Jueves #9
—Es un buen chico, se lo digo yo, Daniel es un buen chico. Raro, como todos los que andan por aquí, por eso está aquí y no en otro sitio. No es muy hablador. Vamos, que no abre la boca, pero es una criatura que… —La mujer está a punto de romper a llorar y se interrumpe.
Se lleva el canto de la mano hasta los ojos, suspira y retira la insinuación de una lágrima.
—Le gusta hacerme compañía, viene a la cocina cuando tiene libre, coge una silla y se sienta junto al fregadero, o junto a los fogones, depende de lo que yo esté haciendo.
A veces hasta me ayuda. Es un buen chico.
No sabe usted el aprecio que siente una por…
—De nuevo parece a punto de llanto y se silencia—.
Ojalá lo encuentren ustedes pronto. Solo de pensar en esa madre…
—Haremos todo lo posible. Se lo prometo, todo lo posible. Si se ha perdido acabará por aparecer —le asegura el policía en contra de lo que tiene por norma. Queda suspendida en el aire la posibilidad de que el chico no se haya extraviado.
—¡Cómo debe de estar esa pobre madre! —comenta la mujer, que, con el permiso de Mila, se acerca a la máquina de café e introduce un par de monedas por la ranura.
Mientras espera el café profusamente azucarado y enmascarado por una nube de leche en polvo, Tere tararea muy bajito lo que Tedesco cree que es una copla, una copla de dolor, de ausencia y de abandono, como casi todas.
En contra de lo que cree la mayoría, Tedesco sabe que no todos los que cantan son felices ni espantan así las penas. No es tan fácil.
Teresa Ortega ha cruzado las manos sobre el delantal y ha vencido el peso sobre una de sus caderas, es su posición de descanso.
Por mucho que lo pretenda, nada en ella armoniza, todo desentona a pesar de que intenta que no sea así: la estridente sombra de ojos sobre unos párpados demasiado pequeños, el rubio de sus cabellos que contradice a rabiar la oscuridad de sus cejas, los pantalones del chándal de un azul cercano al de sus párpados, las deportivas de color rosa geranio que pretende a juego con la bata de la institución…
Y para rematar el conjunto, una barra de labios que recuerda el color de la sangre coagulada.
Tedesco calla y escucha mientras se lleva el cigarrillo a los labios. La mujer afina y, pese a cantar en voz muy baja, advierte que le pone sentimiento. Es una copla muy conocida y el inspector no tardará en identificarla. La ha oído muchas veces antes.
El policía sonríe muy levemente mientras apaga el cigarrillo contra la pared exterior del edificio como ha visto hacer a la maestra.
Por el momento, el runrún de la máquina no le permite reconocer la melodía, es cuestión de tiempo, pero está seguro de haberla oído muchas veces.
También su madre se pasaba el día cantando a media voz apasionadas tonadas populares que hablaban de separación, de traición y de muerte.
De dolor, al fin y al cabo. Como todas. Es uno de sus mejores recuerdos de infancia, su madre que trajina y canta aunque las letras de sus canciones siempre sean tristes.
Mientras cantaba Rosaura Serra no lloraba, ni suspiraba ni maldecía con acritud el recuerdo del esposo que la había abandonado.
O lo hacía a su manera. Mientras cantaba no parecía detestar al hijo al que, sin palabras, culpabilizaba de la desaparición de Franco Tedesco.
No tarda el inspector en despedirse. Mila Bernal no puede ayudarlo mucho más. Tiende la mano y la chica la encaja con firmeza.
—¡Ah, inspector! Lo olvidaba, no creo que pueda servirle de nada, pero Daniel tiene una manía, casi un vicio, acabo de recordarlo al ver a Tere, mejor dicho, al oírla.
Daniel canturrea. Si no sabes lo que hace, parece que hable solo, pero lo que está haciendo es cantar como en sordina, como para sí mismo. Es su costumbre.
—Gracias, muchas gracias.
La maestra lo acompaña hasta la puerta y, justo antes de que la abra, la directora aparece en el vestíbulo.
—Si necesita usted volver… Lo que sea, cuando sea… —le asegura, mientras se adelanta y le tiende la mano con la solemnidad que emplearía para despedir a la autoridad que está punto de inaugurar el pantano, la central térmica o el polideportivo municipal.
—Gracias, lo recordaré.
Con un movimiento de cabeza y un amago de sonrisa, el policía se despide de Milagros Bernal, una mujer que no hace milagros, pero que, de eso el policía está seguro, consigue buenas aproximaciones.
En la calle, la luz es portentosa, una luz primaveral que no respeta grieta ni rincón y que obliga al policía a entornar los ojos durante unos instantes antes de orientarse respecto a la comisaría.
La melodía que entonaba la mujer de la coleta, la cocinera del centro, le ronda la cabeza. También las palabras de la maestra.
No ha dado ni cuatro pasos acera adelante cuando ya la tiene, es capaz de repetir alguna estrofa, pronto recordará la copla entera. No parará hasta conseguirlo.
No podrá evitarlo.
Te esperaba hasta muy tarde,
ningún reproche te hacía;
lo más que te preguntaba
era que si me querías.
