El miedo en el cuerpo (Mauricio Tedesco 2) Jueves #13
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Jueves #13

Sus párpados siempre han estado allí, frente a sus ojos.

En su otra vida, en la vida antes de ayer y de hoy, en la vida en la que todavía estaban Lucía, Mila y Antonio Marín, su padre, Daniel habría cerrado los ojos para jugar, para distraerse en la contemplación de una oscuridad que no lo es.

Por eso deja caer los párpados y se concentra en detectar las luces.

¿De qué otra manera podría recuperar su vida anterior?

Solo un observador atento advertiría que abre y cierra los labios como si hablase con un interlocutor invisible y que se mueve ligeramente adelante y atrás, como si se acunara.

Intenta no dormir. Lo intenta a pesar de haber cerrado los ojos, de estar rendido, de que no le queden fuerzas.

Por eso, y porque es otra rutina más que lo acerca a su vida anterior, Daniel canta en voz muy baja.

Te quiero más que a mis ojos,

te quiero más que a mi vida,

más que al aire que respiro

y más que a la madre mía.

No es verdad.

No hay nada ni nadie en el mundo que Daniel quiera más que a Lucía.

Solo es una canción.

Una vieja y estúpida canción de amor y de dolor.

TEDESCO

El policía ha ordenado a Cuesta que lo espere en la confluencia de Blasco de Garay con el Paral·lel. Lo ha hecho casi a gritos, como si pretendiera reactivar al agente contagiándole su propia urgencia.

—Yo bajo por Blasco de Garay, Lidia e Iván están a punto de llegar.

Llama a Segura, que sus hombres cubran las calles que atraviesan, que paren en cada cruce, que pregunten, que enseñen la foto de Daniel.

Y dile que envíe agentes de nuevo al Raval, a la parte cercana al Paral·lel, por si el chico sigue corriendo.

¡Ah! Y guárdala. Que no se pierda. —Sabe que Daniel se alegrará de recuperar su pelota, si es que logran encontrarlo.

Como Cuesta no da muestras de entender, el inspector señala la pelota roja y negra que el agente sostiene todavía bajo el brazo. Quizás tenga ocasión de devolvérsela.

—Tú me esperas en el Paral·lel. ¿Me has oído? Estaciona donde puedas y no te muevas de allí.

Cuesta asiente y se dirige al vehículo policial.

Un coche no serigrafiado con Lidia Sampedro al volante estaciona justo detrás. El agente traslada a sus compañeros las instrucciones del inspector, que se dispone ya a echar a andar montaña abajo.

La intención de Tedesco es llegar atravesando las mismas calles que Daniel ha cruzado, si como es previsible ha caminado en línea recta, sin desviarse. Confía en el criterio de la maestra, sabe de qué habla, conoce a Daniel y, por si eso fuera poco, las alternativas no existen.

En la esquina, Arcadio Anglada, con sus zapatillas de cuadros y su gorra de los Lakers, esperaba una satisfacción, cuatro palabras de agradecimiento, alguna aclaración… Quizás incluso ver cómo el policía esposaba a Soledad y se la llevaba a comisaría. Eso estaría bien. Mejor que bien.

El subinspector se ha limitado a saludarlo al pasar con un movimiento de cabeza de mero reconocimiento.

No hay tiempo. Alguna cosa a la que no sabría poner nombre, quizás su instinto de policía veterano, quizás una premonición, un octavo o un noveno sentido, le dice que no hay tiempo, que los segundos cuentan.

Tampoco tiene ganas, ni experimenta necesidad alguna de detenerse. Y no lo hace.

Anglada, afianzado en su bastón, la gorra amarilla calada y un puro agonizante en los labios, sigue al policía con la mirada hasta que lo pierde de vista montaña abajo. Todos son iguales. Van a lo suyo, piensa, y escupe su decepción sobre la acera.

A buen paso, el policía ha puesto proa al Paral·lel y se ha alejado del pasaje de Serrahima mientras Diego Cuesta arranca. Encajar sin consecuencias el vehículo policial entre dos árboles le ha costado maniobrar en todos los sentidos. Retirarlo no ha sido mucho más fácil.

Lidia e Iván se dirigen cada uno a una de las calles paralelas a Blasco de Garay.

Iván procede lentamente mientras archiva en una carpeta mental con la etiqueta «Daniel Marín» todo lo que Cuesta les ha explicado en pocos segundos. Para Iván Cabrera acumular y ordenar información es una forma de vida.

Lidia casi echa a correr. Anverso y reverso. La cara y la cruz.

El inspector apenas ha atravesado un par de calles a buen paso y ya resopla por el calor en aumento.

No está en forma, es evidente, hace años que dejó de hacer ejercicio y que solo se limita a dar largos paseos ciudad a través sin conseguir por ello distraer el pensamiento.

Se detiene, se quita la americana y se la cuelga del brazo derecho como un ejecutivo fuera de contexto.

Entorna los ojos al caminar para enfocar mejor y con los dedos se aparta el cabello de la frente.

Busca con la mirada una camiseta verde en el cuerpo de un niño, un niño que sigue vivo y perdido, un niño autista.

Sigue vivo, es lo que importa. Más pronto o más tarde dará con él, lo localizará, es probable que se encuentre cerca, quizás en una de las travesías.

