Jueves #12
—¿Un niño? Yo no tengo hijos, no conozco a ningún niño. No pienso responder nada. No tengo nada que…
—Yo sí tengo —la ataja el policía con la voz grave y autoritaria que emplea en parecidas ocasiones.
No quiere perder más tiempo del necesario.
—Tengo un testigo que declara que ha intentado retener a un niño que andaba por aquí, allí, junto a la casa de enfrente.
Un niño no muy grande con una camiseta verde y una pelota.
Esa pelota —añade señalando a Diego Cuesta, que se aleja en dirección al coche policial que acaba de estacionar a pocos metros.
El agente sostiene la pelota bajo el brazo derecho.
—¡Ese niño!
La mujer se da una palmada en el muslo y abre la puerta para permitirle pasar mientras se sujeta la bata a la altura del escote en un gesto de recato.
—Bien poco le voy a poder decir, pero si usted se empeña…
Nada en la casa, casi completamente a oscuras, permite deducir cuál es la ocupación de su dueña.
El pasillo es estrecho y lóbrego y las paredes fueron cubiertas muchos años atrás por un papel pintado que brilla de desgaste.
Nada en el diminuto salón ocupado en parte por una mesa central con un tapete en diagonal, una vitrina con su juego de café y su cristalería, y una cómoda repleta de retratos, permite adivinar que Soledad Belmonte se gana la vida vendiendo unos encantos que van inexorablemente a menos.
Su morada se parece a muchas otras que el tiempo ha maltratado y a las que no ha traído reformas profundas ni cambios perceptibles.
El policía ha visto muchas estancias parecidas propiedad de funcionarios en activo, de pensionistas o de viudas que languidecen en soledad.
La mujer le indica que puede sentarse junto a la mesa.
Ella toma asiento frente a él como durante un interrogatorio.
Cruza las piernas y al hacerlo se le abre la bata que Soledad vuelve a cerrar de inmediato asegurándola con el cinturón como si la desnudez la avergonzara.
Probablemente así es, piensa el policía, que aparta la vista como si las piernas de la mujer pudieran abrasarlo.
—Perdón.
Y es que todo necesita un contexto. También la seducción. Y no está el horno para bollos. Soledad lo sabe, el inspector también. Por eso al policía no le extrañan ni su gesto de pudor ni su arrebato de decoro.
—Si quiere un café, puedo…
—No, gracias —niega el policía. Su concentración de cafeína en sangre sobrepasa ampliamente la aconsejable—. Solo será un momento. Estamos buscando al chico, ha desaparecido.
Hubiera preferido permanecer de pie para evitar el doloroso e inevitable crujir de sus lumbares, pero sabe que sentarse favorece que fluya la conversación, sobre todo si el partido pinta difícil y se juega en campo ajeno.
Sin moverse de la silla, la mujer se gira y saca unas gafas de uno de los cajones de la cómoda que tiene a su espalda.
Cuando mira de nuevo al policía parece verlo por primera vez.
—Lo que quiere es que le hable de ese crío, ¿verdad?
Tedesco asiente y Soledad, con cierto aire de fastidio, le tiende un paquete de cigarrillos que el policía no acepta.
Y no por falta de ganas. La mujer enciende un pitillo y se limita a dejarlo arder sujeto entre el índice y el corazón.
Es el suyo un ademán estudiado. Quizás ni tan siquiera le guste fumar.
—Verá, es la primera vez que lo veo, yo diría que no es del barrio.
Hace años que vivo aquí, esta es la casa de mis padres, no me he movido de aquí en toda mi vida, y le aseguro que ese niño no vive en esta calle.
Ni él ni su familia. Además, aquí, en el pasaje, somos cuatro gatos y nos tenemos muy vistos. No hay secretos.
—Nuestro testigo dijo que la vio sujetando al crío, como si quisiera…
—¿Como si quisiera qué? —inquiere con gesto agrio—. ¿Tirármelo? ¿Comérmelo? ¿Beberme su sangre? ¿Descuartizarlo? El mundo está lleno de capullos que se pierden por meterse en la vida de los demás.
Nadia —así se hace llamar—, más Soledad Belmonte que nunca, aplasta indignada el cigarrillo.
—¡Cuánto capullo suelto!
Tedesco, que sin problemas podría coincidir en la apreciación de la mujer respecto a la proliferación de capullos, calla y aguarda. Está perdiendo la paciencia.
—Mire, yo al crío no lo conozco de nada ni tengo la menor intención de…
—se interrumpe, no piensa seguir la escabrosa deriva que le viene a la cabeza—.
Si me acerqué a él, si intenté que entrara en mi casa, fue porque acababa de ver cómo se bebía la leche que la vecina de enfrente saca cada mañana en un plato para los gatos.
Ella es así, vive por y para los gatos…, bueno, para todo bicho viviente, esa es la verdad.
Si la viera… En su casa entra media ciudad, y muchos hacen noche.
Si un día no tiene donde dormir… ya lo sabe.
Bueno, pero ese no es el asunto, ¿verdad?
Si ella quiere hacer de su capa un sayo…
El policía asiente.
