Jueves #17
Bajo los timbres del portero automático, alguien con un grave problema de identidad ha pintado repetidamente su nombre, o su alias, con un espray en grandes letras negras.
Un nombre sin significado aparente: «ZOT».
A Tedesco le pasa por la cabeza que puede venir de «zote», pero aleja el pensamiento inútil.
No puede ni debe distraerse en reflexiones que no conducen a ninguna parte.
Quizás ha sido el mismo ZOT el que ha quemado a conciencia los pulsadores de los pisos más bajos con un mechero.
Por el olor, quizás algún borracho de paso ha orinado en las inmediaciones.
Nada nuevo. Diego Cuesta arruga la nariz y Lidia gira la cabeza para coger aire.
No tiene ni idea del piso al que el hombre se ha dirigido.
No ha tenido ocasión de calcularlo a partir de sus pisadas escaleras arriba ni del trayecto del ascensor, si es que lo hay.
No puede saberlo por mucho que se esfuerce en entornar los ojos para tratar de reconocer el interior a oscuras.
De hecho, ha decidido dirigirse al último portal antes de alcanzar la esquina apostándolo todo al aparente buen criterio de Rosa Gilabert.
Es un riesgo, y asumir riesgos forma parte de su oficio.
El desconocido bien podría haber forzado al niño a entrar en el anterior o incluso haberle obligado a doblar la esquina. Quizás anden ya lejos.
Cada vez le resulta más difícil tomar decisiones de un instante para el siguiente, decisiones temerarias, de las que acarrean consecuencias y pueden suponer el fracaso de una operación.
No se quita de la cabeza el síndrome del impostor.
Quizás no sea tan bueno en su oficio, quizás solo le haya acompañado la suerte.
Y lo peor de todo es que, demasiado a menudo, no existen pistas, ni indicios.
Nada. Como saltar sin red. Solo cuenta con lo que en las novelas que a veces lee en sus ratos libres llaman «olfato de policía».
Una expresión que hacía reír a Fina, su mujer. Olfato, no sé, pero nariz no te falta.
Se impone actuar y hacerlo deprisa, pero tiene las manos atadas, como casi siempre. Lo que le pide el cuerpo es irrumpir en cada piso hasta dar con el niño y con su presunto raptor. El maldito procedimiento, los pasos a seguir, los imponderables.
No puede ordenar un registro del edificio entero, no sin una orden judicial.
No pueden entrar sin más en cada casa, ni él ni los agentes que consiga reunir.
Y ningún juez, o muy pocos, emitirían una orden de ese tipo con las escasas indicaciones que tiene hasta el momento y que se basan en la palabra de una mujer que tampoco posee la certeza absoluta.
Los jueces, a su entender, pecan de andar siempre con demasiado tiento.
Un niño con una camiseta verde que protestaba y al que un hombre sin identificar llamaba Víctor.
No es mucho. Bien mirado, no es casi nada.
Quizás ni tan siquiera se trate del mismo niño.
Quizás exista un niño llamado Víctor de parecida edad y con una camiseta verde al que su padre, desesperado, acaba de encontrar.
Ambos pueden haber entrado en otra escalera o seguir alejándose.
La mujer observaba desde la distancia, no está completamente segura. Todo son grietas. Quizás…
DANIEL
El hombre tira de él sin remilgos y lo obliga a ascender dos pisos. De un tirón lo arranca del último escalón y lo fuerza a pisar el rellano. Con un suspiro de alivio su raptor abre una de las puertas y lo empuja hacia el interior de un piso.
Daniel no puede sentir más miedo.
En la negrura de un pasillo desierto advierte muy cerca el resuello agrio y repulsivo del hombre y, en él, en un segundo plano, la memoria del alcohol ingerido.
El desconocido separa los dedos un instante y cierra la puerta a sus espaldas.
Ya no sujeta su brazo, pero Daniel sabe que está muy cerca, que casi puede tocarlo.
El niño ya ni recuerda que tiene los pantalones mojados y que el líquido caliente que se ha deslizado insidioso piernas abajo alcanza ya sus tobillos. No puede sentir tantas cosas a la vez.
No se atreve a volver a gritar. Escucha, necesita saber dónde anda el hombre que ya no lo sujeta, comprender qué es lo que hace.
Apenas unos segundos después, una bofetada capaz de tumbarlo le cruza la cara. Daniel se golpea la cabeza contra la pared del pasillo y cae. El hombre no habla, no vuelve a llamarlo Víctor ni a insistir en su condición de padre. Susurra una amenaza que el niño no puede entender.
No es necesario.
Daniel ya no grita. Se apoya en la pared y se lleva la mano a la mejilla.
Llora.
El hombre tira de él para que se ponga en pie.
TEDESCO
Necesita entrar en cada piso y buscar en cada habitación.
Pero, a falta del visto bueno de un juez, solo sería posible hacerlo si tuviera la certeza de un peligro inminente.
