Jueves #14
A nadie en las proximidades parece extrañarle. Solo un par de personas se giran y una de ellas hace una mueca de desagrado a la vista del niño díscolo que se niega a obedecer a su padre.
El hombre continúa tirando de él en dirección a la calle y no deja de hablar como si le reprendiera.
Los dedos del desconocido se clavan en su antebrazo.
Daniel resiste, se niega a avanzar y profiere un par de gritos de dolor.
Nada que sorprenda a los paseantes. Poco después chilla con toda claridad: «¡No, no quiero, no quiero!
». Es lo que acostumbra a hacer cuando se siente contrariado.
Grita y niega. Parece una rabieta, pero en esta ocasión es puro miedo.
Los paseantes no pueden saberlo. Parece el enfado irracional de un niño enfadado y probablemente demasiado consentido.
Eso es lo que piensa el hombre que, arrimado a la fachada del edificio próximo, asiente mientras contempla la escena y piensa para sus adentros que no hay nada como una bofetada a tiempo.
A su juicio, el chaval la pide a gritos.
Un sopapo de los que no se olvidan para fijar en la memoria las buenas costumbres.
Lucía habría reconocido el terror en la mueca del chico, y en su grito una llamada de auxilio.
Pero Lucía no está, ni Mila, ni Antonio, su padre, el de siempre, no ese hombre que lo llama «hijo» y que ahora le hace daño en la muñeca.
Tampoco está la abuela Dora, ni el abuelo Fermín, ni la abuela Ángela…
Solo el extraño que tira de él, le grita y lo obliga a andar.
Nadie se ha sorprendido cuando el hombre le ha reprendido nuevamente en voz alta llamándolo «hijo».
—Víctor, hijo, te he dicho mil veces que no te separes de mí. Un día de estos vamos a tener un disgusto. ¿Qué hago yo cuando te pierdas? ¡Eh? ¿Qué hago? Más vale que llores tú.
A Daniel le pasa por la cabeza pedir ayuda a la mujer de las taquillas, la que parece vigilar la estación, la que da miedo.
Alertada por voces y gritos, la empleada de seguridad mira durante unos segundos hacia la calle sin mostrar interés mientras Daniel trata de no abandonar el último escalón.
Intenta agarrarse de nuevo a la barandilla de metal y se resiste a pisar la acera. No puede hacer otra cosa.
El hombre sigue tirando de él y lo empuja. Daniel entiende que la mujer no hará nada, que no acudirá en su ayuda, y se limita a intentar no moverse, a oponer toda la resistencia de la que es capaz, a aferrarse a la barandilla de metal intentando no moverse.
Le han dicho mil veces, más de mil veces se lo han repetido, que no debe hacer caso a los extraños.
Nunca, en ninguna circunstancia. Y, desde luego, el hombre escuálido que lo sujeta ahora por los hombros para hacerlo avanzar, el hombre que sisea amenazadoramente y que insiste en llamarlo «hijo», es un extraño. Por eso se niega a seguirlo.
Aventura un par de patadas al aire que no alcanzan la espinilla del desconocido.
Airado, el sujeto acerca su boca al oído de Daniel y profiere una amenaza que el niño no llega a entender.
El aire que se desliza entre los dientes separados del hombre le alcanza el cuello y Daniel se estremece.
Siente miedo y asco del hombre que le pone las manos encima y lo ensucia con su aliento que huele a vino barato.
Daniel advierte algo raro en sus ojos. El hombre bizquea levemente, tiene los dientes muy sucios, distantes unos de otros y amarillentos por el tabaco y la falta de higiene.
Sobre el labio, un bigote fino que fue oscuro y que también amarillea.
No es corpulento, ni demasiado alto, pero Daniel juraría que la fuerza de sus manos es la de un gigante.
Viste una camiseta gris con un dibujo en blanco y negro que el niño no descifra, pantalones tejanos y unos zapatos negros y muy gastados.
Su apariencia general es de cierto desaliño, y su voz, atiplada para la ocasión, la de un mal comediante.
Tan cerca está cuando insiste en llamarlo «hijo» que Daniel ha cerrado los ojos de pura repugnancia y ha intentado no respirar. El desconocido acaba por inmovilizarlo momentáneamente empujándolo contra el suelo.
Desde luego no es su padre. Su padre es alto, generalmente le sonríe, aunque no siempre, y va muy limpio, con una camisa blanca a más no poder y unos pantalones negros impecables. Tampoco su boca huele agria como la del hombre cuyos dedos sobre el hombro le hacen cada vez más daño.
—Vas a venir a casa por las buenas o por las malas. No te puedes quedar aquí, Víctor, podría pasarte cualquier cosa —afirma el hombre en cuya casa Daniel no ha estado en toda su vida—. Con los hijos no gana uno para disgustos —añade el individuo, mirando al tendido.
Consigue así el asentimiento de un par de paseantes y del hombre que contemplaba la escena y que le dirige un movimiento de cabeza de complicidad.
—No tienes edad de andar solo. No tienes edad, te lo he dicho mil veces. Y no me levantes la voz o te rompo la cara. ¿Me oyes? —El tirón que sigue a sus palabras es brutal.