Cerca, pronto, en el momento menos pensado…

Quizás al salvar una esquina o cruzar una calle.

Lo importante es que no parece un secuestro, ni un delito perpetrado contra un menor. Lo importante es…

En un balcón diminuto, un anciano encarado al sol junto a una bombona de butano ojea un diario de formato pequeño, un diario gratuito. Quizás lo haya visto, quizás haya reparado en la presencia del niño sobre la acera. Pero el policía no se detiene. No puede hacerlo.

El tiempo cuenta, lo sabe y sigue a grandes pasos calle abajo con el corazón alterado por el esfuerzo y el apremio.

Tampoco pregunta a la dependienta de la mercería oscura y desierta que exhibe el letrero «Liquidación por cierre» y que, a falta de clientela a la que atender, fuma su cuarto cigarro del día apoyada en el escaparate.

Tiene el gesto indolente del que espera muy poco de la vida, aunque no sea cierto, aunque lo espere todo.

Como todo el mundo. Se ha pintado las uñas de un rojo muy vivo que al inspector le recuerda la pelota de Daniel.

Algo más lejos, en el umbral de un comercio, un hombre de tez oscura y dientes blanquísimos no le quita ojo.

Le gustan sus uñas pintadas y su cabello rubio.

Le gusta la mujer, toda ella, sus curvas, sus movimientos perezosos, su forma de sostener el cigarrillo entre el índice y el corazón y sus labios entreabiertos en torno al filtro.

Sobre todo sus labios, que dejan rastros de carmín en el pitillo, como sucede tan a menudo en las películas que le encandilan.

A pocos metros, varias mujeres tiran de sus carritos de compra montaña arriba o trasiegan cestos cargados.

Una de ellas, muy mayor y vencida sobre sí misma por la deformidad de sus huesos, reniega cuando se cruza con el policía que camina deprisa en sentido contrario.

Lo acusa de ocupar la acera entera, de abusar de su tamaño, de mil cosas a las que el inspector no puede atender.

Tedesco, sofocado por el esfuerzo, calla cuando el carrito pasa sobre su pie izquierdo. No hay tiempo para nada, ni para disculparse, defenderse o responder a una queja.

No hay críos en las calles, como si no existieran.

Están en la escuela. Tampoco hay camisetas verdes ni deportivas blancas; solo calles estrechas, redes protectoras que abrazan los balcones, portales en los que la oscuridad maquilla la decrepitud, bodegas en quiebra, bazares chinos, supermercados paquistaníes, alguna boutique que conoció mejores tiempos y ropa tendida al sol bailando en los alambres.

Y calor, el calor de una primavera que despunta y parece ya verano.

Puto cambio climático, piensa el policía mientras retira el sudor de su frente con el puño de la camisa e insiste en remontar las gafas nariz arriba.

Se ha detenido en una esquina para recuperar el resuello. Con los ojos medio entornados explora cada bocacalle, cada umbral.

Todo en vano.

El niño parece haberse esfumado. Quizás sigue corriendo tras deshacerse del viejo de la gorra amarilla.

DANIEL

Un hombre tira de su brazo y le hace daño.

Insiste en llamarlo «hijo», pero Daniel no lo ha visto nunca, nunca en toda su vida.

Tampoco lo ha visto acercarse. El hombre se ha aproximado por la espalda y cuando el niño se ha dado cuenta el desconocido ya había agarrado su brazo y le hablaba como si lo conociera.

Daniel no quiere que lo toque, ni que se dirija a él, no soporta el contacto de las personas a las que no conoce, por eso se resiste.

No es su padre.

De repente, y de un tirón, el desconocido lo fuerza a separarse del escalón en el que se sentaba. Arranca sus manos de la barandilla y lo obliga a ponerse en pie mientras le repite que hace mucho rato que lo busca.

—¡Qué susto me has dado, hijo! No vuelvas a hacerlo. ¿Me oyes? No vuelvas a hacerlo nunca —le grita, mientras lo sacude agarrándolo por un hombro como si pretendiera despertarlo.

Advierte un leve siseo que a Daniel le recuerda al ruido que hace Kaa, la malintencionada serpiente de El libro de la selva , y que se escurre entre sus dientes.

—Ven conmigo y no vuelvas a separarte, ¿me oyes? —El hombre le habla al oído y casi grita—. Y mejor que no chilles —añade bajando la voz—. Si lo haces, me las pagarás.

Daniel, muerto de miedo, baja la mirada y sigue canturreando. No puede hacer otra cosa. Tiembla. No se mueve.

Los dedos del extraño aferrando su brazo y tirando de él le hacen daño, tanto daño que siente ganas de gritar de dolor.

Y lo hace. Grita. El espanto y el dolor arrancan gritos y Daniel chilla, aunque sabe que no debe hacerlo.

Lucía se lo ha repetido muchas veces, no debe ponerse a gritar por cualquier cosa, las cosas se piden por favor y sin elevar la voz.

Basta ya de gritos y de pataletas, que no eres un niño pequeño , le ha repetido mil veces su padre. Antonio, el de verdad.

Pero Daniel no ha podido evitarlo. Grita, deja de repetir los versos de la copla, y repite mientras sacude la cabeza:

—No, no, no.