«Una operación en caliente», como lo llaman los polis para entenderse.
Si la testigo hubiera visto una pistola, una navaja, la insinuación de un acto violento, algo verdaderamente amenazador, algo…
En caso contrario, y si las cosas salen mal, podría ser expedientado y quizás apartado de las calles sin más contemplaciones.
En el Cuerpo de Policía no hay errores pequeños.
Ignasi Romeu, su mejor amigo, un inspector retirado, un gato algo más viejo que él, lo repite a menudo.
Vigila, Mauricio, protégete, que en la Policía todo se paga. Puedes tardar más o menos, pero todo se paga.
Lo hará, tiene que hacerlo, entrará en cada piso.
Ya pensará algo. La seguridad del niño es lo primero.
Lidia lo avisa de que llegan más agentes.
Apenas tardarán un par de minutos. Lidia salta sobre sus pies, calienta.
Los futbolistas estiran o corren por la banda a la espera de la orden oportuna, Lidia salta.
Decide ordenar que lo intenten por las buenas permiso mediante.
Solicitarán el consentimiento a los vecinos y acotarán los pisos en los que no puedan entrar y que necesitarán registrar con orden judicial o sin ella.
Una maniobra de descarte. Procederán más o menos según lo estipulado, mediante una conformidad verbal de los ocupantes de cada piso que decidan franquearles el paso.
Para aquellos pisos aparentemente desocupados, en los que nadie abra o cuyos moradores se atrincheren tras la puerta, intentará conseguir una orden judicial de urgencia.
En un caso de posible secuestro puede bastar con la palabra del juez si el inspector logra centrar la operación en un par de pisos, en dos, en tres como máximo.
Intentará obtener la autorización telefónica de un juez que no tenga miedo de arriesgar, un juez que entienda que la operación precisa una intervención rápida.
Tratándose de un niño quizás no pongan tantas pegas.
Pero no todos los jueces entienden, el policía es gato viejo y sabe que a la gran mayoría les puede la cautela.
Y, la verdad sea dicha, las pistas son pocas y carentes de solidez.
Una camiseta verde.
Mientras su respiración recupera la normalidad, el policía se apoya en una de las paredes del edificio.
Piensa. Lidia y Cuesta esperan instrucciones.
Iván Cabera se aproxima, tiene ya los datos de Rosa y podrán localizarla si precisan su testimonio.
También una descripción breve del individuo que tiraba del niño para obligarlo a caminar.
Desde el umbral, Tedesco le indica con un gesto de apremio que se acerque.
El agente no entiende de urgencias y se aproxima con lo que, dadas las circunstancias, Tedesco calificaría de escasez de sangre en las venas.
Big Data —así llama Lidia a su compañero— no correría ni para escapar de un incendio.
El inspector siempre se ha preguntado por qué un hombre como él, con clara vocación de portero de finca de vecindad, decidió incorporarse al cuerpo policial.
No ha encontrado una respuesta satisfactoria.
—Vamos a entrar, Iván. Avisa a comisaría, habla con Ricard Segura y explícale lo que hay. Solo eso, se lo explicas. Si quiere más aclaraciones ya se las daré yo. Y si no, que estuviera aquí.
El agente asiente.
—Y localiza a un juez, comprueba si está la jueza Rubio, si puedes hablar con ella explícale la situación, vamos a necesitar una autorización judicial. Mejor que esté avisada. Dile que intentaré que solo sean un par o tres de pisos.
Agitando la mano en el aire y sin separarse de la pared para no ser vista, Lidia indica al coche patrulla que acaba de llegar que estacione en una de las calles transversales. Es mejor que no se dejen ver. Comparte la lógica con el inspector, no necesita instrucciones.
Iván Cabrera asiente de nuevo. Se arrima a la fachada del edificio y llama a Nou de la Rambla. Pide hablar directamente con el inspector Ricard Segura mientras el inspector ordena a los recién llegados:
—Dos de vosotros os quedaréis aquí, de retén en el portal sin perder de vista el de al lado, pensad que no tenemos la seguridad de que sea este —añade, dirigiéndose a los cuatro mossos uniformados que se han aproximado corriendo—. No sabemos si nos enfrentamos a un hombre solo o si son más.
En pocas palabras, Diego Cuesta les informa de la situación, y dos de ellos se disponen a permanecer sobre la acera. Lidia les recuerda que no deben dejarse ver y ambos se arriman a la fachada.
—No nos conviene que vea vuestros uniformes. Si quiere ver algo, que saque la cabeza.
—Cuesta, vendrás conmigo. Podemos necesitar el coche. No sabemos…
El mosso asiente.
—Sí, y está cerca, a la vuelta de la esquina.
Sabe que Tedesco no deja cabo suelto y que prefiere tenerlo todo previsto.
Iván se ha alejado unos pasos y, desde el umbral de una cervecería, habla ya con el juzgado, pregunta si está de guardia la jueza Rubio. Tedesco no puede esperar a conocer la respuesta.