Daniel sigue negando y en voz muy baja ha empezado a pronunciar su nombre: «Daniel Marín Torres», «Daniel Marín Torres», «Daniel…». Es como un salmo. Repite su nombre, no puede hacer otra cosa, pero la voz apenas despega de sus labios. Como cuando canta.
ROSA
Una mujer renqueante acarrea como puede un cesto enorme y los muchos kilos que el tiempo y una dieta delirante han acumulado sobre sus huesos. Está muy cerca del chico cuyo nombre no alcanza a entender, a su espalda, y se ha detenido para recuperar fuerzas.
Sudorosa, y casi asfixiada por el esfuerzo, observa al hombre que, quieras o no, pretende arrastrar al niño en dirección a la ronda de Sant Pau.
Nadie más parece reparar en él. Un padre que tira de su hijo no es una escena especialmente rara, pero la mujer cae en la cuenta de que el niño lleva una camiseta verde, verde hierba para ser exactos.
Y si no recuerda mal, y sabe que no lo hace, el agente que le salió al paso cuando bajó la basura al contenedor la noche anterior le habló de un niño de unos siete u ocho años con una camiseta verde. Un niño desaparecido.
La mujer tiene el cutis terso de los que andan sobrados de kilos y los ojos pequeños y muy negros, como los de un ave.
Todo en su cara es pequeño: los ojos, los labios, la nariz diminuta que apenas sobresale del plano facial, las cejas…
Los brazos y las piernas son cortos, los pies también demasiado pequeños, y los pechos abundantes.
Salta a la vista que el tiempo le ha birlado la agilidad, la gracia y la cintura.
Esta última se diría que ha dejado de existir.
Sin embargo, le ha permitido conservar íntegra la memoria y unas neuronas que responden a la perfección, como lo hicieron décadas atrás, cuando era mucho más joven, pesaba treinta kilos menos, criaba a sus dos hijos, trabajaba ocho horas diarias en una oficina y organizaba a conciencia una casa de la que el marido acabó por desertar.
Está completamente segura de que el niño que buscan los Mossos viste una camiseta verde.
Ha podido escuchar a Daniel que repetía a gritos: «No quiero, no quiero». Ha visto cómo el hombre tiraba de él y lo amenazaba y cómo el niño dejaba de gritar y parecía limitarse a mover los labios. Ha advertido que el niño no dejaba en ningún momento de oponer sus escasas fuerzas a las del hombre.
Ni Daniel ni el desconocido han podido ver a la mujer que, varada sobre la acera, con el cesto junto a sus piernas y el aliento escaso, no ha perdido detalle.
La misma mujer que ha sacado el móvil del cesto y ha marcado el 112, la misma que, poco después, ha conseguido hablar con la comisaría de Nou de la Rambla, la más cercana.
La mujer que ha creído que bien podría tratarse del mismo niño, el que desapareció la tarde anterior.
Acabada la conversación con Bartolomé Díaz, la mujer observa cómo se alejan el hombre y el niño asustado.
El desconocido no deja de tirar ni de dirigirse a él en voz alta llamándolo «Víctor», tampoco el niño deja de resistirse y trata en vano de anclarse a la acera.
Daniel se ve obligado a avanzar casi en volandas.
Rosa Gilabert no sabe qué pensar, quizás se equivoque, pero recuerda que no era ese el nombre del chico que desapareció. Sabe que no se llamaba Víctor, está completamente segura. Lo recordaría, así se llama uno de sus hijos al que espera dentro de un par de horas para comer.
TEDESCO
El zumbido del teléfono móvil que lleva ahora en el bolsillo delantero del pantalón, seguido de un timbre escandaloso e in crescendo , le sobresalta como casi siempre, como si llevara un barreno cosido a la ingle.
No consigue acostumbrarse.
El policía se detiene justo antes de cruzar una esquina. La llamada es de la comisaría.
—¿Inspector? Soy Díaz, Bartolomé Díaz.
—¿Alguna novedad?
—Bueno, no sé, quizás… Ha llamado una mujer. Ayer un agente le enseñó la foto del niño y cree haberlo visto, pero no sé… Quizás se confunda, es…
—Al grano, Díaz, ¿dónde lo ha visto?
Levemente desconcertado al ser interrumpido, y extremadamente lento en sus reacciones, como siempre, Díaz intenta abreviar.
—Bien, ha dicho que…
—¿Dónde, Díaz? ¿Dónde y cuándo lo ha visto? —insiste el inspector con impaciencia y casi sin aliento.
Ha decidido retomar la marcha y acaba de cruzar la calle con una carrera corta, pero carrera al fin y al cabo.
—En las escaleras de la estación de metro del Poble-sec. Dice que parecía medio dormido y que un hombre se ha acercado e intentaba despertarlo y llevárselo. Por eso ha decidido llamar.
El policía recuerda la estación, muy cerca de donde se encuentra, en la avenida del Paral·lel, justo delante de la plaza dels Ocellets, pocas calles más abajo. Si echa a correr estará allí en unos minutos, muy pocos.
Echar a correr… Se dice pronto.
—¿Cómo se llama la mujer?
—Rosa, Rosa Gilabert.
—¿Algo más?
—Bueno, sí…