Jueves #16
—¿Dónde está? ¿Hacia dónde…? —acierta a articular el inspector instantes antes de intentar enderezarse por completo y recuperar así la verticalidad que siempre le ha parecido más digna.
La urgencia le corroe, no puede apartar al niño de sus pensamientos ni olvidar el convencimiento de que, más que nunca, el tiempo es oro. O vida, o futuro, o…
—Se han ido por allí, el niño no quería, pero el hombre se lo ha llevado. No sé si es el mismo niño, lo llamaba Víctor y…
Por la expresión acuciante del policía, que con un gesto de su mano la anima a seguir, la mujer entiende que no hay tiempo que perder e intenta explicar cuanto sabe en pocos segundos, los imprescindibles.
—Se alejaron por esta calle, por eso me planté aquí, en la esquina. —La mujer levanta un brazo, indica la calle del Marqués de Campo Sagrado, y señala a lo lejos.
El policía a punto está de apretar a correr en el sentido que señala su mano, la mujer lo intuye y sujeta su brazo. Lo detiene.
—Creo que no han llegado a cruzar la segunda manzana, podría jurarlo, me ha parecido verlos entrar en uno de los portales. No hace ni cinco minutos.
—¿Quiere decir que han entrado en un edificio?
—Sí, creo que sí. No podría asegurarlo, pero diría que no doblaron la esquina y, desde luego, estoy segura de que no siguieron hacia adelante.
No los vi, y tengo buena vista. Creo que entraron en uno de los últimos portales de esta misma acera, en la segunda manzana, justo antes del cruce.
Creo que en el último portal antes de… Como mucho en el penúltimo.
Yo diría que en el último, porque pensé que si giraban ya no podría… Y entonces desaparecieron.
—No se mueva de aquí, por favor —le suplica el policía, mientras con un gesto indica a Lidia y a Diego que lo acompañen. El agente, alertado por un gesto del inspector, ha vuelto ya sobre sus pasos y se halla a pocos metros.
—Pero yo ya se lo he dicho todo. Yo…
—Perdone, Rosa, no hay más testigos, solo está usted. No tenemos nada y el niño lleva horas desaparecido. No se mueva de aquí, por favor. El agente Cabrera tomará sus datos por si necesitamos localizarla. Solo será un momento. Después podrá irse, se lo aseguro.
Iván, que acaba de unirse a ellos, saca una libreta que utiliza para aparentar.
No necesita apuntar nada. Su capacidad retentiva es envidiable.
Una mente ágil y unos movimientos extraordinariamente lentos.
No conoce la urgencia. Dicen de él en comisaría que camina como si participara en una procesión y llevara el Cristo.
Tedesco intenta retirar el sudor de sus sienes y de la base de su cuello sin dejar de hablar. No hay tiempo para nada, ni para más explicaciones.
Acaba ordenando:
—No se mueva de aquí sin dejar sus datos —insiste.
La mujer asiente, entiende que debe quedarse allí, sobre la acera.
La voz del policía es imperativa, un mandato.
Rosa Gilabert no replica, le asegura con un gesto que no se moverá.
Solo ella puede reconocer al hombre, y no siempre puede una servir de ayuda a la Policía, piensa.
No vendrá de unos minutos. Se siente halagada, hace tiempo que nadie parece necesitarla.
Solo sus hijos de tarde en tarde para encontrar un plato en la mesa.
Lo habitual es que los días transcurran sin más misterio que decidir qué es lo que cocinará, si judías o macarrones, si carne, pollo o pescado, y si el pan tendrá sal o será la masa sin gusto ninguno que debería comprar a diario.
Y si a eso le añadimos que el médico se lo ha prohibido casi todo…
Ni hablar de café, ni de dulces. Y los cigarrillos, ni verlos.
Para Rosa, recientemente jubilada, es una fiesta cada vez que uno de sus hijos dispone de media hora para acompañarla a la hora de comer.
Se quedará allí el tiempo que haga falta, su hijo todavía tardará.
Un niño es un niño, y no quiere ni pensar en los pobres padres.
Rosa acomoda el cesto junto a sus piernas decidida a responder al agente, que le pide ya sus datos.
Saca un pañuelo diminuto del bolsillo de su vestido, lo desdobla y se lo lleva al escote.
El sudor tiende a deslizarse desde su cuello hasta el nacimiento de sus pechos, y desde allí hasta el vientre. Es una sensación desagradable.
Iván la deja hacer sin perderla de vista. En una de sus muchas carpetas mentales archiva comportamientos curiosos. Librarse del sudor antes de que se precipite escote abajo sin dejar de suspirar, como si el niño desaparecido fuera un hijo propio, es uno de ellos.
El inspector se aleja ya en compañía de Lidia Sampedro y de Diego Cuesta. La patrulla uniformada de Nou de la Rambla se une a ellos. Lidia les informa en pocas palabras de lo poco que saben mientras se apresuran Marqués de Campo Sagrado adelante.
Uno de los agentes contacta con Ricard Segura, que no se ha movido de la comisaría. Tedesco, que no entiende el oficio si no pasa por pisar la calle, frunce el ceño, cierra los puños y echa a andar.
