El miedo en el cuerpo (Mauricio Tedesco 2) Jueves #11
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Jueves #11

Daniel ha continuado corriendo montaña abajo hasta que la calle se ha acabado, y con ella la pendiente.

Se ha encontrado de repente en una gran avenida, una gran vía que cruzó horas antes en sentido contrario y a otra altura.

No le resulta familiar. No la recuerda. Desde donde ahora se encuentra podría ver el mar, vislumbrar los mástiles a lo lejos e identificar, por sus dimensiones colosales, alguno de los cruceros atracados en el puerto.

No reconoce el Paral·lel, la que fuera gran avenida de los teatros y de las varietés. No puede.

En las aceras es mucha la gente que remolonea, el sol en ascenso acompaña y la temperatura es agradable. En las terrazas, cada vez más concurridas, las cañas de cerveza sustituyen ya a los cafés de primera hora.

Daniel, con las manos en las rodillas, cansado y casi sin respiración, observa.

No conoce a nadie.

Mucho ruido, vehículos en ambos sentidos, nuevos rostros, otras fachadas, parecidos comercios, pero nada le resulta conocido. No recuerda haber visto antes nada de cuanto tiene ante los ojos.

Apoyado en una pared, tras haber dejado atrás a la mujer de la cara sucia y al hombre que pretendía hacerle daño con un bastón, recupera lentamente el aliento, pero no el valor.

Tiene mucho más miedo del que albergaba hace unas horas, cuando todavía esperaba ver aparecer a su madre en cualquier momento, cuando aguardaba la llegada de Lucía con los brazos abiertos y la sonrisa de siempre en sus labios pintados de rojo.

O de la otra Lucía, la de la frente arrugada en un gesto de cansancio, la espalda ligeramente encorvada y las ojeras azuladas de los días malos, los días en los que todo es fatiga y desesperanza.

No importa. Nada importa. Piensa en su madre, la necesita. Sin ella solo es un niño asustado.

Sabe, lo intuye a pesar de no ser una criatura intuitiva, que puede sentir todavía más miedo, y la sola anticipación del miedo por llegar lo paraliza.

Algo que no existe, pero que está ahí, sobre su pecho, le oprime y le impide respirar con normalidad.

Por eso, cuando pasados unos minutos el corazón de Daniel recupera su ritmo habitual, sigue respirando con cierto esfuerzo y se oprime el esternón con la palma de la mano.

No sabe qué hacer para olvidar el hambre.

ARCADIO

Arcadio Anglada espera ya en la embocadura del pasaje de Serrahima cuando Tedesco y Cuesta se apean del vehículo policial.

El inspector le alarga la mano. El hombre se descubre durante unos instantes en un gesto de respeto dejando a la vista una pelambrera larga, amarillenta y enfermiza que recuerda a la de un coco.

Se diría que en lugar de encontrarse ante un inspector de Policía se halla en presencia de un almirante de la Armada.

En una mano sujeta el bastón metálico y en la otra un puro que acaba de prender.

En pocas palabras le explica lo que ha visto e insiste en que la mujer no podía tener buenas intenciones, no con ese aspecto.

—Puedo engañarme, señor, pero yo diría que es una fulana, una furcia. Quería hacerlo entrar en su casa. No quiero ni imaginar… Cuando la vea ya me dirá, se le va a caer el alma al suelo.

Tedesco aguarda algún otro dato, algo más útil, que no acaba de llegar. Ha visto muchas cosas, pero nunca su alma desplomada sobre un suelo de adoquines. Espera no tener ocasión.

—Ya sabe, por aquí viven algunas de las que trabajan en el Barrio Chino. Mala gente. Todas. Bueno, creo que ahora lo llaman el Raval, pero no deja de ser…

Tedesco asiente. El Barrio Chino, el de toda la vida, el epicentro del malvivir.

Así se refería su madre al barrio en el que las prostitutas hacían la calle, y rateros, macarras y estafadores tenían sus puntos de encuentro.

Tenía prohibido pisarlo. El Chino era el barrio del malvivir. Ambos lo saben.

—Si me indica… —sugiere Tedesco, que no espera más explicaciones y que prefiere comprobar las cosas por sí mismo.

—Claro, no hay problema. —Y el hombre echa a andar en dirección al extremo ciego del pasaje sin salida—. Si no ha dejado de correr, ese chico debe de andar ya en el Besòs.

La posibilidad de que Daniel, espoleado por el miedo, haya cruzado toda la ciudad, no contribuye especialmente a animar al policía, que se debate entre la conveniencia de hablar con la mujer que malvive o echar a correr por Blasco de Garay en dirección al Paral·lel.

Mientras camina, llama a Lidia y le da instrucciones.

Arcadio Anglada señala con el bastón una de las últimas casas, una de las que han envejecido peor.

Advierte que la fachada de principios del siglo pasado está llena de desconchados, incompletos los escalones de entrada y, en las persianas, cuarteadas por el sol y llenas de huecos, faltan algunas lamas.

Muy cerca de la casa, sobre la acera opuesta, la pelota roja y negra parece agradecer la caricia del sol.

Con un gesto, Tedesco le indica a Cuesta que la recoja. La examinarán.