Tras saludar a los mossos que custodian la entrada, empuja la puerta de la comisaría y retira la mano de inmediato reprimiendo una imprecación.
La electricidad estática es especialmente intensa los días despejados.
El azul vivo es señal de latigazo. Uno de los mossos lo mira y sonríe. Tedesco corresponde con una mueca.
Nada más entrar, justo en el vestíbulo de la comisaría, recuerda ya algún que otro verso, como si la descarga recibida hubiera activado sus neuronas.
Y bajo tus besos en la «madrugá » , sin que tú notaras la cruz de mi angustia, solía cantar:
Pregunta por Diego Cuesta, que no tarda en asomar. Le molesta no poder seguir escarbando en su memoria hasta completar la canción, hacerlo es como recuperar la propia vida.
SOLEDAD
Daniel, el labio superior manchado de leche, deja el plato de aluminio en el escalón.
No queda nada, ni pan ni leche. Nada. Ha echado en falta las tres cucharadas de cacao.
Tampoco le ha complacido la temperatura de la leche, que parece recién sacada de la nevera.
Lucía la prepara cada mañana algo tibia, ni fría ni demasiado caliente, lo justo para que no sorprenda en la boca.
Sigue sintiendo hambre. El vacío colma sus tripas, las desborda.
Acabado el contenido del plato, el niño no se siente mucho mejor.
En sus entrañas el animal sigue sacudiéndose, rugiendo.
Quizás la mujer podría darle alguna cosa más, sin duda podría hacerlo, pero Daniel no avanza en dirección a la casa.
No llamará ni tenderá la mano o pedirá un trozo de pan o una galleta.
Tampoco responderá cuando le pregunten su nombre.
Daniel es un niño autista.
Se retira, camina un par de pasos y lo hace de espaldas, sin perder de vista la puerta mientras se acerca al centro del callejón.
—¡Eh, tú! Sí, tú. ¿Qué haces? ¿Qué buscas?
Alguien situado a su espalda aferra su hombro. Por encima de su cabeza le sobresalta la voz de una mujer que le increpa.
—Tú, sí, tú.
La mujer lo retiene, ha visto cómo lamía el plato antes de depositarlo junto a la entrada.
—Tú, chico. Te hablo a ti. ¿No tienes casa?
Daniel siente un escalofrío, es el miedo.
Está paralizado y no abre la boca. La mujer se ha situado ahora frente a él sin dejar de sujetarlo, es algo mayor que su madre.
Saltan a la vista su piel sin brillo y las arrugas en torno a los ojos y en el labio superior, pero viste como si fuera mucho más joven.
La falda muy corta, los zapatos con plataforma y una pieza de ropa plateada cuyo nombre ignora y que cubre su torso.
Las mangas abullonadas y completamente transparentes dejan brazos, hombros y espalda casi al descubierto.
Sus ojos, emborronados de negro y violeta intenso, delatan la larga noche, aunque Daniel no puede saberlo.
Tan solo siente el miedo subir desde su estómago hasta sus labios sellados.
La mujer se hace llamar Nadia, pero recibió en la pila el nombre de Soledad Belmonte.
Únicamente ha dormido un par de horas. Ha sido una buena noche, casi grata.
Nadie ha pedido cosas raras, y uno de sus clientes, uno de los más fieles y fáciles de complacer, se ha limitado a rogarle que yaciera a su lado y a sujetarla por la cintura.
Soledad no ha preguntado, se ha limitado a estirarse junto a él, a arrimarse hasta sus caderas y a permanecer tendida y en paz un par de horas.
Le ha cobrado la mitad por casi nada. Se ha sentido una señora.
La mano que no lo sujeta tintinea cargada de brazaletes de bisutería más o menos fina y sostiene un bolso negro, pequeño y acharolado, un bolso de fiesta del que Soledad no se separa nunca.
Daniel, aparentemente indiferente a su voz destemplada, sigue encogido y en silencio bajo sus dedos de largas uñas plateadas. La mujer no sabe hablar a los niños, no ha tenido ocasión de aprender, y sigue increpándolo como haría con un adulto.
—Te estoy hablando a ti. Sí, a ti. ¿Qué es lo que hacías? ¿Beberte la leche de los gatos? ¿Es que estás mal de la cabeza? —Se señala la sien y hace el gesto de apretar un tornillo.
Daniel no entiende de imágenes por muy evocadoras que estas sean y mira al suelo.
Recuerda que no debe gritar. Te estoy hablando a ti.
¿Estás mal de la cabeza? Tampoco sabría qué responder.
Sabe que tiene un problema y que el problema es que su mente no funciona como la de los demás.
¿Estás mal de la cabeza? La voz aguda de la mujer sigue sonando por encima de su cabeza.
—Ven, acompáñame, chico, creo que tengo magdalenas, o galletas o… No sé, seguro que algo habrá en casa, si tienes hambre algo encontraremos, y si no, bajaremos al bar. Después te …
El crío se repite que no debe gritar, que debe actuar como las personas. Los ojos de la mujer, veteados de violeta y negro, le aterrorizan. Te estoy hablando a ti. ¿Estás mal de la cabeza? Magdalenas, galletas…