Jueves #10
—¿Eres sordo? ¿No me oyes? Te estoy diciendo que me acompañes. ¿Quieres mirarme a la cara?
La mujer sigue sujetándolo como si quisiera apropiarse de su clavícula.
Daniel no la mira, tampoco responde, no emite señales de ningún tipo, nada que la mujer pueda descifrar.
Los dedos de Soledad hincados en su hombro le aterran como lo haría la garra de un oso sobre sus carnes.
Siente cómo la orina baja caliente piernas abajo hasta sus calcetines.
La repugnancia se suma al miedo. Tiembla.
La mujer tiene ahora los dedos bajo su barbilla y le levanta el rostro por la fuerza. Daniel se resiste.
Está cada vez más asustado. En su mundo, en el de todos los días, las mujeres no gritan, ni visten como si fueran de otro planeta, ni se pintan como piratas dispuestos al abordaje.
—Después llamaremos a tu casa, a quien haga falta. ¿Me oyes, chico? No te voy a clavar ningún puñal. Llamaremos a tus padres, a tus tíos, yo qué sé… Alguien encontraremos. Llamaremos a quien quieras, a la poli si es necesario, pero algo tendrás que decirme.
La mujer tira de él en dirección a una de las casas cercanas, una de las que está casi enfrente de la de la mujer del sari y la gata color de humo.
ARCADIO
En la esquina del callejón, un hombre muy mayor, bajo y algo encorvado, que se apoya en un bastón de metal y se cubre con una gorra amarilla y con visera con el logotipo de los Lakers, contempla la escena sin alcanzar a oír.
Apenas le quedan dientes en la boca y hace tiempo que el audífono apenas sirve para nada.
A punto está de acercarse cuando Daniel se separa de la mujer y arranca a correr en dirección a la entrada de la calle. Corre hacia el anciano como si pretendiera pedirle ayuda.
Soledad Belmonte, con los brazos en jarras y la voz algo enronquecida, grita:
—Tú, chico, ven. Vuelve. No voy a hacerte nada. No muerdo. Solo iba a darte algo de comer.
El viejo le sale al paso y blande el bastón ante sus piernas. Quiere detener al chaval. Pretende ayudarlo, cobijarlo, protegerlo de la mala mujer cuyas intenciones, a juzgar por lo poco que ha visto, le han parecido más que perversas.
—Para, chico, para. ¿Qué te ha hecho? Esa mujer es una zorra, pero para eso estoy aquí.
Conoce bien a las putas como ella. Cuando Herminia, su mujer, regresó a casa de sus padres harta de abusos, palos y broncas, llevándose a sus hijos, Arcadio Anglada pagó por sexo.
No le quedó otro remedio. Poco favorecido y sin el menor sentido del humor, recurrió en más de una ocasión a mujeres como Soledad.
Más de una guarda un mal recuerdo. Una risa a destiempo, un comentario desafortunado, un gesto de repugnancia o de rechazo…
delataban la rabia de Arcadio acumulada tras años de desaires mal llevados.
El resultado, un ojo morado, una costilla rota, un labio que sangra.
Incluso alguna denuncia en una comisaría que quedó en agua de borrajas.
Siempre fue hombre de mecha corta.
A ojos de Arcadio Anglada, las mujeres en general, y las prostitutas en particular, solo persiguen el dinero de los hombres, los engañan, se ríen de ellos, se burlan. Les chupan la sangre y, si te he visto… No tienen corazón, son crueles.
Las mujeres solo merecen el desprecio.
Las detesta.
Pero a ojos de Arcadio, los chicos como el que acaba de estamparse a sus pies no son mucho mejores.
Desobedecen a sus mayores, no conocen el respeto, no escuchan.
Todos tienen mucho que aprender y él solo conoce una manera.
La mejor. La fuerza bien empleada, los puños utilizados con fines pedagógicos, ejemplarizantes.
Daniel no se detiene. El bastón cruzado en su camino le ha hecho caer, pero, desoyendo las palabras del hombre, se levanta y corre de nuevo como un animal en estampida.
El corazón desbocado y las piernas flojas y mojadas.
Esta vez corre cuesta abajo, se aleja de la montaña, de la mujer de los ojos morados y negros, y del hombre de la gorra amarilla que ha atravesado el bastón a su paso.
Arcadio resopla decepcionado. El chico que sale huyendo no es mucho mejor que la mujer pintarrajeada que se pierde ya de vista en el interior de su casa. Al chaval le queda mucho que aprender. Mucho jarabe de palo.
—¡Eh, tú, chaval! ¡No te vayas. No corras. No seas animal! Para ahora mismo —le ordena el viejo al chico, que se aleja sin mirar atrás.
Arcadio enarbola el bastón a modo de garrota, como si pretendiera moler a alguien a palos.
—Esa zorra no te hará ningún daño. ¡Te lo juro por mis muelas!
En la calle, muy cerca del plato de aluminio, queda la pelota roja que Daniel no ha acertado a recoger.
TEDESCO
Según acaba de informarle Lidia Sampedro, los agentes siguen en las calles, pero por el momento no han podido averiguar nada más.
Tedesco tiene el propósito de situarse en el cruce de Egipcíaques con calle del Carme y, una vez allí, intentar seguir personalmente trayectos en línea recta siguiendo las indicaciones de Mila Bernal.
Intentará ponerse en la piel del chico, que no sabe improvisar.