—Y si llegan los de Nou de la Rambla, que peinen los alrededores de Blasco de Garay hasta el Paral·lel.

—Esa mujer vive ahí, en esa casa, la de las persianas verdes. La casa lo dice todo, ya lo ve. Cuando el niño ha escapado la he visto entrar por esa puerta. He anotado el número por si me fallaba la memoria, a veces se me van las cosas de la cabeza.

Tedesco es casi un par de décadas más joven, pero últimamente también apunta todo lo que puede.

Hace meses que echa en falta recuerdos recientes, propósitos que se olvidan poco después de haberlos concebido y que lo dejan confundido, casi asustado.

Nada que ver con su oficio, pero sí con sus intenciones inmediatas.

Ignasi Romeu, su amigo, un policía jubilado, insiste en que es algo completamente normal.

—Gracias por su colaboración, señor Anglada, el agente Cuesta le tomará los datos por si volvemos a necesitarlo —le indica el inspector en vista de que Arcadio Anglada no se retira y de que parece dispuesto a acompañarlo durante la visita a la mujer.

—A su disposición, comisario —se despide, e insinúa una sonrisa que descubre un par de dientes manchados por la nicotina acumulada.

Y de haber calzado zapatos, y no gastadas zapatillas de cuadros de las de andar por casa, el policía habría podido escuchar algo parecido a un golpe de tacón.

Decide que es mejor no sacar al hombre de su error.

No es comisario ni lo pretende. No lo ha deseado nunca.

Demasiado a menudo cree que le viene grande la etiqueta de «inspector».

DANIEL

Camina y cruza la avenida. No puede, no sabe estar quieto. Detenerse, ¿para qué? Estar quieto no le ha servido de nada.

Advierte el rótulo romboidal que anuncia la existencia de una estación de metro.

El símbolo le resulta conocido. No parece el mismo lugar al que se dirige cuando Lucía tira de su mano las tardes que no van al parque, cuando van de pruebas, pero no sabe qué otra cosa puede hacer.

Se acerca a las escaleras de la estación de metro del Poble-sec.

La presencia de una mujer con jersey granate, pantalones grises y las manos a la espalda junto a las máquinas que validan los billetes lo desconcierta. Se detiene justo cuando la ve.

La mujer, que se ha atado el cabello muy tirante en la nuca, tiene la piel cobriza y los ojos como botones negros.

El aire adusto y unas manos enormes que entrecruza sobre sus riñones al andar.

Viste como un hombre, a Daniel así se lo parece.

No pierde de vista el torno que permite el acceso al andén.

Tampoco sabe sonreír. Acaba de gritar a un par de chicos que intentaban pasar sin billete saltando por encima de las barras metálicas y dando por hecho que la vigilante de seguridad haría la vista gorda como hacen otros, como hacen tantos.

Han echado a correr en dirección a la calle mientras la mujer hacía un gesto con su mano alzada que a Daniel le ha recordado al viejo del bastón. Lo intentarán en otra estación.

—Será bruja —dice uno de ellos al pasar junto a Daniel.

—Será cabrona. Ni que el metro fuera suyo —añade su compañero, que escupe al alcanzar la acera.

Daniel no se acerca, no baja al andén. No se atreve. Se sienta en el primer escalón, casi en la calle. Esperará. Quizás mamá acabe por aparecer.

SOLEDAD

Tedesco pulsa el timbre, pero no consigue oír su sonido en el interior de la casa. Mientras valora la posibilidad de aporrear la puerta y esgrimir su condición de policía, advierte que una mujer grita con voz algo destemplada:

—Va… Ya va.

Instantes después, la propietaria entreabre la puerta, que roza en el suelo y hace un ruido como de mueble desplazado.

Se cubre con una bata que imita al raso de un azul eléctrico.

No lleva medias y se recoge el pelo con una especie de turbante elástico del mismo color azul.

Calza chinelas azules con una borla sobre el empeine y en su cara ajada no queda ni rastro de maquillaje.

Las arrugas de su labio superior la envejecen mucho más que sus ojos apagados o su cabello, que apunta blanco en las raíces.

La mujer lo mira de arriba abajo, pero no reconoce al hombre alto y corpulento de ojos de un gris azulado, gafas doradas y pasadas de moda y presencia grave, cuya silueta ocupa el umbral casi por completo. Evidenciando la molestia que le ocasiona su interrupción, inquiere:

—¿Qué es lo que quiere? Yo no he llamado a nadie ni pienso comprar nada. Así que…

Y a punto está de cerrarle la puerta en las narices cuando Tedesco interpone el pie para evitarlo y exhibe su acreditación. La mujer frunce los ojos para enfocar antes de alejarse para afinar la distancia. Se encoje de hombros. Se da por vencida. No se molesta en leer, quizás no puede.

—Soy inspector de Policía. Quiero hablar con usted.

—¿Qué es esto? ¿Qué es lo que quiere? No estoy molestando a nadie, estoy en mi casa y en mi casa…

—No, no es nada de eso. Tranquilícese. Es por lo que acaba de pasar con un niño. Necesito hacerle un par de preguntas.