Jueves #15
—Tú dirás, Díaz, tú dirás —lo anima sin disimular ya la impaciencia, mientras sus pasos se aceleran y trota cuesta abajo durante unos metros en una carrera contra el tiempo, contra su tiempo de vida.
—Ha dicho que el niño no parecía conocer al hombre y que este lo agarró del brazo, que tiraba de él y que el niño se resistía. El hombre lo llamaba «hijo», pero la mujer insiste en que el niño no parecía conocerlo.
—Voy para allá.
—De acuerdo.
—¿Cuánto hace que ha llamado la mujer? —pregunta jadeando y a punto de ser atropellado por una bicicleta, cuyo ocupante desconoce el uso del avisador.
Díaz acierta a concretar:
—Acaba de colgar. He informado al inspector Segura y le he llamado a usted.
—De acuerdo. Díaz, vuelve a llamar a la mujer y pregúntale si ha visto algo más, si sigue allí, si se ha ido, si el niño se ha movido… Todo lo que puedas. Y dile que no lo pierda de vista.
—Sí, señor —responde justo antes de comprobar que el inspector ha cortado la comunicación.
Díaz no ha podido añadir que acaba de llegar a comisaría el padre de Daniel y que exige ser informado de cuanto se está haciendo para encontrar a su hijo.
El agente le ha dicho cuatro cosas, lo poco que en justicia puede decirle.
No puede admitir que acaban de ver al niño, no sin la autorización del inspector Segura.
Tampoco ha podido explicarle a Tedesco, porque lo ignora, que Antonio Marín ha salido de casa para dejar atrás a Lucía, a su Lucía.
Para no reconocer en sus ojos la inmensidad de su dolor, para evitar verla vencida y rota.
Rezando sin saber cómo ni a quién. No es mujer de rezos.
No lo ha sido nunca. Tampoco Antonio. Lucía implora un milagro: la materialización del hijo desaparecido entre sus brazos vacíos.
Y mientras se afana cuesta abajo, Mauricio Tedesco llama a Cuesta y le ordena que se dirija a la boca de metro y que contacte con Lidia y con Iván.
—Que vayan a la parada cagando leches. ¿Me oyes? ¡Cagando leches! —articula entre estertores.
No hay tiempo para nada.
Llevándose una mano a la altura del corazón y respirando trabajosamente por el esfuerzo, el inspector continúa al trote. Le pesan los años, los kilos y la incertidumbre, sobre todo la incertidumbre.
Está cada vez más cerca del Paral·lel. Recuerda una boca de metro justo al otro lado. Deberá esperar al semáforo, cruzar los muchos carriles y…
Tedesco no descarta la hipótesis de que el hombre que intenta llevarse al niño sea Antonio Marín, el padre de Daniel.
Pero es difícil, muy difícil. No cree que la pareja se haya movido de casa.
Pero quizás un chico así, asustado, cansado…
Quién sabe, quizás no lo ha reconocido, quizás esperaba a su madre y al ver a Antonio se ha sentido…
El policía solo sabe de Daniel lo poco que Mila Beltrán le ha explicado. Lo ignora casi todo. Quizás sea cuestión de pocos minutos encontrar al niño o perderle irremediablemente la pista, por ese motivo sigue corriendo mientras con el índice intenta retener las gafas en lo alto de la nariz.
Cuesta, al volante del coche policial, enfila ya la avenida del Paral·lel mientras Lidia, sofocada por la carrera, aparece en una de las esquinas.
Se dispone a cruzar. La agente vuela. Ha corrido montaña abajo esquivando a los paseantes como si le fuera la vida.
Es rápida como una bala. Nunca habla de ello, solo ella sabe que se pasó corriendo buena parte de la infancia y de la adolescencia.
Escapando, huyendo. También que una vez, años atrás, antes de entrar en la Academia de la Policía Autonómica, llegó demasiado tarde.
Iván ha apresurado el paso y asoma algo después. También una de las patrullas enviadas por Segura.
El semáforo acaba de cambiar al rojo cuando el veterano policía, asfixiado por la carrera cuesta abajo, pisa la gran avenida que arranca en el mar y muere en la plaza de Espanya.
Se siente y se sabe cada vez más viejo. A primera vista, decenas de personas caminan en ambos sentidos.
Con las manos en las rodillas, y las gafas de nuevo en precario equilibrio en la punta de la nariz, intenta recuperar la respiración. La riada de vehículos le impide cruzar.
Mientras espera a que cambie el semáforo, explora con la mirada entre la gente. El fragor de la circulación le aturde, le incomoda. Sacude la cabeza. Observa en ambas direcciones y localiza dos manzanas más allá, a su izquierda, la parada de metro de Poble-sec.
La luz verde le franquea el paso.
Una sola idea en la cabeza mientras cruza, una posibilidad entre cientos, la posibilidad de que Antonio Marín haya dado con su hijo, de que lo haya recuperado. De que sea él el que trata de conseguir que el niño camine. Pensar lo contrario le hiela la sangre.
El policía cruza el Paral·lel con la mano en las lumbares como si pretendiera evitar que se desprendan.