Están ya muy cerca cuando se despide de Lidia y guarda el móvil en el bolsillo de la americana.
Recuerda las palabras de la maestra, que le ha hablado de un niño de siete años con escasas habilidades sociales y una leve disminución intelectual.
Intenta imaginar cómo actuaría un niño de esas características completamente solo en una ciudad que no conoce.
No es fácil pensar como otro piensa, nunca es fácil, lo ha comprobado a lo largo de más de media vida, pero tratándose de un niño autista la dificultad se le antoja casi un reto, un imposible.
Subir al K2, lanzarse en paracaídas, pensar como Daniel… Un imposible.
Como siempre que el policía se pierde en sus cavilaciones, el sonido del móvil le sobresalta y, sentado en el asiento trasero del coche policial, justo detrás de Cuesta, no puede evitar un respingo. Al volante, Diego Cuesta, que ha podido verlo por el retrovisor, sonríe.
La llamada procede de la comisaría de Nou de la Rambla, y por un momento tiene la esperanza de que sean buenas noticias, alguien que ha visto al chico o, mejor aún, alguien que lo ha localizado.
—Inspector Tedesco.
—Soy Díaz, inspector, Bartolomé Díaz —revela el agente como si acabara de anunciar una comunicación directa con el espía de su majestad—. Verá, inspector, acabamos de recibir una llamada, y como el inspector Salas me ordenó que lo mantuviera informado…
—Te lo agradezco, Díaz. ¿Qué tenemos?
—Un hombre ha telefoneado hace un par de minutos, dice que ha visto cómo una mujer intentaba llevarse a un chico a casa por la fuerza.
El chico llevaba una camiseta verde y ha echado a correr, se ha escapado.
No ha podido retenerlo. Por la descripción y la edad que el hombre calcula, podría tratarse de Daniel Marín.
—¿Desde dónde llamaba?
—Llamaba desde su casa, pero lo que le explico acababa de pasar en el pasaje de Serrahima esquina con Blasco de Garay, en el Poble-sec. Creo que el hombre vive muy cerca.
—Pasaje de Serrahima esquina Blasco de Garay —repite Tedesco, para que Cuesta se sitúe—. ¿Sabes dónde queda?
—Sí, señor —responde el agente Cuesta, manipulando ya el GPS y cambiando la trayectoria—, un par de calles por encima de la plaza del Sortidor. Estamos cerca. Unos cinco minutos.
—¿Cómo se llama el hombre que ha llamado? —inquiere Tedesco, mientras saca una libreta pequeña, de espiral, en la que anota lo poco que no conserva en la cabeza. Lo hace por precaución.
—Arcadio Anglada. Dice que ha intentado retener al chico con un bastón, pero que el crío tenía mucho miedo de la mujer y que ha continuado corriendo Blasco de Garay abajo hasta que lo ha perdido de vista. El inspector Segura ya ha mandado una patrulla.
—¿Alguna cosa más?
—Sí, inspector, el hombre afirma que ha visto cómo la mujer entraba en una casa en el mismo pasaje de Serrahima, dice que es una prostituta.
—¿La había visto antes? ¿La conoce?
—Creo que no, pero no puedo asegurarlo, creo que lo dice por la forma de vestir. Ya sabe…
Tedesco sabe.
—¿Cómo lo encontraré?
—Es un jubilado, inspector, y me ha dicho que tiene todo el tiempo del mundo, que esperará en la esquina, justo donde ha visto al chico.
—Muy bien, Díaz, dile a Segura que nosotros también vamos para allá.
—¡Ah, inspector! Lo olvidaba. En la acera, el señor Anglada ha visto una pelota roja y negra. Creo que todavía está allí.
—Gracias, Díaz, ¿algo más?
—No, eso es todo.
Tedesco cabecea en señal de asentimiento antes de interrumpir la conversación. Su interlocutor no puede verlo, pero al inspector le resulta difícil controlar la gestualidad innecesaria.
Sabe que el barrio se empina y que se encarama a la montaña, pero no están lejos. Llegarán en nada, quizás antes que la patrulla de Nou de la Rambla.
Tedesco llama a Lidia Sampedro.
—Lidia, han visto a Daniel en el pasaje de Serrahima, no muy lejos de la plaza del Sortidor, ha bajado por Blasco de Garay. Os quiero allí cuanto antes. Diego y yo estamos llegando.
—No tardaremos.
Daniel sigue vivo y ha pasado por el Poble-sec.
Quizás Mila Bernal tenía razón y el chico caminó en línea recta y cruzó así media ciudad, desde la plaza dels Àngels hasta Montjuïc.
Si se ha asustado puede que haya emprendido de nuevo un trayecto parecido, recto como una vela, pero en sentido inverso, alejándose de la montaña.
Tedesco llama también a Ricard Segura, que acaba de enviar a sus hombres. Le comunica que se dirige personalmente al lugar, que están llegando.
—Le informaré si averiguamos alguna cosa.
—Preferiría que no…
Tedesco ya no escucha.
Acaba de guardar el móvil en el bolsillo.
Cuesta estaciona ya en la embocadura del pasaje de Serrahima.
El inspector se dispone a bajar del vehículo. Distingue la pelota roja varada en la calzada muy cerca de la acera. Tedesco suspira al poner pie a tierra, conoce el Poble-sec como la palma de la mano. Se crio en sus calles.
¡Maldita electricidad estática!
DANIEL