta de la presencia de un puñado de desconocidos, algunos de ellos de uniforme, junto a la entrada del edificio.

El policía ha dejado sus últimas palabras en suspenso. Iván, acabada la conversación telefónica, se ha unido a ellos. Tendrán la respuesta de la jueza en unos minutos.

Bastan pocas indicaciones para que los agentes se distribuyan por parejas.

Siempre un agente de uniforme y otro vestido de civil que se situará frente a la mirilla, y se repartan las plantas del edificio.

Héctor y Lidia, el último piso; Hugo y Cuesta, el penúltimo; y Carlos Estrada, Iván Cabrera y el propio inspector, el principal, por si las parejas de los pisos superiores dieran con alguien y fuera necesario cortar la retirada.

Quedarán dos plantas, el primer y el segundo piso, que correrán a cargo de las parejas que acaben antes con la que les ha sido asignada. No tardará en llegar una pareja más desde Nou de la Rambla, un refuerzo que está en camino, según Lidia acaba de notificarle.

Antes de ponerse en marcha, Tedesco echa un vistazo a los buzones, es un hábito.

En algunos de ellos no hay ni rastro del nombre del propietario, en otros apenas resulta legible.

Algunos parecen no tener llave y permanecen abiertos y repletos de folletos policromados.

Quizás correspondan a pisos vacíos. Nada que le llame la atención.

—Escuchad antes de llamar a cada piso —aconseja—.

Si hay un niño que llora, alguien que grita, ya sabéis…

Si algo os parece sospechoso dais aviso.

Y, sobre todo, andad con cuidado, quizás el hombre sea peligroso, quizás vaya armado.

No sabemos nada de él. Recordad que si es el niño que buscamos estará asustado.

Lleva una camiseta verde y es autista, quizás no colabore.

Sobre todo, primero pedid autorización para entrar, insistid y aseguraos de que acceden, que después a todo le buscan las vueltas.

Asienten los agentes y se despliegan en un silencio casi absoluto.

En el edificio no hay ascensor y las dos primeras parejas suben hasta las últimas plantas.

Sus pasos resuenan apagados en la escalera vacía y oscura como pocas.

En el tramo que conduce al primer piso, las paredes son tan húmedas que se diría que rezuman agua.

Un escape antiguo e insidioso ha desconchado el recubrimiento y deja restos de yeso húmedo en los escalones.

En el primer rellano, el que corresponde al principal, apenas advierten ruido, algún trastear de sillas tras alguna puerta, trajinar de ollas y el rumor de una emisora de radio.

En el aire mohoso, cierto aroma a cocido y a café.

DANIEL

Tras propinarle una bofetada que le ha girado la cara, el hombre le ha cerrado la boca con un esparadrapo muy ancho y con una cuerda le ha atado las manos a la espalda.

Daniel se ha debatido durante unos instantes y el sujeto ha empleado nuevamente la fuerza.

Un par de bofetadas más han llovido desde lo alto y a punto ha estado de dislocarle un brazo al intentar inmovilizarlo. A sus ojos solo es un crío consentido.

No ha vuelto a dirigirle la palabra ni a llamarlo Víctor. No piensa hacerlo. Ya no es necesario. Los golpes hablan por él.

Cuando ha considerado rematada la faena, y sin más preámbulos, lo ha arrastrado pasillo adelante, ha abierto la puerta de una habitación y lo ha empujado dentro.

Temblando de miedo, Daniel ha tropezado y ha caído.

No se ha hecho daño. Se ha desplomado de bruces sobre una superficie ligeramente blanda que se ha desplazado levemente.

Es uno de los colchones sucios que alguien ha tendido en una alcoba diminuta.

Sin poder usar las manos, Daniel consigue arrodillarse sobre el colchón. Ha podido escuchar el ruido de un pestillo al ser desplazado. Reconoce el chasquido. El desconocido ha cerrado la puerta a sus espaldas, no hay escapatoria.

Incapaz de moverse, paralizado por el pánico, se ha quedado unos instantes en el abandono de un colchón mínimo que permite intuir el suelo.

Ha permanecido unos segundos arrodillado en la oscuridad de la habitación, ocupado en tranquilizarse y seguir respirando, a pesar de que el olor le asquea.

Poco después ha seguido enderezándose y ha buscado una postura algo más cómoda.

Como ha podido, se ha sentado y se ha arrimado a la pared en la que ha descansado la espalda.

El corazón enloquecido le aturde. Apenas puede pensar, solo intentar adivinar formas en la oscuridad, identificar el lugar en el que se encuentra y del que, desde su corta experiencia de niño, sabe que no puede esperar nada bueno.

Cuando los ojos se acostumbran a la oscuridad casi total, vislumbra una habitación muy pequeña con una sola ventana cerrada.

La persiana bajada y muy vieja apenas deja pasar un hilo de luz.

Daniel no puede adivinarlo, pero la abertura no da a la calle, sino a un pozo estrecho y oscuro cubierto en lo alto por una techumbre de uralita.

Un mal llamado patio de luces en el que la luz escasea.

No distingue muebles. No hay sillas, ni mesas, ni camas, ni estanterías con juguetes o con libros, solo un par de colchones sucios en el suelo. Es una habitación espantosa. Sobre la escasa superficie de suelo libre, algo que puede ser un plato y, junto a él, una botella de agua casi vacía.

En el rincón opuesto, sobre el otro colchón, que no es mucho mejor que el que Daniel ocupa, advierte un bulto. Es la silueta de una persona no muy grande que se ha encogido sobre sí misma en el extremo más alejado de la puerta y de cara a la pared. No puede ver su rostro.

El aire alrededor huele mal, nadie ha ventilado la habitación en muchos días.

Daniel arruga la nariz, detesta el mal olor, le repugna la suciedad en todas sus manifestaciones, es un niño obsesivamente limpio.

La limpieza y el orden son esenciales en su día a día, como lo es la rutina.

No sabe vivir sin que todo esté limpio y ordenado.

Lucía le ha enseñado a lavarse varias veces al día, a abrir cada mañana la ventana de su habitación, a lavarse los dientes durante tres minutos, a enjabonarse mientras se ducha y a retirar la espuma del cuerpo metódicamente.

No alcanza a entender la vida de otra manera. Sin rutina, sin Lucía.