DANIEL
Daniel no ha dejado de protestar ni de oponerse a seguir andando ni por un momento.
No lo ha puesto fácil. Es obstinado, a menudo hasta la desesperación, así lo determina su autismo.
Tampoco ha dejado de decir que no, que no, que no.
Por primera vez desde que se extravió ha llamado a gritos a su madre.
En la calle, el hombre del bigote amarillento al que no había visto nunca antes no ha cesado de hablar ni de llamarlo por un nombre que no es el suyo: Víctor.
Tampoco ha dejado de amenazarlo en voz baja acercándole la boca a la mejilla.
El niño no siempre ha entendido la cruel advertencia que encierran sus palabras.
—O te callas o te crujo el brazo… —le susurra a Daniel, que trata de apartar el rostro para escapar a la fetidez de su aliento, mientras sigue gritando y negándose a avanzar.
El hombre vocea y tapa sus gritos.
—Que no, Víctor, he dicho que no y es que no. No tienes edad para andar solo. Tu madre está trabajando, ¿o es que no lo sabes? Si no te gusta la escuela, te aguantas. Es lo que hay.
Pero cuando el espanto se ha hecho insoportable ha sido poco después, cuando al llegar a un portal el desconocido se ha callado de buenas a primeras tras abrir la puerta con llave y poner un pie en el umbral.
Cuando el hombre lo ha empujado en absoluto silencio hacia el interior a oscuras y Daniel se ha encontrado a solas con él, ha sentido tanto miedo que no ha podido evitar orinar de nuevo involuntariamente.
No se ha dado ni cuenta de que el pis ha vuelto a escaparse.
Los calzoncillos, los pantalones, la cara interna de sus muslos, todo se ha vuelto a mojar en un suspiro.
Instantes después, Daniel ha sumado la repugnancia al miedo.
El hombre ha continuado sujetándolo por el brazo y lo ha obligado a avanzar hacia dentro, un portal oscuro y maloliente como la boca amedrentadora de una mina.
Daniel, ya en el interior, se ha agarrado con todas sus fuerzas a uno de los barrotes metálicos de la puerta antes de que esta se cerrara a sus espaldas.
Ha sido entonces cuando ha notado el pipi en las piernas.
Y también ha sido entonces cuando, sin poder evitarlo, se ha puesto a temblar.
En la escalera, todo es oscuridad y silencio, y a Daniel el aire le resulta espeso, como poblado por hongos, nauseabundo.
Le duelen los dedos de aferrarse al metal, pero no sirve de nada.
El hombre se limita a tirar de él con tanta fuerza que el niño grita ahora de dolor y de pánico.
Ha dejado de importar que Lucía sostenga que no debe chillar.
Por un momento cree que el desconocido lo arrancara de allí dejando su brazo de niño colgando de la puerta entreabierta.
Es el suyo un grito breve y ronco, como emergido directamente desde el vientre o desde el nacimiento del brazo.
Uno de esos gritos casi sordos que nacen y casi mueren en las tripas y que hacen que se detenga en las venas la sangre del que escucha.
Por desgracia nadie en la escalera ha alcanzado a oír a Daniel.
Al hombre de los dientes distanciados y el aliento nauseabundo parece no importarle que grite.
No vuelve a hablar ni a encararse con el niño.
Tampoco busca el interruptor de la luz. Se limita a taparle la boca con una de sus manos y a empujarlo con la otra escaleras arriba.
Conoce el camino y toda prevención es poca.
Daniel no puede volver a gritar, apenas consigue atrapar algo de aire a través de sus labios entreabiertos. Algo de aire, unas bocanadas que puede arrancar de entre los dedos del hombre. Dedos que, como una empalizada, sellan su boca, aprietan sus labios y le hacen daño.
No comprende nada.
Intenta no subir, algo en su mente singular le indica que no debe hacerlo. No es su casa, tampoco la escuela ni la consulta del pediatra. No es un niño intuitivo, sin embargo, sabe que no debe seguir al desconocido que tira de él y le hace daño.
Se agarra a cualquier cosa, a lo primero que puede tocar estirando el brazo.
Araña la pared en su intento por oponerse a avanzar.
Siente la humedad en las yemas de los dedos, como si el yeso abombado escondiese cierta forma aterradora de vida.
Trozos de pared se desprenden bajo sus uñas y caen a su paso sobre los escalones.
Nunca antes ha estado en un lugar así en el que la pared cae cuando la tocas.
Quizás el suelo también se desplome bajo sus pies.
Todo en la escalera huele mal. A humedad, a comida, a mal aliento.
TEDESCO
Una puerta enorme impide la entrada al edificio por el que desaparecieron el hombre y el niño pocos minutos antes. Es una puerta de las de antes, de las que se abren apoyando la totalidad del cuerpo sobre la filigrana de barrotes retorcidos que protegen el cristal, de las que pesan como una losa.
Desde la calle, el policía apenas distingue nada en el zaguán a oscuras, pero advierte sin esfuerzo la decrepitud y la falta de mantenimiento.