Alcanza boqueando la boca de metro. Comprueba que Diego Cuesta, al volante del coche policial sin distintivos, se ha detenido ya en el semáforo más próximo.
Mejor así, nunca se sabe si puede necesitar ayuda.
El agente lo ha saludado con un gesto al verlo pasar y estaciona en un vado.
El policía no ha dejado ni por un momento de buscar a Daniel con la mirada, pero ha sido en vano. No distingue ninguna camiseta verde sobre el cuerpo de un niño ni en las escaleras ni en las proximidades de la estación.
ROSA
Rosa Gilabert recibe una llamada de comisaría, es Bartolomé Díaz, el mismo agente parsimonioso que la atendió hace unos minutos. Díaz le indica que no pierda de vista al niño y le ruega que espere la llegada de la Policía, que no se vaya.
—No tardarán nada. Están llegando —añade Díaz, que espera de todo corazón que así sea.
La mujer obedece como puede, arrima el cesto al murete de la parada de metro y sigue durante unos metros al hombre y al niño, que dejan el Paral·lel para adentrarse en la calle del Marqués de Campo Sagrado. El sujeto, que ha dejado de gritar, tira del niño en dirección a la ronda de Sant Pau.
Avanzan despacio, Daniel se encarga de que así sea, sigue resistiéndose, intentando anclarse a la acera.
La mujer retrocede unos pasos y recupera el cesto que quedó unos segundos junto a la boca de metro. No quiere arriesgarse a que desaparezca. Cargada y casi sin aliento, camina con esfuerzo hasta la esquina del Paral·lel con Marqués de Campo Sagrado. Trata de no perderlos de vista. Intenta correr.
Solo son unos metros, pero Rosa no puede con su alma.
Deja de nuevo el cesto en el suelo incapaz de seguir tirando de él, y en la esquina levanta la cabeza justo a tiempo de ver desaparecer al hombre y al niño.
Mientras tanto, un hombre mayor, una chica y un mosso uniformado alcanzan la parada y comprueban con desaliento que el niño ha desaparecido.
—¡Joder! —exclama el hombre, que se inclina hasta apoyarse en las rodillas.
La chica peina una cola de caballo que danza en el aire mientras ella salta sobre las puntas de sus pies. Le ha faltado pista. Es Lidia Sampedro. Parece a punto de emprender una carrera. O de echar a volar.
TEDESCO
Cuando el inspector alcanza la parada de metro, no queda a la vista ningún niño con una camiseta verde. Saluda con un gesto a Lidia y a Diego y comprueba que Iván Cabrera espera que el semáforo cambie a verde para cruzar.
Tras recuperar el aliento, Tedesco se aleja unos pasos en todas las direcciones. Lo hace corriendo, frenético, a sabiendas de que el tiempo malgastado es una ocasión perdida. Saca fuerzas de donde apenas quedan.
El hombre que jaleaba interiormente al presunto padre de Daniel por su firmeza se ha retirado a su piso vacío, y junto al metro solo quedan los transeúntes, algunos pasajeros que abandonan la estación o la gente que se apresura en sentido contrario, en dirección a los andenes.
Busca el policía a la mujer cuyo aspecto desconoce, espera que haya obedecido sus instrucciones.
No sabe nada de ella, ni su nombre, ni su edad, ni su apariencia…
El policía saca atropelladamente su acreditación del bolsillo de la americana que a estas alturas del día, y con el sol ya muy alto, es un maldito estorbo, un trapo que de buena gana tiraría a la primera papelera que encontrase.
Enarbola el documento como el que mostraría a los cuatro vientos una bandera de paz.
—Soy policía, ¿es usted Rosa Gilabert? ¿Ha llamado usted a comisaría? —interpela sin resultado en un par de ocasiones.
Alejándose del metro en dirección al mar, se dirige a una mujer que, varada en la esquina del Paral·lel con Marqués de Campo Sagrado, custodia un cesto de la compra. Lidia lo sigue. Cuesta, al que el inspector ha ordenado que busque en la dirección opuesta, se aleja.
—Señora, ¿es usted Rosa Gilabert? ¿Ha llamado usted a…?
—¿Es usted policía? —inquiere la mujer.
—Soy el inspector Mauricio Tedesco. ¿Ha llamado usted a comisaría?
Rosa acompaña la respuesta del inspector con un profundo suspiro. El sudor le perla la frente y el generoso escote y la falta de aire entorpece sus palabras.
Tampoco al policía le sobra el aliento. Hacerse viejo es un suplicio.
Siempre le irritó aquel anuncio en el que se afirmaba sin rubor que jubilación viene de júbilo.
No quiere jubilarse, pero, sobre todo, no quiere, no sabe envejecer.
Quizás sea demasiado tarde para aprender.
Los policías no deberían envejecer , ha repetido Romeu, el buen amigo, el único, en alguna ocasión.
Le duele la espalda como si acabaran de hincarle un cuchillo a la altura de los riñones e involuntariamente se inclina hacia adelante para no contrariar a sus vértebras lumbares que parecen preferir dicha posición.
Por si fuera poco, siente el estómago completamente desbaratado por la ansiedad.
—Sí, he sido yo. Yo les he llamado. Soy Rosa Gilabert, y no sé si es el chico que están…