—El caso es que cuando me acercaba a casa vi cómo se llevaba a la boca el plato con la leche y el pan, ¡el plato de los gatos! Se lo tomaba en un suspiro y volvía a dejarlo sobre la acera. Pensé que el chiquillo tendría hambre, que podría darle unas galletas, prepararle algo de comer…
Se interrumpe durante unos instantes, como si pensara en la mejor manera de proseguir.
—Tan pequeño y solo… Me pareció una criatura no muy grande, ocho, quizás nueve años… Y, la verdad, no tengo cuajo para mirar hacia otro lado. A mí los gatos… Como comprenderá, a mí los gatos, me la traen floja. Yo por un gato ni… Pero un niño es otra cosa. Y ese crío tenía hambre.
A Tedesco no le cabe la menor duda de que la mujer dice la verdad. Ha visto el plato vacío muy cerca de la pelota roja y negra. No abre la boca, sabe que si permanece callado la mujer seguirá hablando, le parece una de esas personas que soportan mal los silencios. Y no se equivoca.
—Creo que no me oyó, quizás tenga algún problema, no sé… El caso es que no abrió la boca, se quedó tieso como un palo y no dijo nada. Eso sí, hacía cara de susto, pero le puedo asegurar que yo no tenía intención de… Pensé darle de comer y llamar a alguien. A una asistenta social, al ayuntamiento…
Nunca a una comisaría de Policía. Soledad Belmonte no lo dice, pero a la vista está que es lo que piensa.
—La creo, no se preocupe. Hizo usted lo que pudo.
Es un chico que se perdió hace unas horas, un chico autista.
Por eso no le dijo nada ni le pidió ayuda, ni le contestó.
Es difícil saber cómo reaccionará una criatura así, y más si está asustado —explica Tedesco, mientras se levanta con cierta dificultad y se lleva una mano a la altura de los riñones para reforzar sus malditas vértebras.
De uno de los bolsillos interiores saca una tarjeta con su nombre, su cargo y el teléfono de la comisaría.
—Lo que puedo asegurarle es que no pensaba secuestrarlo.
—Lo sé, no se preocupe. Por favor, si vuelve a verlo por aquí, llámeme, pregunte por el inspector Tedesco, Mauricio Tedesco. Sus padres están desesperados.
La mujer estudia la tarjeta con cierto aire de desconfianza.
Prostitutas y policías no tienen por costumbre colaborar sin que medien intereses mutuos, amenazas o coacción.
A Soledad Belmonte el inspector no le parece una mala persona, pero Nadia, su alter ego, no quiere líos con polis. No le gustan, solo traen problemas.
—No se preocupe, no tendrá que pasar por comisaría, si puede llamarme al móvil…, quedará entre usted y yo.
—Está bien.
—Gracias por su colaboración —se despide, tendiéndole la mano.
Durante unos instantes, Soledad no sabe qué es lo que el policía pretende.
Una prostituta estrechando la mano de un policía no es lo más normal del mundo.
Ella no lo ha hecho nunca antes. Acaba por encajar su mano justo antes de cerrar la puerta con un suspiro de alivio y perderse en un pasillo oscuro de desvaídas flores imposibles.
DANIEL
Daniel no se ha acercado a las taquillas y ha acabado por sentarse en el arranque de las escaleras que desde la calle conducen hasta las máquinas expendedoras de billetes. Aguarda. Se ha situado más allá del perímetro que la mujer que grita abarca con la vista.
Sabe que Lucía nunca lo habría permitido, que el suelo está sucio, lleno de gérmenes, de microbios, de colillas… Le habría reprendido y le habría explicado con una paciencia sin fondo que uno no debe sentarse en el suelo, que no está bien, que puede enfermar.
Daniel lo recuerda, lo sabe, tampoco él soporta la suciedad, le incomoda.
Pero Lucía no está. Hace mucho tiempo que no está, tanto que ya no sabe si debe esperarla.
Horas y horas a solas, sin la mano de Lucía, sin su voz, sin su sonrisa.
Horas eternas sin su aliento. Hay cosas que están dejando de importarle.
Todavía siente en las piernas el rastro del orín que se le ha escapado minutos antes, cuando lo ha sujetado la mujer pintada como para una guerra.
Está cansado y tiene miedo. Acostumbrado a que todo esté pautado y a que los días se parezcan mucho los unos a los otros, Daniel se siente confundido, desorientado y, a su manera, triste. Profundamente triste.
Apoya la cabeza en la pared por debajo de la barandilla y cierra los ojos de puro cansancio.
Contempla el interior de sus párpados, observa esa oscuridad salpicada de lucecitas como estrellas que centellean, se agrandan, menguan y desaparecen.
Una oscuridad familiar que lo tranquiliza.
Durante el día cierra los ojos a menudo para comprobar que las estrellas siguen ahí.
Esa ausencia de luz, esa oscuridad animada, le resulta familiar, mucho más tranquilizadora que el lugar en el que se encuentra, que la gente que entra, sale y mira, que la mujer que se pasea por el vestíbulo de la estación con los brazos en jarras.